/0/25776/coverbig.jpg)
Capítulo 2 El Rechazo del Alfa
Punto de Vista: Kaelen "Vane" Vane Imposible. Esa fue la primera palabra que golpeó mi mente mientras el fuego del lazo sagrado abrasaba cada uno de mis nervios. La descarga eléctrica que recorrió mi columna al tocar la piel de su rostro no era una ilusión; era la marca del destino, el llamado brutal e inconfundible de la Madre Luna. Mi bestia, que durante años solo había conocido el odio, la sangre y el ansia de dominación, se erizó en mi interior, rascando contra mis costillas con una desesperación salvaje. Nuestra. La Luna nos ha dado a nuestra mate. Pero cuando mi mirada se clavó en los ojos temblorosos de Lyra Vance, la realidad me abofeteó con la violencia de una ventisca. Era una criatura diminuta, quebradiza, cubierta de suciedad y con las muñecas amoratadas por la plata de sus cadenas. Y lo peor de todo: el silencio en su linaje era ensordecedor. No había un eco de poder en su aura, no había el orgullo de una hembra capaz de aullar junto a su Alfa sobre la cima de la montaña. Era una omega defectuosa, una paria a la que su propia manada había desechado como a un perro estorboso. ¿La Diosa pretendía humillarme? ¿A mí? ¿Al lobo que había sido desterrado, quemado y traicionado, y que tuvo que arrastrarse fuera del infierno a base de dientes y garras para reclamar el trono de Garras de Ébano? ¿Me ataba a una hembra que ni siquiera podía emitir la voz de su especie? Una rabia negra y espesa ahogó el calor de la conexión. Retiré mi mano de su rostro como si su piel me quemara con acónito. El cambio en mi actitud fue tan drástico que la vi dar un pequeño respingo de sorpresa. La tensión en el aire se cortó de golpe, dejando solo el hedor a humillación y el eco de mi propio desprecio. -Suéltenla -ordené a mis guardias, con una voz tan helada que congeló la niebla a nuestro alrededor. Soren, mi curandero y consejero, dio un paso al frente y cortó las cadenas de plata con un movimiento rápido de su daga. Las pesadas esposas cayeron sobre la hojarasca con un chasquido metálico. Lyra se llevó las manos al pecho, sobándose las muñecas marcadas por el metal, pero se negó a dejar caer una sola lágrima. Esa pequeña muestra de orgullo solo alimentó mi irritación. -Súbanla al carruaje de carga -dije, dándole la espalda sin volver a mirarla-. Nos volvemos a la fortaleza. -¿El carruaje de carga, Alfa? -intervino Soren en un susurro cauteloso, habiendo notado sin duda la alteración en mi aura-. ¿No debería ir en la carroza principal contigo? Le dirigí a Soren una mirada asesina que lo hizo dar un paso atrás. -Irá donde yo ordene. Y si alguno de ustedes insinúa algo sobre lo que acaba de pasar aquí, le arrancaré la lengua personalmente. No iba a someterme al capricho de la Luna. No aceptaría a una hembra rota como la Luna de mi manada. Punto de Vista: Lyra Vance El viaje hasta la fortaleza de piedra fue un calvario de sacudidas y frío sepulcral. El carruaje de carga olía a cuero viejo, hierro y polvo, pero lo que realmente me oprimía el pecho no era la incomodidad física, sino el vacío abismal que Kaelen había dejado al soltarme. Cuando sus dedos tocaron mi rostro, juro que sentí que el mundo volvía a tener sentido. Mi loba, esa presencia dormida y muda que me había hecho sentir un monstruo durante años, se había agitado dentro de mí. Había sentido su calor, su desesperación por responder al llamado de la bestia de Kaelen. Pero la mirada de asco y furia que cruzó los ojos del Alfa antes de soltarme me golpeó más fuerte que cualquier látigo. El carruaje se detuvo finalmente en el patio interior de la fortaleza de Garras de Ébano. Era un castillo imponente, labrado en roca negra y encajado en la ladera de la montaña como una garra gigante. Todo aquí respiraba poder, disciplina y una austeridad militar temible. Cuando bajé con torpeza, Kaelen ya estaba esperándome al pie de la gran escalinata de piedra. Se erguía como un titán, con la capa oscura ondeando tras él por el viento helado. -Acompañen a la omega a las alas inferiores -ordenó Kaelen a una de las sirvientas que esperaba en la entrada-. Instálala en las habitaciones del personal de servicio. La tercera puerta del pasillo norte. Un murmullo ahogado recorrió a los pocos guardias presentes. Las habitaciones de servicio eran frías, pequeñas y estaban destinadas a los trabajadores sin rango. Para cualquier tributo de paz, aquello era una degradación abierta. Para una mate... era un insulto directo. Me obligué a mantener la barbilla en alto mientras caminaba hacia él, deteniéndome a dos pasos de distancia. Quería demostrarle que no me rompería tan fácilmente. -¿Acaso el gran Alfa Vane tiene miedo de tener a una omega defectuosa en su mismo pasillo? -provoqué, con la voz temblando ligeramente a causa del frío. Los ojos de Kaelen se entrecerraron, destilando un peligro mortal. En dos zancadas redujo la distancia entre nosotros, acorralándome con su inmensa sombra. Su aliento cálido me rozó la frente, trayendo consigo ese aroma abrumador a madera quemada, tormenta y pino que hacía que mi cabeza diera vueltas. -Mide tus palabras, muchacha -siseó, con una voz tan baja y profunda que hizo retumbar las piedras bajo mis pies-. No sé qué juego cree que está jugando la Diosa Luna, pero te dejaré algo muy claro: tú no eres mi Luna. No eres mi igual. Eres un tributo de guerra que acepté para evitar derramar sangre innecesaria. Se inclinó aún más, hasta que sus labios quedaron a milímetros de mi oreja. El aire en mi garganta se congeló. -Esta es la primera y única regla que tendrás en esta fortaleza: mantente alejada de mis aposentos. No me busques. No me hables si no te dirijo la palabra. Y sobre todas las cosas... no vuelvas a intentarme tocar. Si cruzas esa línea, te enviaré de regreso a tu manada en una caja de madera. ¿Queda claro? El impacto de sus palabras fue como un puñetazo en el estómago, pero me negué a bajar la cabeza. -Perfectamente claro, Alfa -susurré con la poca dignidad que me quedaba. Kaelen me dedicó una última mirada cargada de advertencia antes de dar media vuelta y subir las escaleras a grandes zancadas, desapareciendo en la penumbra del gran salón. La sirvienta me guio en silencio por un laberinto de pasillos fríos y húmedos hasta llegar a los aposentos de servicio. La habitación era austera: una cama pequeña de madera, una mesa, una silla y una ventana estrecha por la que se colaba el viento de la noche. Cuando la sirvienta cerró la puerta, dejándome a solas en la penumbra, dejé caer los hombros y me dejé llevar por el cansancio, cayendo sobre el colchón de paja. Apreté mis manos contra mi pecho, tratando de calmar el dolor punzante en mi corazón. Sin embargo, en medio del silencio helado de la habitación, me di cuenta de algo que me erizó la piel. En mi ropa, en mi piel y en el aire que me rodeaba, el olor de Kaelen se había quedado impregnado. Cerré los ojos e inhalé profundamente. El aroma a pino silvestre, tierra mojada por la tormenta y madera quemada no solo llenó mis pulmones; se filtró por mis venas como un elixir ardiente. A pesar de su rechazo, a pesar de sus amenazas crueles, una calidez desconocida, líquida y desesperada comenzó a expandirse desde el centro de mi vientre hacia el resto de mi cuerpo. Mi piel comenzó a arder suavemente, reclamando más de ese aroma. Y en lo más profundo de mi mente, en el rincón donde habitaba mi loba silenciada, sentí un leve y lejano latido de placer. El lazo ya estaba actuando. Y aunque Kaelen me odiara, mi cuerpo ya había comenzado a responder al llamado de su Alfa.
Lista de capítulos
75 capítulos en total
/0/25479/coverbig.jpg)
/0/20642/coverbig.jpg)
/0/15751/coverbig.jpg)
/0/20638/coverbig.jpg)
/0/12547/coverbig.jpg)
/0/3528/coverbig.jpg)
/0/26849/coverbig.jpg)
/0/26391/coverbig.jpg)
/0/26848/coverbig.jpg)
/0/23840/coverbig.jpg)
/0/23907/coverbig.jpg)
/0/23753/coverbig.jpg)