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Capítulo 3 El plan siniestro
El tic-tac del reloj de pared en el ático de Damian Thorne sonaba como una cuenta regresiva hacia su propia ejecución. El segundero avanzaba sin piedad, devorando las veinticuatro horas que su hermano le había concedido. Sobre la mesa de centro de cristal, tres teléfonos celulares vibraban casi en simultáneo, mostrando mensajes urgentes de prestamistas, corredores de bolsa clandestinos y mafiosos del submundo corporativo. Todos decían lo mismo: era imposible mover cuarenta y cinco millones de dólares en menos de un día sin encender las alarmas del Tesoro Nacional. Damian arrojó su vaso de whisky contra la chimenea. El cristal se hizo añicos y las llamas devoraron el alcohol con un rugido azulado que iluminó las sombras de la habitación. -¡Maldito seas, Alexander! -siseó, hundiéndose las manos en el cabello desordenado. La desesperación es un ácido que corroe la moral de un hombre hasta dejar solo sus instintos más primitivos. Damian caminó de un lado a otro, con la respiración agitada. La amenaza de Alex era real. Su hermano no dudaría en entregarlo al FBI. Para Alex, la empresa y el legado familiar eran deidades sagradas; no dudaría en sacrificar a su propio gemelo en el altar de la justicia y la rectitud. Mañana a las nueve de la mañana, la vida de lujos, trajes a medida, respeto y privilegios de Damian terminaría abruptamente. Sería arrastrado esposado frente a las cámaras de televisión, convertido en la vergüenza de la alta sociedad. No podía permitirlo. No iría a prisión. Fue en ese instante de pura oscuridad mental cuando la semilla de un pensamiento perverso comenzó a germinar en su cerebro. Al principio, la idea le pareció una locura absurda, un delirio nacido del pánico. Pero a medida que la analizaba, la locura cobraba una lógica fría, perfecta y matemática. Si Alex desaparecía, la auditoría se detendría. Si Alex moría, el único heredero de las acciones mayoritarias de Thorne Enterprises sería él. Pero la muerte de Alex no solucionaba el problema principal: la junta directiva y Arthur Pendelton jamás aceptarían a Damian como el nuevo líder absoluto; lo obligarían a vender o lo someterían a una vigilancia extrema. Para obtener la fortuna, el control total del imperio y, por supuesto, a Elena Ross, la muerte de su hermano no era suficiente. Tenía que convertirse en él. Damian se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que dominaba el pasillo de su ático. Se miró fijamente. Estudió la curva de su mandíbula, la distancia entre sus ojos, la forma de sus labios. Eran idénticos. Compartían el mismo mapa genético, la misma voz, las mismas huellas dactilares. Durante toda su vida, esa similitud absoluta había sido su mayor maldición, la razón por la cual el mundo siempre los confundía y terminaba comparándolo desfavorablemente con el "gemelo dorado". Pero ahora, esa misma maldición se transformaba en su boleto hacia la libertad absoluta y la gloria. Si Alexander Thorne moría en un trágico accidente, pero el mundo creía que el fallecido era Damian, el impostor heredaría la vida perfecta de la víctima. Nadie dudaría. Nadie haría preguntas. Elena lloraría la pérdida de su "cuñado de adorno" durante un par de días, y luego continuaría con los planes de la boda del año junto al hombre que creía amar. -Tú tienes la vida perfecta, Alex -susurró Damian a su propio reflejo, y una sonrisa macabra, desprovista de cualquier rastro de humanidad, cruzó sus labios-. Es justo que me toque disfrutarla a mí. Damian sabía que contratar a un sicario externo era demasiado peligroso. Los asesinos a sueldo dejaban un rastro de llamadas, transferencias bancarias y cabos sueltos que la policía o los investigadores de seguros podrían rastrear tarde o temprano. Si quería que el crimen fuera perfecto, él mismo tenía que ensuciarse las manos. Nadie debía saberlo. El secreto moriría con Alexander. A las dos de la madrugada, la tormenta que se había estado gestando sobre la ciudad finalmente estalló. Relámpagos rasgaban el cielo nocturno y una lluvia torrencial golpeaba con violencia los cristales de los rascacielos. Damian se vistió con ropa completamente negra: jeans oscuros, una chaqueta impermeable con capucha y guantes de cuero ajustados. Salió de su edificio por la salida de servicio, evitando deliberadamente las cámaras principales, y se subió a un vehículo alquilado bajo un nombre falso semanas atrás para sus escapadas nocturnas. El rascacielos de Thorne Enterprises lucía desierto a esa hora. Damian condujo directo hacia el estacionamiento subterráneo, descendiendo hasta el nivel P4, el área VIP reservada exclusivamente para los altos ejecutivos. Gracias a su pase biométrico de nivel cinco, las barreras de seguridad se abrieron sin emitir una sola alarma. Estacionó a unos metros de distancia y bajó del auto, sosteniendo una pequeña caja de herramientas mecánicas que había comprado en una ferretería de los suburbios. El estacionamiento era un laberinto de concreto ecoico, iluminado por luces de neón parpadeantes que proyectaban sombras alargadas en las paredes. El único sonido era el goteo lejano de una tubería y el zumbido de los extractores de aire. Allí estaba. El imponente Maybach deportivo de Alexander, una obra de arte de la ingeniería automotriz de color negro satinado. Alex siempre insistía en conducir él mismo cuando se trataba de viajes nocturnos o reuniones privadas fuera de la ciudad. Damian sabía que, según la agenda digital de la empresa, Alex tenía programado un viaje a primera hora de la mañana hacia una planta de ensamblaje en las afueras, cruzando la peligrosa carretera de la ladera norte, una ruta conocida por sus curvas cerradas y sus barrancos pronunciados. La tormenta perfecta. El escenario perfecto. Damian se deslizó debajo del chasis del auto de su hermano. El frío del suelo de concreto le caló los huesos, pero la adrenalina que corría por sus venas lo mantenía alerta, con los sentidos agudizados por una mezcla de terror y euforia. Con una linterna táctica sujeta entre los dientes, localizó el sistema de frenado antibloqueo del vehículo. Sus manos, expertas gracias a los años que pasó coleccionando y modificando autos deportivos en su juventud, se movieron con una precisión quirúrgica. No cortó los cables de freno por completo; eso habría encendido una luz de advertencia en el tablero digital de Alex en cuanto encendiera el motor. Damian era más retorcido. Utilizó una pinza de presión para aflojar sutilmente el conector principal del líquido de frenos y aplicó un compuesto químico corrosivo de acción lenta en las mangueras de alta presión. El plan era milimétrico: el auto encendería con normalidad. Los frenos funcionarían perfectamente durante los primeros quince o veinte kilómetros en terreno plano. Pero en cuanto Alex subiera a la carretera de la montaña y comenzara a aplicar presión constante y repetida en las bajadas pronunciadas, la fricción, el calor y la presión del fluido romperían la manguera debilitada por el corrosivo. El líquido se vaciaría en cuestión de segundos, dejando el pesado vehículo sin capacidad de detenerse a más de cien kilómetros por hora en medio de un acantilado. -Un trágico fallo mecánico debido a la falta de mantenimiento o a un defecto de fábrica -murmuró Damian, mientras apretaba el último tornillo suelto. Un sudor frío le perlaba la frente-. La junta directiva culpará a la marca del auto. El seguro pagará millones. Y Alexander Thorne descansará en paz bajo la tierra. De repente, el sonido de unos pasos pesados resonó en el concreto del estacionamiento. Damian se congeló bajo el auto, apagando la linterna de inmediato. El corazón le latía con tanta fuerza que temió que el intruso pudiera escucharlo. A través del espacio entre el suelo y el chasis, vio las botas de un guardia de seguridad del rascacielos. El hombre caminaba perezosamente, haciendo girar una linterna de mano, cumpliendo con su ronda rutinaria de la madrugada. La luz de la linterna barrió el costado del Maybach. Si el guardia se agachaba, todo habría terminado. Damian contuvo la respiración, apretando la llave inglesa contra su pecho. En su mente, una fría resolución tomó forma: si el guardia lo descubría, tendría que matarlo allí mismo y alterar todo el plan. No iba a detenerse ahora. Estaba a un paso de la gloria. Afortunadamente, el guardia asumió que el auto del CEO simplemente estaba estacionado esperando el amanecer, bostezó y continuó su camino hacia el hueco del ascensor. En cuanto el eco de las puertas metálicas al cerrarse decretó el regreso del silencio, Damian se deslizó hacia afuera del chasis. Se puso de pie, limpiándose el polvo de la chaqueta. Miró el auto de su hermano una última vez. El trabajo estaba hecho. La trampa mortal estaba lista para cerrarse sobre su presa. Regresó a su auto alquilado y salió del rascacielos. Mientras conducía de vuelta bajo la intensa lluvia, Damian sintonizó la radio del auto, escuchando los reportes del clima que predecían una visibilidad casi nula en la carretera del norte debido a la densa niebla matutina. Todo conspiraba a su favor. Al llegar a su ático, se quitó la ropa mojada y la guardó en una bolsa plástica para quemarla más tarde. Se vistió con un pijama de seda idéntico al que Alex solía usar y se sentó en su sillón, esperando el amanecer. Faltaban pocas horas para que el teléfono sonara con la noticia del fatal accidente. Damian levantó una copa vacía hacia el horizonte grisáceo de la ciudad que empezaba a despertar. -Adiós, Alexander -dijo al vacío, con una mirada inyectada de pura locura y ambición-. Gracias por dejarme un imperio tan perfecto.
Lista de capítulos
100 capítulos en total
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