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Capítulo 3 EN LA CUEVA DEL LOBO
JADE AL-QALA
Abro mis ojos, pero se me dificulta ver; siento que mis ojos pesan. Toco mi cabeza y un gemido de dolor escapa de mis labios al sentir cómo mi cabeza va a estallar del dolor.
El simple respirar hace que todo mi cuerpo duela y se me dificulte moverme. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no es mi habitación, así que de inmediato me siento en la cama y al hacerlo siento cómo mis ojos se llenan de lágrimas al ver que estoy completamente desnuda. Trato de ponerme de pie, pero el dolor es tanto que no puedo hacerlo.
Niego con la cabeza sintiendo cómo las lágrimas resbalan por mis mejillas.
¡No!, Allah, esto no puede ser, ¿acaso han profanado mi cuerpo?, me pregunto, pero ¡no!, me daría cuenta, o ¿es que se siente diferente?, no lo sé.
Tomo las sábanas entre mis manos y trato de cubrir mi desnudez.
De pronto se abre la puerta y por esta entra una chica que por su vestimenta me doy cuenta de que es una chica de servicio; me sonríe y baja la mirada al darse cuenta de que trato de ocultar mi desnudez.
Camina hasta llegar hasta donde estoy y se para frente a mí; mientras trato de encogerme en mi lugar, ella carraspea tratando de llamar mi atención. Levanto la mirada y, al encontrarme con su mirada preocupada, mis ojos se llenan de lágrimas.
-¿Acaso me hicieron daño? -preguntó con la voz entrecortada; ella abre los ojos sorprendida por lo que preguntó y rápidamente niega.
-¡No!, no te hicieron daño -responde.
-¿Entonces por qué estoy desnuda?
-No se preocupe, señorita, mi madre y yo la desnudamos y limpiamos su cuerpo, ya que estaba llena de sangre, había perdido la conciencia y el médico vino a revisarla y dijo que solo habían sido unos golpes y nada más; en un momento le traigo ropa limpia para que se dé un baño.
-Gracias -susurro con la mirada en el suelo.
-No tiene nada que agradecer, señorita. -Se queda en silencio por unos segundos-. El señor pidió que cuando despertara le informara.
Abro los ojos sorprendida al escuchar lo que dice y niego.
-¿Acaso él? -intento preguntar.
-No, señorita, el señor fue quien la rescató y desea hablar con usted.
-¿Sobre qué? -preguntó.
-No lo sé, señorita, es mejor que coma algo -dice poniendo una bandeja de comida sobre una mesita-. En un momento regreso.
Pero antes de que se vaya, tomo su mano e impido que se vaya.
-No me deje sola, por favor -suplico.
-No se preocupe, aquí está segura, aquí nadie le hará daño -y sin más sale de la habitación dejándome sola.
Observo la comida y en verdad muero de hambre, pero siento que terminaría vomitando por todo lo que ha pasado en las últimas horas.
Pasaron unos minutos y la misma chica regresó y me di cuenta de que traía ropa entre sus manos; la coloca sobre la cama y me sonríe amablemente.
-Estoy segura de que esta ropa puede quedarle bien. Le prepararé el baño. También quería decirle que ya le informé al señor que ya despertó, así que él me pidió que se diera un baño, cenara y cuando terminara fuera a su despacho.
Me quedo en silencio, ya que no sé qué decir. ¿Quién será ese hombre?, ¿por qué me ayudó?, ¿qué quiere de mí? Muchas preguntas pasan por mi mente hasta que recuerdo las joyas de mi abuela y mi maleta. Miro hacia todos lados, buscando mis cosas y, extrañamente, ahí está, pero mi ropa se encuentra sucia y desecha.
Con dificultad me levanto de la cama y camino hacia donde está mi maleta, saco todas mis cosas y ¡sí!, las joyas desaparecieron. Me dejo caer al suelo sintiendo cómo las lágrimas resbalan de mis mejillas.
¿Y ahora qué haré? No tengo dinero, no tengo a dónde ir; las joyas de mi abuela eran lo único que tenía.
Al parecer, sí es un castigo de Allah al no haber obedecido, al no haber aceptado mi destino.
La chica me llama y la observo aún con lágrimas en los ojos; me ayuda a levantarme del suelo y trato de sonreír, pero no funciona.
Me señala el baño y camino con pasos lentos, lo más que me permite el dolor, ya que me duele y me duele demasiado. Cuando por fin logro llegar al baño, me doy cuenta de que es enorme; mi casa cabría fácilmente en este baño. Es realmente precioso. Abro la boca sorprendida al ver una tina llena de espuma; huele delicioso.
La chica se para a mi lado y me extiende su mano y dejo caer la sábana que cubre mi cuerpo y tomo su mano para ayudarme a entrar a la tina. Al sentir como el agua caliente entra en contacto con mi cuerpo, puedo sentir como mis músculos se relajan y dejo caer mi cabeza hacia atrás y cierro mis ojos mientras las lágrimas aún siguen bajando; no sé qué haré.
Regresar a mi casa ya no es una opción; podría llamar a mi hermana, pero sé perfectamente que ella me entregaría a mi padre y el castigo sería muy grande al haber deshonrado a mi familia.
Tengo que decir que tengo miedo; muy dentro de mí tengo miedo de quién pueda ser este hombre, miedo de lo que pueda hacer conmigo.
Ahora ya no estoy tan segura de si tomé la decisión correcta de haber escapado, pero muy dentro de mí no me arrepiento de lo que hice porque jamás podría vivir la vida que lleva mi hermana, maltratada, humillada, solo por un poco de dinero.
Cuando el agua se empieza a poner fría, me pongo de pie y tomo una toalla, enredo mi cuerpo maltratado y suspiro; solo espero que este hombre no me pida nada a cambio por su ayuda, aunque podría pedirle algún trabajo, ¡sí!, eso puede ser.
Se supone que nosotras jamás seríamos unas chicas de servicio, pero si es necesario para poder pagar mi deuda a este hombre y que me dé algunas monedas, no me importaría; necesito salir del país, necesito irme de este lugar porque el infierno que me espera no será nada fácil si me quedo aquí.
Con ayuda de la chica logro llegar a la habitación, dejo caer la toalla y empiezo a vestirme con algo de dificultad; trato de que las lágrimas ya no resbalen por mis mejillas, pero no puedo conseguirlo y más ahora que no sé cuál será mi destino.
Al estar ya vestida, la chica me ayuda a sentarme frente al tocador y comienza a peinar mi cabello. Al ver mi reflejo en el espejo, no puedo evitar que un gemido de dolor escape de mis labios al ver mi rostro; puedo observar los moretones que tengo, mi labio roto y mi nariz con un gran corte sobre ella. Miro mi cuello y puedo ver la gran mordida que tengo sobre él.
Muerdo con fuerza mi labio inferior tratando de reprimir el llanto; todo lo que pasó es mi culpa; si yo no hubiera escapado, nada de esto estaría pasando.
-¡Allah, perdóname! -susurró bajando la mirada.
Siento cómo tocan uno de mis hombros como tratando de reconfortarme y a los segundos escucho la voz de la chica.
-El señor la espera, señorita. -Subo la mirada, encontrándome con sus ojos por el reflejo del espejo.
-Está bien -susurró.
Me ayuda a ponerme de pie y salimos de la habitación a paso lento. Observo todo el lugar y puedo notar el lujo en cada rincón del lugar; puedo notar muchos sirvientes y, al pasar al lado de ellos, todos me miran y susurran bajito. Bajo la mirada, no quiero que nadie me vea así. Ya llevamos varios minutos caminando y aún no hemos llegado al despacho de ese hombre; muchas preguntas pasan por mi mente y la principal es: ¿Quién es ese hombre?
Puedo darme cuenta de que es un hombre adinerado, que no es un hombre común; solo espero que estar aquí no me meta en más problemas de los que ya estoy.
A cada paso que daba sentía que mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho; sentía cómo mi corazón golpeaba a un ritmo que sentía que en cualquier momento me terminaría desmayando.
Llegamos a una enorme puerta y vi cómo la chica dio unos golpesitos y a los segundos pude escuchar esa voz, esa voz que escuché antes de desmayarme.
-Adelante. -Siento cómo mi cuerpo se eriza al escuchar esa voz tan demandante y autoritaria.
La chica abre la puerta y me insta a entrar, pero yo estoy como si estuviera pegada al suelo, no me muevo de mi lugar.
Siento que si entro a ese lugar es como si estuviera entrando a la cueva del lobo, un lobo que en cualquier momento me haría pedazos.
La chica me empuja un poco y con dificultad hace que entre al despacho; trato de hablarle que no me deje sola, pero al instante cierra la puerta dejándome sola con ese hombre en ese enorme lugar.
Observo el lugar y me detengo al ver a un hombre que está de espalda viendo por el enorme ventanal.
Veo su imponente figura; debe medir, si no estoy mal, casi los dos metros. Veo su espalda y, aunque el traje que lleva puesto cubre su cuerpo, sus músculos son muy visibles.
Él se da la vuelta y, al hacerlo, abro los ojos por la sorpresa de quién es.
¿Por qué Allah?, ¿por qué de todos los hombres tuvo que ser él el que me ayudara?
Lista de capítulos
28 capítulos en total
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