Saltar al contenido principal

Capítulo 2 Silencio de Cristal

El trayecto en coche desde Bélgica hasta Alemania fue un borrón de lluvia, autopistas oscuras y pensamientos desordenados. Julián sujetaba el volante con fuerza, sintiendo el cansancio acumulado en los brazos y esa molestia constante en la pierna derecha que aparecía cada vez que conducía durante varias horas seguidas. Sin embargo, esta vez no había telemetría ni equipo por la radio para indicarle los tiempos por sector. Solo estaba él, el rumor del motor y las noticias de la radio que, cada hora en punto, repetían la misma información: el fallecimiento de Arthur Vance, presidente y fundador de Vance Dynamics. Entró en Stuttgart cuando el cielo empezaba a aclararse con un tono gris y plomizo. La ciudad despertaba despacio, pero al llegar al distrito financiero, el movimiento ya era intenso. La sede central de la compañía se levantaba como un monolito de vidrio y acero de treinta plantas en el corazón de la ciudad. Julián había estado allí pocas veces en los últimos años; siempre había preferido el ambiente ruidoso y manchado de grasa de los talleres o la tensión de los garajes en los circuitos. Aparcó en el subterráneo, en el espacio reservado que hasta el día anterior pertenecía a su padre. Al apagar el motor, el silencio lo envolvió de golpe. Miró su reflejo en el retrovisor: tenía la mirada cansada, la barba de dos días y la ropa arrugada por el viaje. Se ajustó la chaqueta y bajó del vehículo. El ascensor privado lo llevó directamente a la planta ejecutiva. Las puertas se abrieron con un leve pitido y Julián pisó la moqueta gruesa del pasillo principal. El contraste con el ambiente de las carreras era brutal. Aquí no había olor a combustible ni gritos de mecánicos; solo un aire acondicionado frío, un tono de luz artificial impecable y el susurro lejano de los teléfonos. En la recepción de la planta superior lo esperaba Gregorio Holt. El director financiero vestía un traje oscuro impecable, sin una sola arruga, aunque sus ojos pequeños tras las gafas metálicas delataban que no había dormido en toda la noche. -Julián -dijo Gregorio, acercándose con paso rápido y extendiendo la mano-. Me alegra que hayas llegado a tiempo. La situación es complicada. Julián estrechó la mano del financiero. La palma de Gregorio estaba fría. -Hola, Gregorio. Todavía me cuesta creerlo. Ayer por la mañana hablé con él brevemente. -Lo sé, muchachos. Todos estamos impactados -respondió Gregorio, aunque su voz sonaba extrañamente neutra, casi profesional-. Pero el mercado no espera. Las acciones de la empresa abren en dos horas y los periódicos económicos ya están especulando sobre el futuro de la dirección. Necesitamos mostrar firmeza desde el primer minuto. -Mi padre acaba de morir, Gregorio -recordó Julián, mirándolo fijamente-. ¿Podemos tener un momento de tranquilidad antes de hablar de las acciones? -Ojalá pidiéramos permitírnoslo -interrumpió una voz femenina a sus espaldas. Julián se giró. Caminando por el pasillo central aparecía su tía, Beatriz Vance. Vestía un conjunto negro elegante, el peinado perfectamente estructurado y una postura firme que no dejaba traslucir el menor gesto de dolor. Beatriz era la hermana menor de su padre y ocupaba un puesto en el consejo de administración desde hacía una década. -Julián -dijo Beatriz, acercándose y dándole un abrazo breve y medido, de esos que parecen ensayados para las cámaras-. Qué pena que tengamos que encontrarnos en estas circunstancias tan tristes. -Hola, tía Beatriz -contestó él, sintiendo la distancia física y emocional en ese gesto. -Tu padre era un hombre terco, ya lo sabes -continuó Beatriz, colocándose al lado de Gregorio-. Mantuvo todo el peso de la empresa sobre sus hombros hasta el último segundo. Pero ahora la compañía necesita estabilidad. Gregorio y yo hemos estado revisando el protocolo de emergencia durante la madrugada. Julián cruzó los brazos sobre el pecho. La frialdad con la que ambos hablaban del fallecimiento de su padre lo incomodaba profundamente. Era como si Arthur Vance hubiera sido simplemente un cargo ejecutivo que ahora quedaba vacante, en lugar del hombre que había construido todo aquello. -¿Qué protocolo? -preguntó Julián. -Un plan de transición -explicó Beatriz con soltura-. Vamos a convocar a la prensa a las nueve de la mañana. Informaremos de la pérdida de Arthur y anunciaremos que yo asumiré la presidencia interina del consejo para evitar que las acciones caigan. Tú podrás encargarte de los arreglos del funeral y de tus asuntos personales sin presiones. Julián miró a su tía y luego a Gregorio. El financiero evitó sostenerle la mirada y prefirió revisar un documento en su tableta. En ese instante, Julián comprendió la prisa de ambos. No estaban intentando protegerlo del estrés del duelo; estaban aprovechando el impacto de la noticia para tomar el control de la empresa antes de que él pudiera reaccionar. -Mi padre aún no está en el cementerio, Beatriz -dijo Julián con voz tranquila pero firme-. No voy a tomar decisiones sobre el control de la empresa en este pasillo a las siete de la mañana. -Julián, por favor, sé razonable -insistió Beatriz, perdiendo un poco de su calidez fingida-. Tú no sabes cómo funciona esta sede. Te has pasado los últimos diez años dando vueltas a circuitos de carreras gastando el dinero de la familia. No conoces los contratos, no conoces a los accionistas y no tienes idea de administración. Dejar la empresa en tus manos ahora mismo sería un suicidio comercial. Las palabras de su tía resonaron en el pasillo de cristal. Era la misma idea que su padre le había repetido tantas veces, pero escucharla en boca de Beatriz, justo en ese lugar, provocó algo distinto en su interior. -Quizá no conozca los pasillos de este edificio -respondió Julián, dando un paso hacia adelante-, pero conozco el apellido que está en la entrada. Y sé muy bien qué es lo que querría mi padre. -Tu padre ya no está, Julián -sentenció Beatriz con dureza-. Y los negocios no entienden de sentimentalismos. Antes de que Julián pudiera responder, la puerta del despacho principal se abrió y apareció el abogado de la familia, sosteniendo un maletín de cuero. La primera batalla corporativa acababa de comenzar.

¿Quieres seguir leyendo?

Sigue leyendo para continuar la historia.

Continuar leyendo

Lista de capítulos

11 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Recoger todo
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Silencio de Cristal
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La Voluntad de Arthur

Novedades