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Capítulo 3 Una buena oportunidad para conocer
El sol se filtraba por la ventana del pequeño departamento que Catalina alquilaba en el centro de Madrid. La tarde se sentía tranquila; había regresado hace poco de la universidad, cansada, con los apuntes abiertos sobre la mesa y un sándwich a medio comer entre las manos. El sonido de su teléfono interrumpió el silencio. Al ver el nombre en pantalla, una sonrisa suave se dibujó en sus labios. -Sofía -respondió, con ese tono cálido que siempre usaba con su amiga-. ¿No deberías estar jugando con tus hijos ahora? -Están en el jardín -contestó Sofía con una risa ligera. Catalina levantó una ceja mientras tomaba un sorbo de jugo. -. Naven está en Madrid. Ha ido por un asunto de la empresa. Catalina dejó el sándwich en el plato y se recostó en la silla, curiosa. -¿Y eso? Pensé que él estaba manejando las cosas desde Barcelona. -Lo estaba, pero... -Sofía hizo una pausa, bajando un poco la voz- Axel cometió un error. -¿Axel? -repitió Catalina, sorprendida, aunque con una leve sonrisa irónica-. Eso sí que no me lo esperaba. -No fue algo grave, pero sí lo suficiente como para que los socios y el consejo empezaran a cuestionarlo. Catalina apoyó la barbilla en la mano. -Entonces supongo que el orgullo de Axel Fort debe estar sufriendo. Sofía suspiró, divertida pero también con un dejo de preocupación. -No tienes idea. Y lo peor es que ahora todo el consejo le exige limpiar su imagen. -¿Limpiar su imagen? -preguntó Catalina, frunciendo el ceño-. ¿Y cómo se hace eso exactamente? ¿Dando una conferencia de prensa o donando millones? -No -contestó Sofía, y su tono cambió, más serio-. Le han sugerido que se case. Catalina soltó una carcajada sincera. -¿Qué? ¿Casarse? -Sí. Quieren que busque una esposa, algo formal, para que su vida personal parezca estable. Catalina se llevó una mano a la frente, incrédula. -¿Y alguien se va a prestar para eso? -No lo sé -respondió Sofía, algo incómoda-. Naven dice que fue una propuesta del consejo, y uno de los miembros tiene mucho interés en que Axel lo considere. Catalina tomó el sándwich de nuevo y dio un mordisco distraído. -Ya me imagino todos los cuernos que va a tener la pobre mujer que acepte semejante trato -dijo con ironía, mientras masticaba lentamente-. Casarse con un hombre como Axel Fort... qué castigo. -No hables así -replicó Sofía, con una mezcla de ternura y reproche-. No sabes lo que hay detrás. Tal vez Axel cambie. Catalina soltó una risa leve, sin malicia pero sí con incredulidad. -¿Cambiar? Sofía, Axel Fort no cambia. Tú misma lo dijiste una vez: él no cree en los sentimientos. No es un hombre que se comprometa con nadie después de lo sucedido con Geraldine y en partes le doy la razón, se ha casado con una bruja imagínate que se encuentre con otra más bruja aun. -Sí, lo sé -admitió Sofía-, pero sigue siendo el hermano de Naven. Y aunque no lo creas, tiene su lado bueno. Y definitivamente no deseo que encuentre a una peor que Geraldine. Catalina apoyó los codos sobre la mesa y se quedó mirando por la ventana, pensativa. -Si tú lo dices. Pero me cuesta imaginarlo siendo "bueno". Sofía sonrió al otro lado del teléfono. -Quizás no lo conoces tanto como crees. Catalina encogió los hombros, dejando el tema en el aire. -No tengo mucho que conocer. Lo veo una o dos veces al año, cuando ustedes hacen esas reuniones familiares. Siempre tan... correcto, tan distante. Si sonríe más de dos segundos es porque está cerrando un negocio. Sofía soltó una risita. -Eso sí es verdad. Pero no te negaré que tiene presencia. Las chicas de la universidad todavía suspiran por él, ¿no? Catalina sonrió con un dejo de burla. -Más de lo que imaginas. Hoy no dejaban de hablar de él. Algunas lo ven como un sueño hecho realidad... aunque la mayoría sabe que es un sueño que no las miraría dos veces. -Es su fama -suspiró Sofía-. Mujeriego, arrogante, inalcanzable. Pero también es un Fort. Y eso pesa. -Pesa, claro -asintió Catalina, tomando otro sorbo de jugo-. Pero no todo lo que brilla es oro, Sofía. Hubo un silencio breve. Catalina sabía que su tono sonaba más frío de lo usual, pero no se retractó. Axel le parecía de esos hombres que se creen intocables, incapaces de mirar más allá de sí mismos. -De todos modos, -añadió- no tiene nada que ver conmigo. Él sabrá cómo limpia su nombre o a quién engaña para hacerlo. -No seas tan dura -replicó Sofía-. A veces las personas solo se protegen como pueden. Catalina apoyó el teléfono en el hombro y empezó a recoger los platos vacíos. -Protegerse no significa destruir a otros -dijo en voz baja-. Pero bueno, no soy quién para juzgarlo. El tono en la conversación cambió cuando Sofía rió suavemente. -Siempre tan directa. ¿Sabes? Extraño eso de ti. -¿El qué? -Tu forma de hablar. Siempre dices lo que piensas, sin rodeos. Catalina sonrió con un aire nostálgico. -Supongo que alguien tiene que hacerlo. -Entonces, ¿cuándo vas a venir por Barcelona? Los niños preguntan por ti. -Cuando termine esta semana -respondió Catalina-. Tenemos demasiados trabajos en la capacitación. Pero prometo que iré. -Te espero -dijo Sofía con cariño-. Y... no te burles tanto de Axel. No sabes cómo puede cambiar la vida en un segundo. Catalina soltó una risita suave. -Lo dudo mucho, pero lo intentaré. -Eso me basta. Se despidieron entre bromas y risas ligeras. Al colgar, Catalina quedó un momento mirando el teléfono, pensativa. Su reflejo se veía en el cristal de la ventana, junto al atardecer que teñía de dorado las calles madrileñas. La idea de Axel casándose le seguía resultando absurda. Un hombre así no necesitaba amor, solo poder. Y sin embargo, algo en la voz de Sofía, esa preocupación sutil, le había dejado una sensación extraña. Sacudió la cabeza, intentando quitarse el pensamiento. -Un matrimonio arreglado... qué locura -murmuró, dejando el teléfono sobre la mesa. El día se había extendido entre reuniones interminables y silencios pesados. En el despacho principal de Fort Enterprises, la luz del atardecer se filtraba por las amplias ventanas, proyectando un resplandor dorado sobre el mármol del suelo. Axel permanecía de pie frente a la ciudad, con las manos en los bolsillos del pantalón y el ceño levemente fruncido. Llevaba horas pensando en lo que había sucedido por la mañana. Las palabras del consejero Eduardo Salazar aún resonaban en su mente: "una alianza matrimonial podría salvar su reputación". Lo decía con una calma calculada, como quien tiende una trampa sabiendo que la presa no tiene salida. Detrás de él, la puerta se abrió sin previo aviso. -Supuse que seguirías aquí -dijo Naven, entrando con ese aire sereno que contrastaba con la tensión del ambiente. Axel no se giró. -Los hombres que cometen errores no suelen irse temprano -respondió con tono seco. Naven avanzó hasta quedar a su lado, observando también el horizonte madrileño. -No fue un error irreparable. Pero tienes que pensar con frialdad, no con orgullo. Axel soltó una breve risa sin alegría. -¿Frialdad? Es lo único que me queda, hermano. Por unos segundos, ninguno habló. Solo el ruido distante del tráfico llenaba el silencio. Finalmente, Naven se cruzó de brazos. -Sabes tan bien como yo que la situación puede empeorar. Los inversionistas quieren una muestra de estabilidad. No puedes seguir ignorándolos. Axel giró lentamente hacia él, con esa mirada que intimidaba incluso a quienes lo conocían desde siempre. -¿Y la solución es un matrimonio falso? ¿Un contrato más, con otro nombre? -No falso -replicó Naven-. Estratégico. Si te casas, al menos por imagen, la empresa recuperará credibilidad. Axel apoyó ambas manos en el escritorio. -No pienso dejar que un grupo de viejos codiciosos me dicte con quién debo compartir mi vida. -No se trata de compartir tu vida, Axel -dijo Naven con calma-. Se trata de proteger lo que has construido. Por un instante, los ojos de Axel se suavizaron, apenas perceptiblemente. Sabía que su hermano no hablaba desde el interés, sino desde la preocupación. Pero la idea seguía pareciéndole repulsiva. -Salazar quiere algo -dijo con voz baja-. No propuso eso por la empresa. Quiere colocar a su hija en esta familia. Naven lo observó en silencio. No necesitaba confirmarlo; ambos sabían que era cierto. -Probablemente -admitió-. Pero puedes usar eso a tu favor. Si decides casarte, elige tú con quién. No le des ese poder. Axel levantó la mirada, pensativo. La frase quedó suspendida en el aire, como una chispa que encendía un nuevo cálculo en su mente. -¿Elegir yo? -repitió despacio, con un tono que ya sonaba diferente-. Entonces, quizás el error pueda convertirse en una oportunidad. Naven sonrió levemente. -Ahí está el Axel que conozco. Axel se acercó a la mesa, tomó un vaso de cristal y se sirvió whisky. -Diles que aceptaré considerar la propuesta -dijo finalmente-. Pero deja claro que nadie me impondrá una esposa. Ni Salazar ni el consejo. -¿Entonces buscarás tú a la candidata? -preguntó Naven, más curioso que sorprendido. Axel asintió con lentitud. -Buscaré una mujer adecuada. No tiene que ser perfecta, ni mucho menos interesada. Solo alguien que entienda que esto es un trato, no una historia romántica. -¿Y cómo sabrás quién puede aceptar algo así? Axel levantó el vaso y lo giró entre sus dedos, mirando el ámbar reflejar la luz. -Las mujeres siempre muestran lo que quieren, Naven. Solo hay que saber mirar. Su tono era tan frío como el cristal que sostenía. El dolor de su pasado todavía lo acompañaba, escondido bajo esa arrogancia implacable. Después de Geraldine, había decidido no volver a confiar. Y si ahora debía casarse, lo haría a su manera, sin permitir que nadie volviera a dominarlo emocionalmente. -Bien -dijo Naven al cabo de unos segundos-. Yo informaré al consejo de tu decisión. Les bastará con saber que lo estás considerando. Axel sonrió con ironía. -Hazlo. Dales una dosis de esperanza, así tendrán de qué hablar mañana. Naven lo observó unos segundos antes de acercarse para estrecharle la mano. -Pese a todo, Axel, sabes que quiero lo mejor para ti. -Lo sé -respondió él, con un tono más sincero-. Pero no te preocupes. No dejaré que esto se me salga de las manos. Ambos se dieron un apretón firme, sin necesidad de palabras adicionales. A su modo, ese gesto era más cercano que cualquier abrazo. Naven se apartó y recogió su abrigo del sillón. -Debo volver a Barcelona. Los niños preguntan por mí, y Sofía no dejará de llamarme si no aparezco. Axel asintió con una media sonrisa. -Salúdala de mi parte. Dile que Madrid sigue tan gris como siempre. -Y tú, hermano... -añadió Naven, caminando hacia la puerta-, trata de no hundirte en tus propios planes. Axel soltó una risa suave, aunque sin humor. -Eso sería muy poco elegante de mi parte. Cuando Naven salió, el silencio volvió a adueñarse del despacho. Axel caminó hasta el ventanal, observando las luces que se encendían una a una en los edificios cercanos. Sabía que los rumores no tardarían en circular. Sabía también que Salazar no se rendiría fácilmente. Pero a él eso no le preocupaba. Si debía casarse, lo haría con inteligencia, no por obligación. Apretó el vaso entre los dedos, dejando escapar un pensamiento en voz baja: -Si el consejo quiere un matrimonio, lo tendrán... pero no con la esposa que ellos elijan. El reflejo de su rostro en el vidrio parecía el de un hombre decidido, peligroso. Al fin y al cabo, Axel Fort nunca retrocedía. Solo cambiaba las reglas del juego. El reloj marcaba las nueve de la mañana cuando Axel Fort se reclinó en su silla de cuero negro, mirando con gesto pétreo los documentos que reposaban sobre su escritorio. Las cifras hablaban por sí solas. El error -aquel maldito error- seguía reflejándose en los balances financieros y en los correos que inundaban su bandeja de entrada. Durante años, había construido una reputación inquebrantable: el hombre que no fallaba, el que lograba resultados incluso cuando todo parecía derrumbarse. Pero esa vez, la jugada había salido mal. Y el costo no era solo económico, sino personal. Su apellido, el prestigio de su hermano, la confianza del consejo... todo estaba en juego. Golpeó con el puño cerrado el escritorio, conteniendo la rabia que le hervía bajo la piel. No podía culpar a nadie más que a sí mismo. Había confiado en un acuerdo que se desmoronó a último momento, y ahora la prensa murmuraba, los socios dudaban y el consejo observaba cada uno de sus movimientos como si esperaran que tropezara otra vez. -Idiotas -murmuró entre dientes, apretando la mandíbula-. Todos están esperando que caiga. Su teléfono vibró, interrumpiendo el silencio. El nombre en la pantalla lo hizo bufar. Eduardo Zalazar. El mismo consejero que la tarde anterior había dejado caer la propuesta del matrimonio como si fuera una simple estrategia de relaciones públicas. "Una esposa daría estabilidad, confianza al mercado, Axel. La prensa amaría ver el renacer del hijo pródigo de los Fort", había dicho con esa sonrisa llena de hipocresía. Axel contestó la llamada, con un tono seco. -Zalazar. -Axel, muchacho -saludó la voz al otro lado, impregnada de falsa cordialidad-. He estado pensando en nuestra conversación de ayer. Quizá podríamos discutirla con más calma esta noche. Te invito a cenar, será algo informal. El hombre se permitió una breve pausa, antes de añadir con sutileza: -Mi hija también estará presente, sería una buena oportunidad para que la conozcas.
Lista de capítulos
134 capítulos en total
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