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Capítulo 3 Hilos Invisibles
La mañana siguiente llegó cubierta por una bruma densa que envolvía las agujas de las iglesias y los puentes de piedra de Veridia. Desde la suite ejecutiva que se le había asignado en el ala privada del Palazzo di Notte, Chiara contemplaba el discurrir del río que atravesaba la metrópoli. La estancia estaba amueblada con un gusto exquisito: cortinajes de seda verde esmeralda, un escritorio de caoba y un vestidor repleto de ropa de alta costura seleccionada personalmente por orden de Alessandro. Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Entró un sirviente portando una bandeja de plata con café recién elaborado, frutas frescas y un sobre de terciopelo negro sellado con cera roja. Al abrir el sobre, Chiara encontró una nota escrita con una caligrafía elegante y firme: Chiara: Los libros contables de la división 'Apolo' están en el despacho contiguo. Reviso las cifras a las dos de la tarde. Tras la comida, el sastre vendrá a prepararla para la gala del Palacio de Gobierno. Hoy comprenderá que en Veridia la política y el crimen son solo dos nombres para la misma ambición. - A.V. Chiara sonrió con amargura. La precisión de Alessandro era casi quirúrgica. Se vistió con un conjunto sobrio pero elegante y se dirigió al despacho contiguo, donde tres gruesos libros con pastas de cuero la aguardaban sobre una mesa de trabajo. Durante horas, la mente matemática de Chiara se sumergió en el laberinto financiero del Consorzio. Lo que descubrió superaba cualquier sospecha previa. Las cuentas no solo reflejaban las ganancias millonarias del casino y las apuestas ilegales, sino una red perfectamente estructurada de pagos a altos funcionarios. Nombres de jueces, comisarios de policía, concejales y senadores figuraban bajo códigos numéricos que Chiara no tardó en descifrar utilizando los balances transversales. Sin embargo, un patrón específico llamó su atención. Había una serie de transferencias mensuales dirigidas a una entidad fantasma denominada Oficina de Auditoría Ciudadana. Las sumas eran astronómicas y la firma de recepción no correspondía a un criminal común, sino a alguien encargado de velar por el cumplimiento de la ley. A las dos en punto, la puerta del despacho se abrió. Alessandro entró vistiendo una camisa blanca de lino con las mangas levemente remangadas y los botones superiores desabrochados, una apariencia más informal que acentuaba su atractivo físico y su aura de masculinidad serena. -¿Ha encontrado algún error en las matemáticas del submundo, signorina Rossi? -preguntó él mientras se acercaba a la mesa y se apoyaba en el borde, quedando a escasa distancia de ella. -Sus matemáticos son competentes, Don Vance -contestó Chiara, alzando la mirada y encontrándose con los profundos ojos azules del mafioso-. Pero son descuidados en las correlaciones. He descubierto que la Oficina de Auditoría Ciudadana recibe un quince por ciento del margen neto de los juegos de azar ilegales. Y el código de autorización pertenece a la Fiscalía General. Alessandro arqueó una ceja, visiblemente impresionado por la velocidad y perspicacia de la joven. -Brillante -murmuró él, inclinándose ligeramente hacia adelante. Su aliento fresco impregnado de menta rozó las mejillas de Chiara-. Ha tardado menos de tres horas en identificar el precio de la justicia en esta ciudad. -¿El Fiscal General está en su bolsillo? -inquirió Chiara, sintiendo un nudo en el estómago. La idea de que la máxima autoridad judicial de Veridia estuviera vendida a la mafia reafirmaba la podredumbre total del sistema. -El Fiscal Gabriel Thorne no está en mi bolsillo, Chiara. Es mi socio -corregió Alessandro con voz suave-. Gabriel cree firmemente que para mantener el orden en una ciudad gótica y caótica como esta, es necesario controlar el crimen en lugar de intentar erradicarlo. Él recibe su parte, nosotros mantenemos la paz en las calles y la justicia mira hacia otro lado. El mafioso extendió una mano y, con una delicadeza sorprendente para un hombre curtido en la violencia, rozó con la yema de sus dedos una mechón del cabello pelirrojo de Chiara, colocándolo detrás de su oreja. El contacto envió una sacudida eléctrica por el cuerpo de la joven, quien retuvo el aliento ante la cercanía del Don. -Es usted una mujer fascinante, Chiara -susurró Alessandro, con un tono romántico y pausado que hizo vibrar el aire entre ambos-. Su padre era un hombre débil, consumido por el vicio. Pero usted... usted tiene el fuego en la sangre y la claridad en la mente. A veces me pregunto si no he traído a mi palacio a una asistente, sino a una reina destronada. -No soy de su propiedad, Alessandro -devolvió ella en un susurro firme, usando deliberadamente su nombre de pila por primera vez. Él sonrió, una sonrisa abierta y seductora que iluminó sus rasgos habitualmente severos. -Nadie es dueño de una llama, Chiara. Solo se puede contemplar su belleza... o dejarse consumir por ella. A las siete de la tarde, el preparativo para la gala alcanzó su culminación. El sastre enviado por Alessandro había traído un vestido de noche diseñado exclusivamente para la ocasión: una prenda de terciopelo en tono verde esmeralda con un escote barco que dejaba al descubierto sus hombros pálidos y una espalda pronunciada que realzaba la curvatura de su cintura. La falda caía con peso aristocrático hasta el suelo, mientras que su cabello fuego había sido recogido en un peinado semi-deshecho que dejaba caer rizos rebeldes sobre su cuello. Cuando Chiara descendió a la recepción del casino, Alessandro la esperaba al pie de la escalinata principal. Vestía un esmoquin negro de solapas de seda que acentuaba su figura imponente. Al verla bajar, el mafioso permaneció inmóvil por un instante, con la mirada clavada en ella como si fuera la única persona presente en el deslumbrante salón. -Está espectacular, signorina Rossi -dijo él, ofreciéndole el brazo con una reverencia caballerosa. -Espero estar a la altura de las intrigas que nos aguardan -respondió ella, aceptando su apoyo. El viaje hacia el Palacio de Gobierno fue breve. El edificio, una mole de arquitectura neogótica con enormes ventanales iluminados y escalinatas de mármol blanco, albergaba a lo más selecto de la aristocracia, la diplomacia y la alta finanza de Veridia. Al entrar en el gran salón de baile bajo el estruendo de una orquesta de cámara, la llegada de Alessandro Vance y su nueva acompañante causó un revuelo inmediato. Los susurros se extendieron como una mecha encendida. La belleza abrasadora de Chiara y el aura de poder de Alessandro acapararon la atención de todos los presentes. No pasaron ni diez minutos antes de que Julian Vance, el Gobernador, se abriera paso entre los invitados para reunirse con ellos. Llucía radiante con su traje de gala y una sonrisa encantadora que parecía cautivar a todos los que lo rodeaban. -Alessandro, signorina Rossi -saludó Julian, tomando la mano de Chiara nuevamente para depositar un beso prolongado en su piel-. Mi estimado hermano no exagera cuando dice que posee el secreto de la elegancia. Es usted la joya de esta velada. -Señor Gobernador, es muy amable -contestó Chiara con elegancia medida. En ese momento, una tercera figura se unió al grupo. Era un hombre alto, de unos treinta y cinco años, de porte rígido, mirada penetrante y un rostro de belleza serena y sobria. Vestía con una pulcritud militar y emanaba un aire de autoridad indiscutible. -Veo que la política y el mundo empresarial han decidido unirse en esta esquina del salón -comentó el recién llegado con una voz grave, clara y pausada. -Gabriel -dijo Julian, haciendo las presentaciones-. Chiara, le presento al Fiscal General de Veridia, el señor Gabriel Thorne. Gabriel, ella es la signorina Chiara Rossi, la nueva asistente ejecutiva de mi hermano. Los ojos de Gabriel Thorne se posaron en Chiara. A diferencia del encanto abierto de Julian o la posesividad sombría de Alessandro, la mirada del Fiscal era analítica, profunda y cargada de una curiosidad intelectual inmediata. Avanzó un paso y estrechó la mano de la joven con firmeza pero con una suavidad contenida. -Así que usted es la mujer que ha reorganizado las finanzas personales de la familia Vance en cuestión de horas -dijo Gabriel, sin perder el contacto visual-. He oído hablar de su expediente académico en Venecia, signorina. Es un honor conocer a una mente tan brillante en un evento donde la mayoría de las conversaciones carecen de sustancia. Chiara sintió un escalofrío. Aquel hombre, la personificación formal de la ley y el orden, guardaba en sus manos el secreto del acuerdo de impunidad con la mafia. -El honor es mío, Fiscal Thorne -respondió Chiara, sosteniendo su mirada con temple-. Me complace saber que en esta ciudad la justicia también aprecia el valor de los números precisos. Gabriel sonrió, un gesto sutil que iluminó su rostro severo. -Los números no mienten, signorina Rossi. Las personas sí. Y en una ciudad dominada por las sombras, encontrar a alguien que entienda la verdad detrás de las cifras es un tesoro escaso... uno que me gustaría tener la oportunidad de discutir con usted en privado. Alessandro dio un paso al frente, colocándose junto a Chiara y marcando su posición con una frialdad contenida. -El tiempo de Chiara está sumamente comprometido, Gabriel. Mis asuntos requieren su atención constante. -Por supuesto, Alessandro -replicó Gabriel con serenidad implacable, sin amedrentarse ante la presencia del Don-. Pero la inteligencia no debería ser monopolizada por el crimen organizado. Chiara observó a los tres hombres que la rodeaban: Alessandro Vance, el mafioso romántico y peligroso que la poseía por contrato; Julian Vance, el Gobernador carismático y corrupto que buscaba conquistarla con el poder de su cargo; y Gabriel Thorne, el Fiscal implacable rodeado de secretos que la desafiaba con su intelecto. Se encontraba en el centro de un tablero de ajedrez donde cada pieza jugaba para obtener el control de la ciudad... y donde todos, inevitablemente, comenzaban a desear el mismo trofeo: el corazón de la mujer del cabello de fuego.
Lista de capítulos
17 capítulos en total
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