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Capítulo 3 El brillo de los cristales rotos y una mirada ajena
El gran salón de recepciones del Hotel Alfonso XIII, en pleno corazón de Sevilla, brillaba con una intensidad deslumbrante que parecía competir con las estrellas de la noche andaluza. Las lámparas de araña de cristal de roca colgaban de los altos artesonados dorados, proyectando reflejos parpadeantes sobre los vestidos de alta costura, los trajes de etiqueta y las copas de cristal en las que el vino más exclusivo de las bodegas Castelblanco rebosaba sin cesar. Era la gala anual de la empresa familiar, un evento diseñado con precisión quirúrgica para impresionar a inversores extranjeros, políticos de alto rango y a la élite más rancia de la capital andaluza. Para el patriarca, Dionisio Castelblanco, aquella noche representaba la cúspide del poder y el prestigio social; para su hermana mayor, Ágata, era el escenario perfecto para pavonearse con la seguridad de quien se sabe la heredera natural del imperio; pero para mí, Astrid Castelblanco, aquel lugar siempre se había sentido como una jaula dorada demasiado grande, un escaparate brillante donde mi verdadera pasión -el arte, la tranquilidad de la naturaleza y los proyectos silenciosos- no encajaba en absoluto. Llevaba un vestido largo de seda en tono verde esmeralda, con un sutil escote en V y la espalda descubierta, ajustado a mi cintura con una elegancia clásica que mi madre, Genoveva, había aprobado tras una larga sesión de críticas frente al espejo. Mi cabello castaño, habitualmente suelto y rebelde, caía esta vez en ondas suaves y perfectamente cuidadas sobre mis hombros, y alrededor de mi cuello descansaba una delicada cadena de plata con un pequeño dije tallado con la letra «A», un obsequio familiar que llevaba como un amuleto silencioso. A mis veintitrés años, me sentía perpetuamente atrapada entre las expectativas de una familia que medía el amor en acciones bursátiles y mi propio deseo de encontrar un sentido auténtico a la vida. Mis padres y Ágata se movían entre los invitados con la sonrisa ensayada de los tiburones corporativos, recibiendo felicitaciones y brindando por el éxito financiero de la compañía. Yo, en cambio, prefería mantenerme cerca de los grandes ventanales que daban a los jardines interiores, buscando un respiro de aire fresco y evadiendo las miradas inquisitivas de los socios que mi padre intentaba imponerme como pretendientes. No imaginaba en absoluto que, al otro lado de las puertas principales de cristal tallado, acababa de entrar un hombre cuya presencia rompería la noche en mil pedazos. El bullicio del salón pareció amortiguarse un instante cuando él cruzó el umbral. No vestía el clásico esmoquin negro y aburrido que lucía el resto de los invitados masculinos; llevaba un traje sastre de corte impecable pero de un tono gris oscuro, con la camisa ligeramente desabotonada en el cuello, desprendiendo una elegancia rústica, magnética y peligrosamente masculina que contrastaba con la artificialidad del ambiente. Su cabello oscuro caía ligeramente desordenado sobre su frente, y sus facciones angulosas, tostadas por el sol del campo, le otorgaban el aire de un depredador pacienzudo que ha entrado al territorio de sus presas. Era Caspian Navarro. En ese momento, yo no sabía quién era. No conocía su nombre, ni los oscuros secretos que cargaba a sus espaldas, ni mucho menos la tragedia que había sacudido los cimientos de la Hacienda Los Olivos días atrás. Para mí, él era simplemente un extraño fascinante, un rostro nuevo que destacaba entre la monotonía de la aristocracia sevillana. Y, sin embargo, desde el preciso instante en que cruzó la mirada conmigo, sentí un escalofrío eléctrico que recorrió toda mi columna vertebral, deteniendo el compás de mi corazón. Caspian detuvo su andar a unos pocos metros de donde yo me encontraba. Sus ojos oscuros, intensos y cargados de una profundidad insondable, se clavaron en los míos con una fijeza desconcertante. No apartó la vista ni un solo segundo mientras avanzaba lentamente a través del salón, esquivando a los camareros y a los invitados con una naturalidad imponente. Sentí que el calor subía por mis mejillas, obligándome a sostener su mirada sin saber muy bien si debía huir o esperar a que se acercara. -Buenas noches -su voz resonó baja, ronca y perfectamente modulada, con ese acento andaluz limpio y profundo que parecía acariciar los sentidos-. Debo confesar que, entre tanto brillo artificial y tanto discurso ensayado, encontrar una mirada genuina en este lugar es casi un milagro. Parpadeé, sorprendida por la audacia de su acercamiento. Nadie de los círculos habituales de mis padres se dirigía a mí de esa manera tan directa, sin rodeos ni protocolos sociales de por medio. Intenté mantener la compostura, levantando ligeramente la barbilla con una sonrisa educada. -Buenas noches -respondí, intentando que mi voz sonara firme-. Parece que no es muy amante de las grandes galas de la sociedad sevillana, ¿me equivoco? Caspian esbozó una sonrisa lenta, una curva en sus labios que no llegaba a alcanzar sus ojos, los cuales se mantenían fijos, analizando cada detalle de mi rostro con una intensidad casi devoradora. Se acercó un paso más, lo suficiente para que pudiera percibir el sutil aroma a madera, tabaco rubio y limpio aire de campo que lo acompañaba, un contraste fascinante con los perfumes caros y dulzones del salón. -Digamos que no suelo frecuentar estos salones -respondió él, deslizando su vista con aparente nonchalance desde mis ojos hasta el collar de plata que descansaba en mi cuello, deteniéndose específicamente en el dije con la letra «A»-. Pero a veces, los viajes más inesperados te conducen exactamente al lugar donde necesitas estar... o donde el destino quiere ponerte a prueba. Un escalofrío de curiosidad me sacudió por dentro. Sus palabras tenían un doble fondo que en ese momento no supe descifrar, interpretándolo simplemente como la ocurrencia poética de un hombre inteligente y atractivo. -Pues espero que su viaje a esta gala le resulte al menos interesante, porque de lo contrario me temo que se aburrirá terriblemente -le dije, intentando mantener un tono ligero, aunque sentía que el espacio entre ambos se había vuelto magnético e irrespirable. -¿Aburrirme? Imposible -replicó Caspian con voz más baja, dando un paso más hasta quedar a apenas unos centímetros de distancia, lo que me obligó a inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para mirarlo-. Sería un pecado imperdonable aburrirse cuando se tiene enfrente a una mujer que, claramente, no pertenece a este circo, aunque lleve su apellido. ¿O me equivoqué de hermana? ¿Eres Ágata o eres Astrid? Su pregunta me descolocó por completo. Fruncí el ceño, mirándolo con genuina sorpresa. -Sé diferenciar muy bien a mi hermana mayor cuando la veo -respondí con una mezcla de orgullo y desconcierto-. Soy Astrid. ¿Cómo es que conoces nuestros nombres si es la primera vez que te veo por aquí? Caspian parpadeó levemente, como si acabara de corregir un cálculo mental urgente, y una chispa extraña brilló en el fondo de sus pupilas oscuras. La confusión inicial de la que me enteraría meses más tarde -el error de cálculo en su plan de venganza, la duda sobre quién era el verdadero objetivo de su furia- se disipó fugazmente tras una sonrisa deslumbrante que desarmó cualquier atisbo de recelo en mi mente. -Digamos que en mis negocios rurales me gusta estar bien informado sobre las familias más influyentes de la provincia -respondió con total soltura, mintiendo con una maestría aterradora-. Y los Castelblanco son un apellido difícil de pasar por alto. Aunque, viéndote de cerca, me atrevería a decir que tú eres la única razón por la cual este evento merece la pena. El coqueteo era tan descarado, tan directo y cargado de una sensualidad tan cruda que sentí que el suelo bajo mis tacones se tambaleaba. En mi mundo, los hombres se acercaban a mí por conveniencia, por la posición de mi padre o por la opulencia de nuestras bodegas, utilizando cumplidos vacíos y frases de salón. Pero Caspian no hacía eso. Cada palabra suya parecía un desafío, una caricia invisible que me envolvía y me empujaba a cruzar una línea peligrosa. -No sé si tus intenciones son halagadoras o peligrosas, caballero... -murmuré, sintiendo que mi respiración se volvía más rápida-. Aún no me has dicho tu nombre. -Caspian -respondió él sin apartar los ojos de mi boca, extendiendo su mano para rozar apenas con las yemas de sus dedos el dorso de mi mano derecha, en un gesto que quemaba a través de la piel-. Solo Caspian. Y te aseguro, Astrid, que lo último que busco en esta vida es ser inofensivo para ti. La intensidad de su tono hizo que un calor repentino inundara mi pecho. En ese instante, al otro lado del salón, vi de reojo cómo mi padre, Dionisio, y mi hermana Ágata conversaban con un grupo de inversores franceses, completamente ajenos a la tensión que se cocinaba junto a los ventanales. Si mi padre hubiera sabido que estaba conversando de esa manera tan íntima con un desconocido de aspecto rústico y procedencia rural, habría movido cielo y tierra para apartarme de su lado. Pero yo no quería apartarme. Por primera vez en mi vida, me sentía vista, deseada y profundamente atraída por un hombre que parecía sacado de otra época, un vaquero indomable perdido en medio de la alta sociedad. Caspian dio un paso más, cerrando casi por completo el espacio entre nosotros, y su rostro se inclinó ligeramente hacia mi oído, de modo que su aliento cálido rozó mi piel cuando volvió a hablar: -La música va a cambiar dentro de un minuto, Astrid. Y vas a concederme el primer vals de la noche, aunque al patriarca de los Castelblanco le dé un ataque al corazón al vernos juntos. ¿Aceptas el reto? Un temblor de emoción recorrió todo mi cuerpo. No era rebeldía consciente; era la fuerza gravitacional de una atracción ineludible que me arrastraba hacia él sin remedio. Sin saber que aquel hombre estaba buscando venganza, sin sospechar que su corazón albergaba un dolor mortal y que su cercanía era el primer paso de una tormenta que arrasaría con todo lo que conocía, sonreí con una mezcla de osadía y fascinación. -Acepto el reto, Caspian -susurré, levantando la mirada hacia sus ojos oscuros justo cuando los primeros acordes de una melodía clásica comenzaron a flotar en el aire del salón-. Demuéstrame de qué estás hecho.
Lista de capítulos
45 capítulos en total
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