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Capítulo 3 Sangre en la Puerta
Adriel no perdió tiempo.
"Fabián, lleva a Valentina al sótano", ordenó, mientras sacaba una pistola del cajón y revisaba el cargador con movimientos rápidos y precisos. "No salgas hasta que te avise."
"No", dije.
Se giró hacia mí. La alarma seguía sonando. Los pasos de hombres armados resonaban en los pasillos.
"No es una sugerencia", dijo.
"Gastón me crió", respondí. "No voy a esconderme en un sótano mientras mi ex lo mata para llamar mi atención."
"Si sales, te usa para negociar. Y si te tienen, matan a Gastón de todos modos."
"Entonces no voy a salir con las manos vacías."
Me acerqué a la mesa y abrí el sobre que llevaba bajo el abrigo. El libro de cuentas. La cubierta de cuero negro, gastada en las esquinas, con las iniciales de mi padre grabadas en la esquina inferior. Lo abrí en la primera página y arranqué una hoja. No cualquier hoja. La que contenía la lista de pagos que Octavio Serrano había hecho a un hombre llamado Joaquín Vera, el sicario que había estado en la escena del asesinato de mi padre.
"Si mi ex quiere negociar", dije, "negociamos con esto."
Adriel me miró como si acabara de ver algo que no esperaba.
"¿Sabes lo que acabas de hacer?", preguntó.
"Sé lo que estoy dispuesta a hacer", respondí. "Ahora muévete."
Salimos al patio delantero. La lluvia seguía cayendo, mezclada con el resplandor rojo y azul de las luces de emergencia. En la puerta principal, cuatro hombres armados rodeaban a Gastón, que estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la cara cubierta de sangre. Detrás de ellos, un coche negro con las luces encendidas.
Marco Serrano estaba de pie junto al coche, con un paraguas negro en la mano y una sonrisa que me revolvió el estómago. A su lado, su padre Octavio observaba en silencio.
"Valentina", dijo Marco, con esa voz suave y falsa que solía usar para convencerme de que me amaba. "Qué rápido te adaptas a tu nueva vida. Ayer eras la huérfana humillada, hoy eres la prometida del hombre más peligroso de la costa. Las cosas pasan rápido en Puerto Ámbar."
"Suelta a Gastón", dije.
"Primero el libro."
"Primero Gastón."
Marco rió. Fue un sonido seco y desagradable.
"Tu padre también era terco", dijo. "Y mira cómo terminó. Aunque, pensándolo bien, tú siempre fuiste una carga para él. Por eso te dejé plantada. Porque eras débil."
"Mi padre", respondí, "llevaba un registro de todos los pagos que tu padre le hizo a Joaquín Vera. Ese registro está en un lugar seguro. Si Gastón muere, mañana estará en la portada de todos los periódicos de la costa."
La sonrisa de Marco se apagó.
"Estás mintiendo."
"Estoy negociando", dije. "Es lo que mi padre me enseñó a hacer. Lo que tú nunca aprendiste porque siempre dependiste de tu apellido."
Adriel se colocó a mi lado. No dijo nada. Solo levantó su arma, sin apuntar a nadie en particular, y esperó. El mensaje era claro: si Marco daba la orden de disparar, él dispararía primero.
Marco me miró durante un largo momento. Luego hizo un gesto con la mano.
Los hombres soltaron a Gastón. Él cayó hacia adelante, con las manos todavía atadas, y yo corrí hacia él. Lo alcé del suelo mientras los hombres de Serrano se retiraban hacia el coche.
"Esto no ha terminado", dijo Marco, antes de subir al vehículo. "Tu padre lo intentó. ¿Sabes qué pasó? Que lo mataron en su propia casa, y nadie dijo nada. Nadie. Ni siquiera su propia hija."
El coche se alejó. Las luces rojas y azules se desvanecieron en la lluvia.
Gastón me miró. Tenía el labio partido y un ojo hinchado, pero sus ojos seguían siendo los mismos que me habían enseñado a montar en bicicleta.
"Tu padre", dijo, con la voz ronca, "sabía que Serrano lo iba a matar. Me lo dijo la noche anterior. Me hizo prometer que no te lo diría."
"¿Por qué?"
"Porque no quería que hicieras algo estúpido", respondió. "Quería que sobrevivieras. Y me hizo prometer que te entregaría el libro solo si llegaba el momento adecuado."
"¿Y cuándo es el momento adecuado?"
Gastón me miró. Luego miró a Adriel, que estaba de pie detrás de mí, con el arma todavía en la mano y la lluvia cayéndole por la cara.
"Cuando encontraras a alguien que pudiera protegerte", dijo. "Y por lo que veo, ya lo encontraste."
Esa noche, después de que el médico atendiera a Gastón y de que los hombres de Adriel revisaran el perímetro de la casa tres veces, me senté en la cocina con el libro de cuentas abierto sobre la mesa. Adriel estaba a mi lado, en silencio, mirando las páginas que yo iba pasando.
"Tu padre llevaba las cuentas de todos", dijo, después de un rato. "Incluso las de mi familia."
"Tú no estabas en el libro", respondí. "Lo revisé. No hay nada sobre ti."
"Porque yo nunca pagué a nadie para que matara a alguien", dijo. "Todavía no."
Levanté la vista. Su expresión era seria, pero había algo en sus ojos que no era del todo oscuro.
"¿Por qué me protegiste esta noche?", pregunté. "Podrías haber entregado el libro y dejado que mi ex me matara. Te habrías quedado con todo."
"Porque no quiero todo", dijo. "Quiero lo que es mío. Y tú no eres mía todavía."
"¿Y si nunca lo soy?"
"Entonces al menos habré muerto sabiendo que hice lo correcto."
No supe qué decir. Volví a mirar el libro. Y entonces, sin pensar, deslicé el dedo por el borde de la tapa de cuero. Sentí un pequeño resorte. Un clic.
El compartimento oculto.
Adriel se inclinó hacia adelante. Yo levanté la tapa interior del libro y encontré un sobre doblado, sellado con cera roja. La letra de mi padre.
Para Valentina, cuando esté lista.
"Ábrelo", dijo Adriel.
"No", respondí. "Primero necesito saber si estás dispuesto a escuchar lo que hay dentro, incluso si te hace daño."
"¿Por qué me haría daño?"
"Porque mi padre no solo guardaba secretos sobre los Serrano", dije. "Guardaba secretos sobre todos. Y sobre tu padre también."
Adriel se quedó quieto. El silencio de la cocina se volvió tan denso que podía oír el zumbido de la nevera.
"Ábrelo", repitió, pero esta vez su voz era más suave. Más frágil.
Rompí el sello.
Lista de capítulos
10 capítulos en total
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