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Capítulo 2 dos

PUNTO DE VISTA DE ELODIE Era otro lunes cualquiera. Pero para mí se sentía como el día de mi funeral. Como cada mañana, arrastré lo poco que quedaba de mí hasta aquel maldito edificio solo para verlo. Para contemplar al hombre que me había destrozado pieza por pieza y que aún no tenía ni idea de cuánto sangraba por él. Dios, cómo odiaba los lunes. Pero, por encima de todo, me odiaba a mí misma. Por seguir aferrándome a la esperanza. Por despertar cada mañana pensando: quizá hoy se fije en mí... quizá hoy me corresponda. Qué estúpida era. Me puse el abrigo, me apliqué un poco de bálsamo labial para no parecer medio muerta y entré en la oficina como un fantasma atrapado en su propia piel. Por supuesto, nadie lo notó. Siempre llegaba puntual. Siempre iba impecable. Siempre cumplía con mis obligaciones como una gamma perfecta. Hasta mi loba estaba harta de mí; se pasaba los días gimiendo. Reuniones. Listas de la manada. Informes de inversión. Memorandos de la sala de juntas. Horarios. Yo me ocupaba de todo. Me aseguraba de que el imperio que Calhoun intentaba construir no se desmoronara desde dentro. Yo era las manos que sostenían el trono. Pero él no lo veía. Nunca lo había visto. Me mantuve ocupada toda la mañana, sepultando el dolor bajo reuniones consecutivas y sonrisas vacías. Informé a los guerreros, revisé dos veces los contratos que llegaban de los sectores comerciales y archivé la última correspondencia de la manada Nightbourne, dirigida, irónicamente, a su atención. Todo tenía que ser perfecto. Todo tenía que estar en su sitio. No fue hasta que miré el reloj cuando el corazón me dio un vuelco. Mierda. Su reunión. Llegaría dentro de cinco minutos. Y, por supuesto, yo tenía que recordárselo. Tenía que entrar de nuevo en su despacho y fingir que no había pasado el fin de semana entero llorando contra la almohada mientras él, probablemente, se revolcaba con Carmela Reyes. Respiré hondo. Una vez. Después otra. Recogí varios expedientes para mantener las manos ocupadas, para impedir que me temblaran, y eché a andar despacio por el pasillo. Cuanto más me acercaba, más se me oprimía el pecho. Como si mi corazón ya supiera algo que yo todavía ignoraba. Entonces lo oí. Una risa. Aguda. Femenina. Estridente. Me quedé paralizada. Reconocería aquella voz en cualquier parte. Carmela Reyes. Pasé la lengua por los labios secos y los hombros se me hundieron. Quise encogerme hasta desaparecer entre las baldosas del suelo. Pero tenía que entrar. Tenía que hacer mi trabajo. Así que abrí la puerta. Y juro que la sangre abandonó mi rostro en cuanto crucé el umbral. Ella estaba allí. Sentada sobre su maldito escritorio como si Calhoun le perteneciera. Su cabello pelirrojo le caía sobre un hombro desnudo mientras le daba trozos de manzana. Manzana. La única fruta que Calhoun siempre aseguraba odiar. Él trabajaba con una mano en el portátil, mientras la otra rodeaba perezosamente la cintura de Carmela, como si aquel fuera su lugar. El aire dejó de llegarme a los pulmones. Calhoun... el Calhoun que yo conocía. El que odiaba el contacto físico. El que una vez se había negado a beber del mismo vaso que yo cuando tuve fiebre. El que jamás me permitía sentarme demasiado cerca y actuaba como si mi sola presencia alterara el aire a su alrededor... La dejaba sentarse sobre su escritorio. Ella le daba de comer como a un niño. Lo tocaba con total naturalidad. ¿Quién era aquel hombre? Al final levantó la mirada hacia mí. Su tono fue de pura irritación. -¿Qué? -preguntó, como si yo hubiera interrumpido algo sin importancia-. ¿Qué quieres? ¿Por qué estás ahí plantada como si hubieras visto un fantasma? Quería arrojarle los expedientes a la cara. Quería gritar. Llorar. Pero lo único que pude hacer fue quedarme allí. Inmóvil. Humillada. Con el corazón roto. Otra vez. Me obligué a hablar, aunque apenas logré emitir un susurro. -Tienes una reunión dentro de cinco minutos, alfa. De pronto, Carmela empezó a toser con violencia. Todo mi cuerpo se tensó. No sabía qué me impulsó -tal vez el instinto, tal vez la preocupación-, pero avancé medio paso antes de detenerme. Antes de recordar quién era yo para ellos. Nadie. Pero Calhoun... Su reacción estuvo a punto de destruirme. Abrió los ojos, alarmado. El pánico -un pánico real- se apoderó de su rostro como nunca antes había visto. De inmediato tomó la otra taza del escritorio, una de cerámica que jamás permitía tocar a nadie. La misma en la que una vez intenté servirle té y que él se negó a usar. La levantó. Su propia taza. Y la acercó con cuidado a los labios de Carmela. -Toma, cariño. Bebe despacio -le pidió, con una calma apresurada. Le frotó la espalda mientras ella bebía un sorbo y le susurró algo que no alcancé a oír. No apartó la mano de su cuerpo ni un instante: le acariciaba suavemente la espalda y trazaba círculos detrás del cuello. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados por la preocupación. Dolía. Dios, cuánto dolía. Era la versión más tierna de Calhoun que había visto jamás. Y ni siquiera aquello fue lo peor. Carmela volvió el rostro hacia él y alzó la barbilla como si le perteneciera -y quizá así fuera- antes de plantar un beso posesivo en sus labios. Le rodeó la nuca con una mano y enredó los dedos en su cabello, como si ahora fuera ella quien lo consolaba. Después sonrió, dulce y satisfecha. -Eres un encanto, Calhoun -ronroneó-. Harías cualquier cosa para asegurarte de que estoy bien, ¿verdad? Me quedé sin aliento. Hundí las uñas en las carpetas, aferrándome a ellas con todas mis fuerzas para no derrumbarme allí mismo. Los labios de Calhoun se curvaron en una leve sonrisa. Era la primera vez que veía semejante calidez en su rostro. Y parecía hecha para ella. Solo para ella. Desvió los ojos hacia Carmela y, con una risita baja, respondió: -Por supuesto. Cualquier cosa por ti. Cualquier cosa por ti. No por mí. Nunca por mí. El pulso me temblaba en las manos. El teléfono vibró en el bolsillo del abrigo y apenas consiguió devolverme a la realidad. Miré la pantalla. Era un recordatorio del calendario. Consejo de alfas de la manada, dentro de veinte minutos. Me aclaré la garganta y bajé los ojos para ocultar el ardor que empezaba a acumularse tras ellos. -Alfa Calhoun, algunos de los alfas de las manadas todavía esperan tu respuesta. La mayoría... no está de buen humor. Casi no podía mirarlo, pero hice el esfuerzo. Solo un poco. Lo suficiente para ver a Carmela poner los ojos en blanco de forma exagerada y soltar un gruñido de desagrado. -Uf, Calhoun -se burló mientras me señalaba-. Te juro que odio a esta gamma tuya. ¿No sabe cuándo cerrar la boca? Me puse rígida. Entonces Calhoun clavó en mí una mirada furiosa. Un destello implacable en aquellos ojos oscuros que tantas veces se habían suavizado en mis sueños. -Diles que me uniré a ellos pronto -espetó, sin dignarse siquiera a mirarme de frente-. Mi futura luna casi se atraganta. Necesita que la atiendan. Ahora. Entreabrí los labios. Iba a ofrecerme a aplazar la reunión o quizá a sugerir que otra persona transmitiera el mensaje, pero me interrumpió en cuanto tomé aire. -Carmela está por encima de cualquier reunión de la manada -declaró con brusquedad. Como si necesitara recordármelo. Como si yo hubiera olvidado cuál era mi lugar. El dolor me atenazó el pecho con tanta fuerza que tuve que cerrar los puños para que no me temblara la voz. -Sí, alfa -murmuré. Escribí enseguida en la plataforma de los alfas para reprogramar la sesión. Estaba a punto de darme la vuelta cuando Carmela dejó escapar otro gemido y se pasó los dedos por el cabello, fingiendo estar angustiada. -¿Sabes? -dijo con tono lánguido-. He oído decir que Elodie prepara el mejor caldo de toda la oficina. Me gustaría probarlo. Me quedaré aquí descansando. Y, si me gusta... quizá permita que vuelva a servirme. Los pulmones se me cerraron. Por favor, no. Esto no. Entonces Calhoun habló. -Ya la oíste. Ve a preparar el caldo. Quédate con ella hasta que yo regrese. Eso fue todo. Ni una vacilación. Ni la menor consideración. Ni una mirada para comprobar el dolor que sus palabras acababan de grabar en mí. Me obligué a sonreír -Dios, incluso curvar los labios dolía- y asentí. -Sí, alfa. Me di la vuelta. Los pies me pesaban. Me dolía el pecho. Me ardían los ojos. Pero salí de allí e hice el caldo. Solo tardé tres minutos. Tres minutos para convencerme de que debía seguir respirando. Tres minutos para recomponerme. Cuando regresé con la bandeja entre las manos, lo primero que vi me revolvió el estómago. Carmela estaba de pie, cerca de Calhoun. Demasiado cerca. Le ajustaba la corbata con ambas manos como una esposa perfecta. Él mantenía la cabeza ligeramente inclinada y se dejaba hacer. Ni siquiera reparó en mi regreso. Entré con la mirada baja y pasé junto a ellos en silencio. Cuando me volví hacia Carmela con el cuenco, Calhoun pasó a mi lado rozándome y se marchó sin más. Llevé el caldo hasta ella y lo dejé con cuidado sobre la mesita auxiliar. Apenas me miró. Se limitó a tomar la cuchara y probar un sorbo. Al instante, su rostro se contrajo de asco. -¿Qué demonios es esto? -espetó. De inmediato soltó un chillido. Apenas tuve tiempo de retroceder antes de que me arrojara el caldo caliente encima. El líquido me salpicó el pecho y la camisa. Un calor abrasador me quemó la piel y de mi garganta escapó un grito agudo. -¡Ah! Retrocedí tambaleándome e intenté no soltar la bandeja. Pero ella aún no había terminado. Lo siguiente que vi fue la taza de Calhoun. Su taza sagrada. La única que solo permitía tocar a Carmela. Me la arrojó con tanta furia que no logré esquivarla a tiempo. Se hizo añicos contra mi mejilla. El dolor me estalló por toda la cara y el impacto me dejó los oídos zumbando. El vidrio me cortó la piel. La sangre comenzó a deslizarse por mi rostro. Me tambaleé y tuve que apoyarme contra la pared. El corazón me golpeaba las costillas y la vista se me nubló. Carmela se puso de pie. Sus ojos brillaban con un peligroso tono ámbar. Cada palabra destilaba veneno. -El caldo está frío, gamma. ¿Qué intentabas hacer? ¿Envenenarme? No pude responder. Abrí la boca e intenté explicarme, pero no salió nada. Solo respiraciones cortas y una humillación que me quemaba más que el caldo adherido a la ropa. La puerta se abrió de golpe. Calhoun entró a toda prisa, seguido por varios miembros del personal que jadearon al ver la escena. Pero Carmela fue más rápida. Se volvió hacia él con lágrimas deslizándose ya por el rostro, como si hubiera ensayado aquel momento. Corrió a refugiarse en sus brazos y hundió la cara en su pecho, interpretando a la víctima mientras lloraba. -Intentó envenenarme -gimió-. Te lo juro, Calhoun... Solo porque antes la regañé por interrumpirnos. Le hizo algo al caldo, lo sé. No me siento bien... Parpadeé. Estaba temblando. Sangrando. El corazón me martilleaba dentro del pecho. Esperé. Solo esperé que me preguntara qué había ocurrido. Pero no lo hizo. Besó a Carmela en la cabeza y le susurró al oído algo que no alcancé a escuchar. Después se volvió hacia alguien que estaba detrás de mí. Ni siquiera hacia mí. -Vacía su escritorio -ordenó con frialdad-. Le recortarán el salario en un setenta por ciento. Y asegúrate de que aprenda a preparar mejor el caldo. Mañana se disculpará públicamente con Carmela. A continuación, rodeó la cintura de Carmela con un brazo, la atrajo con suavidad hacia él y la acompañó hasta la salida. Eso fue todo. Ni preguntas. Ni defensa. Ni una sola mirada en mi dirección. Así de fácil, yo no era nada. Me quedé allí, temblando, quemada, sangrando y humillada, mientras la puerta se cerraba tras ellos con un clic. Y mi corazón... Mi corazón se hizo añicos en pedazos que nadie se molestaría jamás en recoger.

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226 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 uno
  2. Capítulo 2Capítulo 2 dos
  3. Capítulo 3Capítulo 3 tres

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