/0/18791/coverbig.jpg)
Capítulo 2 El infierno del primer día
El contrato que Valeria había firmado esa misma mañana no era un acuerdo laboral; era un pacto con el mismísimo diablo. Apenas dieron las ocho de la mañana del día siguiente, Valeria ya se encontraba de pie frente al monumental escritorio de caoba de Sebastian Cross. Él ni siquiera se dignó a levantar la mirada para darle los buenos días. En su lugar, deslizó una pila de carpetas de casi treinta centímetros de altura por la superficie pulida del mueble, deteniéndola justo al borde. —Esa es la auditoría interna de la división de logística de los últimos tres trimestres —dijo Sebastian, con una voz tan gélida que parecía capaz de congelar el aire de la oficina—. Hay una discrepancia de apenas el 0.4% en los balances de costos de transporte internacional. Quiero un informe detallado, un análisis de riesgo y una propuesta de optimización de presupuesto en mi escritorio antes del mediodía. Valeria parpadeó, asimilando la magnitud de la tarea. Lo que él le estaba pidiendo requería el trabajo de un equipo entero de analistas financieros durante al menos tres días completos. —Señor Cross, revisar este volumen de datos y cruzar los balances internacionales toma... —Si considera que el puesto excede sus capacidades presidenciales, la puerta está abierta, señorita Ramos —la interrumpió él, fijando por fin sus ojos gris tormenta en ella. No había piedad en su mirada, solo un desafío cruel—. No retengo a nadie contra su voluntad. Pero si se queda, cumple. Si no, su renuncia será procesada de inmediato. La palabra "renuncia" resonó en la cabeza de Valeria como una alarma. En su mente, la imagen de la pequeña habitación de hospital donde Leo dormía conectado a los monitores médicos se sobrepuso a la figura intimidante del CEO. Recordó la última llamada del doctor Mateo: "Valeria, el nuevo tratamiento de Leo debe comenzar esta semana o el daño en sus pulmones será irreversible. Necesitamos el depósito de garantía". Sintiendo una oleada de determinación de acero recorrer sus venas, Valeria dio un paso al frente y tomó la pesada pila de documentos. —Estará listo a las doce en punto, señor Cross —respondió con una inclinación perfecta de cabeza. Durante las siguientes cuatro horas, Valeria se convirtió en una máquina. Se instaló en su cubículo exterior, encendió las pantallas de la computadora y comenzó a desglosar los números. Sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión matemática que sorprendió a los pocos empleados que se atrevían a pasar cerca del área del Gran Jefe. No se detuvo a tomar agua, no miró el teléfono, no pestañeó. Su cerebro, entrenado bajo la presión de la supervivencia y respaldado por sus estudios de ingeniería, procesaba los balances con una velocidad asombrosa. Encontró el error en la página 412: una doble facturación en los aranceles del puerto de Amberes que un software automatizado había pasado por alto. Dentro de la oficina principal, a través del cristal de privacidad inteligente que mantenía a medio teñir, Sebastian Cross no podía concentrarse. Intentaba revisar los contratos de la junta directiva, pero sus ojos se desviaban inevitablemente hacia la silueta de Valeria. La estaba observando. Observaba la forma en que mordía sutilmente su labio inferior cuando encontraba un dato complejo, la manera en que acomodaba un mechón rebelde de su cabello oscuro detrás de su oreja y, sobre todo, esa espalda recta que se negaba a doblegarse ante el cansancio. Sebastian apretó los puños sobre su escritorio, frustrado. Esperaba que a las once de la mañana ella entrara llorando o entregando su carta de renuncia, como las cinco asistentes anteriores. Quería quebrarla. Necesitaba quebrarla porque su sola presencia saboteaba el control absoluto que tanto le había costado construir tras el accidente. Su voz seguía atormentándolo en sueños difusos que no lograba armar, y esa mirada... esa mirada de Valeria que mezclaba el miedo con un desafío oculto se estaba convirtiendo en una obsesión peligrosa. A las once con cincuenta y nueve minutos, la puerta de la oficina se abrió. Valeria entró con paso firme y colocó una sola carpeta, pulcra y delgada, frente a él. —Aquí tiene el informe, señor Cross. La discrepancia del 0.4% se debía a un error de duplicidad en los impuestos aduaneros de la terminal belga. He adjuntado el plan de optimización que ahorrará a la empresa un 12% en el próximo trimestre. Sebastian se quedó inmóvil. Abrió la carpeta, revisó las páginas y sintió una mezcla de asombro e irritación. El trabajo era impecable. Era, de hecho, mejor de lo que muchos de sus directores ejecutivos habrían entregado. —Es aceptable —murmuró con frialdad, negándose a darle la satisfacción de un elogio—. Pero no se confíe. Esto fue solo el calentamiento. Puede tomar su hora de almuerzo. —Gracias, señor. Valeria salió de la oficina, sintiendo que las piernas le temblaban por el esfuerzo. Su hora de almuerzo era un tecnicismo; no tenía apetito y tampoco dinero para gastar en los costosos restaurantes de la zona financiera. Caminó hacia el pasillo de la empresa buscando un lugar apartado donde pudiera revisar su teléfono. Necesitaba saber de Leo. Apenas se alejó de los cubículos principales, el teléfono en su bolso comenzó a vibrar. Al ver la pantalla, su corazón dio un vuelco salvaje. Era el número de la clínica. —¿Hola? ¿Doctor Mateo? —preguntó con la voz rota por la ansiedad. —Valeria, me alegra que contestes —la voz del médico sonaba inusualmente tensa—. Tuvimos que trasladar a Leo a la unidad de cuidados intermedios hace una hora. Su saturación de oxígeno bajó drásticamente debido a una complicación respiratoria. Lo tenemos estable, pero necesitamos iniciar el tratamiento especializado ya. —¡Dios mío! Pero... pero me dijeron que teníamos hasta el viernes —el mundo de Valeria comenzó a girar. —La condición de un niño de cuatro años puede cambiar en minutos, Valeria. El hospital exige un depósito de urgencia de diez mil dólares para liberar la importación del medicamento. Si no se refleja el pago antes de que termine el día, no podré hacer nada para detener el protocolo de traslado a un hospital público. —No, no lo trasladen, por favor. En un hospital público no tienen los equipos que él necesita —las lágrimas, contenidas durante todo el día, comenzaron a desbordarse por sus mejillas—. Yo... conseguiré el dinero. Se lo juro, doctor. Deme unas horas. Por favor, cuide a mi niño. Cortó la llamada. El dolor y la desesperación la golpearon con la fuerza de un camión. Buscando un lugar donde esconderse de las miradas del personal, Valeria empujó la pesada puerta gris que conducía a las escaleras de emergencia del piso 50. Se dejó caer en los escalones de cemento, escondió el rostro entre las rodillas y rompió a llorar. Eran sollozos desgarradores, el llanto de una madre que sentía que el agua le llegaba al cuello y que no tenía a nadie en el mundo que la ayudara a salvar a su hijo. El eco de su dolor resonaba en las paredes desnudas de la fría estructura. —Diez mil dólares... ¿de dónde voy a sacar diez mil dólares hoy? —susurró entre dientes, ahogada en el llanto, abrazándose a sí misma. Lo que Valeria no sabía era que la puerta de metal no se había cerrado por completo. Un pequeño trozo de alfombra del pasillo la mantenía entreabierta por un par de centímetros. En el pasillo, envuelto en las sombras, Sebastian Cross permanecía de pie. Había salido de su oficina con la intención de entregarle un nuevo fajo de documentos imposibles para la tarde, pero al verla correr hacia las escaleras, un impulso irracional lo había hecho seguirla. Ahora, escuchando los sollozos ahogados que atravesaban la rendija de la puerta, Sebastian sintió una extraña e incómoda opresión en el pecho. Sus ojos grises se oscurecieron. Aquella mujer, que hacía diez minutos se había mostrado imbatible y perfecta frente a él, se estaba quebrando en pedazos al otro lado de la pared. "Diez mil dólares", repitió Sebastian en su mente, memorizando la cifra y el tono de pura agonía de su voz. Una voz que, de nuevo, hacía vibrar una cuerda prohibida en su memoria oculta.
Lista de capítulos
75 capítulos en total
/0/25478/coverbig.jpg)
/0/20819/coverbig.jpg)
/0/3224/coverbig.jpg)
/0/26204/coverbig.jpg)
/0/25230/coverbig.jpg)
/0/22281/coverbig.jpg)
/0/23455/coverbig.jpg)
/0/24478/coverbig.jpg)
/0/27162/coverbig.jpg)
/0/27199/coverbig.jpg)
/0/26489/coverbig.jpg)
/0/26897/coverbig.jpg)