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Capítulo 2 El Templo de los Pecados
El vehículo blindado se deslizaba en silencio por las arterias asfaltadas de Veridia. A través de la ventanilla tintada, Chiara contemplaba la silueta de la ciudad bajo el manto nocturno. La arquitectura gótica se erigía imponente: agujas de piedra negra, gárgolas vigilantes en las cornisas y arcos apuntados que proyectaban sombras alargadas bajo la tenue luz de los faroles de gas. Veridia no era una metrópoli común; era un monumento a la opulencia decadente, un lugar donde la belleza y la corrupción compartían el mismo lecho. A su lado, Alessandro Vance permanecía en un silencio calculador. La luz intermitente de la calle iluminaba a tramos su rostro de facciones esculpidas, resaltando la firmeza de su mandíbula y la frialdad de sus ojos azules. Sin embargo, no había hostilidad en su presencia, sino una compostura magnética que llenaba por completo el habitáculo del automóvil. -Veridia pertenece a quienes saben gobernar sus instintos, Chiara -habló finalmente Alessandro, rompiendo el murmullo del motor. Su voz baja resonó con una elegancia aterciopelada-. La mayoría de los hombres son esclavos de sus deseos: el juego, el poder, las mujeres. Mi trabajo no es juzgarlos, sino construir el escenario donde puedan consumirse a sí mismos a cambio de su lealtad. Chiara entrelazó sus manos sobre su regazo. A pesar de la incertidumbre de su situación, mantuvo la mirada erguida. -¿Y usted no tiene deseos, Don Vance? ¿O es que se considera por encima del resto de los mortales? Alessandro giró levemente la cabeza. Una sonrisa imperceptible dibujó la comisura de sus labios, un ademán que transformó momentáneamente su aura distante en la de un seductor consumado. -Todos tenemos debilidades, signorina. La diferencia radica en que yo elijo cuidadosamente las mías. El automóvil viró a la derecha y se adentró en una amplia plaza privada de adoquines húmedos. Ante ellos se alzaba el Palazzo di Notte, el corazón palpitante del imperio de Vance. El edificio, una antigua catedral renacentista reconvertida en el casino más exclusivo de Europa, resplandecía con luces doradas que contrastaban violentamente con el cielo de plomo. Grandes ventanales de cristal tallado mostraban el bullicio de su interior, mientras que en la entrada principal, hombres vestidos con esmoquin y mujeres envueltas en pieles y diamantes descendían de carruajes y coches de lujo. Al detenerse el vehículo, Alessandro descendió primero y le ofreció la mano a Chiara. Al rozar la piel del mafioso, una corriente cálida recorrió el brazo de la joven. El contraste entre la frialdad del ambiente y el calor que emanaba de él resultaba desconcertante. -Bienvenida a mi dominio -murmuró él mientras la guiaba hacia una entrada privada custodiada por hombres armados con trajes a medida. El interior del Palazzo di Notte era una oda al lujo desmedido. Los techos abovedados conservaban frescos restaurados de ángeles y demonios en constante batalla; las lámparas de araña de cristal de Murano proyectaban destellos dorados sobre suelos de mármol negro pulido. Decenas de mesas de ruleta, póker y baccarat estaban distribuidas por el gran salón, rodeadas por la élite financiera y política de la región. El aire estaba impregnado de una fragancia embriagadora: perfume francés, tabaco de liar de alta calidad y el aroma metálico del dinero. Mientras caminaban hacia el ascensor privado que conducía a los niveles superiores, los murmullos de la multitud parecieron atenuarse. Todas las miradas se desviaron hacia la pareja. No era solo la presencia dominante de Alessandro lo que atraía la atención, sino la figura de la mujer que caminaba a su lado. El cabello pelirrojo de Chiara, brillante y encendido como las llamas de un incendio, caía en cascadas sobre sus hombros, creando un contraste deslumbrante con la palidez de su rostro y la firmeza de sus ojos verdes. -A partir de mañana, este lugar será su centro de operaciones -explicó Alessandro mientras ascendían en el ascensor de cristal y hierro forjado-. Las finanzas legales del casino son transparentes para la hacienda pública. Sin embargo, en el piso subterráneo operan las verdaderas mesas: aquellas donde no se apuestan billetes, sino favores políticos, licencias de construcción y secretos de estado. Su labor consistirá en auditorizar esos libros de contabilidad invisibles. -¿Entradas y salidas de sobornos y extorsiones? -preguntó Chiara con soltura analítica, sin dejarse intimidar por los eufemismos. -Prefiero llamarlo 'inversiones estratégicas' -corrigió él con una leve inclinación de cabeza-. Su inteligencia matemática me permitirá optimizar los flujos de capital sin dejar huellas para las autoridades... o al menos, para aquellas autoridades que aún no están en mi nómina. El ascensor se detuvo en el último piso, abriéndose directamente a un suntuoso ático privado. Muebles de terciopelo borgoña, estanterías repleta de tomos encuadernados en cuero y una chimenea de piedra tallada creaban un ambiente que combinaba la sobriedad de un despacho gubernamental con la intimidad de un santuario personal. En el centro de la estancia, junto a un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada, se encontraba un hombre sirviéndose una copa de cristal. Vestía un traje de corte italiano impecable y compartía con Alessandro ciertos rasgos físicos, aunque su postura era más relajada y su sonrisa ostentaba una cordialidad calculada. -Llegas tarde, hermano -dijo el hombre antes de girarse. Al fijar la mirada en Chiara, se detuvo por un instante, evaluándola con una mezcla de sorpresa y fascinación-. Y veo que traes una compañía extraordinariamente encantadora. -Chiara, le presento al Gobernador Julian Vance -introdujo Alessandro, manteniendo su mano posada suavemente en la espalda baja de la joven, un gesto territorial que no pasó desapercibido para su hermano. Julian avanzó con paso firme. A diferencia de la frialdad imponente de Alessandro, el Gobernador emanaba un encanto accesible, la clase de carisma magnético ideado para seducir a las masas y controlar los hilos de la política desde las sombras. Se acercó a Chiara, tomó su mano y rozó el dorso con sus labios, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo diplomáticamente correcto. -Un placer absoluto, signorina Rossi -dijo Julian, con una voz melodiosa y envolvente-. Había oído rumores sobre la belleza de la hija de los Rossi, pero los rumores se quedan ridículamente cortos ante la realidad. Es un verdadero fuego en mitad de la noche gótica de Veridia. Chiara retiró la mano con elegancia, midiendo la peligrosidad de aquel hombre. Julian era el pilar político de la red criminal de los Vance; el hombre que firmaba las leyes que permitían la impunidad del Consorzio. -Señor Gobernador -respondió ella con cortesía helada-. Supongo que su presencia aquí a estas horas no se debe exclusivamente a una visita social. Julian soltó una suave carcajada, encantado por la agudeza y la falta de sumisión de la joven. -Inteligente y directa. Me gusta. Hermano, me temo que esta mujer es demasiado brillante para quedarse encerrada revisando números en un despacho oscuro. -Chiara gestionará mis asuntos personales, Julian -sentenció Alessandro, interponiéndose sutilmente entre ambos-. Y sus decisiones financieras afectarán directamente a los presupuestos de tu próxima campaña electoral. -En ese caso, estaré encantado de rendirle cuentas a tan distinguida dama -repuso Julian, guiñándole un ojo a Chiara antes de tomar un trago de su copa-. Mañana por la noche celebro la gala benéfica en el Palacio de Gobierno. Espero que traigas a tu nueva asistente, Alessandro. La alta sociedad de la ciudad necesita desesperadamente un soplo de verdadera distinción... y la presencia de la mujer que ha logrado cautivar al Fénix. Chiara miró a ambos hombres. Estaba atrapada entre dos depredadores: un Don de la mafia que dominaba las sombras con un romanticismo sombrío y posesivo, y un Gobernador corrupto que pretendía utilizar la política como su juego de seducción personal. En el fondo de su ser, una punzada de conflicto interno la asaltó. Aquel mundo de lujo, conspiración y belleza oscura resultaba aterrador, pero también innegablemente fascinante. Y Chiara sabía que para sobrevivir en él, tendría que aprender a jugar con las mismas cartas que sus captores.
Lista de capítulos
17 capítulos en total
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