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Capítulo 2 La Firma de Piel

El olor a sexo, alcohol caro y cuero impregnaba el aire del penthouse. La tormenta al otro lado del ventanal comenzaba a ceder, dejando caer una llovizna constante sobre los rascacielos de Manhattan. Elena permanecía sentada en el borde del escritorio de caoba, sintiendo el hilo de fluido cálido resbalar por la parte interna de su muslo desnudo, una marca líquida e innegable de la posesión de Gerard. Él no tenía la menor prisa. Frente al espejo de pared situado junto al mueble bar, Gerard se abrochó el cinturón con un gesto impecable, ajustó el nudo de su corbata de seda negra y se acomodó la chaqueta del traje como si nada hubiera ocurrido. La frialdad con la que retomó su postura ejecutiva contrastaba brutalmente con la violencia erótica con la que acababa de tomarla apenas tres minutos atrás. -Puedes vestirte -dijo él sin girarse, observando el reflejo de Elena a través del cristal. Elena apretó los dientes, tragándose el temblor que amenazaba con traicionar su compostura. La piel de sus muslos aún ardía por el roce, y el centro de su cuerpo palpitaba con un eco sordo de placer y sometimiento. Bajó del escritorio con cuidado, sintiendo las piernas débiles, y miró los restos de su ropa interior rasgada sobre la alfombra. El vestido de seda negra yacía arrugado junto a la pata de la mesa. Sin pronunciar palabra, recogió el vestido y se lo pasó por la cabeza, dejando que la tela fría acariciara su piel desnuda. Intentó subirse la cremallera trasera, pero sus dedos fallaban, incapaces de coordinar el movimiento tras el colapso emocional. Una sombra se proyectó sobre ella. Las manos de Gerard, grandes y calientes, apartaron los dedos de Elena y sujetaron el carril metálico. En lugar de subirlo de inmediato, sus nudillos rozaron lentamente la hilera de su espina dorsal, deteniéndose justo en la base de su nuca, donde la piel guardaba las sutiles marcas de las cirugías reconstructivas. -¿Te duele? -murmuró él, pegando su pecho a la espalda de ella. -Nada de lo que hagas me duele más que el fuego de aquel auto, Gerard -respondió ella, mirando la pared con la barbilla levantada. Gerard soltó una risa baja y oscura antes de subir la cremallera de un tirón firme, cerrando el vestido y aprisionándola de nuevo en la fachada de Vanessa Vance. Luego, la tomó del brazo y la condujo no hacia la salida, sino hacia el área de descanso del penthouse, donde dos sillones de piel rodeaban una mesa de centro de cristal pulido. Sobre la mesa reposaban dos carpetas de cuero negro, un iPad de última generación y un par de guantes de látex fino. -Toma asiento -ordenó Gerard, dejándose caer en el sillón principal y cruzando una pierna con elegancia aristocrática-. Es momento de repasar los términos del contrato que acabas de sellar. Elena se sentó frente a él, alisando la falda de su vestido y cruzando las piernas para ocultar las marcas que las manos de Gerard habían dejado en sus muslos. -Pensé que las condiciones habían quedado claras sobre el escritorio -dijo ella con un toque de sarcasmo. -Eso fue solo el depósito inicial, Elena -replicó él, fijando sus ojos oscuros en los de ella-. El verdadero costo de tu resurrección se paga día a día. Tu venganza no es un juego de niños, y si voy a poner mi imperio y mi nombre para respaldar a un fantasma, el control sobre ti debe ser absoluto. Gerard extendió la mano y empujó la primera carpeta de cuero hacia ella. Elena la abrió. Dentro había una lista detallada de horarios, direcciones de correo encriptadas, un protocolo de seguridad y una serie de cláusulas financieras. -Regla número uno -comenzó Gerard, marcando cada punto con un tono autoritario que no admitía réplica-. Vanessa Vance no existe fuera de mi radar. Cada llamada que hagas, cada reunión que programes y cada centavo que muevas pasará por mis servidores. No habrá iniciativas individuales. Si quieres dar un paso contra Julián, primero me pides permiso. -Soy yo la que conoce sus debilidades, Gerard. No necesito que manejes mi estrategia. -Tú pones el odio, Elena; yo pongo la ejecución -interrumpió él con voz helada-. La segunda regla es sobre tu vida privada. A partir de hoy, vives en la residencia que he asignado para ti en el Upper East Side. Un equipo de mi seguridad personal te vigilará veinticuatro horas al día. No hay amigos, no hay salidas nocturnas no autorizadas y, por supuesto, ningún otro hombre toca tu piel. Elena sintió que el aire se volvía pesado en la habitación. Estaba cambiando una prisión por otra, pero esta vez la jaula era de oro y estaba diseñada por el hombre que la devoraba con la mirada. -¿Y los informes? -preguntó ella, cambiando de tema para no mostrar su claustrofobia. -Todos los días a las siete de la tarde rendirás cuentas -Gerard señaló el iPad sobre la mesa-. Descargarás la información financiera que extraigas de la firma de Julián y me presentarás un balance de daños. Pero el informe no concluye en la pantalla. Gerard se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas y reduciendo la distancia entre ambos. Su presencia llenaba todo el espacio, sofocante y dominante. -Si el informe es satisfactorio, te daré la siguiente pieza del rompecabezas para destruir a tu ex prometido. Si cometes un error, si me mientes o si intentas jugarme sucio... la penalización será física. Y te aseguro que la mesa de caoba parecerá una caricia en comparación con lo que te haré aquí mismo. -¿Me estás pidiendo que sea tu ejecutiva de día y tu sumisa de noche? -lanzó ella, desafiándolo con la mirada. -Te estoy ofreciendo la cabeza de Julián en bandeja de plata a cambio de tu sometimiento total -corrigió él con una sonrisa calculadora-. De día serás la implacable y elegante Vanessa Vance, la inversionista que arruinará la Bolsa. De noche, cuando cerremos esta puerta, serás solo Elena... mi propiedad. Él abrió la segunda carpeta y sacó un conjunto de documentos financieros con el sello de agua de Valenti Enterprises. Eran los libros contables originales de la empresa de su padre, los mismos que Julián había alterado para declarar la bancarrota tras su "muerte". El corazón de Elena dio un vuelco. Sus dedos se extendieron instintivamente para tocar los papeles, pero Gerard cerró la carpeta de golpe, atrapando los documentos bajo su palma. -¿Quieres la primera prueba de lo que puedo hacer por ti? -murmuró él, inclinándose un poco más-. Quítate los zapatos. Elena se congeló. -¿Qué? -Aprende la primera lección, Elena. Las órdenes no se cuestionan -sentenció él con firmeza-. Quítate los zapatos, ponte de rodillas entre mis piernas y pídemelo como es debido. Si lo haces, la carpeta es tuya para empezar el ataque mañana. El orgullo de Elena gritó por dentro, exigiendo que se levantara y saliera corriendo de aquel penthouse. Pero al mirar la carpeta negra, recordó la imagen de Julián en la orilla del barranco, dejándola quemarse viva. La sed de venganza superó a la dignidad. Lentamente, Elena se descalzó. Se deslizó del sillón y se hincó sobre la alfombra de seda, quedando exactamente entre las piernas de Gerard. Elevó el rostro, mirando al hombre que sostenía su destino. -Por favor, Gerard... dame la carpeta -susurró con la voz entrecortada por la humillación y el deseo reprimido. Gerard sonrió con satisfacción. Extendió la mano, tomó el mentón de Elena y apretó con la fuerza justa para recordarle su lugar antes de entregarle los documentos. -Buen comienzo, Vanessa. Tu primera entrega de informes es mañana. No me falles.

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Lista de capítulos

69 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Precio de Resucitar
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La Firma de Piel
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El Espejo de la Otra

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