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Capítulo 3 Rescatada y tentada
Punto de vista de Elena
La lluvia arreciaba, tamborileando contra el refugio como si supiera que estaba atrapada.
Los tres hombres se dispersaron lentamente a mi alrededor, bloqueando la luz y el aire. Me recorrieron maliciosamente con la mirada.
Mi corazón latía con fuerza. '¡Oh, Dios, necesito ayuda!', recé.
"¡Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?", dijo uno, arrastrando la voz, sin rastro de amabilidad en su sonrisa. "Solita en este pequeño escondite".
El segundo soltó una risita, un sonido bajo y desagradable. "Y vestida así... Un poco obvio, ¿no crees?".
Apreté los dedos alrededor de la chaqueta mientras me pegaba con más fuerza contra la pared de concreto.
"Aléjense", advertí, obligándome a sonar dura, a pesar del temblor que amenazaba con delatarme. "No quiero problemas".
Intercambiaron miradas, con un destello de diversión en los ojos.
"¿Problemas?", se burló el primero. "¿Quién ha dicho nada de problemas? Solo estamos aquí para hacerte compañía".
Mi corazón seguía latiendo tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo. Miré a mi alrededor, buscando una abertura, cualquier salida. No había ninguna. Aun así, decidí intentar abrirme paso.
En el momento en que intenté pasar corriendo junto a ellos, uno se interpuso en mi camino, rápido y sin esfuerzo. "No tan rápido", dijo.
Me giré hacia el otro lado, pero volvieron a bloquearme. Comencé a respirar entrecortadamente y jadear, mientras el pánico se apoderaba de mí. Entonces, un par de manos agarraron la chaqueta.
"¡Suéltenme!", chillé, pero me la arrancaron, y la tela se me escapó de las manos. El aire frío golpeó mi piel empapada por la lluvia. El vestido sin mangas se me pegaba como una segunda piel, translúcido y obscenamente revelador.
"¡Maldita sea!", susurró el primer hombre, recorriéndome con una mirada de hambre descarada. "Mírate... ¿Haciéndote la difícil con eso puesto?".
El segundo se rio abiertamente, recorriendo con los ojos cada una de mis curvas. "¿Paseando por ahí vestida como un sueño húmedo y esperas que creamos que eres inocente?".
La vergüenza me quemó, más ardiente que cualquier miedo. Me abracé a mí misma, temblando violentamente. "¡No es lo que creen!", espeté. "¡Aléjense de mí!".
No se alejaron. Avanzaron.
Lancé golpes a ciegas, intentando conectar con cualquier cosa: una cara, una garganta, lo que fuera para defenderme. Pero yo era humana y ellos eran lobos. Nunca tuve una oportunidad.
Uno me agarró la muñeca y me la torció a la espalda con una eficiencia brutal. Un dolor agudo me recorrió el hombro.
"¡Suéltame!", grité, debatiéndome.
El segundo se acercó, agarrándome la cintura y clavando sus dedos en mi piel. "Relájate", me susurró al oído. "Solo nos estamos divirtiendo un poco".
Pateé. Luché. Puse todo de mi parte para liberarme. Fue inútil. Estaba temblando, empapada, débil.
"¡Ayuda!", volví a gritar, con la voz quebrada por el terror. "¡Que alguien me ayude!".
Sus risas resonaron. "¿Quién va a escuchar?", se burló uno. "Todo el mundo está en esa gran boda".
Las lágrimas corrían por mi cara, mezclándose con la lluvia. El miedo me oprimía el pecho, haciendo imposible respirar. Apreté los ojos con fuerza, rezando, suplicando, que algo, o alguien, me salvara.
Uno de ellos extendió la mano hacia mi muslo.
Entonces...
"Quítale las manos de encima. Ahora".
Los siguientes momentos se convirtieron en un caos borroso.
Un canalla fue arrojado a un lado como si no pesara nada. Otro gritó al golpear el suelo con un crujido espantoso. El tercero ni siquiera tuvo tiempo de huir. Eric actuó con una precisión letal: sin movimientos innecesarios, sin piedad, solo poder puro y devastador. Cuando todo terminó, los canallas gimieron y se escabulleron, arrastrándose bajo la lluvia como las alimañas que eran.
Entonces se giró hacia mí.
La furia en sus ojos se atenuó ligeramente cuando se encontraron con los míos.
Y mis piernas cedieron.
Unos brazos fuertes me sujetaron antes de que cayera al suelo, atrayéndome contra un pecho sólido. Me aferré a su abrigo sin pensar, clavando los dedos en la tela mientras mi cuerpo temblaba.
"Te tengo", dijo en voz baja.
No podía dejar de temblar. El frío se me había calado hasta los huesos y sentía la cabeza ligera. Rozó mi frente con su mano; de repente, su tacto era urgente.
"Estás ardiendo en fiebre", murmuró. "¡Maldita sea!".
Me levantó con facilidad, sosteniéndome cerca como si no pesara absolutamente nada.
Hundí el rostro en su pecho, absorbiendo su calor. Su aroma me envolvió e hizo que todo lo demás se desvaneciera.
"Mantén los ojos abiertos, Elena", dijo con una fuerza tranquila.
Logré asentir débilmente, aferrándome a él como si fuera mi único salvavidas. Me llevó hacia el coche con paso firme.
"Al hospital más cercano", le dijo al conductor. "Rápido".
La puerta se cerró de golpe, dejando fuera la tormenta. Yo seguía temblando, violenta e incontrolablemente. Hielo corría por mis venas mientras la cabeza me palpitaba con un calor febril.
"Deja de moverte", ordenó.
Intenté obedecer, juro que sí. Pero mi cuerpo tenía sus propios planes. Mis dedos lo encontraron de nuevo, aferrándose a la tela de su camisa, acercándome más al horno que era su cuerpo.
"Tengo mucho frío". El susurro se me escapó, patético y débil.
Contuvo el aliento. Luego se quitó la chaqueta y la puso sobre mí. Dejó sus manos un latido más de lo necesario mientras la acomodaba alrededor de mis hombros.
"Listo", susurró. "Eso te calentará".
Pero la chaqueta no era suficiente. Solo hizo que quisiera acurrucarme más, acercarme más. Apreté mi agarre en su camisa y me pegué contra él, buscando más de ese calor.
Apretó la mandíbula. "No estás ayudando".
Por razones que no podía empezar a explicar, su aroma me envolvió como un encantamiento, un hechizo que no tenía poder para romper. La chaqueta de Eric había ahuyentado el frío, pero había hecho algo mucho más peligroso: había revuelto mis sentidos por completo. Ansiaba más calor. Más de él.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, me estaba acercando más, subiéndome a su regazo y sentándome a horcajadas sobre él como si fuera lo más natural del mundo. Como si mi cuerpo reconociera algo que mi mente se negaba a aceptar.
"Elena". Su voz fue una advertencia: baja, áspera, a punto de quebrarse. "No lo hagas".
Apenas lo oí. El mundo se había reducido al ritmo de su respiración, al trueno de su corazón bajo mi palma, a su abrumadora presencia llenando cada rincón de mi conciencia.
Cuando mis labios encontraron los suyos, algo se rompió.
Él maldijo, con un sonido áspero y gutural, y entonces el separador se deslizó hacia arriba, encerrándonos en un capullo de oscuridad y calor. Sus feromonas inundaron el espacio, densas y embriagadoras, haciendo que mi cabeza diera vueltas y mis huesos dolieran con un anhelo dulce y desconocido. Mi beso fue torpe, desesperado, pero desencadenó algo primitivo en él.
Hasta la última hebra de su control se deshizo.
Me atrajo más cerca, devorando mi boca con un hambre que hablaba de años de contención finalmente rotos. Un gemido se me escapó, vergonzoso, lascivo, y mi cuerpo respondió de maneras que nunca había experimentado. El placer me recorrió en oleadas, agudo y abrumador. Ni siquiera con Mark había sentido esto: nunca esta locura, esta consumación, este perderme por completo en otra persona.
Me arqueé contra él, frotándome, embriagada por el calor que se acumulaba entre nosotros.
Eric igualó mi fervor, profundizando el beso mientras sus manos exploraban, encontrando cada lugar que me debilitaba, que me hacía desear. Deslizó los dedos por mis muslos, separándome, encontrando la evidencia de mi excitación a través del trozo de tela increíblemente fino que pasaba por ropa interior. Un gruñido bajo retumbó en su pecho mientras enganchaba un dedo bajo el delicado material, tirando...
El auto se detuvo.
"Señor". La voz del conductor se filtró, ajena a todo. "Hemos llegado".
El hechizo se rompió.
Eric se puso rígido debajo de mí. Tensó cada músculo como si lo hubieran bañado en agua helada. Luego se apartó, su expresión cambió tan rápidamente que fue como si una puerta se hubiera cerrado de golpe entre nosotros.
"Eso no debería haber pasado", dijo, con la voz áspera como la grava.
Quise preguntar por qué. Quise entender cómo habíamos pasado de aquello, del fuego, a esta distancia helada en un abrir y cerrar de ojos.
Pero el mundo se estaba inclinando, mi visión se volvía borrosa en los bordes...
Y entonces todo se volvió oscuro.
Lista de capítulos
200 capítulos en total
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