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Capítulo 2 Las lágrimas de la impostora
El trayecto desde la Torre Montenegro hasta el exclusivo barrio de Las Lomas transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el rítmico azote de la lluvia contra los cristales blindados del Maybach. En el asiento trasero, Javier mantenía la vista fija en las luces borrosas de la ciudad, pero su mente seguía atrapada en la sala de juntas, reviviendo la fría insolencia en la mirada de Camila. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía esa mujer, insignificante y amargada, a mirarlo desde arriba, como si él fuera el villano de la historia? Javier apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La sola idea de que su abuelo, un hombre al que había respetado y admirado, hubiera sido manipulado en sus últimos meses de vida lo llenaba de una furia homicida. Camila se había infiltrado en la vida del anciano, tejiendo una red de engaños con la misma destreza con la que una araña envuelve a su presa. Y ahora, el premio final de su manipulación era él. O, mejor dicho, su fortuna y su apellido. -Señor -la voz cautelosa de Benito, su chófer y asistente, lo sacó de sus oscuros pensamientos-. Hemos llegado al edificio de la señorita Isabel. Javier asintió secamente, ajustándose el saco del traje antes de salir del vehículo. Rechazó el paraguas que Benito le ofrecía y caminó a grandes zancadas hacia el vestíbulo del lujoso complejo residencial. Necesitaba ver a Isabel. Necesitaba su dulzura, su vulnerabilidad, para limpiar el veneno que Camila le había inyectado en el alma esa tarde. El ascensor privado lo llevó directamente al penthouse que él mismo había comprado para ella hace dos años. Al abrir la puerta, el contraste con la tormenta exterior y la fría sala de juntas fue inmediato. El apartamento estaba sumido en una luz cálida y tenue, impregnado con el delicado aroma a peonías y vainilla francesa que siempre la acompañaba. Isabel estaba sentada en el amplio sofá de terciopelo blanco, con las piernas recogidas bajo una manta de cachemira. Llevaba un camisón de seda color perla que resaltaba la fragilidad de su figura y su largo cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros. Al escuchar la puerta, levantó la vista y una sonrisa radiante iluminó su rostro perfecto. -¡Javier! -exclamó, dejando a un lado la revista de moda que hojeaba y corriendo hacia él. Se arrojó a sus brazos con la gracia de una bailarina. Javier la rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su cabello y permitiendo que la tensión de sus hombros disminuyera una fracción. Esta era la mujer a la que le debía la vida. La niña valiente que, quince años atrás, lo había sacado de las llamas ardientes de aquel infierno, arriesgando su propia existencia por él. Por ella, Javier estaba dispuesto a quemar el mundo entero. -Mi amor, estás empapado -murmuró Isabel, acariciando la solapa húmeda de su traje con preocupación-. ¿Qué sucede? Te esperaba más temprano... ¿Cómo fue la lectura del testamento? ¿Fue muy duro para ti? Las palabras de Isabel, cargadas de una aparente empatía, hicieron que el estómago de Javier se contrajera. Se apartó suavemente y la guio de regreso al sofá, sentándose a su lado y tomando sus pequeñas manos entre las suyas. -Isabel... hay algo de lo que debemos hablar. Algo importante -comenzó, su voz inusualmente ronca. Isabel ladeó la cabeza, sus grandes ojos azules brillando con una inocencia casi infantil. -Me estás asustando, Javi. ¿Qué pasó? ¿Hubo algún problema con la junta directiva? Javier tomó una profunda bocanada de aire. Odia ser él quien borrara esa sonrisa de su rostro. -El abuelo dejó una cláusula en su testamento. Una condición inamovible para que yo pueda heredar el control mayoritario de las empresas y asumir la presidencia permanente. -¿Una condición? -Isabel frunció el ceño ligeramente, una sombra de genuina confusión cruzando sus facciones-. Pero tú eres el único heredero legítimo capacitado. Tú construiste la mitad de ese imperio. ¿Qué más podría pedirte don Ernesto? -Me pide... me exige que me case. El rostro de Isabel se iluminó al instante, malinterpretando la situación por completo. Una risa cristalina brotó de sus labios mientras se llevaba las manos al pecho. -¡Oh, Javier! ¿Eso es todo? ¡Por Dios, me habías asustado! Sabes que yo me casaría contigo mañana mismo si me lo pidieras. No necesitamos una gran ceremonia, solo nosotros dos y... -Isabel, escúchame -la interrumpió él, apretando sus manos con más fuerza, la angustia reflejándose en sus oscuros ojos-. No es contigo con quien debo casarme. El silencio cayó sobre el lujoso salón como una losa de plomo. La sonrisa de Isabel se congeló y, lentamente, desapareció por completo. Sus manos se volvieron de hielo entre las de Javier. -¿Qué... qué quieres decir? -susurró, su voz temblando. -El testamento estipula que, para reclamar las acciones, debo contraer matrimonio legal con Camila. En menos de treinta días. El nombre de su hermanastra pareció golpear a Isabel físicamente. Se apartó de Javier de un tirón, llevándose una mano temblorosa a los labios. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y, en cuestión de segundos, se llenaron de gruesas lágrimas que comenzaron a rodar por sus pálidas mejillas. -No... no puede ser verdad. Dime que es una broma macabra, Javier. ¡Por favor! -sollozó, retrocediendo hasta chocar con el respaldo del sofá-. ¿Camila? ¿Mi hermanastra? ¿La misma mujer que nos ha hecho la vida imposible? -Es cierto, Isabel. No sé cómo lo logró, pero manipuló a mi abuelo en sus últimos días. Envenenó su mente en mi contra y se aseguró de acorralarme. Si no firmo, lo pierdo todo. La empresa, el legado de mi padre, mi lugar en la familia... todo pasa a un fondo de caridad. Isabel cubrió su rostro con ambas manos y estalló en un llanto desconsolado, un sonido agudo y desgarrador que perforó los tímpanos de Javier y le encogió el corazón. Él se acercó de inmediato, intentando abrazarla, pero ella se resistió débilmente, meciéndose de adelante hacia atrás. -¡Fui una tonta! ¡Fui una estúpida al no decirte nada! -lloró Isabel, golpeando débilmente el pecho de Javier con sus puños cerrados. Javier la sujetó por las muñecas, obligándola a mirarlo. -¿Decirme qué, Isabel? ¿De qué estás hablando? Isabel tragó saliva con dificultad, sus ojos azules enrojecidos y nadando en lágrimas. Su labio inferior temblaba de manera patética y calculada. -Camila... Camila vino a verme hace unas semanas, poco después de que don Ernesto enfermara de gravedad. -¿Qué? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Qué te hizo esa víbora? -La ira de Javier regresó con una fuerza devastadora, hirviendo en sus venas. -Estaba asustada, Javi... -sollozó ella, aferrándose desesperadamente a la camisa de él-. Entró a mi casa como un huracán. Estaba furiosa. Me dijo que estaba harta de vivir a mi sombra, que estaba harta de que yo tuviera el amor de un hombre tan poderoso y rico como tú mientras ella apenas podía llegar a fin de mes trabajando como una don nadie. Isabel hizo una pausa teatral, tomando una respiración entrecortada para darle más dramatismo a su relato inventado. Sabía exactamente qué botones presionar en la mente protectora de Javier. -Me amenazó, Javier. Me agarró del brazo, tan fuerte que me dejó marcas que tuve que maquillar durante días. Me dijo que iba a convencer a don Ernesto de que yo era una cazafortunas, de que yo te engañaba. Me juró que, si no me alejaba de ti por las buenas, me destruiría la vida. Me dijo: "Voy a quitarle a Javier todo lo que ama, empezando por su empresa, y luego lo obligaré a arrastrarse a mis pies". -¡Maldita sea! -rugió Javier, poniéndose de pie de un salto. La furia lo cegaba. Pateó la pesada mesa de centro de cristal, haciéndola rechinar contra el suelo de mármol. El sonido hizo que Isabel diera un respingo, fingiendo terror. -Yo no quería preocuparte... tenías tanto estrés con la enfermedad de tu abuelo y la junta directiva. Pensé que solo eran los desvaríos de una mujer envidiosa. Jamás creí que fuera capaz de llegar tan lejos, de usar a un anciano moribundo para robarte tu futuro. ¡Todo esto es mi culpa! Si me hubiera alejado de ti como me exigió, ella no habría hecho esto. -¡No te atrevas a decir eso! -Javier regresó a su lado y la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de pura oscuridad, consumidos por un odio abrasador hacia Camila-. Tú no tienes la culpa de la maldad que corre por sus venas. Camila es una bestia despiadada, codiciosa y miserable. Y te juro, por mi propia vida, que me encargaré de que pague cada lágrima que te está haciendo derramar hoy. -Pero te vas a casar con ella... -susurró Isabel, bajando la mirada-. Ella ganó, Javier. Ella será tu esposa. Yo seré la otra, la rechazada, el secreto a voces. No podré soportar ver cómo ella toma mi lugar a tu lado, cómo asiste a las galas colgando de tu brazo... -Escúchame bien, Isabel -la interrumpió Javier, su voz cargada de una determinación letal-. Ese contrato es solo un pedazo de papel ensangrentado. Un trámite burocrático para salvar la empresa que me pertenece. Camila Valdés jamás será mi esposa en nada más que en el nombre. Su vida en mi casa será un infierno absoluto. La voy a acorralar, la voy a humillar y la voy a asfixiar lentamente hasta que sea ella misma quien me ruegue de rodillas por el divorcio, renunciando a todo. Javier la atrajo hacia su pecho, abrazándola con una fuerza posesiva y protectora, besando la cima de su cabeza rubia. -Tú eres mi única mujer. Tú eres la que me salvó la vida, la dueña de mi corazón. Ella solo será una prisionera en una jaula de oro que yo mismo me encargaré de convertir en una pesadilla. Te lo prometo. Escondida contra el pecho del hombre más poderoso de la ciudad, protegida por su furia y su ceguera incondicional, la expresión de Isabel cambió por completo. Las lágrimas desaparecieron instantáneamente de sus ojos, reemplazadas por un brillo gélido de triunfo. Las comisuras de sus labios se elevaron lentamente, dibujando una sonrisa maquiavélica y perversa que Javier no pudo ver. El plan había funcionado a la perfección. Ahora, solo tenía que sentarse a observar cómo el hombre que la amaba destruía pieza por pieza a su propia hermana, asegurándose de que la verdad sobre aquella noche de hace quince años permaneciera enterrada para siempre bajo las cenizas de su odio.
Lista de capítulos
74 capítulos en total
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