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Capítulo 2 Una noche para olvidar

Isabelle:

En el centro de la pista bailamos alrededor de José y, por más que deseo simpatizar con algún chico, a todos se les ocurrió venir acompañados, dejándome con la penosa alternativa de comportarme como una devota novia, mientras sé que Liam debe de estar con alguna mujer por ahí.

-¿Qué pasó aquí? -pregunta, evidentemente sospechando que algo ocurrió.

-¡Cosas de mujeres! -respondo haciendo un gesto con la mano.

-Mmm... Está bien. Cuando quieran, saco a mis chicas a bailar.

Sin pensarlo mucho, Susan y yo nos levantamos de la mesa y, poniéndonos de acuerdo con una sola mirada, nos acercamos una a cada lado de José.

-Osito, queremos bailar -susurramos al unísono junto a su oído.

-¡Yo sabía que algo pasaba! -exclama, negando con la cabeza mientras su sonrisa se ensancha, demostrando que, lejos de molestarse, le causa gracia.

Intentando sacar cuentas, calculo que llevo unos cinco vasos de tequila, dejándome mucho más mareada de lo que creí posible. Decido volver a la mesa, con Susan siguiendo mis pasos torcidos. José, en cambio, va a la barra por más tragos, sin darse cuenta de que nuestros cuerpos ya tuvieron suficiente.

-Aquí tienen, chicas -dice al regresar y sentarse frente a mí, junto a Susan.

-Gracias, mi amor -respondo entre risas.

-¿Cuántas copas llevas, Cathy? -pregunta José, a pesar de que él mismo ha sido el responsable de traerlas.

Sigo riendo mientras observo a mis amigos. Me resulta graciosísimo verlos dobles; empiezo a creer que tienen gemelos y nunca me lo contaron.

-¿A cuál de los dos le respondo? -pregunto-. ¿A ti o a tu gemelo?

-Ay, no... Estás peor de lo que creía. Y mañana tenemos un examen importante.

Sin pensarlo mucho, José me quita el vaso que tengo en la mano y luego hace lo mismo con el de Susan. Ninguna vio venir ese movimiento y, por supuesto, nos desagrada, especialmente a mí, que no tuve más que una sola conquista en toda la noche... y me refiero al chico sudoroso.

-¡Hey! ¡No sean aguafiestas! Esto recién está comenzando. ¡Vamos a bailar! -me levanto de la silla e intento moverme al ritmo de la música, pero me cuesta; siento que todo se mueve más que yo-. ¡Quiero más tequila! -grito eufórica.

-¡No! ¡No, señorita! ¡Ya es muy tarde! -me reprende José, creyéndose mi madre. Aunque, si fuera ella, yo no estaría aquí; estaría acostada, como una chica buena, bajo siete llaves, esperando la llamada de mi "fiel" novio.

-¡Pero si todavía es temprano! -interviene Susan, que hasta ese momento había permanecido calladita, bebiendo de su vaso... y del de José.

-¡Ay, no, mi amor! ¡Tú no! ¡No te pongas como Cathy, por favor! -exclama José, angustiado, sin saber qué hacer con este par de borrachas.

Sin embargo, no pienso rendirme. La fiesta aún no termina y a mí me gusta irme de las últimas.

La rebelión comienza. Nos ponemos exigentes y pedimos más alcohol, el cual, claramente, José no piensa darnos. Entonces lo arrastramos del cuello hacia la pista de baile, logrando que, a la fuerza, acceda al menos a una de nuestras demandas. Al parecer, cree que es la única manera de controlar una situación que se le escapó de las manos desde el primer shot de tequila.

Bailamos mientras hablamos tonterías, recordamos situaciones graciosas o, tal vez, completamente aburridas, que, por el estado en el que nos encontramos, nos hacen reír como si fueran el mejor chiste del mundo.

De tanto intentar bailar sin que el piso deje de moverse, Susan resbala y me empuja sobre José. Él intenta sostenerme, sin darse cuenta de que Susan también terminará cayendo encima de él.

-¡Hey, playboy! ¡Controla a tus chicas! -escucho entre la música, las risas y el murmullo de la gente.

«¿Qué nos controle?»

En mi evidente estado de ebriedad, el reclamo del guardia llega a mis oídos como si fuera la voz de mi madre. No necesito que nadie me controle; solo nos estamos divirtiendo. Además, ni siquiera trajeron hombres sexys y solteros. Deberían dejarnos en paz y permitirnos disfrutar de nuestra libertad, sin mi mamita vigilando cada uno de mis pasos.

«¿Será mi madre y la embriaguez no me deja verla con claridad? ¡Estoy perdida!»

-¡No necesitamos control, gorila! -grito después de asegurarme de que no es mamá.

Intento acercarme a él con el dedo índice levantado. Quiero apoyarlo en su pecho y decirle unas cuantas verdades. Sin embargo, resbalo. Alcanzo a sujetarme de Susan; ella de José, y José de otro chico y, en cuestión de segundos, se armó un verdadero caos en la pista de baile: todos terminamos en el suelo.

El gorila se acerca a paso firme, me toma en vilo y me saca del local. Intento zafarme, pero es tan grande que me resulta imposible. Empiezo a golpearle la espalda, aunque, por la poca reacción que demuestra, mis puños deben sentirse como simples cosquillas.

-¡Suéltame, gorila! ¡Que me sueltes! -grito a todo pulmón-. ¿No sabes quién soy? ¡Te demandaré! ¡Soy la mejor abogada de Londres! ¡Ni siquiera en el zoológico te aceptarían! ¡Suéltame!

Me deja en el suelo una vez que estamos fuera del establecimiento. Mi enojo sigue intacto y no me permite pensar con claridad. A duras penas logro levantar una pierna, me saco uno de mis bellos zapatos y se lo lanzo por la espalda. Sin embargo, mi zapato recibe más daño que él, porque ni siquiera se inmuta ante mi ataque.

-¡Sí te dolió! ¡Solo que no quieres reconocerlo! -grito, sin recibir respuesta.

Resignada, me quedo de pie junto a mi auto, con los ojos entrecerrados, intentando mantenerme despierta mientras espero a mis amigos. A lo lejos, veo a José sosteniendo a Susan, quien sigue riendo, no sé de qué o de quién. Nos acomodamos en los asientos traseros del vehículo mientras José, no sin antes asegurarse de que llevemos puestos los cinturones de seguridad, se pone al volante.

-¿Me habrá traído mis regalos? -susurro sin recibir respuesta al llegar al edificio y ver a Jim, el conserje.

Él se acerca a nosotros, tan servicial como siempre, hasta que ve mi deplorable estado de embriaguez.

-¡Señorita Isabelle! Pero... ¿en qué condiciones ha llegado?

Jim abre los ojos como platos, incapaz de creer lo borracha que estoy. Yo solo me encojo de hombros, preocupada porque acaba de llamarme por mi verdadero nombre.

-Cathy... Me llamo Cathy. ¡No Isabelle! Mejor dígame, ¿qué regalo me traerá para Navidad? -pregunto mientras tomo sus regordetas mejillas y las aprieto con dulzura-. ¡Uy, qué gordito está mi Santa!

-Señorita, será mejor que llame a su madre -opina Jim, haciéndome reaccionar de inmediato, incluso en mi estado.

-¡¿Qué?! ¡No! ¿Para qué?

Abro tanto los ojos que, por un instante, hasta creo que se me pasó la borrachera. Mi madre es y será siempre mi mejor analgésico. Basta con pensar en ella para que se me quiten todos los males. Sin embargo, las piernas me tiemblan al imaginar que este señor la llamará. Peor aún, sonará mi celular o el de Susan y descubrirá que le mentí. Bueno... sí le mentí. Pero fue por seguridad. Aunque también cabe la posibilidad de que siempre haya sabido la verdad y ahora sí decida llamarla.

«¡Adiós, libertad!»

-La veo en tan malas condiciones... -alcanza a decir antes de que José lo interrumpa.

-Su madre ya lo sabe. Yo mismo se lo dije -miente Osito-. Gracias, Jim.

Con bastante esfuerzo, José toma a Susan de un brazo y a mí del otro para guiarnos hacia el ascensor y mantenernos a salvo de las garras de mi madre.

Sin embargo, por algo estoy borracha.

-¿Llamaste a mi mamá? -pregunto, herida.

José rueda los ojos antes de responder.

-No...

-¡Jim, es usted muy lindo, pero un chismoso! -digo, provocando las risas de la otra borracha, que, por supuesto, es Susan, mientras José aprieta el botón del ascensor.

-¿Qué? -pregunta Jim.

-¡Y sordo! -remato antes de que las puertas se cierren.

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Lista de capítulos

14 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Libertad con reglas
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Una noche para olvidar
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Un disfraz y una invitación

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