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Capítulo 2 Entrada al mausoleo
El rugido de los rotores del helicóptero biturbina cesó cuando las aspas aminoraron su marcha sobre la plataforma de aterrizaje privada. El viento salino del océano Pacífico azotó de inmediato el rostro de Sara, arrancando mechones sueltos de su peinado austero y trayendo consigo el aroma a salitre, algas húmedas y rocas milenarias. Ante ella se alzaba "El Nido del Halcón", la legendaria fortaleza costera de la dinastía Valmont. Construida sobre un promontorio de granito negro que caía en vertical sesenta metros hacia un mar embravecido, la mansión era un triunfo de la arquitectura brutalista y la tecnología militar de vanguardia. Muros de hormigón reforzado, paneles de titanio oxidado a propósito y gigantescas cristaleras tintadas se entrelazaban como una escultura geométrica suspendida sobre el vacío. No había jardines ornamentales ni caminos amables: solo roca viva, acantilados escarpados y un foso natural de olas rompientes. Dos enfermeros de complexión hercúlea y rostros inexpresivos bajaron la silla de ruedas de Damián por la rampa hidráulica de la aeronave. El magnate permanecía inmóvil, con la barbilla inclinada contra el pecho y las gafas negras fijas hacia el suelo de hormigón. Sara caminaba dos pasos por detrás, abrazándose los hombros como si el viento frío la hiciera temblar de miedo. Frente al gran portón de acceso, flanqueado por dos cámaras perimetrales con domos de reconocimiento facial, los esperaba una mujer de unos sesenta años. Vestía un uniforme de ama de llaves de lana negra impecable, con el cabello plateado recogido en un moño tan rígido que parecía esculpido en piedra. Era la señora Galdós, la administradora de la residencia, una mujer cuya devoción por el difunto patriarca Valmont rozaba el fanatismo. -Bienvenida a la casa, señora Valmont -dijo la mujer. El tono de su voz era tan cálido como el granito sobre el que pisaban-. Soy la señora Galdós. Tengo instrucciones precisas del señor Marcos Valmont y del consejo directivo para velar por la tranquilidad de este hogar y la estricta recuperación del señor Damián. Sara forzó una mirada humilde, bajando los párpados con recato. -Es un honor conocerla, señora Galdós. Espero no ser una molestia. Solo deseo cuidar de mi esposo y adaptarme a sus rutinas. -Aquí no hay espacio para molestias -respondió la mujer con sequedad, dándose media vuelta para indicarles que la siguieran-. Esta residencia no es un palacio de recreo. Es un centro de recuperación médica de alta seguridad. Sus reglas son absolutas: el ala este y los niveles inferiores están terminantemente prohibidos para el personal no autorizado y para usted. Las comidas se sirven a las ocho, las trece y las veinte horas. Cualquier salida de la propiedad debe ser solicitada con cuarenta y ocho horas de antelación al jefe de seguridad. Y bajo ninguna circunstancia se tolerarán teléfonos móviles personales, dispositivos de transmisión no registrados o correspondencia no inspeccionada. ¿Ha quedado claro? -Por supuesto... entiendo perfectamente -murmuró Sara, fingiendo un sobresalto ante el tono severo. Sin embargo, mientras cruzaban el umbral del pórtico principal, los sentidos de Cipher estaban trabajando a máxima potencia. Sus ojos no miraban a la señora Galdós; registraban la esquina superior derecha del marco de acero. Allí, camuflada tras una moldura decorativa de bronce, había una pequeña lente convexa de color ámbar. Sara calculó el paso con milimétrica precisión. Dejó que el tacón de su zapato izquierdo resbalara en la junta de dilatación del mármol. -¡Ah! -exclamó con un chillido sordo. Su cuerpo cayó hacia adelante, golpeando el lateral del marco de la puerta antes de que uno de los fornidos enfermeros pudiera sostenerla con desdén. -Tenga más cuidado, señora -gruñó el enfermero enderezándola con brusquedad-. El suelo es travertino pulido. -Lo siento... soy tan torpe, discúlpeme -balbuceó Sara llevándose una mano al pecho y fingiendo ruborizarse. Nadie advirtió que, en los dos segundos que su hombro y su mano derecha habían rozado la moldura, las yemas de sus dedos habían palpado la textura del sensor. No era una simple cámara de seguridad: era un detector de ondas milimétricas de espectro pasivo, capaz de identificar microcircuitos activos y armas de fuego ocultas en la ropa. "Un sensor militar de barrido térmico de tercera generación", pensó Sara mientras recomponía su falda con timidez. "Si hubiera traído el emisor de radiofrecuencia estándar en la ropa interior, la alarma habría saltado en el puesto de guardia antes de pisar el vestíbulo. Menos mal que elegí el chip pasivo de grafeno bajo la piedra del anillo". A diez metros de distancia, en la silla de ruedas que era empujada por el pasillo central, Damián Valmont no se perdió un solo detalle. Bajo sus párpados cerrados tras las gafas oscuras, la telemetría proyectada en su interfaz neuronal registró la caída de Sara. Las líneas vectoriales de su sistema de análisis de movimiento calcularon el centro de masa de la joven: su tropiezo no había sido una pérdida de equilibrio estocástica. Había amortiguado la inercia con los músculos flexores de la cadera y colocado la palma de la mano en el único punto ciego del haz de barrido del sensor de la puerta. "Un tropiezo perfecto. Tan perfecto que solo un profesional de infiltración podría ejecutarlo sin fracturarse la muñeca", constató Damián en el silencio de su mente. Una oleada de fascinación salvaje se mezcló con su desconfianza natural. "¿Para quién trabajas, pequeña impostora? ¿Quién te ha enviado a mi casa con un anillo de bodas y reflejos de asesina?". El vestíbulo principal se abría a una estancia monumental de techos de diez metros de altura. Columnas de acero negro sostenían una pasarela acristalada en el nivel superior. Al fondo, un ventanal colosal de cuarenta metros de ancho ofrecía una panorámica vertiginosa del océano embravecido, donde las olas se estrellaban contra los arrecifes arrojando espuma blanca hacia las alturas. El jefe de seguridad de la mansión, un hombre de unos cuarenta y cinco años con corte de pelo militar, mandíbula cuadrada y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, se acercó con paso marcial. Llevaba una pistola semiautomática en una funda táctica de extracción rápida bajo la chaqueta civil. -Señor Valmont. Señora -saludó con una leve inclinación de cabeza-. Soy Hendrick. Mis hombres custodian el perímetro las veinticuatro horas. La suite principal está preparada según las directivas del doctor Keller. Damián no emitió ningún sonido. Su respiración se mantuvo lenta y mecánica, fingiendo estar agotado por el viaje en helicóptero. -Lleven al señor a sus aposentos de inmediato -ordenó la señora Galdós a los enfermeros-. El traslado le produce fatiga extrema. Señora Valmont, acompáñeme. Le mostraré dónde pasará sus noches. Sara asintió sumisamente y siguió a la comitiva médica hacia el ala oeste. Subieron por un ascensor neumático de cristal que se deslizaba en silencio entre los niveles de hormigón. Cuando las puertas se abrieron en la última planta, Sara sintió el aislamiento brutal del lugar. La suite conyugal ocupaba toda la rotonda suspendida sobre el acantilado. Las paredes eran de cristal curvo de suelo a techo, blindadas contra impactos balísticos y tormentas de categoría cinco. En el centro exacto de la estancia, elevada sobre una tarima de roble blanco, descansaba una cama médica de diseño escandinavo, rodeada de monitores de signos vitales, soportes para sueros y un respirador de soporte apagado pero listo para su uso. -Esta será su habitación compartida -anunció la señora Galdós, señalando una pequeña puerta lateral-. Ese vestidor comunica con su cuarto de baño privado. El del señor está adaptado para acceso asistido. Si el señor experimenta alguna crisis nocturna, este botón rojo junto al cabecero activa la alerta en el puesto de guardia de la planta baja. Espero que no tenga que usarlo a menudo. -Rezaré para que no sea necesario -dijo Sara con voz devota, uniendo sus manos frente al pecho. Los enfermeros acomodaron a Damián en la cama médica, le retiraron las gafas oscuras y le colocaron la sábana blanca de hilo hasta la mitad del pecho. Al ver por primera vez el rostro descubierto de su esposo a plena luz, Sara contuvo un destello de admiración involuntaria. A pesar de la supuesta atrofia y los meses de reclusión, Damián Valmont era un hombre arrebatadoramente apuesto. Sus pestañas eran oscuras y tupidas sobre unos párpados cerrados que parecían sellados en mármol. Su nariz era recta, sus labios bien perfilados y su piel, aunque algo pálida, conservaba el brillo de la vitalidad oculta. -Los dejaremos descansar -dijo la señora Galdós-. La cena será servida a las ocho. Hasta entonces, tiene tiempo de instalar su equipaje. La mujer y el personal médico salieron de la suite. El pesado cerrojo electrónico de la puerta principal emitió un chasquido sordo al activarse automáticamente desde el exterior. Sara se quedó sola en la habitación con el hombre que gobernaba el imperio más codiciado del país. Se acercó a los ventanales y contempló el abismo. Sesenta metros más abajo, el mar rugía en la penumbra creciente del atardecer. Sara llevó su mano a la solapa de su abrigo, rozó el anillo de compromiso y susurró para sí misma: -Aguanta, mamá. Ya estoy dentro de la fortaleza.
Lista de capítulos
10 capítulos en total
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