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Capítulo 2 El rechazo formal del vínculo divino
La brisa helada de la medianoche soplaba con fuerza a través del bosque ancestral que marcaba los límites del territorio de las Garras del Norte. Las hojas secas susurraban un lamento constante, como si la misma naturaleza se doliera del sacrilegio cometido en el altar. Roxanne caminaba a paso firme, impulsada únicamente por una inercia mecánica. Sus pies, calzados con sencillas zapatillas de tela ceremonial, se desgarraban contra las piedras y las raíces del camino, pero el dolor físico en sus extremidades no era nada comparado con el infierno que ardía en su pecho. El vínculo de la pareja divina no era un mero concepto abstracto o un arreglo diplomático; era una fuerza cósmica, una corriente de energía viva que enlazaba dos almas destinadas desde el origen de sus vidas. Hasta esa noche, Roxanne había sentido la presencia de Damian como un faro distante pero constante, una tibieza en el fondo de su ser que le aseguraba que nunca estaría sola. Ahora, esa conexión se sentía como una herida abierta, un canal de fuego líquido que derramaba veneno en cada rincón de su alma. A apenas unas millas de la frontera de la manada, Roxanne se detuvo. Un espasmo violento le recorrió la columna vertebral. Se apoyó contra el tronco rugoso de un roble milenario, jadeando en busca de un aire que parecía haberse vuelto tóxico. Se llevó ambas manos a la base del cuello, aplastando los dedos contra la piel desnuda. Allí, justo donde la marca sagrada de la Luna debía florecer en tonos dorados, la carne le quemaba como si le hubieran aplicado un hierro candente. El rechazo expresado en el Gran Salón había sido verbal, un acto público de humillación social. Pero la ley de la estirpe lobuna exigía que la ruptura del vínculo divino se completara en el plano espiritual antes de que la Luna de Sangre alcanzara su cenit. Si el Alfa no cortaba los lazos en la mente y el alma, el lazo roto los arrastraría a ambos a la locura. A lo lejos, el eco de unos pasos pesados rompió el silencio de la noche. Roxanne cerró los ojos un instante, intentando estabilizar su respiración. No necesitaba darse la vuelta para saber quién se aproximaba. El olor a roble quemado y ceniza -el aroma característico del aura de Damian- saturaba el ambiente. El Alfa emergió de la penumbra de los árboles. Ya no llevaba la túnica de gala; vestía su armadura ligera de combate, con el torso de cuero reforzado y la espada ceremonial colgada al cinto. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos dorados brillaban con una inquietud sofocada. La presencia de Brenda no estaba con él; este era un acto que el líder debía ejecutar en soledad. -Te fuiste sin esperar el decreto formal -dijo Damian. Su voz resonó grave, distante, carente de cualquier atisbo de la calidez que alguna vez le mostró cuando eran niños. Roxanne lentamente se despegó del tronco del árbol. Se giró hacia él. A pesar del sudor frío que le empapaba la frente y de la palidez cadavérica de su rostro, no había una sola lágrima en sus ojos. Toda la fragilidad que había mostrado en el altar se había petrificado en una frialdad serena. -¿El decreto? -preguntó ella, con una voz extrañamente pausada-. Ya me diste tu decreto frente a toda la manada, Damian. Me llamaste débil. Me quitaste el honor y me entregaste a mi propia hermana como un trofeo de tu pragmatismo. ¿Qué más necesitas? ¿Vienes a asegurarte de que me arrastre? Damian apretó los puños, tensando la mandíbula. Por un brevísimo segundo, una sombra de duda cruzó su mirada al notar la falta de suplicas en ella. Estaba acostumbrado a la Roxanne dócil, a la loba que siempre buscaba conciliar y suavizar los asperezas. La mujer que tenía enfrente lo miraba con una lucidez punzante que lo incomodaba profundamente. -Esto no es por crueldad, Roxanne. Es por el bien de las Garras del Norte -justificó él, dando un paso al frente-. El Consejo Central ha enviado advertencias sobre las incursiones del clan Sombra. Se avecina una guerra. Una Luna debe ser capaz de liderar la retaguardia, de ejecutar a los traidores y de infundir el terror en los enemigos. Tú pasas los días cultivando hierbas medicinales y organizando suministros. Eres blanda. Si te mantengo a mi lado por mero sentimentalismo, la manada pagará el precio con sangre. -Cultivar hierbas y gestionar suministros es lo que ha evitado que tus guerreros mueran por infecciones y que tu gente pase hambre en los inviernos -respondió Roxanne, sin elevar el tono pero dejando que cada palabra cayera con el peso de una sentencia-. Confundes la piedad con la debilidad, Damian. Y confundes la ambición de Brenda con verdadera fuerza. -¡No hables de Brenda! -cortó él, frunciendo el ceño-. Ella está dispuesta a hacer lo que sea necesario para respaldarme. Tú solo eras una carga que la diosa me asignó por error. El insulto final caló profundo, pero Roxanne no se inmutó exteriormente. Mantuvo la barbilla en alto. -Si tan seguro estás de tu decisión, acaba con esto -dijo ella, dando un paso hacia él-. Haz el rechazo formal del vínculo. Corta la conexión divina. Rompe lo que la diosa unió y carga con las consecuencias de tus actos. Damian la observó fijamente. Un abismo de incomodidad creció en su estómago. El ritual de ruptura del vínculo era un proceso doloroso que requería que el Alfa invocara la fuerza de su linaje para despedazar la conexión espiritual. Normalmente, la loba rechazada caía de rodillas, llorando y rogando por una pizca de piedad para aminorar el choque del dolor. Pero Roxanne permanecía erguida, esperándolo. El Alfa dio el paso definitivo, acortando la distancia entre ambos. Levantó la mano derecha. Sus uñas se transformaron en garras afiladas y un aura de color carmesí comenzó a emanar de sus poros. -Roxanne de la casa de los Guardianes -recitó Damian con voz cavernosa, invocando la autoridad de su estatus-. Como Alfa de la manada Garras del Norte, declaro oficialmente que tu alma no es digna de la mía. Rompo el lazo de sangre, rompo el lazo de espíritu y rompo el lazo del destino. Te rechazo como mi compañera, como mi Luna y como parte de mi pueblo. Damian apoyó la palma de su mano imbuida en energía sobre el cuello de Roxanne, justo en la marca del vínculo incompleto. Un estallido de luz negra y carmesí iluminó el claro del bosque. El dolor que atravesó a Roxanne fue incomparable a nada que hubiese experimentado antes. Se sintió como si le arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y lo quemaran hasta volverlo cenizas. El lazo espiritual que la unía a Damian se tensó al límite hasta que, con un chasquido sordo que resonó en la mente de ambos, se rompió definitivamente. Roxanne ahogó un grito de agonía contra sus propios dientes cerrados, negándose a darle a Damian el placer de escuchar su lamento. El impacto de la energía la obligó a hincarse sobre una rodilla. Las lágrimas brotaron de sus ojos involuntariamente por la pura reacción biológica del cuerpo ante el trauma espiritual, pero no emitió un solo sollozo. En contraposición, Damian dio dos pasos hacia atrás de golpe, jadeando violentamente. Se llevó la mano a la cabeza, mareado. La ruptura del vínculo divino no era gratuita para el rechazador; el vacío súbito en su propia alma le dejó una sensación de frío abrumador y un sabor a hiel en la garganta. Por un segundo, sintió pánico, un instinto primario que le gritaba que acababa de cometer un error irreparable. Sin embargo, enterró ese pensamiento bajo su desmedido orgullo. Roxanne, temblando convulsivamente, comenzó a levantarse poco a poco. Se apoyó en sus piernas, recuperando la verticalidad centímetro a centímetro hasta quedar de nuevo frente a él. La marca en su cuello se había convertido en una cicatriz pálida y muerta. Damian la miró, sorprendido por su increíble capacidad de resistencia. -Está hecho -dijo él, intentando estabilizar su voz-. A partir de este momento, eres una paria. Tienes hasta el amanecer para abandonar las tierras de las Garras del Norte. Si algún cazador de la manada te encuentra dentro de nuestras fronteras pasado ese tiempo, serás tratada como una intrusa y ejecutada. Roxanne se limpió el rastro de sudor de la frente. Sus ojos, antes llenos de una calidez bondadosa, ahora reflejaban un abismo de hielo absoluto. -No necesitaré hasta el amanecer, Alfa Damian -dijo ella, usando su título con una distancia corrosiva-. Me voy de este territorio miserable. Pero recuerda bien esta noche. Roxanne dio un paso hacia la frontera, cruzando la línea invisible que delimitaba el territorio de la manada. Al pisar la tierra neutral, se giró por última vez para mirar al hombre que había sido su mundo. -Rechazaste a la loba que te habría dado su vida por protegerte -pronunció Roxanne, con una voz que cortó el aire como una hoja de acero-. Has coronado a una serpiente y has destruido el único equilibrio que mantenía a tu pueblo en pie. Un día, Damian, tus murallas caerán, tu poder se desmoronará y buscarás desesperadamente la fuerza que hoy despreciaste. Pero para cuando te des cuenta de tu error... yo seré quien juzgue tu caída. Sin esperar respuesta, Roxanne se dio la vuelta y se adentró en las sombras de la noche, desapareciendo en el bosque espeso. Damian se quedó de pie en el límite del territorio, observando la oscuridad donde ella se había hundido. Un viento helado recorrió el claro, y por primera vez en su vida, el Alfa sintió un escalofrío de puro terror recorrerle la espina dorsal.
Lista de capítulos
68 capítulos en total
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