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Capítulo 3 ¿Qué clase de familia somos
Cerca de las once, Shawn salió de la ducha.
Se detuvo junto al colchón y miró la pantalla del celular que aferraba con fuerza. Las últimas entradas del historial eran una dolorosa prueba de que solo él había estado intentando comunicarse. Todos los mensajes eran suyos. Todas las llamadas perdidas también.
Apretó la mandíbula.
Nunca, ni una sola vez, Melanie lo había ignorado así.
Por lo general, ella era la primera en ceder. Lo llamaba, le enviaba mensajes, se disculpaba y arreglaba las cosas antes de que él tuviera que pedírselo. Esa dinámica, que siempre se había mantenido inalterable, ahora se había roto.
Sin embargo, el silencio ya se había prolongado durante tres horas.
Intentó llamarla de nuevo, pero el celular sonó cuatro veces antes de que la conexión se cortara de golpe. Cuando volvió a intentarlo, la llamada fue directo al buzón de voz.
Shawn maldijo en voz baja, arrojó el celular sobre las sábanas y tiró con brusquedad del cuello de su bata mientras la irritación ardía en su interior.
Se dirigió hacia el vestidor para cambiarse, pero de repente se detuvo.
Faltaba algo. La pila de ropa sencilla que Melanie siempre usaba en casa ya no estaba en la esquina: jeans deslavados y camisas blancas, suaves pero pasadas de moda.
Abrió de un tirón uno de los cajones cercanos. Allí estaban todas las joyas que le había comprado: pulseras, anillos, aretes, collares... Ninguna había sido tocada. Algunos incluso tenían aún sus etiquetas originales.
Solo se había llevado lo que le pertenecía.
De inmediato, una certeza terrible lo golpeó como un rayo: Melanie se había ido para siempre.
La ira se evaporó al instante, sustituida por una gélida sensación de pánico que lo invadió.
Marcó de inmediato el número privado de Allen y, cuando su secretario contestó, habló con un tono cortante y mortalmente sereno: "Localiza a Melanie de inmediato".
Hubo un breve silencio antes de que Allen respondiera con cautela: "Señor Presidente... No tenemos rastro de ella. No ha reservado hotel, ni alquilado un apartamento, ni usado ninguna de sus tarjetas. Revisé todas las cuentas conectadas a su nombre y no hay movimientos".
La expresión de Shawn se ensombreció aún más. "Es una persona de carne y hueso. Necesita un lugar donde quedarse y algo que comer. Nadie se esfuma en el aire. Investiga a todas las personas cercanas a ella".
"Sí, señor Presidente".
Y con eso, la llamada terminó.
Lejos del centro de la ciudad, Melanie estaba sentada en silencio en una casita del antiguo barrio que alguna vez había pertenecido a su madre.
La vivienda estaba abarrotada de muebles viejos y su única ventana daba a un patio estrecho.
Su celular yacía boca abajo junto a su plato. La pantalla se encendía una y otra vez, solo para apagarse de nuevo.
Le dirigió una mirada vacía por un instante.
Cuatro llamadas perdidas. Tres mensajes sin leer. Los mensajes pasaban de la impaciencia a las órdenes y la furia. Todos de Shawn.
Sin inmutarse, Melanie volvió a poner el celular boca abajo y continuó comiendo.
Conocía demasiado bien a ese hombre. Él no la buscaba porque le importara, sino porque quería recuperar su devoción: esa versión obediente de ella que giraba en torno a él.
Después de cenar, se dispuso a salir. Necesitaba un trabajo, un nuevo comienzo.
En cuanto cruzó la puerta, se quedó paralizada. Unos pasos firmes resonaron en la calle.
Un grupo de hombres se acercaba.
Al levantar la vista, vio dos filas de guardaespaldas apostados frente a su puerta.
Todos vestían trajes negros y lentes oscuros, y permanecían inmóviles con disciplina militar. En conjunto, irradiaban una autoridad opresiva.
Un hombre se encontraba en el centro.
Un abrigo negro de corte impecable ceñía su alta figura. Tenía rasgos afilados y llamativos, y una frialdad intimidante en los ojos. Incluso sin hablar, dominaba todo el espacio que lo rodeaba.
Entonces la vio. Al instante, la frialdad en sus ojos se desvaneció, reemplazada por una mezcla de preocupación y un alivio tan profundo que parecía doloroso.
"Melly... Por fin te he encontrado". Su voz temblaba ligeramente, como si la emoción le impidiera seguir hablando.
Melanie se quedó mirándolo sin comprender. "¿Quién es usted?".
Estaba segura de que nunca lo había visto antes. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, algo se removió en su interior. No era ansiedad ni miedo. Era una calidez extrañamente familiar que no podía explicar.
"Me llamo Vincent Reid. Soy tu hermano mayor. Vine a llevarte a casa", respondió el hombre en voz baja.
Melanie lo miró, atónita. ¿Un hermano? ¿Acaso su verdadera familia la había encontrado por fin?
Al notar su confusión, Vincent metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un colgante.
Era exactamente igual al que ella llevaba puesto.
En la parte posterior llevaba grabada una elegante letra "R".
A Melanie le temblaron los dedos sin control.
Intentó hablar, pero la emoción le cerró la garganta con tanta fuerza que no pudo emitir ningún sonido.
"Durante veinte años hemos estado buscándote. Desapareciste cuando tenías cinco años. Nuestros padres nunca se rindieron", continuó Vincent, con la voz quebrada por la emoción.
De inmediato, los ojos de Melanie se llenaron de lágrimas.
Un segundo después, Vincent cruzó el espacio entre ellos y la abrazó con fuerza.
Todo el dolor que había enterrado salió a la superficie y cada muro que había levantado con tanto esfuerzo se derrumbó por completo.
Un pensamiento resonaba en su mente: todavía tenía una familia.
Vincent la abrazó con ternura mientras le acariciaba la espalda con suavidad. "Ahora estás a salvo. Nadie volverá a hacerte daño".
Esa promesa rompió la última barrera que la mantenía en pie, y un sollozo desgarrador se le escapó.
Después, las lágrimas fluyeron sin cesar y, entre sollozos, dijo: "Tengo padres... Y un hermano... Ya no estoy sola".
"Y nunca más lo estarás. Todos han estado esperando tu regreso. A partir de hoy, nos mantendremos unidos como familia", prometió él. Entonces, una expresión peligrosa se dibujó en su rostro. "En cuanto a todo lo que la familia Becker te debe, me aseguraré de que lo paguen hasta el último centavo".
Su mirada se volvió más fría con cada palabra.
Cuando terminó, no quedaba ni rastro de la ternura de antes.
Melanie miró al desconocido que de repente se había convertido en su hermano mientras las emociones se arremolinaban caóticamente en su pecho.
Recordó las últimas palabras de su madre: que algún día volvería con su verdadera familia.
Solo que nunca había esperado que ese día llegara tan pronto.
"Vincent...", dijo en voz baja, probando el sonido del nombre.
Él se estremeció ligeramente, y respondió con una serena inclinación de cabeza y una exhalación entrecortada.
Melanie desvió la mirada hacia las filas de hombres silenciosos detrás de él antes de formular por fin la pregunta que le rondaba la mente: "¿Qué clase de familia somos?".
En los labios de Vincent apareció una leve sonrisa, peligrosa e indescifrable. "¿Tú qué crees, Melly?".
Antes de que ella pudiera responder, una voz enfurecida estalló detrás de ellos: "¡¿Qué carajos está pasando aquí?!".
Lista de capítulos
298 capítulos en total
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