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Capítulo 3 tres
PUNTO DE VISTA DE ELODIE Sentía que el cuerpo se me desgarraba. Sin embargo, lo que terminó de destrozarme no fue el dolor de la herida, sino el tenue eco de los pasos de Calhoun al alejarse. Su alta figura desapareció de mi vista sin que mirara atrás ni una sola vez, llevándose a Carmela con él. Así, sin más. Se había ido. Me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre, pero ni siquiera eso logró contener el sollozo que brotó de mi garganta. Los trabajadores que estaban cerca cuchicheaban y me lanzaban miradas furtivas, llenas de lástima. No podía soportarlo. Odiaba que me miraran así. Odiaba que me recordaran lo bajo que había caído. Lo estúpida que había sido todos aquellos años. La garganta me ardía y, antes de que pudiera contenerme, las lágrimas comenzaron a caer sin control. Me sequé la cara con la manga y, respirando con dificultad, avancé tambaleándome hasta la pared donde estaban apoyadas la escoba y la fregona. Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostenerlas. El mango de madera se me clavó en la palma. «Haz algo. Muévete. Solo muévete». Si me concentraba en limpiar, quizá no me derrumbaría. Me obligué a seguir. Con la fregona en una mano y la escoba en la otra, me agaché para limpiar aquel desastre pese a que las lágrimas me nublaban la vista. Todo mi cuerpo temblaba. El mareo me atenazaba la cabeza y el suelo parecía balancearse bajo mis pies. No sentía las piernas. Apenas podía respirar. -Elodie, detente... -Una voz suave logró abrirse paso entre la confusión. Una compañera me rodeó con un brazo mientras otra recogía la escoba. -Deja que te ayudemos -pidió una de ellas en voz baja, con un temblor de culpa en la voz. Se arrodilló, apartó la fregona y me tendió la mano. -Esto es injusto -susurró otra mujer-. Pasé por aquí antes y la vi cargando ese caldo. Salía vapor. Si no hubiera estado hirviendo, no te habría quemado la piel de esa manera. Me quedé rígida. Respiraba con dificultad, pero no dejé de moverme. Otra voz intervino, esta vez cargada de indignación. -Carmela siempre causa problemas. Aunque el caldo no hubiera estado caliente, ¿por qué iba a lanzarlo así? No fue un accidente. Fue... ¡Fue casi un intento de asesinato! Podría haberle dejado cicatrices permanentes en la cara a Elodie o haberle roto la nariz. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y el estómago se me revolvió. Otra mujer soltó un suspiro. -¿Y qué podemos hacer? El alfa Calhoun ya no tiene voluntad propia. Se ha convertido en un títere que baila al son de Carmela. Ella es la verdadera dueña de este lugar, y todos lo sabemos. Si alguno de nosotros se atreve siquiera a pisarle un pie, lo pagará muy caro. Pobre Elodie. Carmela siempre la elige a ella para maltratarla. Sus palabras me hirieron más que la quemadura. -Gracias -murmuré. Me dedicó una sonrisa triste. Sus ojos rebosaban compasión. -Ven. Vamos a sacarte de aquí. Me guio lejos de las miradas, de los susurros y de los últimos restos de mi orgullo. Sin embargo, en cuanto salí de la habitación, los recuerdos se abalanzaron sobre mí. Recordé el día en que nos habíamos sentado a negociar con la manada vecina. Intentaban destrozar nuestro contrato. Me acusaron, me señalaron con el dedo y trataron de humillarme delante de todos. Las manos me temblaban y las palabras se me atascaban en la garganta. Antes de que pudiera venirme abajo, Calhoun descargó la mano sobre la mesa. Sus ojos ardían de furia. -Vuelve a mencionar su nombre y daré por terminado este trato -gruñó con voz atronadora-. Si la culpas a ella, me culpas a mí. ¿Quieres una guerra? Entonces sigue poniéndome a prueba. Toda la sala quedó en silencio. Incluso el alfa de la manada contraria palideció. Y Calhoun... Calhoun volvió el rostro hacia mí. Su expresión era indescifrable, pero su presencia me envolvió como una armadura. Aquel día se puso de mi lado. Inquebrantable. Desafiante. Me protegió con una ferocidad que hizo volar mi corazón. Yo me había ilusionado como una tonta. Estaba convencida de que aquello significaba algo. De que quizá... solo quizá... por fin empezaba a verme. A interesarse por mí. Ahora apenas podía respirar por el dolor de comprender lo equivocada que había estado. Qué estúpida había sido. Terriblemente estúpida. No me había protegido a mí, sino a algo que consideraba de su propiedad. Nunca había sido amor. No sabía qué dolía más: que Carmela hubiera soltado una mentira sin fundamento con aquella lengua venenosa o que Calhoun la creyera sin pestañear. No hizo una sola pregunta. No mostró ni el menor atisbo de duda. Solo me miró... Me atravesó con la mirada y dictó sentencia como si yo ya fuera culpable. En ese instante, el corazón se me hizo añicos. ¿Acaso no merecía un poco de confianza? ¿Ni siquiera una vez? ¿Ni siquiera la mitad de la que le concedía a Carmela con tanta facilidad? ¿O lo correcto y lo incorrecto no significaban nada en su mundo mientras ella estuviera satisfecha? Cuando mi amable compañera me pasó un brazo por los hombros y me sacó del edificio, yo ya no era más que un cascarón vacío. Ni siquiera recordaba haber cruzado las puertas. Era como si mi cuerpo siguiera avanzando mientras mi alma se quedaba atrás. Pidió un Uber para mí. Me hablaba con dulzura y me trataba con tanto cuidado como si temiera que fuera a romperme si me sujetaba con demasiada fuerza. Cuando llegó el auto, pagó ella misma el viaje y apoyó una mano con suavidad sobre mi hombro. -Cuídate mucho, Elodie -susurró. Sus ojos reflejaban una compasión que yo no podía soportar. Asentí débilmente. Tenía la garganta demasiado irritada para pronunciar una sola palabra, así que me limité a subir al asiento trasero. Al llegar a mi apartamento, bajé del auto tambaleándome y aferrada al bolso, como si fuera lo único que aún me mantenía unida a la realidad. Nada más entrar, lo dejé caer junto a la puerta. Estaba demasiado agotada para preocuparme por él. Fui directa a la ducha. El agua golpeó mi piel, pero no me proporcionó ningún alivio. Cada gota parecía una aguja que se clavaba en las quemaduras y los moretones que Carmela me había dejado. Cuando salí, seguía temblando. La bata se me pegaba a la piel húmeda. No me importaba que el cabello siguiera goteando ni que fuera a empapar la cama. Solo quería derrumbarme, hundirme entre las sábanas y desaparecer. Estaba a punto de acostarme cuando sonó el teléfono. Al ver quién llamaba, sentí que el corazón se me hundía hasta el estómago. Calhoun. Durante un segundo, mis dedos temblorosos quedaron suspendidos sobre la pantalla. Estaba a punto de deslizar el dedo y responder, desesperada por oír su voz, aunque solo fuera para recibir su desprecio. Pero la llamada terminó antes de que pudiera hacerlo. El silencio que siguió fue desolador. Entonces el teléfono vibró. Se me oprimió el pecho al leer el mensaje que acababa de aparecer en la pantalla: «Tráeme ibuprofeno y leche tibia con miel. Apúrate». La decepción me retorció el estómago hasta provocarme náuseas. Aun así, sin detenerme a pensar, como la tonta amaestrada en la que me había convertido, me cambié de ropa, me recogí el cabello con manos temblorosas y salí del apartamento. Mis pies avanzaron en piloto automático. Me arrastraban a cumplir el encargo como si mi propio cuerpo se negara a rebelarse contra él. Cuando por fin llegué al ático de Calhoun, no estaba preparada para lo que encontré. Apenas entré, una oleada de náuseas me golpeó, incluso antes de que pudiera asimilar la impresión. Todo era diferente. Había desaparecido aquella decoración fría y negra que antes reflejaba su personalidad, sus gustos, su oscuridad... También había desaparecido el pequeño bonsái que yo había plantado con su abuelo antes de que el anciano falleciera. En su lugar había un girasol. Sus brillantes pétalos amarillos parecían burlarse de mí. Carmela. Por supuesto. Me quedé paralizada en la entrada como una idiota, con los ojos ardiéndome mientras observaba el resto. Bolsos y zapatos caros ocupaban todos los rincones. Había perfumes alineados sobre las mesas de cristal y suaves tonos femeninos cubrían todo lo que antes había sido de él. El corazón se me desplomó con una violencia insoportable. El sonido de la puerta al abrirse me sobresaltó. Calhoun apareció y ni siquiera me saludó. Sin mediar palabra, me arrancó el bolso de la mano y rebuscó en su interior. Solo después de comprobar que todo estaba allí se dignó a mirarme a la cara. -Mierda -murmuró con el ceño fruncido-. Tus heridas tienen muy mal aspecto. ¿Te las has hecho tratar? Hice un esfuerzo para tragar y negué despacio con la cabeza. Exhaló mientras se frotaba la nuca. -Elodie... Carmela ha estado con sus cambios de humor de siempre. No lo hizo porque quisiera lastimarte, ¿de acuerdo? Es solo que... está teniendo un día difícil. Asegúrate de que te curen esas heridas. Si necesitas unos días libres, firmaré el formulario. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios antes de que pudiera impedirlo. -No será necesario, alfa Calhoun. Para finales de mes... -Escúchame -me interrumpió con brusquedad-. Solo me preocupa que te mantengas fuerte. Vas a organizar la fiesta de bienvenida de Carmela y quiero que sea perfecta. Las palabras se me atascaron en la garganta. Casi me ahogué con ellas. Separé los labios, pero no logré emitir ningún sonido. Las rodillas amenazaron con fallarme y retrocedí un paso, desesperada por conseguir un poco de aire. Él se dio cuenta. Entrecerró los ojos, como si estuviera a punto de decir algo más, pero un gemido suave y fingido rompió el silencio. -Calhoun... Carmela estaba apoyada contra la puerta del dormitorio, con la mirada clavada en mí. Durante un instante, su rostro se deformó y el veneno relampagueó en sus ojos. Pero en cuanto Calhoun se volvió hacia ella, cambió por completo. Su expresión adoptó una fragilidad calculada, como si pudiera romperse al menor roce. -¿Ha traído las cosas? -preguntó-. Me duele todo el cuerpo, Calhoun. Solo... quiero mimos. Y masajes. El estómago me dio un vuelco. El rostro de Calhoun se suavizó al instante. Asintió y su voz se tornó dulce. -No te lastimes los pies. Ve a recostarte en la cama. Les pediré a las criadas que calienten la leche y luego iré a hacerte compañía. ¿Sí? -Sí -susurró ella con una sonrisa dulce. Me quedé inmóvil y en silencio. El pecho me ardía. Los ojos me escocían tanto que pensé que iban a estallar. Todo su ser se enternecía por ella, mientras que yo solo recibía indiferencia. Recordé aquella noche en que casi me rompí un diente de tanto apretar la mandíbula por el estrés. Recordé todas las veces que había tropezado delante de él sin que se molestara en volver a mirarme. Y cuando me desmayé de agotamiento y tuvieron que llevarme de urgencia a emergencias, ¿cómo había reaccionado? Firmó mi formulario de permiso. Nada más. No me visitó. No me llamó. No mostró preocupación alguna. En cambio, a Carmela le bastaba con un simple gemido para derretirlo. Cuando se marchó con ella, se me cerró la garganta. Una lágrima escapó antes de que pudiera contenerla. Me di la vuelta y salí. Las piernas avanzaban como si ya no me pertenecieran. Un dolor amargo me invadió el pecho. Cuando por fin llegué al exterior, alcé el rostro hacia el cielo. Y solo cayó una lágrima.
Lista de capítulos
226 capítulos en total
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