Saltar al contenido principal

Capítulo 3 El contrato frío

El despacho principal de la Torre Montenegro, situado en la planta más alta del edificio, era un reflejo exacto de su dueño: inmenso, minimalista, frío y diseñado para intimidar. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la ciudad que ahora yacía gris y congestionada bajo la persistente lluvia matutina. Javier estaba de pie frente a la vidriera, con las manos entrelazadas a la espalda, observando el tráfico diminuto. Sobre su imponente escritorio de mármol negro descansaba una sola carpeta de cuero. -El documento está redactado exactamente con las especificaciones que pidió, señor -informó Benito, rompiendo el tenso silencio del despacho. El asistente mantenía una postura rígida, aunque en el fondo sentía una punzada de incomodidad por los términos que él mismo había tenido que dictar al equipo legal de la empresa esa madrugada. Javier no se giró. -¿Cubrieron todas las lagunas legales? -Sí, señor. Si ella intenta impugnar el contrato después del matrimonio, los abogados se asegurarán de que quede sepultada bajo litigios durante décadas. No obtendrá ni un solo centavo de la fortuna Montenegro, ni ahora ni en caso de divorcio. -Perfecto -murmuró Javier, dándose la vuelta. Sus ojos oscuros brillaban con una anticipación cruel-. Quiero ver su rostro cuando se dé cuenta de que su brillante plan para robarme y destruir a Isabel acaba de estrellarse contra un muro de concreto. Exactamente a las nueve de la mañana, un golpe seco resonó en la puerta de roble. Benito acudió a abrir. Camila entró en el despacho. Llevaba un traje sastre gris oscuro, modesto y visiblemente desgastado en los bordes de los puños, acompañado de una blusa blanca abotonada hasta el cuello. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño severo, sin un solo mechón fuera de lugar. No usaba maquillaje, lo que acentuaba la profunda palidez de su rostro y las sombras violetas bajo sus ojos, testigos de otra noche de insomnio. A pesar de su apariencia frágil, su postura era erguida. Caminó hacia el centro de la oficina con pasos silenciosos pero seguros. No se detuvo a admirar el lujo obsceno del despacho, ni pareció sentirse intimidada por la gélida mirada depredadora que Javier le estaba dirigiendo. Javier caminó hasta su silla y se sentó, reclinándose hacia atrás con arrogancia. No le ofreció asiento. Quería obligarla a permanecer de pie, subordinada, inferior. -Llegas a tiempo. Un rasgo sorprendente para una sanguijuela -escupió Javier, sin molestarse en ocultar el desprecio en su voz. Camila no parpadeó. Su rostro permaneció como una máscara de porcelana inexpresiva. -Tengo un turno en la cafetería a las diez y media -respondió ella con una voz carente de emoción-. Te sugiero que seamos breves. La mención de su trabajo mediocre irritó a Javier. Farsa, pensó. Todo es una maldita farsa para hacerse la víctima. Con un movimiento brusco, deslizó la gruesa carpeta de cuero a través de la superficie de mármol hasta que quedó en el borde, justo frente a Camila. -Ábrelo -ordenó él. Camila bajó la mirada hacia la carpeta, pero no hizo ademán de tocarla. -Este es el contrato matrimonial que firmaremos antes de ir al registro civil mañana por la mañana -declaró Javier, su voz resonando en la inmensidad del despacho-. Ya que te aprovechaste de la demencia de mi abuelo para forzar esta aberración de matrimonio, me he asegurado de que tu victoria sea el mayor infierno de tu vida. Camila finalmente extendió una mano delgada y abrió la carpeta. Sus ojos recorrieron rápidamente las primeras líneas, pero antes de que pudiera procesarlas, Javier comenzó a recitar las cláusulas en voz alta, saboreando cada palabra como si fuera un látigo. -Cláusula número uno: Separación absoluta de bienes. Lo mío es mío. Lo tuyo no existe. No tendrás acceso a mis cuentas bancarias, tarjetas de crédito, ni propiedades. No recibirás una asignación mensual. Si quieres comer algo que no sea lo que se sirve en mi mesa, te lo pagarás tú misma. Camila pasó la página en silencio. -Cláusula número dos -continuó Javier, inclinándose hacia adelante, apoyando los antebrazos en el escritorio-. Residencia. Vivirás en la mansión Montenegro, porque el testamento exige que cohabitemos. Sin embargo, ocuparás la antigua habitación de servicio en el extremo del ala oeste. Tienes prohibido el acceso a mi dormitorio, a mi estudio y a cualquier área privada que yo ocupe. Seremos extraños bajo el mismo techo. El silencio de Camila comenzaba a crisparle los nervios a Javier. Esperaba gritos. Esperaba lágrimas de indignación o, al menos, una rabieta exigiendo los derechos que toda cazafortunas anhela. Pero ella solo seguía leyendo, pasando las páginas con una calma que lo desquiciaba. -Cláusula número tres: Imagen pública. Ante la prensa y la sociedad, actuarás como la esposa perfecta y sumisa. Hablarás solo cuando se te pregunte, sonreirás a las cámaras y mantendrás la ilusión intacta para proteger las acciones de la empresa. Pero en el segundo en que las puertas se cierren, volverás a ser un fantasma. No tienes voz. No tienes voto. No eres nadie. Javier se puso de pie lentamente, acercándose a ella hasta que solo el ancho del escritorio los separaba. Su voz bajó una octava, cargada de una amenaza letal. -Y la cláusula más importante, Camila. Cláusula número cuatro: Isabel. Al escuchar el nombre de su hermanastra, los dedos de Camila se detuvieron milimétricamente sobre el papel. Una punzada fantasma ardió en su espalda, justo sobre la masiva cicatriz de quemadura que llevaba oculta bajo capas de ropa. La marca física del día en que salvó a ese hombre. El día que Isabel le robó la vida. -Isabel seguirá siendo la prioridad en mi vida -sentenció Javier-. Si ella está en una habitación, tú te retiras. Si ella necesita algo, tú no interfieres. Tienes estrictamente prohibido dirigirle la palabra, molestarla, o siquiera mirarla de manera incorrecta. Si me entero de que has vuelto a amenazarla o a derramar una sola lágrima de sus ojos, juro por la tumba de mi padre que haré que te arrepientas de haber nacido. Javier respiraba con agitación, esperando la explosión. Esperando que la máscara de Camila finalmente se rompiera y mostrara los colmillos de la arpía manipuladora que él estaba seguro que era. Pero Camila no gritó. No lloró. No se defendió de las falsas acusaciones sobre haber amenazado a Isabel, porque sabía por experiencia que Javier jamás le creería. Quince años de maltratos habían asesinado cualquier esperanza en su interior. Ya no quedaba nada del amor infantil que alguna vez sintió por el niño del hospital; solo quedaba un hombre cruel y ciego, dispuesto a destruirla por una mentira. Con una lentitud deliberada, Camila tomó la elegante pluma estilográfica que descansaba junto a la carpeta. Sin hacer una sola pregunta, sin regatear una sola cláusula, se inclinó sobre el escritorio. El rasgueo metálico de la pluma sobre el grueso papel resonó en la oficina. Firmó la primera página. Luego la segunda. Su pulso era firme, su letra clara. Firmó la renuncia a su dignidad, a su comodidad y a su propia voz con la misma apatía con la que alguien firmaría el recibo de un paquete sin importancia. Javier la observó, atónito. Su mandíbula se apretó tanto que le dolieron los dientes. Aquello estaba mal. Todo en su reacción estaba mal. ¿Por qué no peleaba? ¿Por qué no exigía dinero? Benito, desde su rincón, observaba la escena con una creciente inquietud. La sumisión absoluta de la mujer no encajaba con el perfil de una extorsionadora maestra. Encajaba más con el perfil de alguien que estaba completamente rota. Camila estampó su firma en la última hoja y cerró la carpeta con un suave golpe. Colocó la pluma de vuelta en su lugar, exactamente paralela al documento. Luego, enderezó su espalda y finalmente clavó sus ojos oscuros en los de Javier. Eran pozos de hielo líquido, vacíos de cualquier afecto o temor. -He firmado todo, tal como querías -dijo ella, su voz tan monótona y fría como el clima exterior-. ¿Hay alguna otra humillación en tu agenda para hoy, o ya puedo retirarme a mi turno en la cafetería? Javier sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Quería gritarle, quería sacudirla hasta obligarla a mostrar su verdadera cara. Pero antes de que pudiera formular una respuesta envenenada, Camila se dio la vuelta. -Mañana a las ocho en el registro civil. Trata de ser puntual -añadió ella sin mirar atrás, caminando hacia la salida. La puerta de roble se cerró tras ella con un suave clic. Javier se quedó a solas con Benito, mirando fijamente la carpeta de cuero firmada. Había ganado. La había acorralado y despojado de todo poder. Había asegurado su imperio y protegido a Isabel. Sin embargo, mientras observaba la perfecta y firme caligrafía de Camila Valdés en la línea de puntos, Javier Montenegro no sintió ni una pizca de triunfo. Solo sintió una furia sorda, ardiente y profundamente desconcertante, enroscándose como una serpiente en la boca de su estómago.

Esto es todo lo disponible por ahora.

Sigue leyendo para continuar la historia.

Continuar leyendo

Lista de capítulos

74 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Testamento Definitivo
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Las lágrimas de la impostora
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El contrato frío

Novedades