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Capítulo 3 La traición de Brenda

La noche no dio tregua a Roxanne. Aunque técnicamente ya había cruzado la frontera oficial hacia la tierra neutral, el único camino seguro que la alejaba de las montañas conducía por un sendero secundario que bordeaba los antiguos almacenes de la manada. Necesitaba llegar a la cabaña de sanación -el lugar donde había dedicado sus últimos cinco años- para recuperar las pocas pertenencias que le pertenecían por derecho propio: los diarios de su madre, un par de mudas de ropa y el medallón de su linaje. No pretendía llevarse nada que perteneciera al clan. Sin embargo, al acercarse al perímetro posterior de la aldea, ocultándose entre las densas sombras de los pinos, una silueta ya la aguardaba junto a la puerta de madera de la cabaña. Brenda vestía una capa oscura con capucha, pero la luz de la luna llena iluminaba su rostro con absoluta claridad. No había rastros de las lágrimas ni del gesto preocupado que había fingido horas antes en el Gran Salón. En su lugar, su rostro mostraba una mueca de satisfacción contenida, una sonrisa fría que reflejaba la victoria de una cazadora sobre su presa. -Sabía que vendrías aquí antes de huir como la rata que eres -dijo Brenda, dando un paso al frente y cruzando los brazos sobre el pecho. Roxanne se detuvo a pocos metros. A pesar del cansancio físico, el dolor devastador del rechazo formal y el rastro de sangre seca que manchaba su vestido ceremonial, mantuvo la postura firme. No le daría a su hermana el espectáculo de verla quebrada. -Hazte a un lado, Brenda. Solo vengo por lo que es mío. No tengo ningún interés en volver a ver tu cara ni la de Damian. Brenda soltó una risotada suave, un sonido agudo que resonó con burla entre los árboles. -¿Lo que es tuyo? Nada en esta manada es tuyo, Roxanne. Nunca lo fue. Damian, el título de Luna, el respeto de los guerreros... todo esto siempre debió ser mío. Tú solo fuiste un obstáculo ridículo que la diosa puso en mi camino. Una loba floja que pretendía liderar con compasión y libros de medicina. ¿Realmente creíste que un Alfa tan ambicioso como Damian se conformaría con alguien como tú? -Le diste a Damian exactamente lo que su orgullo exigía, no lo que la manada necesita -respondió Roxanne con voz serena, una frialdad que pareció molestar a Brenda-. Pero no te engañes a ti misma. Sabes perfectamente que manipulaste las patrullas. Sabes lo que hiciste para convencernos a todos de que mis informes de estrategia eran defectuosos. La sonrisa de Brenda se amplió, revelando una chispa de malicia pura. -¿Y qué si lo hice? -admitió Brenda en un susurro cargado de veneno, dando un paso más hacia su hermana-. Nadie te creería aunque se los dijeras. Durante meses me encargué de cambiar las órdenes de suministro, de susurrarle al oído a Damian sobre tu "incapacidad" para tomar decisiones bajo presión, de alterar los mapas de guardia para que los rogues parecieran filtrarse por tus sectores. Creé a la loba débil que todos vieron hoy en el altar. Y lo mejor de todo es que Damian se lo tragó completo porque su propio ego no le permitía ver más allá. Roxanne apretó los puños a los costados. La rabia, un sentimiento caliente y puro, comenzó a desplazar la agonía del rechazo en su interior. No era dolor por haber perdido a Damian -el hombre que la había desechado de forma tan ruin no merecía un solo segundo más de su lamento-, sino la indignación ante la traición visceral de su propia sangre. -Nuestra madre te confió a mi cuidado antes de morir -dijo Roxanne, manteniendo la mirada fija en los ojos de Brenda-. Te protegí cuando todos te consideraban demasiado caprichosa para el entrenamiento. Y así es como pagas la lealtad. -¡Nuestra madre te prefería a ti! -siseó Brenda, perdiendo por un instante su máscara de compostura y mostrando el resentimiento que la consumía por dentro-. Todos te preferían a ti por tus "sabias palabras" y tu "corazón noble". Pero al final, el poder no le pertenece a los nobles, Roxanne. Le pertenece a quienes tienen la astucia de tomarlo. Ahora yo soy la Luna de las Garras del Norte. Y tú no eres más que una exiliada sin manada, sin nombre y sin futuro. Brenda hizo un gesto con la mano hacia la penumbra del bosque. De entre los árboles emergieron cuatro guerreros de la guardia personal del Alfa, hombres leales que Brenda había estado cultivando en secreto con favores y promesas de ascenso. Iban armados con lanzas y cadenas de plata, el metal diseñado para neutralizar y torturar a la estirpe lobuna. Roxanne evaluó la situación en una fracción de segundo. Estaba debilitada por la ruptura del vínculo, pero su mente estratégica trabajaba a máxima velocidad. -Damian me dio hasta el amanecer para salir del territorio -recordó Roxanne, midiendo las distancias. -Damian es demasiado blando en el fondo -respondió Brenda con desdén-. Si te deja ir con vida, siempre existirá el riesgo de que cambie de opinión o de que tu recuerdo lo atormente. Un Alfa arrepentido es peligroso para mi posición. La historia de las Garras del Norte no necesita una ex-compañera vagando por las fronteras. Es mucho más conveniente para todos que la "frágil" Roxanne haya tenido un trágico accidente a manos de los rogues al intentar huir. Los cuatro guerreros comenzaron a cerrar el cerco, levantando sus lanzas. -Asegúrense de que no quede nada que reconocer -ordenó Brenda, dando un paso atrás para observar el espectáculo. El primer guerrero se abalanzó sobre Roxanne con la lanza por delante. A pesar del dolor desgarrador en su cuello y de la falta de transformación lobuna, los reflexivos entrenamientos que Roxanne había estudiado en teoría se tradujeron en práctica instantánea. Esquivó la estocada ladeando el cuerpo, usó el propio impulso del atacante para desequilibrarlo y le propinó un golpe certero con la palma abierta en la base de la garganta. El guerrero cayó de rodillas, ahogándose. El segundo atacante intentó atraparla con las cadenas de plata. Roxanne dio un salto hacia atrás, tomó una vara pesada de roble que apoyaba el tejado de la cabaña y la blandió con una precisión matemática. El impacto dio de pleno en el rostro del lobo, partiéndole el labio y derribándolo contra el suelo helado. Brenda dio un paso atrás, abriendo los ojos con una mezcla de sorpresa y furia al ver a la hermana "débil" defenderse con semejante efectividad. Sin embargo, la superioridad numérica y el agotamiento físico comenzaron a pasarle factura a Roxanne. El tercer guerrero logró sujetarla por el brazo, apretando la carne lesionada por el rechazo. Un dolor paralizante le recorrió la espina dorsal, haciéndola ahogar un grito. El cuarto lobo alzó su daga de plata, listo para hundirla en su pecho. -¡Suficiente! -resonó una voz imponente desde el dosel del bosque. No era la voz de Damian. Era una voz mucho más profunda, cargada de un aura tan aplastante y antigua que los cuatro guerreros cayeron instintivamente sobre una rodilla, temblando por el puro impacto del poder biológico. De entre la niebla nocturna surgieron dos figuras vestidas con capas de viaje gris oscuro, con el blasón de la balanza y la espada grabado en los broches de bronce: los emisarios de élite del Consejo Central. El líder del grupo, un veterano de guerra de mirada severa y cicatrices en el rostro, avanzó con paso firme. -Lady Brenda -dijo el emisario con una voz que no admitía réplica-. El Consejo Central tiene jurisdicción absoluta sobre los territorios neutrales y los límites de frontera. Atacar a una loba expulsada fuera de los juicios del Consejo es un crimen de guerra. Si esa daga toca su piel, toda la manada Garras del Norte será sometida a una auditoría militar inmediata. Brenda palideció. Sabía que Damian no podía permitirse una inspección del Consejo en este momento de vulnerabilidad. Apretó los dientes, tragándose el veneno, y volvió a poner su cara de inocencia. -Solo... nos asegurábamos de que la intrusa abandonara el territorio de forma segura, emisario -mintió Brenda, haciendo una señal rápida a sus hombres para que se retiraran. El emisario del Consejo ni siquiera le honró con una respuesta. Miró a Roxanne, evaluando con ojo clínico las heridas de su cuello, su vestido desgarrado y la firmeza indestructible de su mirada a pesar del trauma. -Roxanne de la casa de los Guardianes -dijo el hombre del Consejo-. Tu petición de asilo y alistamiento en la Academia de Estrategia del Consejo Central ha sido procesada y aceptada. Tu talento ya no será desperdiciado en tierras que no saben valorar el verdadero poder. Roxanne se soltó del agarre del guerrero caído, se limpió la sangre de la mejilla y miró a Brenda por última vez. La falsa Luna temblaba de rabia contenido, consciente de que había perdido su oportunidad de eliminarla. -Disfruta tu corona de espinas, Brenda -dijo Roxanne con una serenidad que helaba la sangre-. Mantén a Damian ciego el tiempo que puedas. Porque cuando la mentira se caiga y este territorio se hunda, no habrá nadie aquí para salvarlos. Sin mirar atrás, Roxanne caminó hacia los emisarios del Consejo Central, adentrándose con ellos en las sombras del camino real. Detrás de ella, la manada que la vio nacer quedó sepultada en la oscuridad de la noche, ajena al hecho de que acababan de entregar a su mejor protectora en manos del destino.

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Lista de capítulos

68 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El día de la unión fallida
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El rechazo formal del vínculo divino
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La traición de Brenda

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