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Capítulo 3 Un café y una mirada
Valeria tardó quince minutos en recomponerse. Se lavó la cara en el baño del personal, utilizando el agua helada para bajar la hinchazón de sus párpados y aplicando una capa ligera de polvo para ocultar el rastro de sus lágrimas. Cuando regresó a su puesto de trabajo, su rostro era una máscara de serenidad profesional, aunque por dentro su alma seguía gritando de agonía. El reloj avanzaba sin piedad, recordándole que el tiempo de Leo se agotaba. A las dos de la tarde, el intercomunicador de su escritorio cobró vida. -Señorita Ramos, a mi oficina. Ahora -ordenó la voz de Sebastian, más áspera de lo habitual. Valeria respiró hondo, tomó su tableta de notas y cruzó la puerta de caoba. Sebastian estaba sentado detrás de su escritorio, con la chaqueta del traje colgada en el perchero y las mangas de su camisa blanca sutilmente arremangadas hasta los antebrazos. Al verla entrar, sus ojos grises la recorrieron con una intensidad casi agresiva, buscando las huellas del llanto que había presenciado en las escaleras. El hecho de que ella intentara actuar como si nada pasara lo molestaba profundamente. Odiaba no entender qué ocurría en la cabeza de su asistente. -¿Se encuentra bien, señorita Ramos? -preguntó él de repente, entrelazando los dedos sobre la mesa. Valeria se tensó, pero mantuvo la voz firme. -Perfectamente, señor Cross. ¿En qué puedo ayudarle? Sebastian entrecerró los ojos. La frialdad de su respuesta lo exasperó. -Tengo una propuesta para usted. El departamento legal acaba de enviar las revisiones del contrato de fusión con el Grupo internacional Thorne. Es un documento de alta prioridad y requiere una revisión exhaustiva línea por línea antes de mañana a primera hora. Necesito que se quede esta noche a trabajar horas extra en mi oficina privada. El corazón de Valeria se hundió. Quedarse por la noche significaba no poder ir a ver a Leo a la clínica, pero no tenía el poder de negarse. -Entiendo, señor. Me quedaré. -No he terminado -la interrumpió Sebastian, reclinándose en su silla-. Conozco las políticas de la empresa, y sé que las horas extra se pagan en el siguiente ciclo de nómina. Sin embargo... -él hizo una pausa calculada, observando fijamente cada microexpresión de su rostro-, estoy dispuesto a autorizar un adelanto de sueldo inmediato por una suma de diez mil dólares en su cuenta bancaria dentro de la próxima hora, a cuenta de su desempeño en este proyecto. Valeria se quedó sin aliento. Las palabras de Sebastian impactaron en ella como un golpe eléctrico. Diez mil dólares. La cifra exacta. -¿Diez mil dólares? -consiguió articular, con la voz temblando por primera vez-. Señor Cross, eso... eso cubre meses de mi salario. -Para Cross Industries, es una cifra insignificante si el trabajo se realiza a la perfección -respondió él, con una frialdad corporativa que ocultaba sus verdaderas intenciones-. Si acepta quedarse hoy y terminar el informe sin un solo error, el dinero se transferirá de inmediato. Si no, buscaré a alguien más. ¿Tenemos un trato? Valeria sintió que las lágrimas amenazaban con volver, pero esta vez eran de un alivio abrumador. Sebastian le estaba ofreciendo, sin saberlo, la vida de su hijo. -Acepto, señor Cross. Muchas gracias. No le fallaré -dijo, conteniendo un sollozo de gratitud. -Bien. Firme la autorización con la secretaria de finanzas en el pasillo y vuelva aquí a las siete de la noche. El resto del personal se habrá ido para entonces. A las ocho de la noche, el piso 50 era un páramo de sombras y silencio. Las luces principales de la torre se habían apagado, dejando únicamente la iluminación ambiental de la oficina de Sebastian, que proyectaba un resplandor dorado sobre los paneles de caoba y el mármol. Valeria trabajaba en una mesa auxiliar, cruzando las cláusulas legales del contrato. El silencio era tan denso que el chasquido de sus dedos sobre el teclado del computador resonaba en todo el espacio. Sebastian, por su parte, leía unos informes en su escritorio principal, frotándose las sienes con evidente cansancio. El insomnio crónico que padecía desde su accidente estaba cobrándole factura. Al notar el cansancio del CEO, Valeria se levantó en silencio. Conocía perfectamente ese gesto; cuatro años atrás, en aquella noche de hotel, Sebastian le había confesado que cuando el estrés lo superaba, sufría de migrañas intensas que solo se calmaban con un tipo de café específico. Caminó hacia la moderna estación de café empotrada en la pared de la oficina. Sin pensarlo, guiada por un recuerdo grabado a fuego en su memoria, preparó la bebida: dos cargas de espresso ristretto, una cucharada exacta de azúcar morena y una pizca de canela en polvo en el fondo de la taza para cortar la amargura extrema. Regresó al escritorio de Sebastian y colocó la taza de porcelana negra a su lado derecho, justo donde él siempre prefería tener sus bebidas. Sebastian levantó la mirada, sorprendido por la interrupción. Miró la taza y luego a Valeria. -No le pedí café, señorita Ramos. -Pensé que lo necesitaría, señor Cross. Se ve cansado -respondió ella con voz suave, dando un paso atrás para regresar a su mesa. Sebastian, por pura inercia, tomó la taza y le dio un sorbo. En el instante en que el líquido tocó su paladar, se congeló por completo. Sus ojos grises se abrieron de par en par. El sabor de la canela mezclado con el espresso ristretto y la cantidad exacta de azúcar golpeó su cerebro como un interruptor. No era un café común. Era la receta exacta que él mismo había diseñado hacía años, un hábito estrictamente personal que jamás compartía con nadie en el ámbito corporativo. De hecho, tras el accidente, ni siquiera su ex-prometida Camila sabía preparar el café de esa manera. Además, ella lo había colocado exactamente a su derecha, sabiendo de manera inconsciente que él era zurdo para tomar bebidas, a pesar de que escribía con la derecha. Una oleada de calor y una serie de imágenes borrosas -una habitación a oscuras, sábanas blancas, una risa suave- cruzaron la mente de Sebastian, provocándole una punzada aguda en la cabeza. Dejó la taza sobre el escritorio con un golpe seco que hizo que el líquido se salpicara. Se puso de pie con una velocidad alarmante. -Señorita Ramos -su voz ya no era fría; era peligrosa, cargada de una urgencia salvaje. Valeria se giró, asustada por su reacción. -¿Pasa algo malo con el café, señor Cross? Lo lamento, si no le gusta puedo... -¿Cómo lo hiciste? -la interrumpió él, rodeando el escritorio con pasos largos y firmes, acortando la distancia entre ambos. -¿Qué cosa? -Valeria retrocedió instinctively, pero sus piernas chocaron contra el borde de la mesa auxiliar donde estaba trabajando. Se había quedado sin espacio para escapar. Sebastian no se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de ella. Apoyó ambas manos sobre el borde del escritorio, una a cada lado del cuerpo de Valeria, atrapándola por completo en su espacio personal. La sombra de su imponente figura la envolvió, y Valeria pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a cedro que la mareaba. La mirada gris de Sebastian estaba fija en los labios temblorosos de Valeria, antes de subir a sus ojos oscuros, llenos de pánico. -Dos cargas de ristretto, azúcar morena y una pizca de canela. Colocado a mi derecha -enumeró Sebastian, con una voz baja y ronca que hizo que a Valeria se le pusiera la piel de gallina-. Nunca le he dicho a nadie en esta empresa cómo tomo el café. Nunca comparto mis hábitos personales. Y tú... llevas solo dos días aquí y actúas como si supieras exactamente cómo funciona mi mente. -Fue... fue solo una coincidencia, señor Cross -mintió ella, con la respiración entrecortada, sintiendo el ritmo frenético de su propio corazón golpeando contra su pecho-. Lo preparé al azar... -¡No mientas! -exigió Sebastian, inclinándose más hacia ella, tanto que Valeria podía ver el reflejo de su propia mirada asustada en las pupilas de él-. No existen las coincidencias de este tipo. Tu voz, tus gestos, la forma en que me miras cuando crees que no te veo... Todo en ti me resulta insoportablemente familiar. Dime la verdad, Valeria... ¿Cómo conoces mis gustos personales? ¿De qué parte nos conocemos?
Lista de capítulos
75 capítulos en total
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