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Capítulo 2 Líneas de Código
La noche en la torre principal de Ares Cybersecurity siempre se sentía fría, pero a esa hora de la madrugada la atmósfera era sofocante. En el piso más alto, la luz de la oficina venía únicamente de tres monitores gigantes montados sobre el escritorio de Adrián Ares. El resto del lugar estaba a oscuras, recortando la silueta de los edificios vecinos a través de las paredes de cristal. Adrián se pasó una mano gruesa por la nuca, tratando de aflojar la tensión acumulada en el cuello. Se había quitado el saco hacía horas y llevaba las mangas de la camisa negra dobladas hasta los antebrazos. Frente a él, las pantallas parpadeaban sin descanso, escupiendo columnas interminables de texto e indicadores de tráfico en vivo. Para cualquiera en la ciudad, Adrián Ares era la personificación del control: un tipo serio, reservado y de pocas palabras que había levantado la empresa de ciberseguridad más respetada del mercado. Si los servidores de un banco caían o si un magnate temía un chantaje digital, la firma de Adrián era la única garantía de rescate. Pero esa noche, el cazador estaba sintiendo la sombra de la presa dentro de su propio terreno. De repente, una alarma silenciosa hizo que la pantalla del centro se tiñera por completo de un tono rojo intenso. -Maldita sea -murmuró Adrián en voz baja, incorporándose de golpe en la silla de piel. Sus dedos volaron sobre el teclado con una agilidad entrenada por años de práctica. Un pico de tráfico no identificado acababa de perforar el primer muro de contención de la empresa. No era un ataque común de hackers aficionados buscando notoriedad, ni tampoco un secuestro de datos ordinario. Quienquiera que estuviera al otro lado sabía exactamente a qué puerta tocar y qué llave usar. Adrián abrió una ventana de comando para rastrear la ruta de acceso. Las líneas de datos se cruzaban a una velocidad frenética. -Están usando una credencial de nivel ejecutivo... -dijo para sí mismo, apretando los dientes al ver el código de acceso utilizado. Ahí estaba la clave del desastre. El ataque no venía de una computadora remota en otro continente, ni de una red fantasma escondida en servidores extranjeros. La firma digital que acababa de abrir la puerta principal del sistema pertenecía a una de las cuentas maestras creadas dentro de la mismísima oficina central. Alguien adentro de Ares Cybersecurity estaba vendiendo la casa por la puerta trasera. Un toque rápido en el teléfono corporativo le bastó para llamar a su hombre de confianza en la planta baja. -Marcos, despierta al equipo de guardia -ordenó Adrián con voz helada en cuanto contestaron al otro lado de la línea-. Bloquea los accesos físicos a la sala de servidores principal ahora mismo. Nadie entra y nadie sale del edificio hasta que yo lo autorice. -¿Señor Ares? ¿Qué está pasando? -preguntó Marcos, con la voz entrecortada por la sorpresa. -Tenemos una fuga. Alguien está metido en los servidores del Fideicomiso y está copiando la base de clientes clave. Haz lo que te digo y mantén la calma para no alborotar a la gente de seguridad. Sin esperar respuesta, Adrián cortó la llamada. Volvió a poner las manos sobre el teclado, peleando segundo a segundo contra el programa intruso que intentaba vaciar los archivos más confidenciales de la firma. Si esa información salía a la luz, el valor de su empresa caía a cero en la apertura de la bolsa al día siguiente. Su reputación, construida a base de disciplina y puño de hierro, se iría directamente a la basura. El virus avanzaba robando bloques de información a una velocidad tremenda, borrando sus propias huellas a medida que avanzaba para parecer un simple fallo técnico. Pero Adrián conocía la arquitectura de su propio sistema como la palma de su mano. -Crees que eres muy listo, ¿verdad? -susurró Adrián con la vista fija en la pantalla, donde una barra de progreso indicaba que la descarga maliciosa ya iba al sesenta por ciento. En lugar de intentar apagar el sistema por completo -lo que habría destruido la evidencia del topo-, Adrián decidió meterse en el mismo canal de datos que el atacante. Empezó a soltar líneas de código señuelo para acorralar la transferencia en un servidor aislado, un "callejón sin salida" digital que él mismo había diseñado para emergencias. El sudor le bajaba por la frente, pero sus ojos no se desviaban ni un milímetro de la pantalla. El reloj de la pared marcaba las tres de la mañana. Los minutos pasaban como si fueran horas. El programa enemigo intentó saltar la trampa cambiando de ruta dos veces, demostrando un conocimiento escalofriante de las debilidades de la empresa. Quien estuviera detrás de eso no solo tenía acceso a los servidores, sino que conocía los horarios y las rutinas de la oficina al detalle. Era un trabajo de sabotaje interno perfectamente planificado. Con una combinación final de comandos, Adrián logró cerrar el cerrojo digital. La barra de descarga se detuvo en seco al ochenta y nueve por ciento y la pantalla volvió a parpadear, atrapando la dirección interna desde donde se había iniciado la operación. Adrián se echó hacia atrás en el sillón y dejó salir un largo suspiro. Había evitado la fuga de los datos más críticos, pero el daño colateral ya estaba hecho: la brecha había dañado varios módulos del sistema defensivo y la noticia de un fallo en Ares Cybersecurity no tardaría en filtrarse entre los inversionistas si no actuaba rápido. Miró el informe final que arrojó el sistema. La señal de origen apuntaba directamente a la terminal de la vicepresidencia de operaciones, el área que manejaba los contactos con las grandes corporaciones de la ciudad, incluida Novak Corp. Un golpe suave en la puerta de cristal interrumpió sus pensamientos. Marcos entró a la oficina a toda prisa, con cara de preocupación y un expediente en la mano. -Señor Ares, los de seguridad ya sellaron las salidas. Revisamos las cámaras de las últimas dos horas como pidió, pero los registros de la planta del servidor tienen un salto de cinco minutos. Alguien borró el video justo cuando empezó el ataque. -Ya lo sé -contestó Adrián levantándose de la silla con lentitud. Se acercó al ventanal y miró hacia la ciudad en penumbras-. No fue un accidente ni un grupo de hackers externos. Hay alguien aquí dentro cobrando por destruirme desde la sombra. -¿Qué hacemos? Si la junta directiva se entera de que hubo un intento de filtración, las acciones van a caer por los suelos mañana por la mañana. Ya tenemos suficiente presión con la competencia intentando comprarnos. -Nadie en la junta va a saber una sola palabra de esto hasta que yo tenga el nombre del responsable en la mano -dijo Adrián con un tono rotundo que no admitía discusiones-. Limpia el rastro en los servidores públicos y pon a trabajar al equipo de respuesta rápida para reparar los módulos dañados. Que parezca un mantenimiento de rutina. -Entendido, señor. ¿Y usted? Adrián miró las luces de los grandes rascacielos al otro lado de la avenida, deteniendo la vista por un segundo en la imponente torre de Novak Corp, que destacaba a lo lejos. -Yo me voy a encargar de buscar los aliados y los recursos que necesitamos para blindar la empresa antes de que intenten dar el segundo golpe -respondió Adrián acomodándose el reloj en la muñeca-. Quienquiera que esté jugando a las escondidas conmigo cometió un gran error. Creyó que me iba a tomar con la guardia baja, pero apenas estoy empezando. Marcos asintió y salió en silencio, dejando a Adrián a solas con el zumbido constante de los monitores. La brecha en su sistema era grave y el dinero para reforzar la infraestructura se estaba agotando rápido debido a la presión del mercado. Necesitaba una movida inteligente, un escudo financiero tan fuerte que nadie pudiera tocar a Ares Cybersecurity mientras él cazaba al traidor. Se cruzó de brazos frente a la ventana, observando el amanecer que comenzaba a teñir el cielo de un azul profundo. La guerra por el control de la ciudad apenas estaba arrancando, y él no pensaba ceder un solo metro de su terreno.
Lista de capítulos
15 capítulos en total
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