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Capítulo 2 Dos
Punto de vista de Ethan La puerta se cerró de golpe detrás de Aria. Debía ir tras ella. Calmarla, como siempre hacía. Di un paso hacia delante. -Ethan. Clara me sujetó la muñeca y tiró de mí hacia atrás. -¿Adónde crees que vas? -Acaba de vernos. Tengo que hablar con ella antes de que haga alguna estupidez. -¿Alguna estupidez? -Los ojos ámbar de Clara brillaron-. ¿Como contarle a todo el mundo que la engañaste? No lo hará. Te ama demasiado para destruir lo que han construido juntos. Me solté y me pasé una mano por el cabello. Clara tenía razón. Aria había demostrado su amor mil veces: trabajaba hasta el agotamiento por la manada, soportaba la crueldad de mi madre y criaba a Marcus sin quejarse. No iba a echar todo aquello por la borda por un momento de debilidad. -¿Pero qué pasa si oyó lo que dijimos sobre Marcus? -Si lo hubiera oído, ¿crees que se habría marchado sin más? Se habría puesto histérica: gritos, llanto, cosas rotas. -Clara me acarició el brazo-. Y tres días después volvería arrastrándose, aceptaría al niño por la pureza de su linaje alfa y te rogaría que no la abandonaras. Exhalé despacio. -Supongo que tienes razón. -Siempre la tengo. -Sonrió. Clara siempre había sido así: audaz, descarada, peligrosamente segura de sí misma. Eso fue lo que me atrajo de ella cuando éramos adolescentes, cuando me sacó del bosque mientras yo sangraba tras un ataque de renegados. Se lo debía todo. Pero Aria era diferente. Ella era mi compañera verdadera, elegida por la propia Diosa de la Luna. Y yo había rechazado aquel vínculo en cuanto entendí lo que implicaba, porque aceptar a Aria significaba renunciar a Clara. Por suerte, al ser humana, Aria apenas percibía el vínculo de pareja. Después de que completara el rechazo, ella no sentiría el dolor y seguiría aferrada a la esperanza de nuestra unión destinada. Sus habilidades eran realmente impresionantes: mi manada había prosperado con rapidez bajo su dirección. Mantuve a mi cachorro Marcus a su lado con la esperanza de que me ayudara a formar a un heredero aún mejor. No me importaba interpretar ante ella el papel de compañero devoto. Era la única compensación que podía ofrecerle. -Ethan. -La voz de Clara interrumpió mis pensamientos-. Quiero mudarme a la casa. Contigo y con Aria. Estoy cansada de esconderme, de moverme a hurtadillas como un secreto vergonzoso. Marcus merece tener a sus dos padres bajo el mismo techo. »O me mudo o me llevo a Marcus y me voy. Tú decides. Mi lobo gruñó. Tenerlas a las dos bajo el mismo techo era una catástrofe anunciada, pero si Clara se marchaba con Marcus... -Está bien -me oí decir-. Puedes mudarte. Su rostro se iluminó. Me rodeó el cuello con los brazos y me besó la mandíbula. -No te arrepentirás, cariño. Te lo prometo.
Punto de vista de Aria Después de firmar los documentos de la herencia en la oficina del señor Castellano, conduje a casa todavía aturdida. La casa resplandecía bajo una luz cálida. A través de la ventana delantera los vi: Ethan, Clara y Marcus sentados alrededor de la mesa del comedor, como el retrato de una familia perfecta. Ethan se rio por algo que había dicho Clara, con una mano apoyada en el respaldo de su silla. Marcus estaba sentado entre ambos y sonreía a su padre. Clara le revolvió el cabello dorado al niño; Ethan le atrapó la mano y le besó los nudillos. Felicidad doméstica. Todo aquello que había estado demasiado ciega para ver durante dos años encajó de pronto con una claridad brutal. Las noches en que llegaba tarde y alegaba asuntos de la manada. La forma en que Marcus se encogía cada vez que yo intentaba abrazarlo. La presencia constante de Clara, siempre justificada con alguna excusa. Los comentarios mordaces de mi suegra Margaret sobre lo «agradecida» que debía estar. Las sonrisas cómplices de Sophie cada vez que alguien mencionaba a Clara, mientras me observaba con una mezcla de lástima y desprecio. Todos lo sabían. Todos menos yo. Me obligué a respirar y contuve la rabia que amenazaba con asfixiarme. Todavía no. Allí no. Tenía que actuar con inteligencia y recuperar lo que me pertenecía. Entré con el rostro cuidadosamente inexpresivo. Las risas murieron en cuanto puse un pie en la casa. -Aria. -Ethan se levantó deprisa y se apartó de Clara, como si eso borrara lo que yo había visto en su oficina-. Has vuelto temprano. -¿Ah, sí? -Fui hacia la cocina-. No sabía que tuviera hora de llegada. Llené un vaso de agua, más por mantener las manos ocupadas que por sed. El pulso me retumbaba en los oídos. Oí pasos detrás de mí. -¿Podemos hablar? -preguntó Ethan en voz baja, cautelosa. Me volví despacio. -¿Sobre Clara y tú? -No es lo que piensas -dijo con ese tono condescendiente que había aprendido a odiar-. Clara se quedará aquí como niñera de Marcus. Él necesita estabilidad y, francamente, tú no estás lo bastante presente... -¿Que no estoy lo bastante presente? -lo interrumpí-. He dirigido esta manada por ti, Ethan. Cada reunión, cada decisión. Mientras tanto, tú estabas por ahí haciendo... ¿qué, exactamente? Se le tensó la mandíbula. -Ese no es el asunto. -Entonces, ¿cuál es? -Marcus necesita que lo cuiden. -De acuerdo. -Mi voz sonó plana-. No lo acepto. Parpadeó. -¿Perdón? -He dicho que no. Esta es mi casa. No acepté tener una niñera interna. -No es solo una niñera. Ha ayudado a criar a Marcus desde que nació. Él la necesita aquí. Claro. Porque era su verdadera madre. -Ese no es mi problema -respondí con frialdad-. Si quieres alojar a Clara, cómprale un apartamento. No vivirá bajo mi techo. -Solo estás cansada. -Levantó una mano y adoptó un tono mesurado, como si tuviera que manejarme, como si yo fuera un obstáculo y mi opinión una rabieta que debía dejar pasar-. Hablaremos después de cenar. -No hay nada que hablar. -Aria... -¡Mujer mala! Marcus apareció de la nada, con el pequeño rostro deformado por la rabia. -¡Eres muy mala! ¡Eres mala con Clara! -Marcus, ya basta... -empezó Ethan. Pero el niño ya corría hacia mí, con las manos extendidas. Chocó contra mi cuerpo con una fuerza sorprendente. Tropecé hacia atrás y me golpeé la cadera contra la esquina de la mesa auxiliar, justo sobre la zona dolorida por la caída en la oficina de Ethan. El dolor me estalló en la parte baja de la espalda y la visión se me volvió blanca. -¡Marcus! -Ethan lo agarró por los hombros-. ¿Qué demonios estás haciendo? -¡Es mala! -gimoteó Marcus. Tenía los ojos secos; no había en ellos más que un desafío calculado-. ¡Es mala con Clara y contigo, y la odio! Ethan extendió una mano hacia mí. -Aria, lo siento. Él no quería... Me aparté de golpe. -No. -Déjame ayudarte... -No me toques. Me enderecé e ignoré el mareo. El coxis ya me palpitaba; ahora también tendría la cadera cubierta de moretones. Clara irrumpió y recogió a Marcus en brazos. Le acarició el cabello mientras él enterraba el rostro en su cuello. La madre devota, interpretada a la perfección. Se me revolvió el estómago. -Es solo un niño -murmuró antes de besarle la sien-. Por favor, perdónalo. -Qué conmovedora escena de devoción maternal -dije-. Empiezo a preguntarme si en realidad es tu cachorro biológico. La expresión de Clara se tensó. Era evidente que no sabía cuánto había oído yo al otro lado de la puerta. -Aria, como amiga tuya, me decepcionas mucho. Esas palabras no solo me hacen daño a mí, sino también a Marcus. Tú... Me di la vuelta y subí las escaleras. Cada paso me enviaba una nueva descarga de dolor por la cadera. -Aria, espera... No lo hice. Pasé la hora siguiente en el baño de invitados, bajo el agua más caliente que podía soportar. La cadera se me había oscurecido hasta adquirir un tono morado, a juego con el moretón que empezaba a formarse en el coxis. Dos heridas en un solo día. Ambas causadas por la misma familia. Qué poético. Cuando salí en pijama, con el cabello mojado envuelto en una toalla, la casa se había quedado en silencio. Llamaron a la puerta; no necesitaba adivinar quién era. -Adelante. Ethan entró y cerró con cuidado. Parecía cansado. Preocupado. Como si de verdad le importara. -¿Cómo te sientes? -Fantástica. Tu hijo tiene bastante fuerza. Se le tensó la mandíbula. -Ya lo he castigado. No volverá a ocurrir. -Claro. Como si las últimas doce veces hubieran servido de algo. Exhaló y se pasó una mano por el cabello. -Sé que hoy ha sido difícil. Pero Clara necesita quedarse aquí. Marcus la necesita. Ella ha sido más madre para él que... -¿Que yo? -terminé por él-. Sí, lo sé. Es difícil crear un vínculo con un niño al que le han enseñado a odiarme desde que nació. -Eso no es... -Se contuvo y cambió de táctica-. Esto no tiene que ver contigo y con Clara. Se trata de lo mejor para Marcus. Está establecido aquí, se siente cómodo. Separarlo de Clara desestabilizaría todo su mundo. Miré fijamente al hombre que había creído mi esposo, mi compañero. El hombre que me había convencido de que estaba rota, de que mi cuerpo no podía soportar el vínculo. El hombre que había construido todo el éxito de su manada sobre mi trabajo mientras mantenía oculta a plena vista a su verdadera familia. Seguía mintiendo. Seguía manipulándome. Seguía esperando que aceptara sin protestar cualquier migaja que me ofreciera. Bien. Que creyera que había ganado. -Tengo una condición -dije. La cautela le cruzó el rostro. -¿Qué clase de condición? -Mi cumpleaños es la semana que viene. Lo olvidaste el año pasado y también el anterior. Este año quiero un regalo de verdad: el ático de la Torre Meridiano. El último piso, solo a mi nombre. Se quedó inmóvil. -Esa propiedad vale quince millones de dólares. -¿Ah, sí? -Incliné la cabeza-. Me parece justo, como regalo de cumpleaños y como compensación por lo que has hecho. Un músculo le palpitó en la mandíbula. Por un instante pensé que al fin se le caería la máscara. En cambio, sacó el teléfono. -Bien -dijo con brusquedad-. Considéralo un regalo de cumpleaños adelantado. -Y añade el concepto de la transferencia: «Para el fondo de la casa de Aria. Feliz cumpleaños». Tecleó en la pantalla, con el semblante cada vez más sombrío, y luego giró el teléfono hacia mí. Quince millones de dólares. Concepto incluido. -Feliz cumpleaños -dijo sin emoción. -Gracias, Ethan. -Dejé que las palabras rezumaran veneno-. Eres muy generoso. Guardó el teléfono en el bolsillo. -Clara se queda. -Clara se queda -acepté. Asintió y se marchó. Esperé hasta oír el clic de la puerta al cerrarse. Después saqué el teléfono y abrí la aplicación bancaria. Saldo: 15 015 000,00 $ Dos años como luna: organizando banquetes, negociando alianzas, construyendo su reputación. Mi cuenta nunca había recibido un solo sueldo, ni un centavo de la manada. Los únicos fondos que poseía eran quince mil dólares ahorrados con esfuerzo gracias a mis trabajos de medio tiempo durante mis estudios. Ahora, porque lo había sorprendido con Clara, porque ella era la palanca que al fin le había torcido el brazo, Ethan recordaba que yo existía. Qué patético.
Lista de capítulos
318 capítulos en total
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