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Capítulo 3 La Cabaña del Fondo y las Reglas del Feudo

Punto de Vista: Lyra Vance El amanecer en los dominios de Garras de Ébano no traía calidez; traía una luz grisácea y afilada que se filtraba por la estrecha ventana de mi celda de servicio. Me levanté con el cuerpo entumecido, frotándome los brazos para sacudirme el frío de la montaña. Mi ropa todavía desprendía sutilmente el aroma a tormenta y madera quemada de Kaelen, un recordatorio silencioso del fuego que había encendido en mis venas la noche anterior y que todavía se negaba a apagarse. A mediodía, me di cuenta de que quedarme encerrada entre cuatro paredes de piedra solo avivaría mi locura. Decidí salir a explorar los límites permitidos de la fortaleza. El patio de armas estaba hirviendo de actividad: guerreros corpulentos entrenaban con espadas pesadas, y mujeres de la manada transportaban provisiones. En cuanto puse un pie sobre la grava, el ambiente cambió drásticamente. Las conversaciones murieron. Las risas se extinguieron, sustituidas por murmullos cargados de desprecio y miradas de soslayo que me clavaban como alfileres. -Mírala. Es la basura que envió Luna de Sangre -siseó una loba de cabello castaño mientras pasaba a mi lado con un fardo de pieles-. Ni siquiera puede defenderse. Huelo su debilidad desde aquí. -Es una loba defectuosa -comentó un centinela apoyado en una columna, sin molestarse en bajar la voz-. Una omega que no puede aullar es un estorbo para el feudo. No sé por qué el Alfa no la ejecutó en la frontera. Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas para contener la rabia. Había soportado el desprecio en mi hogar biológico, pero aquí, en territorio enemigo, la hostilidad era un monstruo con dientes afilados dispuestos a despedazarme al menor rastro de sumisión. Mantuve la espalda erguida y apresuré el paso hacia las cocinas o cualquier lugar apartado, buscando huir de la marea de hostilidad. Mis pasos me llevaron hacia los límites traseros de la fortaleza, donde el bosque comunal comenzaba a tragarse las estructuras de piedra. Allí, apartada del bullicio y rodeada de un huerto de hierbas aromáticas, se erguía una pequeña cabaña de madera. El olor a manzanilla, corteza de sauce y lavanda flotaba en el aire, ofreciéndome un respiro de la densa atmósfera de odio del patio principal. -Es un refugio pacífico, ¿verdad? -una voz suave y madura me hizo dar un respingo. De la cabaña salió un hombre de mediana edad, de aspecto sereno pero con ojos agudos y sabios. Llevaba una túnica de lino grueso y sus manos estaban manchadas con la savia de las plantas. -Soy Soren, el sanador de la manada -se presentó con una ligera inclinación de cabeza, desprovista de la agresividad de los demás-. Y tú debes de ser Lyra. -La prisionera defectuosa -respondí con una sonrisa amarga, abrazándome a mí misma. Soren se acercó lentamente. Cuando estuvo a menos de dos metros de mí, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron con sorpresa y sus fosas nasales se dilataron levemente. Clavó su mirada en mi rostro y luego miró hacia la gran torre de la fortaleza, como si uniera los puntos de un rompecabezas invisible. -Por los Dioses... -murmuró Soren en un hilo de voz-. El lazo. Es un lazo de almas gemelas. Y no está reclamado. Sentí un escalofrío. -¿Cómo lo sabes? -susurré, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos escuchaba. -Soy el sanador, Lyra. Mi trabajo es leer la energía y la salud de las almas de esta manada. Tu aura está impregnada con la esencia pura de nuestro Alfa, y la de él... anoche regresó al castillo con el pulso alterado y una furia animal que no había visto en años. Estás unida a Kaelen. -Él me rechazó -dije, tragándome el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta-. Me instaló con el servicio y me prohibió acercarme a sus aposentos o tocarlo. Dijo que soy un tributo inútil. Soren soltó un suspiro pesado y me hizo una seña para que me sentara en un banco de madera junto a su huerto. Se sentó frente a mí, con una expresión cargada de gravedad. -No te lo tomes como un insulto hacia tu persona, Lyra. Tienes que entender a qué clase de hombre te enfrentas. Kaelen no siempre fue el Alfa implacable que ves hoy. Hace años, fue traicionado por su propio padre y desterrado de esta misma manada. Lo quemaron, lo marcaron como un paria y lo dejaron morir en las tierras heladas del norte. Escuché con atención, sintiendo una extraña opresión en el pecho al imaginar el sufrimiento del Alfa. -Kaelen sobrevivió al infierno convirtiéndose en un monstruo -continuó Soren, bajando la voz-. Mató a sus enemigos, reclamó el trono con sangre y juró que jamás volvería a ser débil. Él ve el lazo del destino no como una bendición, sino como una debilidad. Cree que la Diosa Luna está intentando controlarlo a través de ti, atándolo a una hembra que él considera frágil. Tiene miedo, Lyra. Miedo de que el amor o la necesidad de una compañera lo vuelvan vulnerable ante sus rivales. Por eso te impuso esas reglas. Quiere asfixiar el lazo antes de que el lazo lo domine a él. Las palabras de Soren resonaron en mi mente. Kaelen no me odiaba por lo que yo era; me temía por lo que el destino significaba para su control. -Ten cuidado -me advirtió el sanador, poniéndose de pie-. La manada está inquieta. Valerius y otros guerreros huelen tu falta de rango y te ven como una presa fácil para desafiar indirectamente al Alfa. No te expongas. Le agradecí a Soren el consejo y comencé el camino de regreso hacia el patio interior. Pero la advertencia del sanador se materializó antes de lo esperado. Al cruzar el pasillo que conectaba los establos con el patio principal, tres guerreros corpulentos me cerraron el paso. Reconocí a uno de ellos: era un lobo de mirada lasciva y cicatrices en los brazos que me había estado observando desde la mañana. -Miren lo que tenemos aquí -dijo el líder, bloqueándome la salida-. La princesita muda de Luna de Sangre. ¿Qué pasa, omega? ¿Viniste a limpiar nuestros establos o a ver si algún lobo de verdad te da la atención que el Alfa te negó? -Déjenme pasar -dije con firmeza, intentando rodearlos, pero otro de ellos me empujó del hombro, haciéndome retroceder. -El Alfa te mandó a las habitaciones de servicio porque das asco -siseó el segundo guerrero, acercándose demasiado, invadiendo mi espacio personal-. Una loba que no puede aullar no merece respeto. Tal vez deberíamos enseñarte cuál es tu verdadero lugar en esta manada. El miedo intentó paralizarme, pero la rabia fue más fuerte. Mi loba muda arañó mi interior, furiosa por el deshonor. Las lágrimas de frustración amenazaron con salir, y los guerreros se rieron, disfrutando de mi aparente indefensión. El grupo de lobos que estaba en el patio comenzó a amontonarse a lo lejos, murmurando y observando el espectáculo con sonrisas burlonas. Nadie iba a mover un dedo por mí. Entonces, el aire del patio se congeló instantáneamente. Una ola de presión espiritual, densa, sofocante y cargada de una hostilidad asesina, descendió sobre el lugar como un manto de plomo. El suelo pareció vibrar. Los tres guerreros que me acorralaban se pusieron rígidos de inmediato, el color desapareciendo de sus rostros mientras daban tres pasos hacia atrás de golpe. Levanté la vista. En lo alto de la escalinata de piedra de la torre principal, Kaelen se erguía como un dios de la guerra furioso. No llevaba su capa; su torso estaba cubierto por un jubón de cuero negro que resaltaba sus hombros colosales. Tenía las manos apoyadas en la barandilla de piedra, y sus nudillos estaban blancos por la fuerza del agarre. Pero lo que heló la sangre de todos los presentes fueron sus ojos. No eran grises. Eran de un dorado incandescente, animal y salvaje. La bestia del Alfa había tomado el control total. Kaelen bajó los ojos hacia la multitud que se había congregado para humillarme. Su mirada recorrió a los tres lobos que me habían tocado y, de repente, soltó un gruñido. No fue un sonido humano. Fue un rugido sordo, profundo y gutural que retumbó en los pechos de cada uno de los hombres y mujeres del patio, una vibración territorial que reclamaba propiedad absoluta sobre cada centímetro de este suelo... y sobre mí. El mensaje implícito de su instinto animal azotó el lazo con una fuerza destructiva: "Nadie toca lo que me pertenece". Kaelen no dijo una sola palabra. No hizo falta. Fijó sus ojos dorados en los guerreros rebeldes y ejerció la presión de su Voz de Alfa en un silencio sepulcral. El pánico se extendió como la pólvora. La manada, aterrorizada por la perspectiva de enfrentar la furia descontrolada de su líder, comenzó a dispersarse a toda prisa, bajando la cabeza y huyendo del patio en cuestión de segundos. Los tres agresores tropezaron entre sí mientras corrían a refugiarse en los pasillos interiores, dejándome completamente sola en medio del claro. Kaelen mantuvo su postura en lo alto de la escalera. Sus ojos dorados se clavaron en los míos a la distancia. Su pecho subía y bajaba con violencia, luchando visiblemente contra el impulso de bajar y arrancar cabezas por el simple hecho de haberme visto en peligro. Había roto sus propias reglas; su instinto lo había traicionado frente a toda su manada. Sostuve su mirada ardiente durante lo que pareció una eternidad, sintiendo cómo la calidez líquida de nuestro lazo volvía a encenderse en mi vientre con una fuerza renovada, salvaje y desesperada. Kaelen apretó la mandíbula, dio media vuelta abruptamente y regresó a la penumbra de su torre, dejándome con el corazón desbocado en el patio vacío.

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Lista de capítulos

75 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La Entrega Sangrienta
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El Rechazo del Alfa
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La Cabaña del Fondo y las Reglas del Feudo

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