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Capítulo 3 Quiero el divorcio
La lluvia helada de otoño cayó a cántaros durante toda la noche.
Por la mañana, un tenue resplandor comenzó a extenderse por el horizonte.
Un par de zapatos de cuero relucientes apareció en el borroso campo de visión de Arabella.
"Has estado de rodillas toda la noche", dijo Gabriel. "¿Ya aprendiste la lección?".
Su fría voz le llegó desde arriba. "Admite lo que hiciste mal", exigió con tono autoritario. "Ve con Corina y ruégale que te perdone. Solo después de eso lo dejaré pasar".
Arabella levantó lentamente la cabeza.
Su rostro, que alguna vez había sido radiante, ahora lucía pálido y sin vida.
"Yo no la empujé". Tenía la garganta seca y su voz sonó áspera. "Gabriel, Corina saltó a la piscina por sí misma. Me tendió una trampa deliberadamente".
"¡Basta!". Los ojos del hombre brillaron con furia.
Él dio un paso adelante y le agarró la barbilla, hundiendo los dedos dolorosamente en su piel. "Corina sigue internada en la unidad de cuidados intensivos", gruñó. "¿Y tienes el descaro de acusarla de tenderte una trampa?".
La presión de los dedos sobre su barbilla era terriblemente dolorosa, pero Arabella permaneció completamente inmóvil.
Miró el rostro de quien había amado durante tres años y, en ese momento, desapareció el último rastro de esperanza.
"De verdad no me crees", susurró.
"¿Por qué debería creerle a alguien tan cruel y calculadora como tú?". Gabriel se rio con desdén antes de empujarla bruscamente.
Arabella cayó de espaldas en el agua lodosa.
El corte en el dorso de su mano, causado por la porcelana rota, se había hinchado y la piel se había puesto pálida y arrugada tras estar expuesta a la lluvia durante horas. Cualquier dolor agudo que hubiera sentido antes había desaparecido hacía mucho tiempo, reemplazado por un entumecimiento intenso y palpitante.
Sin embargo, incluso ese dolor era insignificante al lado del vacío que se había instalado en su pecho.
De repente, ella se rio.
"Está bien...", murmuró. "Ya decidiste que soy culpable, así que no tiene sentido seguir dándote explicaciones".
Apoyó las manos contra el suelo y se obligó a ponerse de pie.
"Gabriel", dijo. "Quiero el divorcio".
Él soltó una carcajada despectiva. "¿Divorcio? Arabella, ¿qué estás intentando hacer esta vez? ¿Estás jugando a que vaya tras de ti?".
"Cree lo que quieras", respondió ella, con un tono extrañamente tranquilo. "Haré que te entreguen los papeles del divorcio. A partir de este momento, he terminado contigo y con toda la familia Reyes".
Se dio la vuelta después de decir eso. Sin la menor vacilación, arrastró su cuerpo maltrecho hacia la escalera y subió dolorosamente un escalón tras otro.
Mientras Gabriel veía a la terca mujer subir las escaleras, sintió una irritación que no lograba entender.
"¡Arabella!", le gritó. "¡En el momento en que cruces esa puerta, ni se te ocurra volver conmigo!".
La joven se detuvo brevemente. Aun así, se negó a darse la vuelta.
Una vez que llegó a la habitación principal, no prestó atención a su ropa empapada e inmediatamente comenzó a recoger sus pertenencias.
No había mucho que llevar: solo un par de mudas de ropa, su pasaporte y algunos otros documentos personales.
Las costosas joyas de diseñador que Gabriel le había regalado se quedaron exactamente donde estaban.
Por último, se quitó el anillo de bodas de la mano izquierda y lo dejó con cuidado sobre la mesa de noche. Luego salió y cerró la puerta tras de sí.
Ese simple clic marcó el final de tres años de devoción incondicional.
Arabella arrastró su maleta por las puertas principales de la propiedad de la familia Reyes.
Dentro de la mansión, el personal de servicio la vio irse con expresión distante e indiferente. Ninguno de ellos hizo el menor esfuerzo por detenerla.
La lluvia finalmente había amainado, pero el viento seguía siendo helado.
Arabella descendió por la sinuosa carretera de la montaña. La sangre alrededor de su tobillo ya se había secado, pero su frente ardía con un calor alarmante.
Se le nublaba la vista cada vez más y todo a su alrededor comenzó a dar vueltas.
"Qué frío...", susurró.
Apretó los dientes y se aferró con fuerza al asa de la maleta, obligándose a avanzar aunque cada paso le dolía como si caminara sobre cuchillas.
Finalmente, sus fuerzas se agotaron.
Con un golpe sordo y pesado, Arabella cayó al borde de la carretera y su maleta rodó a su lado.
Justo cuando la oscuridad que se cernía sobre ella parecía dispuesta a consumirla por completo, el chirrido estridente de unos neumáticos rompió de repente el silencio.
Un auto deportivo rojo se detuvo bruscamente a su lado.
La puerta se abrió de golpe y una mujer con un atuendo impecable y zapatos de tacón salió a toda prisa. "¡Arabella!".
Amanda Campos abrió los ojos de par en par, completamente conmocionada al verla tendida en el lodo, con las manos y los pies cubiertos de sangre.
"¡Arabella, despierta!", gritó con ansiedad. "¿Qué diablos te hicieron esos monstruos de la familia Reyes?".
Rápidamente la tomó en sus brazos. En el momento en que Amanda sintió el calor aterrador que emanaba de su frente, entró en pánico. "¡Estás ardiendo! No tengas miedo. ¡Te llevaré al hospital ahora mismo!".
Con bastante dificultad, acomodó a Arabella en el asiento del copiloto y luego aceleró hacia el Hospital General de Wreport.
...
Cuando Arabella finalmente abrió los ojos, todo a su alrededor se veía de un blanco cegador.
El fuerte olor a desinfectante abrumó de inmediato sus sentidos.
Ya era el final de la tarde. Los últimos rayos de sol se filtraban a través de una estrecha abertura entre las cortinas, proyectando una larga sombra por la habitación del hospital.
"¡Arabella!", exclamó Amanda. "¡Gracias a Dios que estás despierta!".
Había estado sentada junto a la cama velando a su amiga durante horas. Al verla moverse, se puso de pie de un salto de inmediato, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. "¿Tienes idea de lo cerca que estuviste de morir? ¡Tu fiebre llegó a los cuarenta grados! ¡Tus rodillas y la herida en el dorso de tu mano estaban tan infectadas que ya habían comenzado a formar abscesos! Ese maldito Gabriel... ¡Te juro que lo voy a matar!".
"Amanda...". La voz de Arabella no fue más que un chirrido seco y doloroso. Extendió la mano y le agarró la manga. "No te vayas".
"Después de todo lo que te hizo, ¿todavía estás intentando protegerlo?", soltó Amanda, con la voz llena de incredulidad, "No lo estoy... protegiendo", respondió Arabella.
Una sonrisa dolorosa y amarga apareció en sus labios. "Yo... ya le pedí el divorcio".
La otra se quedó completamente inmóvil por un momento. Luego le apretó la mano. "¡Bien! ¡Ya era hora de que por fin dejaras a ese maldito imbécil ciego!".
El silencio se instaló en la habitación del hospital.
Amanda salió para llamar al médico.
Sola en la cama del hospital, Arabella miró por la ventana mientras el cielo afuera se oscurecía gradualmente. Las lágrimas se deslizaron en silencio por las comisuras de sus ojos y humedecieron la almohada.
Ella y Gabriel llevaban tres años casados, más de mil días y noches juntos.
Durante todo ese tiempo, Arabella se había convencido de que, si lograba ser lo suficientemente buena y obediente, podría llegar a ablandar su corazón de piedra.
Pero ahora, por fin comprendía la verdad.
Si él no la amaba, entonces simplemente no la amaba.
A los ojos de Gabriel, comparada con Corina, ella no era más que una diminuta mota de polvo.
La habitación del hospital quedó poco a poco sumida en la oscuridad.
Arabella cerró los ojos y dejó que el dolor y el arrepentimiento la consumieran.
Estaba preparada para aceptar sus tres años de vida con él como una pérdida dolorosa y dejarlo ir.
A partir de este momento, ella y Gabriel tomarían caminos separados.
Lista de capítulos
67 capítulos en total
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