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Capítulo 2 Fisuras en el mármol

La sala de juntas principal del grupo inmobiliario era un templo erigido en honor a la riqueza corporativa. Una mesa de nogal macizo pulida hasta el espejo dominaba el centro del espacio, flanqueada por quince sillones de cuero ergonómico y enmarcada por ventanales dobles que aislaban por completo el ruido del tráfico urbano. A las ocho en punto de la mañana, el aire acondicionado mantenía la estancia a dieciocho grados exactos, una temperatura fría pero calculada para mantener la mente de los inversores alerta y distante de cualquier distracción. Luciano Castelli ocupó la cabecera de la mesa. Frente a él se acomodaban doce de los hombres y mujeres más influyentes del sector financiero de la ciudad: accionistas mayoritarios, asesores legales de firmas internacionales y representantes de los bancos comerciales que financiaban la cartera de proyectos del grupo. A su derecha, Renato Treviño terminaba de ordenar unas fichas impresas sobre la cubierta de madera, exhibiendo una calma ensayada que no terminaba de convencer a Luciano. —Damas y caballeros, gracias por su puntualidad —comenzó Luciano con voz firme y serena, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. La orden del día es concisa. Nos reúne la evaluación final del estado de resultados del tercer trimestre y la autorización para liberar los fondos correspondientes a la compra del polígono industrial contiguo al proyecto Altos del Horizonte. Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Roberto Garza, uno de los inversionistas más antiguos de la firma y aliado histórico del padre de Luciano, se reacomodó en su asiento con una sonrisa de satisfacción. —Los reportes preliminares que nos enviaron la semana pasada son sobresalientes, Luciano —intervino Garza, dando un par de golpecitos sobre la carpeta de su expediente—. Las proyecciones de valorización de las acciones indican un crecimiento constante. Si este ritmo se mantiene, el grupo Castelli se consolidará como la principal fuerza inmobiliaria del país antes de cerrar el año. —El mercado responde al rigor, no a la suerte, Don Roberto —respondió Luciano de forma tajante, sin devolver la sonrisa—. Precisamente por esa razón debemos mantener una postura inflexible respecto al control de costos. Luciano hizo un leve gesto con la mano a su asistente, quien repartió copias del desglose financiero enviado esa misma mañana por la dirección de operaciones. El chasquido de los folios al abrirse llenó el silencio de la sala. —Si observan el anexo tres —procedió Luciano, señalando con la punta de su estilográfica la tabla detallada en la página cuatro—, notarán que el presupuesto asignado para la preparación del terreno y los servicios de demolición ha sufrido un incremento del catorce por ciento respecto al estimado original de viabilidad. Un excedente de casi dos millones de dólares que no está justificado por la fluctuación del precio de los insumos ni por el costo de la maquinaria pesada. Renato carraspeó suavemente y se inclinó hacia el micrófono de mesa. —Permíteme intervenir ahí, Luciano —dijo Renato, dirigiéndose a la mesa con tono condescendiente y amigable—. Como expliqué ayer en privado a la vicepresidencia, la zona elegida para la expansión no es un terreno baldío estándar. La topografía presenta irregularidades severas y el terreno requiere trabajos de contención de suelo no previstos en el levantamiento inicial. La empresa contratista que subcontratamos para la fase cero exige garantías de seguridad elevadas para operar en un perímetro tan complejo. —Entiendo las complicaciones de ingeniería, Renato —replicó Luciano manteniendo fija la mirada sobre su socio—. Lo que no entiendo es por qué la orden de pago para esa firma contratista fue emitida bajo una partida de gastos de emergencia, evitando el canal habitual de licitación interna que exigen los estatutos del grupo. La atmósfera en la sala de juntas cambió sutilmente. Los murmullos amables cesaron de golpe y un par de accionistas intercambiaron miradas de inquietud. Renato endureció el gesto, aunque intentó disimularlo ajustándose el nudo de la corbata de seda. —Las oportunidades de negocio en este sector no esperan a que la burocracia corporativa revise mil hojas de papel, Luciano —respondió Renato con firmeza creciente—. La negociación con la constructora requería un adelanto de capital inmediato para asegurar la exclusividad del uso de maquinaria pesada. Si dilatábamos el pago dos semanas en auditoría, la competencia se habría quedado con el contrato de preparación de suelo y el calendario de la obra se habría retrasado seis meses. —Esta empresa no opera sobre la base del impulso ni de los atajos operacionales —insistió Luciano, con un tono helado que cortó la réplica de Renato—. Todo dólar que sale de las cuentas de tesorería del Grupo Castelli debe contar con una factura auditada, un reporte de campo con firma técnica y la validación del departamento de control interno. No pagamos adelantos a ciegas a empresas de logística que no figuren en nuestro padrón oficial de proveedores. —¿Estás cuestionando la gestión operativa de mi departamento en frente de la junta directiva? —preguntó Renato, dejando escapar un atisbo de hostilidad que llamó la atención de todos los presentes. —Estoy custodiando los activos de los accionistas y la integridad legal de la compañía —repuso Luciano sin inmutarse ni elevar la voz un solo decibelio—. Y por esa razón, informo a esta junta que he decidido congelar la partida presupuestaria destinada a la fase de demolición de Altos del Horizonte hasta que se complete una auditoría externa e independiente sobre todos los contratos de desarrollo del proyecto. Roberto Garza intervino de inmediato, alzando la mano para calmar la evidente tensión que se había apoderado de la mesa. —Un momento, Luciano. Entendemos tu celo por la contabilidad impecable que siempre ha caracterizado a esta firma —dijo el anciano inversor con tono conciliador—. Sin embargo, una auditoría externa a estas alturas congelaría la compra del terreno vecino. Renato tiene razón en algo: los plazos con el banco de inversión vencen este viernes. Si no transferimos el fondo de reserva, perderemos la opción de compra preferencial sobre el polígono. —Prefiero perder una opción de compra preferencial antes que autorizar un flujo de fondos cuyo destino final no esté plenamente verificado —sentenció Luciano, cerrando el expediente frente a él con una contundencia implacable—. La auditoría comenzará mañana a primera hora. El despacho contratado tendrá libre acceso a los libros de contabilidad, las órdenes de transferencia y los contratos firmados en los últimos doce meses. Renato apretó los dientes, manteniendo la vista fija en la superficie lustrosa de la mesa. Sus manos, ocultas bajo el borde del nogal, se cerraron en puños apretados hasta que los nudillos se tornaron blancos. Sabía que Luciano no cedería; la mente quirúrgica de su socio no aceptaba excepciones ni concesiones afectivas cuando los números mostraban la más mínima discrepancia. —Que así sea, entonces —dijo Renato con una sonrisa forzada y tensa, reincorporándose en su asiento—. La dirección de operaciones entregará todos los archivos solicitados. No tenemos nada que ocultar. —Excelente —concluyó Luciano levantándose de su sillón, lo que obligó a todos los presentes en la junta a imitar su gesto por simple protocolo—. La sesión queda suspendida hasta el próximo lunes, fecha en la que revisaremos el informe preliminar de los auditores. Buenos días a todos. Luciano abandonó la sala de juntas con pasos firmes y pausados, ajeno a los murmullos murmurados a sus espaldas. No le preocupaba incomodar a los accionistas ni fracturar la relación personal con su socio. Para él, los negocios no requerían empatía ni diplomacia, solo una estructura inquebrantable sostenida por la lógica contable. Sin embargo, al cruzar el pasillo hacia su oficina ejecutiva, no notó la mirada helada de Renato Treviño que lo seguía a la distancia; una mirada que ya no reflejaba la sumisión de un socio cuestionado, sino el cálculo frío de quien sabe que el tiempo para las discusiones teóricas ha llegado a su fin.

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20 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La altura del cristal
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Fisuras en el mármol
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El expediente

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