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Capítulo 2 El rastro de la inicial A
La noche se había instalado de golpe sobre la Hacienda Los Olivos, cubriendo los campos de olivos y los caminos de tierra con un manto de sombras densas y opresivas. Dentro del despacho, donde la tragedia se había consumado pocas horas antes, el ambiente era denso, impregnado todavía por el olor acre del metal y la madera rota. Las autoridades locales y el médico forense ya habían cumplido con su sombrío protocolo, retirando el cuerpo sin vida de Thiago y dejando la casona sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujir lejano de las ramas movidas por el viento nocturno.
Caspian Navarro permanecía inmóvil frente al gran escritorio de caoba. La luz parpadeante de una única lámpara de aceite iluminaba su rostro duro, marcado por la rabia y por unas lágrimas secas que le habían dejado surcos salados en las mejillas. Ya no quedaba en él rastro del joven apacible que cultivaba la tierra con ilusión; el dolor se había cristalizado en su interior, transformándose en una determinación de hierro. Con las manos firmes, aunque todavía temblorosas por la adrenalina contenida, comenzó a revisar los cajones que los agentes de la ley habían pasado por alto o desestimado en su prisa por cerrar el caso como un suicidio convencional. Entre los pliegues de un cuaderno de contabilidad viejo, donde Thiago solía anotar las deudas y las promesas incumplidas de los negocios con la élite de Sevilla, Caspian sintió el tacto de un papel doblado con esmero. Al extraerlo, descubrió que se trataba de una carta manuscrita, distinta a la hoja de despedida que había encontrado colgada en el escritorio. Esta misiva estaba escrita con letra apresurada, casi frenética, manchada en las esquinas por lo que parecían gotas de sudor o lágrimas recientes. Caspian acercó el papel a la luz de la lámpara y comenzó a leer en voz baja, con la mandíbula tensada hasta el punto de dolerle: «Caspian, si estás leyendo esto, significa que ya no tengo fuerzas para seguir sosteniendo el peso de su mentira. Me acorralaron. Me hicieron creer que tenía una salida, que ella era diferente, que me amaba y que podíamos empezar de cero lejos de este infierno. Pero todo era parte del juego. Me sedujo, me arrebató los documentos de cesión de las tierras y, cuando estuve completamente en sus manos, se burló de mí diciendo que nunca significó nada. Me destruyó el alma antes de quitarme el patrimonio. Fue ella. Fue la mujer con la inicial A. Ellas manejan los hilos, y yo ya no puedo vivir con la vergüenza de haber arrastrado a nuestra familia a la ruina por culpa de su engaño.» Las palabras golpearon a Caspian como un puñetazo directo en el diafragma. El aire abandonó sus pulmones de golpe. ¿Una mujer? ¿Ella lo había seducido y manipulado para robarle las tierras antes de empujarlo al suicidio? Hasta ese momento, Caspian creía que la ruina de su hermano se debía exclusivamente a las presiones financieras del patriarca de los Castelblanco, Dionisio. Pero esta carta abría una vía mucho más oscura y personal: una trampa femenina, una jugada sucia donde una mujer de esa familia se había infiltrado en la vida de Thiago para destruirlo desde dentro. Con el corazón latiéndole desbocado en los oídos, Caspian buscó con desesperación en el interior del mismo cajón. Entre sobres vacíos y recibos bancarios, sus dedos rozaron un pequeño objeto metálico que emitía un brillo sutil bajo la luz tenue. Lo sacó con cautela. Era una pequeña fotografía impresa en papel antiguo, acompañada de un fino collar de plata del que pendía un dije brillante tallado con una letra "A" gótica, elegante y sofisticada. Caspian depositó el collar sobre la madera del escritorio y acercó la fotografía. La imagen mostraba a dos jóvenes de la alta sociedad sevillana, vestidas con elegancia, posando en los jardines de una mansión urbana. Eran hermanas, sin duda; el parecido en las facciones finas y la postura altiva era innegable. Sin embargo, lo que hizo que el pulso de Caspian se detuviera fue observar los detalles de la estampa: una de ellas miraba a la cámara con una sonrisa fría, calculadora y distante; la otra poseía una expresión más suave, aunque igualmente enigmática. Y lo más perturbador de todo: restinguiendo sobre el cuello de la segunda joven, brillaba exactamente el mismo collar con la inicial "A" que ahora reposaba sobre el escritorio de su hermano muerto. -La inicial A... -susurró Caspian, con la voz helada, mientras sus dedos acariciaban el frío metal del dije-. ¿Cuál de las dos fuiste? ¿Cuál de las dos usó su belleza para envenenar la mente de mi hermano y dejarlo caer al vacío? La mente de Caspian comenzó a hilar los datos que tenía. Los informes que había recopilado sobre los Castelblanco mencionaban claramente a las dos hijas de la familia: Ágata Castelblanco, la mayor, conocida por su carácter implacible y su ambición desmedida en los círculos comerciales de Sevilla; y Astrid Castelblanco, la menor, de quien los corrillos sociales apenas hablaban, manteniéndola siempre en un segundo plano, protegida supuestamente por su aparente desinterés en los negocios oscuros de sus padres. Pero la carta de Thiago era clara y, al mismo tiempo, cruelmente ambigua. Solo mencionaba la inicial A, y el collar con la misma letra podía pertenecer a cualquiera de las dos, o quizás formaba parte de un juego macabro donde ambas estaban involucradas. En la mente de Caspian, la confusión inicial se convirtió en una obsesión febril. Ya no se trataba solo de vengar la memoria de su hermano destruyendo el imperio financiero de los Castelblanco; ahora personalizaba su venganza en el rostro de la mujer que había jugado con los sentimientos de Thiago hasta matarlo. Caspian se inclinó sobre la mesa, tomando el collar plateado y guardándolo con cuidado en el bolsillo interior de su chaleco, junto al corazón. Luego, tomó la fotografía de las dos hermanas y la fijó con una chincheta en el corcho de la pared, justo frente a su mesa de trabajo, donde la luz de la lámpara iluminaba sus rostros durante las largas horas de insomnio que estaban por venir. -Voy a encontrarlas -prometió en un murmullo sombrío que parecía resonar en cada rincón de la casona vacía-. Voy a infiltrarme en su mundo, voy a averiguar cuál de las dos llevó a mi hermano a la tumba, y cuando esté frente a ella, haré que pague cada lágrima. No me importará si se llama Ágata o si se llama Astrid; la justicia de los Navarro se va a cobrar con creces. Esa misma noche, Caspian abandonó el despacho y salió al porche de la hacienda. El aire fresco de la madrugada andaluza le golpeó el rostro, pero ya no sentía frío. Su alma se había acorazado con el metal de la venganza. Sabía que para atrapar a las hijas de los Castelblanco tendría que descender al terreno de sus enemigos, abandonar temporalmente la seguridad de los campos de olivos y adentrarse en los salones de la alta sociedad de Sevilla, donde las sonrisas más bellas solían ocultar las intenciones más crueles. Los días siguientes en la Hacienda Los Olivos transcurrieron en una atmósfera de preparación silenciosa. Caspian delegó las labores administrativas del campo en el capataz de mayor confianza de la familia, un hombre leal llamado Mateo, mientras él dedicaba cada hora del día a investigar los movimientos públicos y privados de la familia Castelblanco. Descubrió que los bodegueros organizaban frecuentemente eventos benéficos, subastas de caballos de Pura Raza Española y reuniones exclusivas en sus fincas urbanas y bodegas centenarias a las afueras de Sevilla. Era la oportunidad perfecta. El plan comenzó a tomar forma en su cabeza con la precisión de una maquinaria de relojería. No entraría a los salones de la aristocracia sevillana como un enemigo declarado, sino como un próspero terrateniente e inversionista del sector agrícola interesado en expandir sus alianzas comerciales con los bodegueros más influyentes de la región. Su apellido, los Navarro, aunque respetado en los terrenos rurales, no figuraba en las listas negras de la alta sociedad capitalina, lo que le otorgaba el pasaporte perfecto para cruzar las puertas principales de la mansión Castelblanco sin levantar sospechas. Antes de partir hacia la capital, Caspian volvió a entrar al estudio por última vez. Se detuvo frente al corcho donde colgaba la fotografía de las dos hermanas. Sus ojos oscuros se detuvieron largo rato en el rostro de aquella que llevaba el collar con la inicial A, intentando descifrar tras la mirada impresa en el papel si se trataba de Ágata, la mujer fría y calculadora que todos conocían en Sevilla, o de Astrid, la joven de aspecto más reservado que parecía vivir al margen de las ambiciones familiares. -Muy pronto sabré la verdad -se dijo a sí mismo, ajustándose la chaqueta de cuero y tomando las llaves de su todoterreno-. Muy pronto sabré cuál de las dos es la dueña de esta mirada y la responsable de mi dolor. Con el peso de la carta en el bolsillo, el collar frío pegado a su pecho y la furia guiando cada uno de sus pasos, Caspian Navarro encendió el motor del vehículo y abandonó los linderos de la hacienda. Los neumáticos levantaron una nube de polvo en el camino de tierra mientras se internaba en la carretera que conducía directamente a Sevilla, hacia el corazón del imperio de los Castelblanco, sin imaginar siquiera que el destino, en su capricho más retorcido, estaba a punto de jugarle la partida más peligrosa de su vida, haciéndole confundir los blancos de su venganza y poniendo frente a sus ojos a la única mujer capaz de desarmar su odio con una sola mirada en medio de los campos andaluces.
Lista de capítulos
45 capítulos en total
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