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Capítulo 3 ¿De verdad estás tan urgida
Olivia salió del hospital. Su mente era un caos absoluto y no tenía idea de qué hacer a continuación.
Solo le quedaban dos opciones.
La primera era confesarle a Brayden la verdad sobre su enfermedad y pedirle que se acostara con ella.
La segunda era tragarse la vergüenza, dejar de dudar y tomar la iniciativa para seducirlo.
Aunque nunca habían intimado, su relación siempre había sido excelente. En tres años juntos, jamás habían tenido una pelea fuerte. Sabía que, si le explicaba la situación con honestidad, Brayden aceptaría sin dudarlo por el bien de su salud.
Pero ella no quería eso. Algo tan íntimo debía nacer del deseo genuino, no de la lástima o la obligación.
Tras darle mil vueltas al asunto, Olivia tomó una decisión: dejaría de pensar tanto y seduciría a su propio esposo.
Esa misma noche, se armó de valor, se puso un conjunto de lencería de lo más provocativo, tomó su celular y llamó a Brayden. "¿A qué hora vienes a casa?".
"No llegaré a dormir hoy", respondió él, en un tono profundo y suave. "La reunión internacional de mañana empieza muy temprano, así que me quedaré en los Apartamentos Vistamar".
La casa que compartían estaba en las afueras; era una villa enorme, pero quedaba demasiado lejos de la oficina.
Por eso, Brayden había comprado otro lugar más céntrico: un dúplex en los Apartamentos Vistamar.
Olivia guardó silencio un instante antes de preguntar: "Entonces... ¿estás solo esta noche?".
Si él no podía volver por el trabajo, ella iría a buscarlo.
Una risa ronca resonó en la línea. "Por supuesto que estoy solo. ¿Qué pasa? ¿Te preocupa que tenga a otra mujer aquí?".
Olivia soltó una risita nerviosa, ocultando sus verdaderas intenciones. "No. Solo preguntaba".
Si tenía colegas allí para una reunión nocturna, aparecer de la nada solo arruinaría las cosas.
Tras terminar la llamada, Olivia se puso un abrigo largo sobre la lencería, tomó la cena que había preparado con esmero y luego agarró unos condones antes de salir hacia Apartamentos Vistamar.
Cuando llegó, ya eran las ocho de la noche.
La contraseña de la puerta era la misma que ella había elegido cuando compraron el lugar. La tecleó sin dudar y entró.
En cuanto la puerta se abrió, un delicioso aroma a comida inundó el lugar.
Entonces, Brayden salió de la cocina. Llevaba un delantal atado a la cintura y un plato humeante en las manos. El olor dejaba claro que se había esmerado en la preparación.
Olivia se le quedó mirando, totalmente desconcertada. "¿Brayden?".
Lo conocía desde hacía años; sabía mejor que nadie que él era un desastre en la cocina. Ni siquiera sabía distinguir la sal del azúcar. ¿Cuándo había aprendido a cocinar?
Él giró la cabeza hacia la entrada en cuanto escuchó su voz. Un destello de pánico se reflejó en su rostro antes de que pudiera ocultarlo.
Bañada por la cálida luz del recibidor, Olivia estaba de pie con su largo abrigo blanco, luciendo tan elegante como siempre.
Inclinó un poco la cabeza y le dedicó una sonrisa dulce y coqueta.
Hubo un tiempo en que esa simple expresión habría bastado para destruir todo su autocontrol. En el pasado, él habría caminado directo hacia ella, la habría rodeado con sus brazos y la habría sostenido contra su pecho sin pensarlo dos veces.
Pero el hombre que tenía enfrente ya no la miraba como antes. Sus ojos solo reflejaban tensión y una furia contenida. "¿Qué diablos haces aquí?".
La mirada de Olivia se desvió más allá de él y se posó en la comida que había sobre la mesa. "¿Desde cuándo sabes cocinar?".
"Yo... no sé hacerlo". Brayden rompió el contacto visual y apartó la mirada. "Pedí esta comida a domicilio. Solo la estaba calentando".
Un segundo después, frunció el ceño con dureza y inquirió: "¿Por qué no estás en la casa?".
"Porque tú no ibas a volver". Olivia respiró hondo, reunió todo el valor que había acumulado durante el trayecto y, finalmente, dejó salir las palabras que había ensayado una y otra vez. "Como tú no podías venir a mí, vine yo a buscarte".
En cuanto las palabras salieron de su boca, se quitó el abrigo de los hombros, dejando al descubierto la delicada y provocativa lencería que llevaba debajo.
Brayden se tensó por completo. La imagen frente a él lo golpeó como una descarga eléctrica. Se quedó mudo por un instante.
Pero la sorpresa no tardó en transformarse en rabia. Frunció el ceño con violencia y su expresión se volvió glacial. "Olivia, ¿qué demonios llevas puesto?".
Antes de que ella pudiera responder, él recogió el abrigo del suelo y se lo arrojó encima. "Póntelo. Vete a casa. Tira eso a la basura y no vuelvas a vestirte así nunca más".
Olivia perdió la sonrisa lentamente.
Había imaginado un sinfín de reacciones por parte de él. Pensó que se quedaría pasmado, que se sentiría tentado, que tal vez no podría ocultar su deseo. Jamás esperó un rechazo tan brutal.
Sin embargo, se negó a retroceder.
Durante todo un año, Brayden había evitado cualquier tipo de intimidad con ella.
Esa noche, ella ya había tomado una decisión. Costara lo que costara, se iba a acostar con él.
No podía esperar ni un segundo más.
Tragándose la humillación que le quemaba el pecho, Olivia estiró el brazo, tomó la mano de su esposo y la guio lentamente hacia su cuerpo. "Brayden...".
Su voz se suavizó, cargada de una desesperación palpable. "Llevamos un año casados. No me has tocado ni una sola vez. ¿Tienes idea de lo sola que me siento?".
Apretó su mano con más fuerza. Sus ojos se llenaron de una vulnerabilidad desgarradora. "Por favor... solo tócame".
En el instante en que apresó su palma, sintió cómo la mano de su esposo se ponía rígida como una piedra.
Y justo cuando estaba a punto de deslizarla sobre su piel, una voz burlona resonó de pronto desde lo alto de la escalera. "Olivia, ¿de verdad estás tan urgida?".
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