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Capítulo 2
Esa noche no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía fragmentos de mi vida con Sofía. Nuestra "boda", ella caminando hacia mí con su vestido blanco, sonriendo. La imagen se distorsionaba, y en lugar de mi rostro en el altar, aparecía el de Javier Ríos, sonriendo con suficiencia.
Me despertaba sudando frío, con el corazón martilleando en mi pecho.
Un recuerdo en particular me atormentaba. La cena en la que le comuniqué a mi padre que dejaba Vargas Arquitectos. Estábamos en el comedor de la casa familiar, un lugar lleno de historia y tradición. Isabella Puig, mi amiga de la infancia y prometida por un antiguo acuerdo familiar, estaba allí.
"Padre, dejo la firma," anuncié.
Mi padre dejó los cubiertos sobre el plato. El silencio fue total.
"¿Por qué?"
"Voy a ayudar a Sofía con su empresa. Ella me necesita. Su potencial es ilimitado."
"Y tú renuncias a tu apellido, a tu legado, por... ¿una startup?" Su voz era una mezcla de incredulidad y dolor.
Isabella me miró, sus ojos oscuros llenos de una tristeza que no entendí en ese momento.
"Mateo, piénsalo bien," dijo en voz baja. "Un pacto es un pacto."
"El pacto se rompió, Isabella," respondí con frialdad. "Amo a Sofía."
Rompí mi compromiso con ella. Rompí el corazón de mi padre. Y todo por una mentira. El recuerdo era amargo, un veneno que recorría mis venas.
Durante el día, Sofía actuaba como si nada. Me preparaba mis platos favoritos, me preguntaba por mi trabajo, me besaba con una ternura que ahora me resultaba repulsiva. Cada gesto de "amor" era una pieza más del engaño. El café de la mañana, la nota en la almohada, el "te quiero" susurrado antes de dormir. Todo era falso.
Una semana después del descubrimiento en el Registro Civil, el timbre sonó. Era Javier Ríos. Llevaba una maleta.
Sofía lo recibió con un abrazo que fue un poco demasiado largo, un poco demasiado íntimo.
"¡Javier! ¡Qué sorpresa!"
"Sofía," dijo él, sonriendo. "El proyecto en California se ha adelantado. Necesito un lugar donde quedarme un par de semanas mientras preparamos todo desde aquí."
Se instaló en la habitación de invitados. Nuestra casa. Mi casa.
"Espero no molestar, Mateo," dijo, dándome una palmada en el hombro.
No respondí.
Los días siguientes fueron un infierno. Escuchaba sus risas desde el estudio donde "trabajaban". Una noche, pasé por el pasillo y oí la voz de Sofía a través de la puerta entreabierta.
"Lucía te echa de menos. Pregunta por su papá."
Lucía. La niña "huérfana" que Sofía quería adoptar. Había empezado a hablar de ella hacía unos meses, con un repentino y extraño afecto. Me había mostrado fotos. Una niña preciosa de unos cuatro años.
Mi sangre se heló. Busqué en internet. "Javier Ríos, hija". No encontré nada público. Pero la pieza encajaba. Lucía. Su hija. La niña que quería traer a mi casa, a mi vida.
Empecé a investigar. Contraté a un detective privado. En dos días, tenía la confirmación. Un certificado de nacimiento. Padre: Javier Ríos. Madre: Sofía Luna. La fecha de nacimiento: una semana después de que yo rompiera mi compromiso con Isabella.
La rabia me cegó. Habían planeado esto desde el principio. Desde antes de nuestra "boda".
Esa noche, no pude más. Entré en el estudio sin llamar. Estaban sentados muy juntos, revisando unos papeles.
"Me voy," dije. "Quiero que recojas tus cosas y te vayas de mi casa, Sofía."
Sofía se levantó, su rostro era una máscara de confusión.
"Mateo, ¿de qué hablas? ¿Estás bien?"
Javier se reclinó en su silla, observándome con una sonrisa burlona.
"Tranquilo, campeón. Demasiado estrés, ¿eh?"
"Y tú," le dije a Javier, "sal de aquí ahora mismo."
Sofía se interpuso entre nosotros.
"¡Mateo, basta! Javier es nuestro socio y nuestro invitado. ¿Qué te pasa? Has estado actuando muy extraño últimamente. ¿Es por la presión del ático? Si quieres, no lo compramos."
Su capacidad para mentir, para torcer la realidad, era asombrosa. Me hacían parecer el loco, el irracional.
La gota que colmó el vaso llegó dos noches después. Sofía organizó una cena "para limar asperezas". Javier insistió en cocinar. Hizo una paella de marisco.
Todos en mi círculo saben que tengo una alergia severa a los mariscos. Una reacción anafiláctica que me puede matar.
"He hecho esto en honor a la familia," dijo Javier, sirviendo un plato y poniéndolo delante de mí. "Una receta especial."
"Gracias, Javier, pero no puedo. Soy alérgico," dije, apartando el plato.
Javier fingió sorpresa.
"¡Oh! No lo sabía. Lo siento mucho."
Pero sus ojos decían otra cosa. Era un desafío.
Sofía me miró. Su expresión era gélida, irreconocible.
"Mateo, no seas maleducado. Javier ha cocinado para nosotros. Come. Un poco no te hará daño."
El mundo se detuvo. No era una sugerencia. Era una orden. Su voz era plana, sin emoción. Quería que comiera.
La miré a los ojos. Vi la verdad en ellos. La crueldad sin límites. Quería ver hasta dónde llegaría. Quería la prueba definitiva, la que no dejara lugar a dudas.
Tomé el tenedor. Cogí una sola gamba. La mastiqué lentamente, sin apartar la vista de ella.
El efecto fue casi inmediato. Un picor en la garganta. Luego, la sensación de que se cerraba. Intenté respirar, pero el aire no pasaba. Jadeé, llevándome las manos al cuello. Mis ojos se abrieron de par en par, buscando los suyos.
Vi pánico en su rostro. Pero no por mí.
"¡Javier, mira lo que has hecho! ¡Está teniendo una reacción!" dijo, pero su preocupación era por él, por calmarlo a él.
Javier parecía "apenado".
"No era mi intención, Sofía, te lo juro."
Me estaba asfixiando. Mi vista se nublaba. El sonido de mi propia lucha por respirar llenaba la habitación. Y ellos dos, de pie, discutiendo sobre las intenciones de Javier.
Nadie llamó a una ambulancia.
Con mi último gramo de fuerza, saqué mi móvil, marqué el 112 y dejé caer el teléfono al suelo. Luego, todo se volvió negro.
Lista de capítulos
6 capítulos en total
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