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Capítulo 3 El juramento mudo

A las siete y media de la tarde, la puerta blindada de la suite principal se desbloqueó con un pitido electrónico. La silueta del doctor Keller apareció en el umbral, recortada contra la luz fría del corredor. Con su bata blanca impecable, cabello canoso peinado con fijador y un maletín de cuero en la mano, el médico de cabecera de la familia Valmont destilaba esa arrogancia técnica propia de los facultativos que cobran honorarios millonarios por mantener secretos corporativos. -Buenas noches, señora Valmont -saludó Keller sin mirarla a los ojos, dirigiéndose directamente hacia la cama médica-. Es hora de la revisión vespertina y de explicarle las responsabilidades que deberá asumir a partir de hoy. Sara, que estaba sentada en un sillón orejero hojeando con fingido aburrimiento una revista de jardinería, se puso de pie de inmediato. Su postura volvió a encorvarse levemente, adoptando esa timidez provinciana que había ensayado hasta la extenuación. -Por supuesto, doctor. Dígame qué debo hacer -respondió con un hilo de voz, avanzando con pasos cortos y temerosos. Keller abrió su maletín sobre la mesa auxiliar de acero inoxidable. Extrajo un estetoscopio, una linterna médica de luz estroboscópica y tres viales transparentes con etiquetas de codificación interna. -El estado del señor Valmont requiere monitoreo continuo -explicó el médico mientras se colocaba las olivas del estetoscopio-. Presenta una paraplejia espástica secundaria a lesión medular completa a nivel L1 y una desconexión cortico-visual bilateral profunda. No percibe luz, movimiento ni siluetas. Aunque sus centros auditivos primarios no presentan daño estructural visible en las resonancias magnéticas, su capacidad de procesamiento cognitivo del lenguaje se encuentra severamente deprimida. En términos legos: él escucha ruidos, pero no comprende quién es usted ni qué le está diciendo. Sara asintió con una expresión de dolor compasivo, mordiéndose el labio inferior. "Mentira", pensó Cipher con frialdad analítica. "Un traumatismo craneal con ceguera cortical total suele ir acompañado de afasia sensorial global o alteraciones graves del tronco encefálico. Este hombre no tiene nistagmo, sus músculos faciales tienen tono simétrico y su respiración es regular y rítmica. Este médico está mintiendo o está siendo engañado con una maestría clínica sobrehumana". Keller se inclinó sobre Damián. Con dedos mecánicos, abrió el párpado derecho del magnate y proyectó la luz blanca de su linterna médica directamente sobre la pupila. La pupila de Damián no se contrajo. Permaneció fija, dilatada y vacía, reflejando el haz de luz con la frialdad de una lente de cristal inanimada. Sara observó la maniobra con atención microscópica. Cualquier ser humano común habría creído que el nervio óptico estaba muerto. Pero Sara conocía la técnica de bloqueo pupilar inducido: existían microgotas de solución oftálmica de tropicamida combinada con fenilefrina capaces de paralizar el esfínter del iris durante ocho horas sin alterar la visión de fondo si se utilizaban lentes de contacto terapéuticas de atenuación. Y Damián llevaba más de doce horas bajo observación. ¿Cómo lo lograba? ¿Control del sistema nervioso autónomo mediante biorretroalimentación? Si era así, aquel hombre tenía una disciplina mental aterradora. -Como ve, no hay respuesta fotomotora -dictaminó Keller guardando la linterna con suficiencia-. Ahora, acérquese, señora Valmont. Debe aprender la maniobra de posicionamiento y estimulación circulatoria nocturna. Sara tragó saliva con dramatismo y se situó al lado opuesto de la cama. -Tome su brazo derecho -indicó el médico-. Debe realizar movimientos de flexión y extensión pasiva de las articulaciones principales tres veces al día para evitar anquilosis y contracturas musculares. Así. Sara extendió sus manos y tomó la muñeca y el antebrazo de Damián. En el instante en que sus palmas entraron en contacto con la piel del magnate, una corriente eléctrica pareció saltar entre ambos. La piel de Damián estaba templada, seca y firme. Pero lo que hizo que el corazón de Sara diera un vuelco bajo su corsé fue la densidad del tejido muscular. No había la flacidez pastosa característica de siete meses de inmovilidad en cama. Bajo la manga del pijama de seda gris perla, los tendones del antebrazo estaban tensos como cuerdas de piano y el bíceps braquial ofrecía una resistencia elástica innegable. Aquel era el brazo de un atleta que levantaba pesas en privado, no el de un inválido dependiente de cuidados paliativos. "Dios mío...", pensó Sara, conteniendo la respiración mientras flexionaba el codo de Damián con suavidad ensayada. "Este hombre está entero. Está completamente sano". Bajo las sábanas, Damián Valmont tuvo que emplear cada gramo de su fuerza de voluntad para no tensar los músculos del cuello. Las manos de Sara eran pequeñas, pero sus dedos tenían un agarre firme, seguro y dotado de una sensibilidad táctil excepcional. No lo tocaba como una enfermera asustada que teme romper a un enfermo de cristal; lo palpaba con la pericia de un especialista que busca cicatrices, puntos de presión y tono motor. Y cuando la yema del pulgar de Sara se deslizó sobre la cara interna de su muñeca, rozando la arteria radial, Damián percibió la textura inconfundible del dedo índice de su esposa. El pliegue ungueal derecho de Sara tenía una densidad queratinizada característica. No era una callosidad de escribir a mano ni de tocar el violín. Era la huella indeleble que dejaba la palanca de seguro y el disparador de doble acción de una pistola táctica Sig Sauer o Glock. La misma marca que él mismo tenía en su mano derecha tras miles de horas de adiestramiento militar en las fuerzas especiales navales antes de asumir la presidencia del conglomerado. "Tocas mi pulso buscando una mentira, pequeña espía", pensó Damián, manteniendo su mirada fija en el techo blanco con un vacío absoluto. "Pero no tienes idea del nido de serpientes en el que te has metido". -Muy bien -aprobó el doctor Keller tras observar la maniobra de Sara-. Veo que tiene manos delicadas. A las veintiuna horas vendrá el enfermero a administrarle la sedación nocturna por la vía intravenosa. A partir de ese momento, el señor Valmont dormirá ininterrumpidamente hasta las siete de la mañana. Si escucha ruidos o gemidos nocturnos, son mioclonías del tronco cerebral. No se alarme. -Gracias, doctor. Cuidaré de él con toda mi alma -respondió Sara con una reverencia respetuosa. Keller cerró su maletín y se marchó. Una vez más, el chasquido del cerrojo electrónico confirmó que la habitación quedaba sellada. A las ocho en punto, una doncella de servicio entró empujando un carrito con la cena de Sara: una ensalada de verduras al vapor, salmón a la plancha y agua mineral con gas. Sara comió despacio, saboreando cada bocado mientras calculaba el aporte calórico que necesitaría para la noche. A las nueve, el enfermero fornido regresó con una jeringa precargada. La inyectó en la llave de tres pasos del catéter venoso de Damián. Sara fingió mirar hacia la ventana con ojos húmedos, afectada por la crudeza del tratamiento médico. Lo que el enfermero no sabía -y Sara dedujo al observar el ángulo de reflujo en la cánula- era que el circuito intravenoso de Damián había sido manipulado. El catéter no entraba directamente a la vena cefálica: había un microfiltro de derivación subcutáneo que absorbía la solución salina sedante hacia un depósito de absorción lenta bajo la dermis, neutralizando el impacto neurológico del fármaco. La habitación quedó finalmente a oscuras a las diez de la noche. Solo los pilotos luminosos de color verde y ámbar de los monitores médicos titilaban en la penumbra. El sonido del mar contra las rocas del acantilado llenaba la estancia con un compás hipnótico y salvaje. Sara se cambió de ropa en el baño y se colocó un camisón de seda blanco hasta los tobillos, de apariencia inofensiva. Se recostó en la chaise longue situada junto al gran ventanal, con una manta sobre las piernas. Permaneció inmóvil. Una hora. Dos horas. Tres horas. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad profunda, siguieron el minutero del reloj digital de la pared: 02:00 AM. 02:20 AM. 02:35 AM. El monitor de ritmo cardíaco de Damián marcaba cincuenta latidos por minuto en una cadencia constante de sueño profundo nivel cuatro. Sara abrió los ojos en la oscuridad. La doncella sumisa había desaparecido. -Es hora de cazar -susurró para sí misma.

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Lista de capítulos

10 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El contrato de sangre
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Entrada al mausoleo
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El juramento mudo

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