Saltar al contenido principal

Capítulo 2 La sombra de la envidia

La resaca de la opulenta fiesta de compromiso aún flotaba en el aire de la ciudad, pero en el piso cuarenta de Thorne Enterprises, la atmósfera no compartía la ligereza del champán de la noche anterior. El sol de la mañana se filtraba de manera imponente a través de los ventanales de la oficina presidencial, iluminando el pulido escritorio de caoba donde Alexander Thorne revisaba con obsesiva atención una serie de carpetas digitales cifradas. Su rostro, habitualmente sereno y magnético, se mantenía rígido, transformado en una máscara de fría incredulidad. Frente a él, Arthur Pendelton, el veterano miembro de la junta directiva, se frotaba las sienes con evidente preocupación. Había sido él quien, siguiendo una anomalía rutinaria en la división de desarrollo tecnológico, había destapado la caja de Pandora. -Ojalá me equivocara, Alex -dijo Arthur con voz apagada, rompiendo el sepulcral silencio de la habitación-. Pero las firmas digitales no mienten. Los desvíos se han estado realizando durante los últimos catorce meses a través de una red de empresas fantasma con sede en las Islas Caimán. Cuarenta y cinco millones de dólares han desaparecido del fondo de reserva de la empresa. Y el acceso biométrico utilizado para autorizar cada una de las transferencias... pertenece a tu hermano. Alex cerró la computadora portátil de un golpe seco. El eco del impacto resonó en la vasta oficina como un disparo. Quería gritar, quería convencerse de que se trataba de un elaborado hackeo externo, de una trampa de la competencia para desestabilizar la fusión con los Ross. Pero deep down, conocía la verdad. Conocía las debilidades de Damian: su adicción a las apuestas de alto nivel en los bajos fondos de la ciudad, su resentimiento crónico y su desesperado intento por mantener un estilo de vida de playboy que sus ingresos legítimos como vicepresidente no podían sostener. -Déjame esto a mí, Arthur -ordenó Alex, y su voz destilaba una autoridad gélida que hizo que el anciano consejero enderezara la espalda-. No le digas nada a la junta directiva todavía. Ni una palabra a Elena o a su familia. Si esto se filtra a la prensa antes de la fusión, las acciones se desplomará y el nombre de nuestra familia quedará arrastrado por el fango. -Tienes veinticuatro horas, muchacho -advirtió Arthur, levantándose de la silla con pesadez-. Legalmente, si no reporto esto, me convierto en cómplice. Amo el legado de tu padre, pero no iré a prisión por los caprichos de Damian. En cuanto Arthur abandonó la oficina, Alex presionó el intercomunicador de su escritorio. -Sarah, cancela todas mis reuniones de la mañana. Y dile a mi hermano que lo quiero en mi oficina. Ahora mismo. Diez minutos después, las puertas dobles de la oficina se abrieron con brusquedad. Damian Thorne entró luciendo un traje de diseñador gris claro, con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa cínica dibujada en los labios. A diferencia de Alex, que vestía de un azul marino impecable y proyectaba el peso del liderazgo, Damian exudaba una arrogancia defensiva, el clásico mecanismo de defensa de quien se sabe inferior pero se niega a agachar la cabeza. -¿A qué se debe tanta urgencia, hermano? -preguntó Damian, dejándose caer en uno de los sofás de cuero frente al escritorio, estirando las piernas con deliberada falta de respeto-. Pensé que estarías ocupado en la cama con Elena, celebrando que finalmente atrapaste a la gallina de los huevos de oro de los Ross. Alex no respondió de inmediato. Se levantó lentamente de su silla, caminó hacia los ventanales y contempló la ciudad por unos segundos antes de girarse para mirar directamente a su gemelo. Sus ojos oscuros, idénticos en forma a los de Damian pero infinitamente más profundos, estaban fijos en él. -¿Hasta cuándo pensabas seguir haciéndolo, Damian? -preguntó Alex con un tono peligrosamente calmado. Damian parpadeó, pero no perdió la compostura. Forzó una risa corta. -¿Hacer qué? ¿Vivir mi vida? ¿O es que ahora también vas a regular las horas que paso en el club? Alex caminó de vuelta al escritorio, tomó una tableta y la arrojó sobre el sofá, justo al lado de las piernas de su hermano. -Cuarenta y cinco millones de dólares, Damian. Apex Solutions, Vanguard Holding, Thorne Cybernetics... Todas corporaciones de papel que creaste utilizando tus credenciales de seguridad de nivel cinco. El dinero de la reserva tecnológica de la empresa fue transferido directamente a cuentas a tu nombre para pagar tus deudas con los sindicatos de apuestas de la costa este. ¿Realmente pensaste que Arthur no se daría cuenta? ¿Que yo no me daría cuenta? La sonrisa de Damian se desvaneció instantáneamente. Su rostro se volvió pálido por un segundo, antes de que una oleada de ira tiñera su cuello de rojo. Se puso de pie de un salto, arrojando la tableta al suelo. La máscara de indiferencia se había roto, revelando el monstruo de la envidia que lo carcomía por dentro. -¡Estoy harto de tus sermones de hermano mayor perfecto! -rugió Damian, dando un paso hacia el escritorio y golpeando la madera con el puño-. ¿Cuarenta y cinco millones? ¡Eso es una miseria comparado con lo que la empresa genera gracias al apellido que yo también llevo! Mi padre nos dejó este imperio a ambos, pero tú actúas como si fueras el único dueño del rascacielos. Me diste una vicepresidencia de adorno, Alex. Una maldita oficina en el piso inferior para que firme papeles sin importancia mientras tú te llevas los aplausos, las portadas de las revistas y a la mujer más hermosa de la alta sociedad. -Te di la vicepresidencia para protegerte, ¡porque sabía que no tenías la disciplina para manejar el peso de la junta directiva! -respondió Alex, elevando la voz por primera vez, su paciencia llegando al límite-. ¡Cada vez que te di una responsabilidad real, la arruinaste! Te cubrí cuando perdiste el contrato en Tokio, te cubrí cuando la prensa te fotografió borracho con modelos en Mónaco... Pero esto es un delito federal, Damian. Has robado a los inversores. Has robado a la empresa que nuestro padre construyó con su sangre. Damian soltó una carcajada amarga, llena de veneno. Caminó por la oficina, gesticulando con las manos llenas de resentimiento. -¿Nuestro padre? Él te amaba a ti. Siempre fuiste el heredero dorado, el genio matemático, el orgullo de la familia. A mí solo me veía como el gemelo sobrante, la copia defectuosa que llegó cinco minutos tarde al mundo. Todo lo que tienes, Alex... todo lo que tocas de manera tan perfecta, debería ser mitad mío. El dinero, el respeto, el poder... incluso Elena. Ella me miraba a mí primero en la universidad, ¿lo recuerdas? Pero tuviste que intervenir con tu maldito encanto de salvador para robármela también. Alex sintió una punzada de dolor en el pecho. Sabía que Damian guardaba rencor, pero nunca había imaginado la magnitud del odio que su hermano albergaba hacia él. Ver su propio rostro deformado por una mueca de tanta maldad y codicia era una experiencia perturbadora. -No voy a discutir tus complejos de inferioridad aquí, Damian -dijo Alex, recuperando el control de sus emociones y adoptando la postura inflexible del CEO-. Esto es lo que va a pasar: tienes exactamente veinticuatro horas para devolver cada centavo a las cuentas de la reserva. Llama a tus contactos, vende tus acciones privadas, deshazte de tus malditos autos de lujo o de tu yate. No me importa cómo lo hagas, pero ese dinero tiene que estar reflejado en los libros mañana a primera hora. Damian lo miró fijamente, con los puños temblando a los costados de su cuerpo. -¿Y si no lo hago? -desafió Damian, entornando los ojos-. ¿Qué vas a hacer, hermano? ¿Vas a ensuciar el sagrado apellido Thorne? Alex apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante, sosteniendo la mirada de su gemelo con una firmeza implacable. -Si mañana a las nueve de la mañana ese dinero no está de vuelta, yo mismo firmaré la denuncia ante el FBI. Te entregaré a las autoridades, Damian. Perderás tu apellido, tus derechos en la empresa, tu libertad y pasarás los próximos veinte años en una prisión federal. No voy a permitir que destruyas la vida de miles de empleados y el futuro de esta compañía por tu egoísmo. Tómalo como una advertencia. La única que vas a recibir. Damian apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo de su rostro comenzó a parpadear. El silencio regresó a la oficina, pero esta vez estaba cargado de una tensión letal. Sabía que Alex no estaba faranduleando; su hermano era un hombre de principios inquebrantables, incapaz de corromperse, incluso por lazos de sangre. Sin decir una sola palabra más, Damian dio la vuelta, caminó hacia la salida y azotó la puerta al salir, dejando a Alex solo en la inmensidad de su oficina. Mientras caminaba a toda prisa por el pasillo hacia el ascensor privado, la mente de Damian trabajaba a una velocidad frenética, consumida por un odio ciego y desesperado. No tenía forma de conseguir cuarenta y cinco millones de dólares en veinticuatro horas; ya lo había gastado todo. No iba a ir a prisión. No iba a permitir que Alex lo destruyera por completo mientras él seguía viviendo su idilio perfecto. Al entrar al ascensor, Damian sacó su teléfono satelital y marcó un número privado que solo usaba para emergencias extremas en el submundo de la ciudad. El ascensor comenzó a descender, y reflejado en el espejo de la cabina, el rostro de Damian se transformó en una mueca de absoluta frialdad. -Tengo un trabajo para ti -siseó Damian en cuanto respondieron al otro lado de la línea-. Necesito que prepares algo esta misma noche. Un accidente. Un fallo mecánico en el auto de mi hermano. Y asegúrate de que no haya sobrevivientes.

¿Quieres seguir leyendo?

Sigue leyendo para continuar la historia.

Continuar leyendo

Lista de capítulos

100 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La vida perfecta
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La sombra de la envidia
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El plan siniestro

Novedades