/0/5415/coverbig.jpg)
Capítulo 2 El Amanecer De Cenizas.
«Dianco... mi Alfa», la voz de Aurora se filtró en su mente, cargada de una dulzura melancólica diseñada para quebrantar su resolución.
«No he dejado de sentir el peso de tu dolor desde que las campanas doblaron por tus padres; mi corazón se quiebra al saberte solo en esa inmensa frialdad.
«Por favor, deja que el mundo se detenga, aunque sea una hora, y ven a verme a la casa; necesito darte mis condolencias de cerca».
«Quiero ofrecerte el refugio que solo yo conozco y recordarte que, entre tanta traición, mi piel sigue siendo tu único lugar seguro».
Dianco cerró los ojos con fuerza. La audacia de Aurora le resultaba insoportable.
¿Cómo se atrevía a invocar el nombre de sus padres y a llamarlo "su Alfa" como si el viernes sagrado no hubiera existido?
Como si él no la hubiera visto, con sus propios ojos, entregada a otro.
Su respuesta no fue un susurro, sino un golpe seco y cortante a través del enlace, cargado de un desprecio abrasador:
—No —la palabra resonó en la mente de Aurora con la fuerza de un decreto—. No utilices mi dolor para alimentar tus fantasías de perdón.
—Tu casa ya no es un refugio; es el monumento a tu traición, y tu piel no es más que el recordatorio de que mi confianza fue depositada en una mentira.
—Déjame en paz, Aurora. Ya no tienes un lugar en mi mundo, ni como reina, ni como amante.
Dianco estuvo a punto de cortar el vínculo, pero el sollozo desesperado de ella lo detuvo un segundo antes de sellar el paso.
«¡Dianco, por favor! No me cierres tu mente...» —suplicaba ella, su voz mental rota y ahogada en lágrimas.
«Cometí un error, lo sé, me odio por ello cada segundo, pero te amo. Solo quiero estar a tu lado en este momento tan oscuro. ¡Por favor, solo una hora, déjame explicarte...!».
Dianco apretó los puños hasta sangrar, sintiendo las uñas clavarse en sus palmas. El descaro de sus súplicas solo lograba endurecer más el hielo que blindaba su pecho.
—No hay nada que explicar y mucho menos que consolar —sentenció con una frialdad absoluta—. No vuelvas a invocar mi presencia. Para el Rey de Aethelgard, tú ya estás muerta.
Sin esperar respuesta, Dianco cerró el enlace con una violencia psíquica que dejó un eco sordo en su mente.
Se quedó a oscuras, respirando con dificultad, mientras el frío en su pecho se expandía sin tregua. Aurora creía que podía manipular sus cenizas.
Se equivocaba.
Si querían jugar con la corona de Aethelgard, él se encargaría de que el reino entero ardiera... o se congelara para siempre.
A la mañana siguiente, Dianco se despertó mucho antes de que el primer rayo de sol rasgara las torres de la Catedral de Cristal.
El frío del amanecer en Aethelgard se filtraba por las rendijas de la piedra, pero el peso de la noche anterior y la rabia contenida aún vibraban con fuerza en sus nervios.
Abrió el enlace mental con Safari.
«¿Dónde estás?», preguntó directamente, sintiendo el eco de su propia voz resonar en sus sienes.
«Ya estoy organizando todo para la reunión, señor», respondió ella de inmediato, con su habitual tono de eficacia impecable.
«El Centro de Convenciones del castillo estará listo a la hora pactada. Tengo a un equipo trabajando en los preparativos y yo misma voy llegando al lugar».
—Necesito que consigas personal urgente para el palacio —ordenó Dianco con voz ronca mientras se ponía la casaca militar.
—Solo lo básico para la cocina y el mantenimiento esencial; recuerda que el personal está confinado en las mazmorras.
«Sí, lo sé, señor».
—No quiero multitudes, pero el castillo debe funcionar. ¿Sabes algo de mi hermana y de Kyle? Estuve intentando contactarlos.
«Ellos están en la villa de la familia, los trasladamos anoche, señor», confirmó Safari sin perder el paso. «Están bajo vigilancia constante. Me encargo de todo, no se preocupe».
—Bien. Estaré en el despacho; esperaré allí a que llegues para que entremos juntos a la reunión. Informa a Otelo.
«Señor, Otelo ya se encuentra en el despacho. Lo está esperando», concluyó ella.
Dianco terminó de ajustarse el cinto con movimientos rápidos y precisos.
Al abrir la pesada puerta de madera de su alcoba, se desplazó por los pasillos gélidos del palacio hasta llegar al despacho, donde encontró a la figura imponente del general Otelo junto al ventanal.
—Buenos días, Rey Alfa —dijo Otelo, cuadrándose con un respeto marcial y solemne—. Lo espero con un informe detallado para que tenga conocimiento pleno de quiénes eran los miembros del consejo y asesores de confianza de su padre.
Dianco entró por completo, cerró la puerta a sus espaldas y se acercó a Otelo.
El general le tendió la carpeta con el informe. Dianco la tomó, la abrió de inmediato y comenzó a leer. Sus ojos recorrieron las páginas con rapidez felina.
—Siete miembros en el Consejo —exclamó poco después, dejando escapar una exhalación fría—. Interesante.
—Veamos de qué están hechos estos hombres. Vamos a la reunión, Otelo —añadió, cerrando la carpeta con un seco chasquido y dando media vuelta para salir.
—Pero hay algo más que debe saber antes de enfrentar a esos hombres —advirtió Otelo, bajando la voz con gravedad.
Dianco se detuvo en seco, sintiendo una punzada de alerta en la base del cráneo.
—¿De qué hablas, Otelo?
—La ausencia del general Dino en el funeral no fue un descuido. Mis reportes de inteligencia confirman que Dino está fuera del continente; además, hay una red de contrabando operando bajo la protección directa y legal del Consejo.
Dianco asintió lentamente, absorbiendo cada palabra mientras la sangre le comenzaba a hervir en las sienes.
—Me lo imaginé, Otelo. Dino es el traidor; él está detrás de la muerte de mis padres. Debemos encontrar a ese maldito y aniquilarlo.
—Entendido, señor. Ya tengo un equipo trabajando para rastrear su salida de Aethelgard. Dianco dio la vuelta para emprender la salida.
—Señor, otra cosa —lo detuvo el general.
—Dime, Otelo —respondió Dianco deteniéndose y girándose nuevamente.
—Debes tener cuidado con esos lobos con piel de cordero dentro del Consejo —añadió el general con seriedad.
—Lo sé, Otelo. Gracias por tu apoyo. Vamos para el Centro de Convenciones —respondió Dianco.
Justo en el momento en que ambos se disponían a salir, Safari abrió la puerta del despacho desde el exterior para ingresar.
—Buenos días, señor; buenos días, comandante —saludó ella con precisión quirúrgica.
—Buenos días, Safari —respondieron al unísono Dianco y Otelo.
—Ya nos dirigíamos a la salida —indicó Dianco—. Vámonos.
Minutos más tarde, llegaron al Centro de Convenciones.
El lugar, un bastión de mármol y cristal que antes simbolizaba la estabilidad y la gloria del reino, se sentía ahora gélido y hostil, como un tribunal preparado para una ejecución sumaria.
Al entrar, los miembros del Consejo aguardaban alrededor de la gran mesa de caoba.
Los burócratas murmuraban entre ellos, intercambiando miradas cargadas de un escepticismo apenas velado y una soberbia calculada.
«Es demasiado joven y su lobo sigue dormido», decían sus ojos; «¿Tendrá la fuerza para sostener este continente?», pensaban otros.
Otelo, Dianco y Safari se posicionaron frente al Consejo. Otelo dio un paso al frente, rompiendo la quietud con una voz profunda que cargaba el peso de la tradición de Aethelgard.
—Señores, el luto nos consume, pero la manada no puede quedar huérfana —anunció, barriendo la sala con una mirada de acero—. Presento formalmente a Dianco, hijo de Filippo. Él es nuestro nuevo alfa.
Safer, el consejero de mirada afilada, intercambió una sonrisa cómplice con Bodi, el consejero de economía, antes de ponerse de pie sin esperar invitación.
—Lamentamos profundamente la tragedia de los reyes, por supuesto —comenzó Safer con falsa suavidad.
—Pero debemos hablar con claridad. El príncipe Dianco tiene veinticuatro años.
—Según la ley de Aethelgard, un heredero cuyo vínculo de sangre y lobo no ha despertado por completo no tiene la potestad legal para tomar decisiones unilaterales sobre fronteras, presupuestos ni decretos de purga.
Un murmullo de aprobación recorrió las bancas de los consejeros. Se sentían seguros, escudados tras el caparazón de la ley escrita.
Dianco no se sentó. Permaneció de pie en la cabecera de la mesa, apoyando las palmas de las manos sobre la fría superficie de caoba con tanta fuerza que la madera crujió bajo sus dedos.
Su mirada de un azul glaciar se clavó directamente en Safer. Otelo intervino con firmeza:
—Para que el Alfa tome el control absoluto de las operaciones, necesitamos que informen verbalmente sobre la estructura y el funcionamiento actual del continente.
Safer se aclaró la garganta con fingida suficiencia, mirando al general.
Lista de capítulos
106 capítulos en total
/0/24344/coverbig.jpg)
/0/17733/coverbig.jpg)
/0/23944/coverbig.jpg)
/0/24408/coverbig.jpg)
/0/13632/coverbig.jpg)
/0/26848/coverbig.jpg)
/0/26656/coverbig.jpg)
/0/23898/coverbig.jpg)
/0/23911/coverbig.jpg)
/0/23837/coverbig.jpg)
/0/23812/coverbig.jpg)
/0/23899/coverbig.jpg)