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Capítulo 2 Dos
Xiomara chilló.
No fue el sonido refinado que Veyra habría esperado de una mujer tan sofisticada, sino un alarido crudo y estridente que atravesó la cabina como una sirena.
Una azafata apareció entre ellas antes de que Veyra pudiera bajar la mano. Su rostro mantenía una perfecta calma profesional, pero su mirada estaba alerta. Se interpuso entre las dos, ocultando a Veyra de la vista de Xiomara, y habló con voz baja y apremiante, demasiado baja para que Veyra pudiera entenderla.
Xiomara se recuperó enseguida. Siempre lo hacía. Era esa clase de mujer.
Se llevó una mano a la mejilla con calculado dramatismo, los dedos extendidos como si tuviera que sostenerse el rostro. Cuando miró a Veyra por encima del hombro de la azafata, en su expresión no había dolor, sino asco.
La misma repugnancia con la que se mira algo que acaba de pisarse.
-Vieja amargada -espetó con voz lo bastante alta para que todos la oyeran.
Los pasajeros ya estaban mirando. Las cabezas se volvieron fila tras fila.
-Ahora lo entiendo. Tu marido tiene una amante, ¿verdad? Por eso te has puesto así.
Sonrió al decirlo. Una sonrisa pequeña, cruel y perfectamente dibujada.
Veyra le arrojó encima su bebida.
El champán salpicó la blusa blanca de Xiomara, le corrió por el cuello y goteó desde la barbilla hasta el regazo. Ella jadeó y se echó hacia atrás, agitando inútilmente las manos sobre el pecho. La azafata se apartó para esquivar el líquido y una mujer sentada al otro lado del pasillo dejó escapar una exclamación horrorizada.
Xiomara permaneció sentada unos segundos. Tenía el cabello mojado y la blusa arruinada. A la mancha anterior de champán acababa de sumarse otra mucho mayor. Parecía una criatura atrapada en medio de una tormenta.
Entonces llegó el jefe de cabina.
Era alto y delgado, de cabello plateado y con el rostro curtido de quien ya lo había visto todo. Su nombre estaba bordado con hilo dorado en la solapa. Le bastó una mirada para comprender la escena: Xiomara empapada en su asiento, la copa húmeda en la mano de Veyra y los pasajeros fingiendo no observarlas.
Su expresión no cambió. Mostraba una consternación serena y profesional que, de algún modo, resultaba peor que el enfado.
-Señora -se dirigió a Veyra con voz tranquila y autoritaria-, debo informarle de que la señora Vale es una pasajera VIP. Está vinculada directamente con Caspian Thorne, director ejecutivo de Tecnologías Thorne, una de nuestras cuentas corporativas más importantes.
Lo presentó como un hecho indiscutible, como si aquel nombre tuviera que significar algo para ella.
Y, en efecto, significaba algo.
-Le recomiendo encarecidamente que se mantenga alejada de la señora Vale durante el resto del vuelo.
Veyra no discutió. Regresó a su asiento.
Le temblaban las manos. Las apoyó sobre los muslos y presionó con fuerza. Después sacó el teléfono del bolso y desactivó el modo avión.
Escribió:
*¿Dónde estás ahora mismo?*
La respuesta llegó enseguida.
Una fotografía del escritorio de su oficina: una caja de comida para llevar a medio terminar y el monitor encendido con una hoja de cálculo en pantalla.
La imagen iba acompañada de un mensaje:
*Ganando dinero para mi esposa.*
Veyra se quedó mirando aquella palabra.
*Esposa.*
La había escrito como si significara algo.
Le envió otro mensaje. Una pregunta relacionada con el vuelo, algo sobre la hora de llegada. No recordaba con exactitud qué había escrito.
Caspian no respondió.
Porque en ese preciso momento estaba llamando a Xiomara.
Veyra lo oyó. Xiomara respondió a su lado y la voz de Caspian salió por el altavoz.
Conocía aquella voz desde hacía siete años. Sonaba cálida y grave, muy distinta de la que él había empleado con ella durante los últimos meses.
Meses.
Quizá más. Había dejado de contarlos.
Llamó «cariño» a Xiomara.
Le dijo que no permitiera que nadie la alterara. Que aquella desconocida no importaba. Le aseguró que en ese mismo instante estaba transfiriéndole quinientos mil dólares para compensar la turbulencia que había soportado.
*Turbulencia.*
Esa fue la palabra que usó, sin rastro de ironía.
También le prometió una villa y una noche que haría que todo volviera a estar bien.
Veyra se aferró al reposabrazos hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
Intentó recordar la última vez que Caspian había utilizado un apelativo cariñoso con ella. Repasó los últimos meses en busca de aquel momento. Un cumpleaños. Un aniversario. Alguna noche en la que hubiera llegado a casa y la hubiese mirado como a una mujer que aún deseaba.
No encontró nada.
No existía.
Después del traslado hubo una época en que todo empezó a cambiar. Caspian siempre estaba agotado, siempre convencido de que pronto se sentiría mejor. Ella tuvo paciencia. Se dijo que era el estrés, que lo amaba, que todos los matrimonios atravesaban etapas.
Lo creyó porque necesitaba creerlo.
Ahora comprendía que aquello no era una etapa.
Su teléfono vibró.
Caspian.
Le decía que, para compensarla por haber trabajado durante las vacaciones, la llevaría a su restaurante favorito, el de los fideos que tanto le gustaban. Se disculpaba por haber estado tan ocupado.
Incluso añadió un corazón.
Veyra leyó el mensaje dos veces.
No respondió.
Una azafata se acercó al asiento de Xiomara con una caja de terciopelo y se la entregó con una leve inclinación. Xiomara la abrió sin apartar los ojos de Veyra.
Dentro había un collar de Prada, de oro y nácar. La luz de la cabina arrancó suaves destellos a la joya.
Xiomara sacó una nota de la caja y la leyó en voz alta, quizá sin darse cuenta de que lo hacía.
-Sé audaz. Sé tú misma. Siempre estaré a tu lado.
Cuando terminó, miró a Veyra.
Su sonrisa había regresado.
Era la sonrisa de alguien que ya se consideraba vencedora.
El jefe de cabina volvió poco después y se detuvo junto a Veyra. Llevaba otra caja de terciopelo, más pequeña que la de Xiomara.
La abrió.
En su interior había un diamante.
Redondo y resplandeciente, descansaba sobre la seda negra como una gota de luz congelada. Veyra no entendía de diamantes, pero sabía reconocer una joya de seis cifras. Había trabajado por sumas como aquella. Las había ahorrado.
Se las había entregado a Caspian.
-El señor Thorne ha enviado esto -explicó el jefe de cabina con estudiada neutralidad-. A cambio de una petición.
Veyra aguardó.
-Le pide que se disculpe con la señora Vale.
Añadió el resto como si fuera un comentario confidencial. Bajó la voz, quizá convencido de que le hacía un favor.
-El señor Thorne gana en un solo día el equivalente al valor de varios diamantes como este.
Veyra contempló la piedra durante mucho tiempo mientras la luz danzaba en su interior.
Pensó en los tres años que había pasado en un apartamento minúsculo. En todas las comidas que se había saltado. En la crema facial más barata. En los turnos dobles.
Pensó en la operación de su madre y en aquel dinero que había existido hasta que dejó de existir.
Pensó en un bolso de Chanel del color de la sangre seca.
Aceptó disculparse.
Se levantó y recorrió los tres pasos que la separaban de Xiomara. Esta alzó la vista con una expresión perezosa y satisfecha. Aún mantenía la mano pegada a la mejilla en una pose descaradamente teatral.
-A cambio, quiero darte dos bofetadas -dijo Xiomara.
-No.
Veyra dejó caer el diamante sobre la mesita.
La piedra aterrizó con un ruido más pesado de lo que parecía posible. Un sonido sólido, definitivo. Rodó una vez y se detuvo contra la copa de champán.
Xiomara la abofeteó.
El golpe fue rápido y brutal. La cabeza de Veyra se ladeó y la mejilla comenzó a arderle. Las azafatas acudieron de nuevo, tres esta vez, hablando todas a la vez.
Xiomara ya se había vuelto hacia el diamante con la mano extendida.
Veyra le devolvió la bofetada.
No lo pensó. Simplemente actuó.
Su palma impactó contra la misma mejilla de antes con un chasquido limpio y seco. La cabeza de Xiomara giró hacia el otro lado y el cabello se le balanceó sobre el rostro.
Esta vez no chilló.
Permaneció muy quieta, con las dos mejillas enrojecidas.
El resto del vuelo transcurrió sumido en una bruma. Veyra no recordaba el aterrizaje, solo las ruedas golpeando la pista. Recordaba haberse levantado en el pasillo con el bolso en la mano y haber avanzado mientras su mente permanecía en otra parte.
Aún intentaba asimilar la textura exacta de la humillación. Cómo se instalaba bajo la piel. Cómo podía hacerte sentir atrapada en el cuerpo de otra persona.
Entró en la sala de llegadas.
Y entonces los vio.
Xiomara había corrido hacia Caspian. Había compuesto el rostro en una expresión pequeña y herida, y se apretaba una mano contra la mejilla mientras se inclinaba hacia él como si necesitara que la sostuviera.
Los brazos de Caspian la rodearon con una rapidez y una ternura que Veyra reconoció.
Hacía muchísimo tiempo que no las recibía ella.
Él estaba asustado. Se notaba en la forma en que las manos le recorrían la espalda a Xiomara y en cómo inclinaba la cabeza hacia la suya.
Parecía mucho más alterado por el dolor de Xiomara que la noche en que Veyra había perdido a su hijo. Entonces se había mostrado sereno y dueño de sí mismo. La había abrazado mientras le aseguraba que todo saldría bien.
Ahora no conservaba la calma.
Estaba a mitad de una frase, prometiendo encargarse de quienquiera que le hubiera hecho aquello. Su voz sonaba dura y protectora: la voz de un hombre dispuesto a reducirlo todo a cenizas por la mujer que sostenía entre sus brazos.
Veyra dio un paso al frente.
-Hola, señor Thorne.
Lista de capítulos
187 capítulos en total
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