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Capítulo 2 El Altar de Cenizas
El vestido pesaba. Diez kilos de seda italiana, encaje francés y perlas cultivadas que, sobre los hombros de Laura, se sentían como una armadura de plomo. Frente al espejo de la suite nupcial, no veía a una novia; veía a una mujer preparándose para una ejecución pública. -Estás exquisita, Laura. Blackwood no sabrá qué lo golpeó -dijo Marcus Thorne desde el umbral de la puerta. Laura se giró con lentitud. Marcus, la mano derecha de Sebastián, era el único que no la miraba con lástima. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de curiosidad y respeto. -No me digas mentiras, Marcus. Sebastián sabe exactamente lo que compró. Lo que no sabe es que los activos fijos pueden ser muy volátiles -respondió ella, ajustándose un pendiente de diamante. -Él cree que el control es una ciencia exacta. Ten cuidado. Sebastián no juega a perder. -Yo tampoco. ¿Él ya está allí? -En el altar. Parece una estatua de granito. Los fotógrafos están teniendo problemas para captar una expresión que no sea de absoluto desprecio por la humanidad. Laura tomó su ramo de calas blancas. Eran flores que simbolizaban la pureza, pero en sus manos parecían ofrendas fúnebres. -Dile que ya voy. No quiero que el "Rey de Acero" piense que me he arrepentido. --- La Catedral de San Patricio estaba rodeada de unidades móviles de televisión y curiosos. La boda del año, la unión de Industrias Blackwood y el imperio hotelero Valladares, era el evento social de la década. Pero al entrar, Laura solo sintió el frío de las piedras centenarias. Caminó por el pasillo central del brazo de su padre, quien apenas podía sostenerse. La música del órgano atronaba, pero para ella era un ruido blanco. Al final del camino, recortado contra el resplandor de las vidrieras, estaba él. Sebastián vestía un esmoquin negro que parecía absorber la luz del sol. Cuando Laura llegó a su lado, él no le ofreció la mano. Se limitó a asentir con una cortesía mecánica. -Llegas tres minutos tarde -susurró él mientras el juez comenzaba a hablar. -Considéralo un margen de beneficio, Sebastián. La impaciencia te hace lucir... humano -replicó ella bajo el velo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. -El tiempo es dinero, Laura. Y hoy estoy gastando demasiado en este circo. El juez continuó con la letanía legal y religiosa. Laura apenas escuchaba. Estaba demasiado ocupada estudiando el perfil de su futuro marido. La mandíbula de Sebastián estaba tan tensa que parecía a punto de estallar. Sus ojos grises estaban fijos en un punto invisible sobre la cabeza del juez. No había amor, ni deseo, ni siquiera nerviosismo. Había vacío. -Sebastián Blackwood, ¿acepta a Laura Valladares como su esposa? -Acepto -dijo él. Su voz retumbó en las bóvedas, clara, fría y desprovista de emoción. Fue como el sonido de una celda cerrándose. -Laura Valladares, ¿acepta a Sebastián Blackwood como su esposo? Laura guardó silencio un segundo de más. El murmullo en la catedral creció. Ella sintió la mirada de Sebastián girarse hacia ella, pesada como el hierro. -Acepto -dijo finalmente, manteniendo el contacto visual. *Acepto destruirte*, pensó. -Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia. Sebastián dio un paso al frente. Sus manos, grandes y fuertes, sujetaron los hombros de Laura con una firmeza que rozaba la advertencia. Levantó el velo. Por un instante, la cercanía fue abrumadora. El aroma a sándalo la envolvió. Él se inclinó, y sus labios rozaron los de ella. Fue un beso gélido. Un roce de piel sobre piel que no buscaba placer, sino marcar territorio. Era el sello de un contrato. -Eres mía por contrato, Laura -le susurró él contra los labios, tan bajo que solo ella pudo oírlo-. No olvides que el dueño de la propiedad decide cuándo se demuele. --- La recepción en el salón principal del Hotel Grand Valladares era una oda al exceso. Mil invitados, caviar, orquestas en vivo y una tensión que se podía cortar con un cuchillo de plata. Laura y Sebastián estaban en el centro de la pista para el primer baile. Él la sostenía por la cintura con una mano que quemaba a través de la seda del vestido. -Estás siendo una excelente actriz, querida -dijo Sebastián mientras la hacía girar con una gracia mecánica-. Tu padre parece que ha vuelto a la vida gracias a mis millones. -Mi padre es un hombre agradecido. Yo, en cambio, soy una mujer con memoria -respondió Laura, apoyando una mano en el hombro de él-. ¿Por qué este teatro, Sebastián? Podríamos haber firmado los papeles en una notaría y ahorrarnos el vals. -Las apariencias son el lubricante del capitalismo, Laura. El mercado necesita creer que soy capaz de tener una familia. El amor es una debilidad que los accionistas no perdonan, pero la estabilidad es una virtud que premian. -Entonces, ¿yo soy tu certificado de estabilidad? -Eres el envoltorio de un regalo que no pedí, pero que necesitaba para cerrar un trato mayor. De repente, la música cambió a una melodía más lenta y melancólica. Laura notó que la mirada de Sebastián se desviaba hacia un rincón oscuro del salón, donde un gran retrato de los fundadores de la empresa colgaba de la pared. Sus ojos se nublaron por un segundo. -¿En qué piensas? -preguntó ella, tratando de romper su muro-. ¿En el fantasma que vive en el ala oeste de tu mansión? ¿En Isabella? El agarre de Sebastián se cerró sobre su cintura con una fuerza dolorosa. Su rostro se transformó en una máscara de furia contenida. -Nunca vuelvas a pronunciar ese nombre -dijo él, con una voz que era puro veneno-. Has firmado para ser mi esposa, no mi confesora. Ese lugar ya está ocupado, y no por ti. -Ella está muerta, Sebastián. Y yo estoy viva. Aquí. Frente a ti. -Ese es precisamente el problema, Laura. Estás aquí ocupando un espacio que no te pertenece. Sonríe para la cámara -ordenó él, viendo que un fotógrafo se acercaba-. Esto es solo una transacción. No esperes que el guion incluya un "vivieron felices para siempre". En mi mundo, los finales felices son para los que no tienen nada que perder. Laura no se amedrentó. Se acercó más a él, obligándolo a sentir el latido acelerado de su corazón contra su pecho de piedra. -Te equivocas en algo, esposo mío. Los finales felices son para los que tienen el valor de quemar el pasado. Y yo tengo muchas cerillas. Sebastián la soltó bruscamente justo cuando la música terminaba. -Marcus te llevará a la mansión -dijo él, recuperando su tono gélido-. Yo tengo una reunión en Industrias Blackwood. No me esperes despierta. -¿Tu noche de bodas en la oficina? -Laura soltó una carcajada seca que atrajo algunas miradas-. Vaya, Sebastián. Si querías admitir que me tienes miedo, podrías haberlo hecho de una forma menos cliché. Él la miró de arriba abajo, con una mezcla de odio y una extraña fascinación que no pudo ocultar a tiempo. -No te tengo miedo, Laura. Te tengo lástima. Porque crees que puedes ganar una guerra contra un hombre que ya ha muerto por dentro. Él se dio la vuelta y atravesó el salón como un huracán negro, dejando a Laura sola bajo los focos. Su padre se acercó a ella, preocupado. -¿Qué ha pasado? ¿A dónde va? Laura tomó una copa de champagne de una bandeja que pasaba y la bebió de un trago. -Se va a trabajar, papá. Se va a esconderse en sus servidores y en sus algoritmos porque una mujer de veinticuatro años le ha recordado que todavía tiene pulso. -Hija, esto es un error... -No, papá. Esto es el comienzo. -Laura miró a Marcus, que la observaba desde la distancia con una sonrisa enigmática-. Marcus, llama al chófer. Quiero llegar a mi nueva casa antes que el dueño. Tengo algunas cosas que reorganizar en ese mausoleo. Al salir del hotel, los flashes de las cámaras la cegaron. Ella caminó con la cabeza alta, sosteniendo la cola de su vestido como si fuera una capa real. Al subir al coche, vio el mensaje que había llegado a su teléfono minutos antes. Era de un número bloqueado, pero ella sabía de quién era. "La habitación de Isabella está cerrada bajo llave. No intentes abrirla si no quieres descubrir por qué el acero es más frío que el hielo." Laura sonrió y escribió una respuesta que no envió, pero que repitió en su mente como un mantra mientras el coche avanzaba hacia la mansión Blackwood: "El hielo se derrite, Sebastián. Solo es cuestión de tiempo que descubras que tu castillo de invierno es, en realidad, una pira funeraria esperando una chispa. Y yo soy el incendio." El coche se detuvo frente a la imponente verja de Industrias Blackwood. La mansión, una estructura de cristal y acero situada en lo alto de una colina, parecía una fortaleza inexpugnable. Pero para Laura, solo era un tablero de ajedrez más grande. Al bajar, Marcus le entregó un juego de llaves de plata. -La llave pequeña es la del ala oeste -susurró él-. Sebastián cree que la tiene él. Se equivoca. Bienvenida a casa, Laura. Espero que te guste el silencio, porque es lo único que Sebastián ofrece gratis. -El silencio es el mejor lugar para planear una emboscada, Marcus -respondió ella, entrando en el vestíbulo-. Dile a Sebastián que mañana desayunaremos juntos. Y que no aceptaré un "no" por respuesta. Esa noche, Laura no durmió. Recorrió los pasillos de la mansión en silencio, con sus tacones resonando contra el mármol, sintiendo la presencia invisible de Isabella en cada rincón. Se detuvo frente a la puerta del ala oeste. Puso la mano sobre la madera fría. -Disfruta de tu última noche de paz, fantasma -susurró-. Mañana, esta casa dejará de ser tuya. El contrato estaba firmado. La boda había terminado. Pero lo bueno estaba por comenzar.
Lista de capítulos
15 capítulos en total
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