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Capítulo 3 La marea nocturna
Elena dio un pequeño salto, tomándose el pecho con la mano mientras intentaba recomponer la compostura. La noche parecía estar empeñada en no darle ni un minuto de paz. El hombre que acababa de salir de la penumbra de la terraza era alto, de complexión fuerte pero atlética, con el cabello castaño un poco despeinado por la brisa marina que subía desde el puerto. Llevaba un traje impecable, de un azul tan oscuro que en la penumbra parecía negro, pero con la camisa ligeramente desabrochada en el cuello, lo que le daba un aire mucho más relajado que el de Alexander o Julian. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran sus ojos: un verde profundo, turbio como el mar antes de una tormenta. -Perdona si te asusté -dijo el hombre. Su voz no era áspera como la de Alexander ni fría como la de Julian; era una voz pausada, profunda y grave, como el rumor del agua rodando sobre las piedras. -No pasa nada -respondió Elena, exhalando el aire que había estado reteniendo-. Solo no esperaba encontrar a nadie más aquí afuera. Pensé que todo el mundo estaba adentro peleándose por los bocadillos o presumiendo sus cuentas bancarias. El hombre dejó escapar una sonrisa leve, casi imperceptible, que apenas le marcó las comisuras de los labios. -Por eso mismo estoy aquí afuera. El ambiente ahí adentro suele ser demasiado... denso. Mucha gente pretendiendo ser algo que no es. Elena no pudo estar más de acuerdo. Se acomodó de nuevo contra el barandal de mármol, mirando hacia el horizonte donde el océano se perdía en la oscuridad de la noche. El aire frío de la costa le estaba haciendo bien para despejar la cabeza. -Imagino que tú tampoco viniste a bailar -comentó él, dándole un sorbo a su copa. -Para nada. Vine a intentar vender mi proyecto antes de irme a la bancarrota -admitió Elena con amargura y una sinceridad que no sabía de dónde le había salido. Quizá era el cansancio o el hecho de que este sujeto no parecía estar evaluándola constantemente como los otros dos-. Aunque hasta ahora solo he logrado meterme en medio de dos tipos que parecen querer matarse. El hombre soltó un bufido corto que sonó como una risa reprimida. -Alexander Thorne y Julian Vance -dijo, nombrándolos sin necesidad de que ella diera explicaciones-. Es un milagro que no hayan destruido el salón aún. Esos dos no pueden estar en la misma habitación sin medirse el pulso. -¿Los conoces? -preguntó Elena, curiosa, girándose un poco para mirarlo de frente. -Lamentablemente sí. En este ambiente todos nos conocemos, nos guste o no. Soy Dorian. Dorian Cross. Elena parpadeó, repasando mentalmente los nombres de las listas de Forbes y los reportes de noticias de negocios. Dorian Cross. El magnate naviero. Un hombre sumamente reservado que controlaba prácticamente todo el comercio marítimo del país, dueño de astilleros, puertos privados y una de las flotas de carga más grandes del mundo. A diferencia de Alexander y Julian, que siempre estaban en boca de la prensa, Dorian era un fantasma que rara vez se dejaba ver en eventos públicos. -El dueño de los mares -murmuró Elena sin pensar, recordando cómo lo llamaban los periódicos financieros. Dorian alzó las cejas, divertido por la etiqueta. -Prefiero pensar que solo manejo barcos, pero si la prensa quiere ponerme títulos dramáticos, no puedo detenerlos. Y tú debes ser Elena Ross. La mujer que tiene a la mitad del comité de evaluación hablando de encriptación de datos marítimos y logística. Elena se quedó helada. -No me digas que tú también leíste mi propuesta. ¿Acaso mi documento confidencial está publicado en internet y yo no me he enterado? Dorian negó con la cabeza pacientemente. -No necesitó estar publicado. Manejo el ochenta por ciento de las rutas de carga de este lado del continente, Elena. Si alguien diseña un software capaz de optimizar el rastreo de contenedores y proteger la red de los puertos contra ataques cibernéticos, ten por seguro que el informe va a terminar en mi escritorio en menos de una hora. -Vaya. Veo que la privacidad es solo un mito para los millonarios de esta ciudad -dijo ella, cruzándose de brazos, aunque en el fondo no podía evitar sentirse halagada de que alguien con semejante imperio supiera de su trabajo. -En este negocio, la información es la diferencia entre flotar o hundirse -respondió Dorian. Se acercó un par de pasos hacia el barandal, quedando bastante cerca de ella. Elena notó de inmediato algo extraño. Estar cerca de Alexander se sentía como estar junto a un incendio a punto de salirse de control; estar cerca de Julian era como entrar a una cámara frigorífica. Pero la presencia de Dorian era diferente. Había una presión pesada en el aire a su alrededor, una atracción magnética e inexplicable que hacía que a Elena se le erizara la piel del cuello. Se sentía como la calma extraña que hay en la playa justo antes de que llegue una ola gigante. Dorian la miró a los ojos y, por un segundo, a Elena le pareció ver un destello azulado brillando en el fondo de sus pupilas verdes, como el reflejo de la luz en la profundidad del agua. Parpadeó rápidamente pensándolo un espejismo producido por las luces del jardín. -A diferencia de Alexander, yo no quiero tu tecnología para hacer la guerra -continuó Dorian con voz suave pero firme-. Y a diferencia de Julian, no la quiero para manipular la política. A mí me interesa la eficiencia y la seguridad de mi gente. Si tu sistema es tan bueno como prometes en el papel, me gustaría comprar los derechos exclusivos. Elena levantó la barbilla, recuperando de inmediato su postura profesional. -No vendo los derechos exclusivos, señor Cross. Vendo licencias de uso y mantengo el control de mi empresa. No le perteneces a nadie. Dorian la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. No hubo enojo en su rostro, solo una fascinación tranquila, lenta y profunda. Aceptaba su respuesta con una madurez que no había visto en los otros dos. -Inflexible. Eso me gusta -dijo él finalmente, inclinando la cabeza con respeto-. Pero no cometas el error de confiar demasiado en los otros dos, Elena. Thorne es un animal impulsivo y Vance es una serpiente. Ninguno de los dos sabe lo que es dejar ir algo cuando se les mete entre ceja y ceja. -Sé cuidarme sola, gracias por la advertencia. -No lo dudo -respondió Dorian, dando un paso atrás y colocándose la mano en el bolsillo del pantalón-. Pero si alguna vez sientes que la marea te está arrastrando demasiado fuerte... búscame en el puerto. Mis puertas siempre van a estar abiertas para ti. Antes de que Elena pudiera responderle algo, la puerta de la terraza se abrió de golpe. La figura imponente de Alexander apareció bajo la luz del marco, buscando con la mirada como un loco hasta que los encontró a los dos juntos. Detrás de él, con la cara seria y las manos metidas en los bolsillos, venía Julian. Dorian no se inmutó. Le dedicó a Elena una última mirada cargada de un significado misterioso que ella no logró descifrar y pasó de largo junto a los otros dos hombres, rozando el hombro de Alexander sin siquiera pedir disculpas. Elena se quedó sola en la terraza, sujetando el barandal con fuerza. Si pensaba que su vida era complicada esa mañana, ahora estaba convencida de que acababa de entrar voluntariamente a una tormenta de la que no iba a poder salir tan fácil.
Lista de capítulos
10 capítulos en total
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