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Capítulo 3 Las cláusulas del desprecio
El repiqueteo de unos taconazos sobre el mármol del vestíbulo interrumpió el espeso silencio que había quedado tras la partida de Elena hacia la planta alta. Adrián, aún parado junto a la mesa del comedor con la mirada fija en la copa de vino intacta, no necesitó girarse para saber de quién se trataba. El perfume de orquídeas puras y la estela de arrogancia la precedían siempre. Doña Victoria Valente, vestida con un traje de sastre en tono marfil y luciendo un collar de perlas australianas que costaba más que una residencia promedio, entró a la propiedad sin golpear. Detrás de ella, el chofer cerró la puerta principal con absoluta discreción. -Dime que ya firmó -exigió Victoria sin preámbulos, avanzando con paso firme mientras se quitaba los guantes de piel de cabritilla-. Adrián, por el amor de Dios, dime que no tuviste que rogarle ni escuchar sus escenas de llanto. No tenemos tiempo para dramas de clase baja. La junta directiva de los Alarcón cenará con nosotros mañana por la noche y necesito este asunto resuelto legalmente. Adrián dejó salir un suspiro pesado y se frotó la nuca, sintiendo cómo un dolor sordo comenzaba a albergarse en sus sienes. -Firmó, mamá. No hubo escenas. Victoria se detuvo en seco, arqueando una ceja perfectamente delineada. -¿Así de fácil? ¿No pidió tiempo para consultar con un abogado descalzo de su pueblo? ¿No exigió una tajada de las acciones? -La mujer soltó una risa desdeñosa mientras caminaba hacia la mesa auxiliar donde descansaba la carpeta de cuero negro-. Esa muchacha siempre fue una muerta de hambre, pero al menos sabía cuál era su lugar. Sabía perfectamente que si intentaba pelear en un tribunal contra el equipo jurídico de los Valente, saldría de aquí sin un solo zapato. -No pidió nada, madre -repitió Adrián con un matiz de irritación en la voz-. Ni siquiera leyó el anexo de la pensión. Firmó el documento, rechazó el dinero y subió a empacar. Victoria frunció el ceño, abriendo la carpeta con avidez para comprobar la última página. Al ver la firma estilizada y firme de Elena al pie del documento, una mueca de satisfacción cruzó sus facciones, aunque duró poco. Rápidamente hoja tras hoja comenzó a pasar bajo sus dedos meticulosos. -¿Rechazó el dinero? -preguntó Victoria, con los ojos entrecerrados-. ¿Te refieres a los quince mil dólares mensuales que le asignamos en la cláusula de compensación? Adrián, no me digas que fuiste tan ingenuo como para dejar esa puerta abierta. Esa chica es una oportunista sin linaje. Las mujeres de su calaña conocen perfectamente estos trucos: rechazan la primera oferta para hacerse las dignas y luego, cuando están fuera, contratan a un leguleyo para demandarte por violencia psicológica o abandono, buscando sacar millones en un acuerdo fuera de corte. -Elena no es así... -intentó intervenir Adrián, aunque su propia voz sonó extrañamente vacía hasta para sus oídos. -¡Por supuesto que es así! -lo atajó su madre con dureza, golpeando la carpeta contra la mesa-. ¿Acaso olvidaste de dónde la sacaste? Una huérfana de provincias, sin apellido, sin conexiones, sin un solo antecedente relevante. Durante dos años le permití sentarse a nuestra mesa por lástima, soportando que la alta sociedad murmurara a mis espaldas sobre la "campesina" que mi hijo trajo a la familia. Le dimos un techo, ropa decente y un apellido que le quedaba gigante. Lo mínimo que debe hacer es marcharse sin pretensiones. En ese momento, el sonido de unos pasos ligeros descendiendo por la gran escalera central hizo que ambos guardaran silencio. Elena bajaba con elegancia pausada. Vestía un abrigo sencillo de color beige sobre su vestido neutro y llevaba en la mano derecha una única maleta de piel marrón, mediana y desgastada por el tiempo. No llevaba joyas, ni el reloj de oro que Adrián le había regalado en su primer aniversario, ni el bolso de diseñador que descansaba en el vestidor. Su rostro estaba completamente sereno, libre de rastro alguno de maquillaje o lágrimas. Victoria la observó de arriba abajo con una mezcla de desprecio y triunfo. Se cruzó de brazos, bloqueando levemente el acceso a la puerta principal. -Vaya, veo que decidiste ahorrarte el ridículo de hacer maletas grandes -dijo Victoria, articulando cada palabra con veneno-. Me alegra ver que te queda un ápice de sensatez, Elena. Aunque debo decirte que tu actuación de "esposa orgullosa" no nos engaña a ninguno de los dos. Elena se detuvo al pie de la escalera. Sostuvo la mirada de su suegra sin pestañear, con una postura tan erguida y natural que, por un instante, hizo lucir a la sofisticada Victoria Valente como una mujer vulgar y estridente. -Buenas noches, Sra. Valente -respondió Elena con una voz helada, limpia de cualquier emoción. -No me vengas con formalidades hipócritas -espetó la mujer, dando un paso hacia ella-. Adrián me contó que rechazaste la pensión. Quiero que te quede algo muy claro antes de que cruces esa puerta: si estás planeando usar esto como una estrategia para victimizarte ante la prensa o si pretendes impugnar el divorcio más adelante para sacarnos dinero, te aplastaremos. No tienes linaje, no tienes recursos y no eres nadie en esta ciudad. Te casaste por oportunismo, pensando que engancharías a un Valente de por vida, pero la comedia se acabó. Valeria Alarcón tomará el lugar que siempre le correspondió, el de una verdadera dama de sociedad. Adrián dio un paso adelante, sintiendo una repentina incomodidad ante la crudeza de su madre. -Mamá, basta. Ya firmó. Dejemos esto así. -¡No, Adrián! Hay que dejarle las reglas claras -insistiós Victoria, fijando sus ojos llenos de malicia en Elena-. Si intentas pedir un solo centavo de la fortuna Valente en el futuro, no solo te quedarás en la calle, sino que me encargaré personalmente de que no encuentres trabajo ni como sirvienta en esta capital. ¿Entendiste? Elena la escuchó en absoluto silencio. En el pasado, durante los primeros meses de matrimonio, palabras como esas la habrían herido profundamente. Habría llorado en la soledad de su habitación, preguntándose qué había hecho mal para merecer tanto odio. Pero hoy, sabiendo que el experimento había terminado y que la verdadera Helena Sterling estaba a punto de retomar las riendas de su vida, los insultos de la matriarca Valente le parecían irrisorios, casi patéticos. -¿Terminó, Sra. Valente? -preguntó Elena con una cortesía tan filosa que cortaba el aire. Victoria apretó los labios, sorprendida por la falta de impacto de sus amenazas. -Puedes retirarte -dijo la mujer mayor con altivez, haciendo un gesto con la mano como si espantara a un insecto-. Y deja las llaves de la casa sobre la mesa. Elena no respondió. Caminó lentamente hacia la consola del recibidor, sacó el juego de llaves del bolsillo de su abrigo y lo colocó junto a la carpeta del divorcio. Al lado de las llaves, con un movimiento grácil, deslizó el sencillo anillo de matrimonio de plata que se había quitado minutos antes en la recámara. Adrián observó el anillo brillar bajo la luz del candelabro. Una punzada helada le atravesó el estómago al notar que ella no llevaba puesto absolutamente nada que perteneciera a su vida juntos. -Elena... -murmuró él, dando un paso involuntario hacia ella-. ¿Dónde te vas a quedar a esta hora? El chofer puede llevarte a un hotel si no quieres que te pague el taxi. Elena se giró hacia él. Por primera vez en toda la noche, lo miró fijamente a los ojos. Había en su mirada una profundidad tan vasta, tan llena de una autoridad ancestral y desconocida para él, que Adrián sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. -No se preocupe por mí, Sr. Valente -dijo ella, borrando definitivamente cualquier rastro de intimidad en su trato-. A partir de este segundo, mi destino está completamente fuera del alcance de su imaginación. Antes de que Adrián o su madre pudieran asimilar sus palabras, el sonido grave de varios motores de alta gama resonó en la entrada de la propiedad. A través de los grandes ventanales del vestíbulo, los faros de tres limusinas blindadas de color negro impecable iluminaron la fachada de la mansión. Los vehículos, con cristales polarizados y escoltados por dos camionetas de seguridad privada, se detuvieron en formación perfecta frente a las escalinatas de la entrada. De la limusina central descendió un hombre alto, maduro, vestido con un traje de corte italiano impecable y portando un auricular discreto. Sin dudar un solo segundo, el hombre avanzó a pasos rápidos hacia la puerta principal de la residencia Valente y la abrió desde afuera con firmeza. Victoria y Adrián se quedaron petrificados. El hombre no le echó una sola mirada al heredero de Valente Group ni a su madre. Se inclinó noventa grados en un gesto de profundo respeto frente a la mujer de la maleta marrón. -Señorita Sterling -dijo el hombre con voz grave y clara, audible en todo el vestíbulo-. El avión está preparado en la pista ejecutiva. El Sr. Guillermo Sterling la aguarda a bordo. Permítame su equipaje, por favor. Elena le entregó la maleta sin prisa. -Gracias, Thomas -respondió ella con naturalidad. Lentamente, Elena avanzó hacia la salida. Al cruzar el umbral de la puerta, se detuvo un segundo, sin girar la cabeza hacia atrás. -Que tengan una buena noche, Sra. Valente. Y que disfruten su alianza con los Alarcón. Van a necesitarla. Elena caminó hacia la limusina mientras los escoltas abrían la portezuela para ella. Subió al vehículo, la puerta se cerró con un chasquido pesado y la caravana de lujo arrancó de inmediato, perdiéndose en la penumbra de la noche y dejando tras de sí solo el destello rojo de sus luces traseras. En el vestíbulo de la mansión, el silencio que quedó era sofocante. Victoria se había quedado con la boca entreabierta, con el rostro pálido y la mano aún sostenida en el aire, incapaz de articular palabra. Adrián, por su parte, caminó como un sonámbulo hacia la puerta abierta. Sus ojos contemplaban la calle vacía por donde los vehículos blindados acababan de desaparecer. Las palabras del hombre maduro aún resonaban en sus oídos con la fuerza de un trueno destruyendo su realidad: Señorita Sterling... El Sr. Guillermo Sterling la aguarda. -Sterling... -murmuró Adrián en un susurro aterrorizado, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones-. No... no puede ser. El apellido que acababa de escuchar no pertenecía a ninguna provincia modesta. Pertenece al imperio financiero Sterling Corp, la firma de inversión privada más grande y despiadada del continente. La misma firma a la que Valente Group planeaba suplicar un rescate financiero la próxima semana. Adrián giró lentamente la cabeza hacia la consola. Sobre la madera pulida, el anillo de plata de Elena y las llaves de la casa descansaban bajo la fría luz del candelabro, convertidos ahora en el símbolo del peor error de toda su vida.
Lista de capítulos
68 capítulos en total
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