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Capítulo 3 Cicatrices en el alma

El dolor no era una sensación.

Era una entidad viva, un depredador que devoraba mi brazo izquierdo y mi pierna derecha desde adentro, masticando huesos con una paciencia cruel. Cada latido detonaba una nueva explosión de fuego bajo la piel. El aire olía a óxido metálico, pólvora quemada y sal marina pesada, como si el puerto de Alejandría hubiera decidido invadir el almacén y quedarse ahí para siempre.

La bombilla rota colgaba del techo, parpadeando como un ojo moribundo. Su luz intermitente iluminaba cajas apiladas, redes de pesca podridas y charcos de sangre que se extendían como tinta oscura sobre el cemento agrietado. Las paredes de ladrillo absorbían el eco de los disparos recientes, como si guardaran los gritos de las balas para repetirlos eternamente.

Con los dientes apretados y la visión nublándose, desgarre un trozo de mi camisa de un tirón torpe. Mis dedos, resbalosos de sangre, lucharon por anudar un torniquete improvisado alrededor del muslo. El entrenamiento militar regresó como un reflejo automático, limpio y frío: esta no era la primera vez que me enfrentaba a algo así.

Pero sí era la primera vez en mucho tiempo que sentía tan cerca la posibilidad real de morir.

Detén la hemorragia o mueres aquí, Jad.

No había espacio para el miedo. Solo para la supervivencia.

El brazo colgaba inútil, atravesado por una bala que había entrado limpia por la parte interna del bíceps y salido por detrás, dejando un túnel de carne destrozada. La pierna ardía de otra manera, más profunda y constante: la bala seguía alojada en el músculo, rozando el fémur. Cada movimiento era un martillazo directo en los nervios.

El almacén giraba lentamente.

El mundo entero parecía deshacerse en espirales borrosas.

Saqué el celular del bolsillo con dedos temblorosos. La pantalla estaba cubierta de huellas rojas. Lo desbloqueé con la huella ensangrentada y marqué el único número que podía sacarme de ahí.

-Ven... a buscarme... almacén... del puerto... san... gre...

Las palabras salieron arrastradas, pesadas, como si tuviera los pulmones llenos de agua salada.

El teléfono resbaló de mis manos y cayó con un golpe seco sobre el cemento.

Me dejé deslizar contra una caja de madera húmeda, respirando en jadeos cortos. El sonido distante del mar se mezclaba con un pitido agudo dentro de mi cabeza, como sirenas que llegaban desde muy lejos... o desde muy adentro.

Pensé en nombres que no debía recordar.

En secretos que no debían existir.

En errores que nunca se perdonan.

La paz del desmayo llegó como una bendición cruel. Un refugio temporal donde las balas, los secretos y los fantasmas dejaban de perseguir me.

---

El despertar fue un infierno de agujas y luces blancas cegadoras.

Abrí los ojos con dificultad. El techo hospitalario me devolvió la mirada, estéril y frío. El pitido constante del monitor cardíaco confirmó que seguía vivo.

Cables en el pecho.

Vendas envolviéndome como una momia moderna.

Y un dolor sordo latiendo bajo la piel, recordándome que la noche del almacén no había sido un sueño.

El pánico inicial se disipó con una voz conocida.

-Tranquilo, "ya galbi, corazón mío". Ya estás a salvo.

Saya se inclinó sobre mí con el rostro demacrado y los ojos rojos de llanto y horas sin dormir. Olía a café fuerte y a su perfume floral, el mismo desde que la conocí. Por un segundo, ese aroma fue lo único real en el mundo.

-Mira que darnos este susto... a mí y a Jos... no es lindo, Jad -intentó bromear, aunque la voz se le quebró a mitad de la frase-. La próxima vez intenta no atravesarte frente a las balas, ¿quieres?

Quise sonreír.

Quise decirle que estaba bien, que sobrevivir se había vuelto una costumbre demasiado arraigada en mi vida.

Pero apenas logré mover la mano antes de que la puerta se abriera con firmeza.

Joseph.

Jos para nosotros.

Entró con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, llevando la misma chaqueta oscura de siempre, esa que ocultaba más cicatrices de las que mostraba.

-Nada de esfuerzos, "ya ahi, hermano mío" -ordenó mientras se acercaba a la cama-. Nos costó una eternidad sacar la bala de tu pierna. Perdiste tanta sangre que casi no llegas al quirófano. La del brazo fue más limpia, entró y salió sin tocar el hueso. Pero vas a tener un bonito recuerdo de esta noche durante bastante tiempo.

-A...gua...

La garganta me ardía como arena caliente.

Saya tomó rápidamente un vaso con sorbete y me ayudó a beber. El agua fría alivió apenas el incendio en mi cuerpo.

Jos se sentó a mi lado. Sus ojos ardían con algo más profundo que preocupación.

Rabia.

-Descansa -murmuró-. Aquí nada malo te va a pasar. "Wallahi, lo juro por Dios"... esos tipos van a pagar muy caro.

Quise preguntarle qué sabía.

Quién había disparado.

Cómo me habían encontrado.

Si finalmente El Elegido había decidido mover sus piezas contra nosotros.

Pero el sedante ganó la batalla antes de que pudiera abrir la boca.

El mundo volvió a apagarse.

---

Tres semanas después

El sol de El Cairo golpeaba las persianas de mi habitación, dibujando líneas doradas sobre la alfombra persa gastada. Mi cuerpo se recuperaba lentamente: el brazo respondía con rigidez y la pierna cojeaba menos cada día.

Pero mi mente seguía atrapada en aquel almacén.

Repitiendo el eco de los disparos como un mantra maldito.

Me quité la última venda del brazo frente al espejo del baño. La cicatriz fresca era rosada y rugosa, un recordatorio irregular que cruzaba el bíceps como un río seco.

Jad Sabagh.

Treinta y dos años.

Profesor de Filosofía Antigua y Arqueología en la Universidad de El Cairo.

Tutor ocasional en el Museo Egipcio.

Y un hombre cuya vida se estaba desmoronando lentamente por una causa que no había elegido del todo... pero que tampoco podía abandonar.

Líder de La Sombra.

El hombre que combatía cada día al Elegido, el tirano sin rostro que gobernaba desde el miedo.

¿Valía la pena?

¿Valía el riesgo de perder a Saya y a Jos como había perdido a mis padres?

¿Valía sacrificar lo poco que quedaba de mi humanidad?

-No pienses en lo que no puedes solucionar hoy -murmuré frente al espejo, usando el mismo mantra desgastado de siempre.

Pero hoy era distinto.

Una nueva alumna de intercambio llegaba desde Estados Unidos. Por normas de la universidad y la escasez de alojamiento seguro en medio de la inestabilidad política, debía quedarse en mi casa bajo mi protección encubierta.

Técnicamente, yo era su tutor académico.

En realidad, era su escudo.

Aunque ella todavía no lo supiera.

Me metí bajo la ducha. El agua fría recorrió mis cicatrices como un recordatorio áspero: seguía vivo.

Y como cada noche desde hacía años, ella había vuelto en sueños.

La mujer sin rostro.

Cabello rubio moviéndose como trigo bajo el sol del Nilo.

Una marca en el cuello.

Y unos labios que me quemaban por dentro, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no podía alcanzar.

Desperté sobresaltado, respirando agitado.

Fui al baño y me mojé la cara con agua fría antes de levantar la vista hacia el espejo empañado.

-Si alguien supiera esto... me internan en un psiquiátrico -murmuré.

Cuando limpié el vapor con la mano, vi durante un segundo un reflejo detrás del mío: un hombre con túnica blanca y corona dorada observándome con unos ojos demasiado antiguos para pertenecer a un ser humano.

Me giré de golpe.

Nada.

Solo azulejos y el sonido del agua.

-El cansancio -susurré, aunque el pulso me traicionó.

Me vestí despacio: jeans oscuros, camisa de lino blanco y mi kufiyya roja alrededor del cuello, una forma elegante de pasar desapercibido en las calles caóticas de El Cairo.

Bajé a la cocina.

El aroma a pan baladi caliente, ful medames y especias me recibió como un viejo amigo.

-¡"Sabah al-kheir, ya akhi, buenos días hermano mío"! -gritó Saya desde el teléfono, gesticulando exageradamente.

Colgó y se volvió hacia mí con una sonrisa brillante.

-"Sabah al-kheir" -respondí mientras agarraba una taza de café-. ¿Qué te tiene tan contenta a esta hora?

-¡Era el director del museo! Mi amiga llega el lunes... bueno, el martes. El vuelo se retrasó. Y tienes que ir a buscarla al aeropuerto porque técnicamente eres su tutor oficial.

-¿Sophiane? -pregunté, aunque el nombre me produjo una presión extraña en el pecho.

-Sí. Sophiane Arafat. Sophie para nosotros. "Ya ukhti, mi hermana". Mi mejor amiga. Pasé un año viviendo con ellos en Luisiana, Jad. Su madre fue mi tutora y me trataron como a una hija. Así que ni se te ocurra comportarte como el profesor gruñón de siempre.

Solté una risa breve.

-Está bien. Iré a buscarla. Pero recuerda una cosa, Saya... anonimato. Después de lo ocurrido en el puerto no podemos llamar la atención.

Ella levantó las manos.

-Lo sé. "Inshallah, si Dios quiere", todo saldrá bien.

Subió las escaleras casi saltando de alegría.

Y el silencio volvió a quedarse conmigo.

Pesado.

Incómodo.

La marca de nacimiento en mi muñeca comenzó a arder.

Un dolor punzante, como hierro caliente hundiéndose bajo la piel.

Me cubrí la muñeca rápidamente.

Solo me había ocurrido una vez antes.

La noche en que mis padres murieron.

Miré por la ventana hacia el horizonte, donde las pirámides se alzaban como gigantes dormidos bajo el sol implacable.

Un mal presentimiento se instaló en mi estómago.

-Sophiane Arafat... -susurré.

La marca ardió más fuerte.

Las pirámides parecían observar desde la distancia, eternas... y hambrientas.

No era solo una alumna.

No era solo un intercambio académico.

Sophiane no venía a estudiar.

Venía a despertar algo que llevaba miles de años dormido.

Y yo no estaba seguro de estar preparado para enfrentar lo que eso significaba.

Esto es todo lo disponible por ahora.

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Lista de capítulos

43 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Despertar
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El Peso del mañana
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Cicatrices en el alma

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