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Capítulo 2 La Fortaleza del Nuevo Don
La casa de Adriel Cárdenas no era una casa. Era una fortaleza.
Estaba construida sobre un acantilado, con vistas al puerto y al mar abierto. Muros de piedra, ventanas blindadas, un jardín que era en realidad un perímetro de seguridad disfrazado de paisajismo. Llegué en taxi, empapada y furiosa, con el libro de cuentas envuelto en una bolsa de plástico dentro de mi abrigo.
El guardia de la puerta no me preguntó el nombre. Solo miró la llave en mi mano y me dejó pasar.
Adriel me esperaba en el vestíbulo. Se había cambiado el traje negro por un suéter gris de manga larga y pantalones oscuros. Parecía más joven así, menos como el don que había declarado frente a toda la iglesia que yo era su prometida. Pero la mirada era la misma.
"Llegaste temprano", dijo.
"No me gusta esperar."
"Eso me gusta."
Me guio a través de un pasillo largo hasta un despacho con paredes de madera oscura y una chimenea encendida. Había un mapa de la costa en la pared, con líneas y alfileres que marcaban rutas de transporte. Y sobre la mesa, una botella de whisky y dos vasos.
"Siéntate", dijo.
"Prefiero estar de pie."
"Como quieras." Sirvió dos dedos de whisky en cada vaso y me tendió uno. "Tienes el libro."
"No lo tengo."
"Lo tienes. Lo llevas en el abrigo. El sobre abulta."
Maldición. Me había visto desde la iglesia, en la lluvia, con el sobre contra el pecho. Dejé el vaso sin tocar.
"Supongamos que lo tengo", dije. "¿Por qué debería dártelo?"
"Porque tu padre está muerto y tú tienes veinticuatro años y ningún ejército. Marco Serrano va a matarte para quedarse con la operación. Y después de lo que le dijiste hoy en la iglesia, va a hacerlo personalmente. Sin mí, no llegas a fin de mes."
"Y contigo, ¿qué? ¿Me convierto en tu esposa trofeo? ¿Firmo unos papeles y me quedo en esta casa a esperar que no te canses de mí?"
Adriel se sentó en el borde de la mesa, a un metro de mí. El fuego de la chimenea le iluminaba la mitad del rostro.
"Conmigo", dijo, "te conviertes en la mujer que hereda mi imperio si algo me pasa. Te conviertes en la única persona en esta ciudad que puede caminar por el puerto sin que la maten. Y te conviertes en mi socia, no en mi trofeo. Yo no necesito una esposa decorativa, Valentina. Necesito a alguien que sepa leer un libro de cuentas. Y necesito a alguien que odie a los Serrano tanto como yo."
"¿Y qué me impide firmar tu contrato y luego desaparecer con el libro?"
"Que tu padre no crió a una tonta", respondió. "Y que yo no soy tan estúpido como para no poner cláusulas de seguridad en el contrato. Si desapareces, mi gente te encuentra. Si me traicionas, te encuentro yo. Y si alguien te mata, tu libro se hace público automáticamente porque tienes un seguro de vida que ni siquiera sabes que tienes."
Me quedé helada.
"¿Qué?"
"El abogado de tu padre", dijo Adriel. "Gastón. ¿Crees que no sabe lo que hay en ese libro? Tu padre me lo contó todo antes de morir. El libro existe, tú lo tienes, y si algo te pasa, Gastón lo envía a cinco periódicos diferentes. Por eso Serrano quiere casarte con su hijo en vez de matarte directamente. Por eso yo te saqué de la iglesia. No eres una heredera, Valentina. Eres una bomba con piernas."
Me senté. No me di cuenta de que lo había hecho hasta que el whisky me tembló en la mano. Gastón. El hombre que me había enseñado a montar en bicicleta. El que me llevaba al puerto cuando era niña. El que estaba en el funeral, en la segunda fila, con los ojos rojos.
"Gastón no me dijo nada", murmuré.
"Gastón está intentando mantenerte viva", dijo Adriel. "Igual que tu padre. Igual que yo."
"¿Y por qué tú? ¿Por qué te importa si vivo o muero?"
Adriel se quedó callado un momento. Luego se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal.
"Porque mi padre murió hace tres años", dijo, "y el certificado dice insuficiencia cardíaca. Pero yo sé que fue Serrano. Y sé que tu padre lo sabía. Y sé que nunca dijo nada porque tenía miedo de lo que Serrano le haría a su familia. Miedo de lo que le haría a Marco."
"Marco me destruyó hace tres años", dije, con la voz temblando de rabia. "Me humilló, me acusó de ladrona y me dejó sin nada. No voy a dejar que se salga con la suya."
"Entonces estamos en el mismo bando", dijo Adriel, girándose hacia mí. "Tú quieres venganza contra tu ex. Yo quiero venganza contra su padre. Y ambos tenemos lo que el otro necesita."
Se acercó a mí. No sonrió. No hizo ningún gesto de triunfo. Solo me miró con una intensidad que me hizo apartar la vista.
"El libro", dije, "tiene un compartimento oculto. Mi padre lo llamaba el Archivo Negro. Está en la tapa, debajo del cuero. Ahí es donde guarda las cosas que no quiere que nadie vea."
"¿Sabes lo que hay en el Archivo Negro?", preguntó.
"No lo he abierto", admití. "Tenía miedo."
"Entonces lo abrimos juntos", dijo. "Esta noche."
Se acercó lo suficiente para que yo pudiera sentir el calor de su cuerpo. No me tocó. Solo se quedó ahí, esperando.
Y entonces sonó la alarma.
Un aullido metálico que rebotó en las paredes. Las luces del despacho parpadearon. Adriel se giró hacia la puerta, y su mano fue al cajón de la mesa, donde sabía que tenía un arma.
"¿Qué está pasando?", pregunté.
"Tu ex", dijo, con la voz plana. "Debió seguirte."
Se abrió la puerta del despacho. Fabián, el jefe de seguridad de Adriel, entró con la cara ensangrentada.
"Don Adriel", jadeó, "entraron por el muelle. Son muchos. Y traen algo que no esperábamos."
"¿Qué?"
Fabián me miró. Luego a Adriel.
"Traen a Gastón", dijo. "Lo tienen en la puerta. Marco Serrano dice que si no entregas a la señorita Ríos en cinco minutos, lo matará frente a la casa. Y dice que quiere que ella lo vea."
Lista de capítulos
10 capítulos en total
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