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Capítulo 3 Otra o nadie
El aire en la villa Portal olía a jazmín, a pan recién horneado, y a secretos. Los pasillos vibraban con una actividad nerviosa: pasos, risas contenidas, el murmullo del personal ultimando los detalles de la boda. Entre ese bullicio ordenado, Amanda Portal avanzaba como una sombra elegante, perfectamente compuesta, impecablemente rota. Nadie lo notó. Nadie adivinó la tormenta detrás de sus ojos esmeraldas. Ni los floristas que le cedieron el paso con sonrisas admiradas, ni los empleados que se inclinaban con respeto al verla cruzar el vestíbulo con su porte sereno, la cabeza erguida y el gesto indescifrable de quien parece haber nacido para los retratos. Pero sus padres sí lo notaron. Lucía Portal fue la primera en acercarse. Emergió desde el fondo del salón principal, resplandeciente en un vestido color lavanda, con las manos entrelazadas y una sonrisa que intentaba ser maternal, aunque se quebraba en los bordes. -Mi amor -susurró, acariciándole la mejilla-, estás tan hermosa. Amanda sonrió apenas. Un gesto leve, calculado, que no alcanzó a sus ojos. Lucía interpretó aquel silencio como nervios de novia. No imaginó que era la calma del naufragio. Detrás de ella apareció Carlos Portal, con la sobriedad de un hombre acostumbrado al control. Se acercó despacio, tomó la mano de su hija y la sostuvo con firmeza. -Amanda -dijo, mirándola a los ojos-, si llegas a dudar... aunque sea un instante... no pienses dos veces. Papá está aquí para contener cualquier tormenta mientras tú avanzas. Ella sintió la garganta cerrarse. Un temblor quiso asomar, pero lo contuvo. -No dudo, papá -murmuró - Pero estoy en donde quiero estar y hacía lo que quiero ir. Era mentira, pero dicha con la elegancia de los Portal, esos que sabían mentir con la postura perfecta. Su padre asintió, satisfecho, y se apartó con la tranquilidad de creer que había cumplido su deber. Lucía, sin embargo, la tomó del brazo con delicadeza. -Ven, cariño, te esperan en la habitación. Hay tanto por hacer... Amanda avanzó junto a su madre por los corredores de piedra clara. Las paredes estaban adornadas con flores blancas y cintas de seda que flotaban al paso del aire. Parecía un templo dedicado a la pureza. Y sin embargo, a Amanda le parecía que cada flor exhalaba un perfume fúnebre. Cuando la puerta de su habitación se cerró detrás de ellas, el ruido del mundo se disolvió en un silencio espeso. El vestido aguardaba allí, suspendido sobre un maniquí como un fantasma. La seda blanca relucía bajo la luz que entraba por el ventanal, tan pura, tan intocable, tan muerta. Amanda lo observó con una mezcla de repulsión y ternura. Aquella prenda que había soñado con amor ahora le parecía una mortaja. Un símbolo perfecto de su rendición. Cada encaje era una promesa que se había podrido en la boca de Enzo. Las maquillistas comenzaron su labor con movimientos precisos. Cepillos, brochas, perfumes. El aire se llenó de polvo de arroz y susurros. Amanda cerró los ojos y se dejó hacer. Como una estatua que otros adornan, como una víctima que se ofrece al ritual. Lucía, sentada frente al tocador, observaba a su hija en silencio. La veía tan serena, tan dueña de sí, que casi creyó que todo estaba bien. Pero hubo un instante, cuando Amanda abrió los ojos, en que su madre sintió un escalofrío: había en esa mirada una profundidad que no conocía, una oscuridad que no pertenecía a su hija. Amanda rompió el silencio con voz tenue: -Madre... ¿mi tía Elizabeth ya ha llegado? Lucía alzó la vista. Su expresión cambió, apenas un segundo, lo suficiente para revelar preocupación. -No, cariño. Desde ayer no he tenido noticias suyas. He intentado llamarla, pero no responde. Luego, como si temiera haber dicho demasiado, añadió con dulzura forzada: -¿La necesitas, amor? Amanda sostuvo su reflejo en el espejo, fría, inmóvil. -No -respondió sin dudar. Y sin embargo, dentro de ella la frase se expandió como una herida abierta: Yo no... pero quizás mi prometido la necesita para calentar su cama. Sintió un nudo subirle al pecho, pero no permitió que su voz temblara. El arte de las Portal consistía en morir sin hacer ruido. Las horas comenzaron a disolverse. Fuera, el cielo se aclaraba lentamente y el jardín se vestía de esplendor. Los músicos afinaban sus instrumentos, los invitados llegaban en automóviles negros y brillantes. Dentro de la habitación, Amanda se transformaba. La seda rozaba su piel con un frío casi humano. Las costureras ajustaban los pliegues del vestido, las maquillistas aplicaban el último toque de brillo en sus labios, las flores de azahar se entrelazaban en su cabello. Cada gesto la acercaba un paso más al sacrificio. En el espejo, la imagen final era impecable. Una novia perfecta. Nadie habría sospechado que, bajo esa superficie de pureza, se escondía una mujer que se había quedado sin alma. Lucía lloró en silencio al verla. -Pareces un sueño, como si fueras tallada a mano sin ninguna imperfección, Enzo Ferreiro se lleva un monumento y espero que estés a la altura de lo que tú representas mi princesa-murmuró. Amanda la abrazó con una dulzura que dolía. Porque sabía que, cuando la besara en la mejilla, sería la última vez que su madre la reconocería como la hija que fue. Después de ese día, sería otra. O no sería nadie.
Lista de capítulos
134 capítulos en total
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