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Capítulo 3 Tres

La mano de Caspian se apartó de la cintura de Xiomara como si acabara de quemarse.

Se volvió hacia Veyra.

Por su rostro cruzó algo que ella jamás había visto: un segundo entero de absoluto vacío, como si su mente hubiera dejado de funcionar.

Después volvió a colocarse la máscara.

La sonrisa. La desenvoltura. El hombre capaz de librarse de cualquier situación a fuerza de palabras.

-Veyra.

Pronunció su nombre como si lo estuviera poniendo a prueba, inseguro de que aún pudiera servirle.

-Cariño, ¿qué haces aquí?

Ella no respondió. Sacó el teléfono.

Xiomara continuaba pegada a Caspian, con la mano en la mejilla y los ojos muy abiertos. Miró a Veyra, después a él y de nuevo a Veyra. Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

La comprensión fue abriéndose paso en su rostro.

La esposa.

La mujer del avión.

La desconocida que la había abofeteado.

La mano se le desprendió de la mejilla.

-Oh -murmuró con un hilo de voz-. Oh...

Veyra levantó el teléfono y pulsó el botón de reproducción.

La voz alegre y orgullosa de Xiomara inundó la sala de llegadas.

Hablaba de la madre de Veyra, del dinero, del aborto espontáneo y del bolso de Chanel. Cada revelación resonó entre los tres.

Los pasajeros comenzaron a volverse. Una mujer con una maleta dejó de caminar. Un hombre vestido con traje se detuvo a mitad de un paso.

El rostro de Caspian adquirió un tono ceniciento. Alzó las manos como si pretendiera arrebatarle el teléfono, pero se contuvo y se quedó con los brazos suspendidos y la boca abierta.

Xiomara dejó escapar un sonido ahogado y se aferró al brazo de Caspian.

-Caspian, yo no sabía que ella era...

Él se soltó de su agarre.

La grabación continuó.

La voz de Xiomara declaró:

-Estaba furioso. Tanto alboroto para nada.

Veyra dejó que siguiera sonando. El tiempo suficiente para que Caspian oyera cada palabra. Para que Xiomara tuviera que escucharse a sí misma. Para que quienes los rodeaban comprendieran qué clase de hombre era Caspian Thorne.

Después guardó el teléfono.

Él consiguió recuperar la voz.

-Veyra, escúchame. No importa lo que hayas oído, las cosas no son como crees. Ella exagera. Se inventa historias. Ya sabes cómo son las mujeres como ella.

Veyra lo observó en silencio.

-¿Y cómo son las mujeres como ella, Caspian?

Él parpadeó.

-No quería decir...

-Querías decir exactamente lo que has dicho. -La tranquilidad de su propia voz la sorprendió-. Le has contado que soy aburrida en la cama. ¿Eso también se lo inventó?

La culpa, el miedo y el cálculo se disputaron la expresión de Caspian.

-Veyra...

-No. -Ella levantó una mano-. No pronuncies mi nombre de esa manera. No finjas.

Xiomara lloraba ahora. Veyra no sabía si sus lágrimas eran sinceras y tampoco le importaba.

Decía que lo sentía, que no sabía quién era ella, que Caspian le había asegurado que su matrimonio ya había terminado.

Veyra dejó de escucharla.

Observaba a Caspian. La forma en que miraba a Xiomara mientras lloraba. El movimiento instintivo de su mano hacia ella antes de recordar que su esposa estaba presente.

Pensó en la noche en que perdió al bebé. En cómo él la había sostenido y había mantenido una voz serena y mesurada. Le dijo que todo saldría bien, que volverían a intentarlo.

Él había sido quien permaneció estable y fuerte, quien conservó la compostura mientras ella se desmoronaba.

Ahora comprendía que no había sido fortaleza.

Había sido alivio.

Veyra se dio la vuelta y se alejó.

No corrió. No miró atrás. Caminó como lo hacen las mujeres cuando se ha terminado todo.

Sus tacones resonaron sobre el suelo pulido. A sus espaldas, Caspian volvió a gritar su nombre, esta vez con más fuerza. Después oyó elevarse la voz de Xiomara.

Luego nada.

Ella siguió caminando.

---

Encontró un bar.

No recordaba haberlo elegido. Se limitó a andar hasta que vio las luces y entró.

Estaba dentro de un hotel, quizá cerca del aeropuerto. Tenía sofás de cuero, música tenue y un camarero que ni siquiera alzó la vista al verla llegar.

Pidió una copa.

Después, otra.

Sentada a solas, no dejaba de recordar las palabras de Xiomara. El dinero. Su madre. El anillo.

Pero había algo más. Algo que aquella mujer había mencionado en el avión como si careciera de importancia: que Caspian la encontraba aburrida, que ya no se esforzaba, que no era una mujer de verdad.

En las ocasiones en que se permitía preguntarse por qué él había dejado de tocarla, Veyra pensaba que quizá era culpa suya.

Tal vez había cambiado. Quizá el dolor de perder al bebé la había convertido en otra persona. Quizá ya no era lo bastante excitante, ni lo bastante joven.

Ni lo bastante nada.

Pero ella no había sido el problema.

Terminó la copa y pidió otra.

Veyra no solía actuar por impulso. Era una mujer que calculaba, ahorraba y esperaba.

Sin embargo, se había cansado de esperar.

Miró hacia el otro extremo del bar.

Allí había un hombre.

Y él la estaba observando.

No se parecía a Caspian. Caspian era guapo de una manera segura y predecible, la clase de atractivo que se conseguía con un aspecto cuidado y cortes de pelo caros.

Aquel desconocido era distinto.

Alto, de hombros anchos, cabello oscuro y mandíbula firme. Vestía un traje hecho a medida, pero lo llevaba como si no le concediera ninguna importancia. Las mangas estaban remangadas y la corbata, floja. Sostenía un vaso de licor ámbar y la contemplaba como si fuera la única persona en el local.

Veyra apartó la vista.

Después volvió a mirarlo.

Él no había dejado de observarla.

Tomó una decisión.

Se levantó, recogió su copa y cruzó el bar. Las piernas la sostuvieron con firmeza y las manos ya no le temblaban.

Se detuvo junto a su mesa.

-¿Está ocupado este asiento?

Los labios de él se curvaron en una lenta sonrisa, como si no estuviera acostumbrado a sonreír, pero hubiera decidido hacer una excepción.

-Ahora sí.

Veyra se sentó frente a él. El reservado de cuero estaba tibio y la mesa que los separaba era tan pequeña que podía distinguir el color de sus ojos.

Grises.

Casi plateados bajo la luz tenue.

Él no le preguntó su nombre.

Ella tampoco se lo dio.

-¿Qué te trae por aquí? -preguntó él con voz grave y un matiz áspero.

-Un mal día.

-¿Tan malo como para beber sola en el bar de un hotel?

-Tan malo como para beber con un desconocido.

Él rio por lo bajo.

-Soy Dorian.

Veyra esperó a que le preguntara su nombre.

No lo hizo.

-¿Y tú? -preguntó ella-. ¿También has tenido un mal día?

-No. -Dorian hizo girar el licor en el vaso-. En realidad, ha sido un buen día. Pero acaba de mejorar.

Debería haber puesto los ojos en blanco. Debería haber respondido con algún comentario mordaz.

En cambio, sintió que algo que llevaba demasiado tiempo oprimiéndola comenzaba a aflojarse.

Hablaron en voz baja, inclinados el uno hacia el otro. De fondo sonaba una pieza de jazz que ella no reconoció. Él le preguntó de dónde era y Veyra respondió que de un lugar frío. Quiso saber si lo echaba de menos.

-Echo de menos a la persona que era cuando vivía allí.

Dorian no insistió. Se limitó a asentir como si lo comprendiera.

Le contó que estaba en la ciudad por una reunión de negocios. Ella no pidió detalles. Tenía un sentido del humor seco que la tomó por sorpresa y consiguió hacerla reír dos veces.

Cuando se inclinó para oírla mejor por encima de la música, Veyra percibió su aroma. Cedro, calidez y piel limpia.

Se descubrió mirando sus labios mientras hablaba.

Ella lo besó primero.

Se inclinó sobre la mesa y unió la boca a la suya. No fue un beso vacilante. Ya no quería vacilar.

Dorian le sostuvo la mandíbula con una mano y le rozó el pómulo con el pulgar. Le devolvió el beso como si hubiera estado aguardándolo.

Como si la hubiera deseado.

Cuando Veyra se apartó, la mirada del hombre había adquirido una intensidad distinta.

-Mi habitación está arriba -dijo él.

Ella asintió.

---

Lo que ocurrió después no se pareció a nada que Veyra hubiera vivido.

Dorian no la trató como si fuera una costumbre. Demostró una paciencia devastadora. Cada caricia fue deliberada y lenta. La besó como si dispusiera de toda la noche y no pensara desperdiciar un solo minuto.

La condujo hasta su habitación y cerró la puerta.

Era una habitación cara. Veyra lo notó sin proponérselo.

Dorian la hizo girar en la penumbra y le bajó la cremallera del vestido. Sus dedos eran firmes y sus manos desprendían calor contra los hombros de ella. Cuando apoyó los labios en su nuca, Veyra cerró los ojos.

-Estás temblando -murmuró contra su piel.

Ella no respondió.

Él la volvió hacia sí y la contempló en silencio. No como si la evaluara, sino como si la viera de verdad.

Le acarició el rostro. La mandíbula. La garganta.

Su mano descendió despacio.

-Dime qué quieres.

Veyra no recordaba la última vez que alguien le había hecho aquella pregunta.

-Quiero sentir algo -confesó-. Lo que sea. Solo hazme sentir algo.

La expresión de Dorian se suavizó.

Volvió a besarla, esta vez más despacio, mientras sus manos descendían por sus costados. La levantó sin esfuerzo. Veyra le rodeó la cintura con las piernas y él la llevó hasta la cama.

Fue tierno de una manera casi insoportable.

Se tomó su tiempo. La tocó como si quisiera aprenderse cada parte de ella. Susurró contra su piel palabras que Veyra recordaría más tarde, cuando volviera a estar sola.

Sus manos la recorrieron por completo. Despertó sensaciones que ella creía olvidadas. La hizo esperar. La hizo pedir.

Cuando por fin se abandonó, cuando dejó de pensar y se limitó a sentir, Veyra comprendió algo.

Ella no era el problema.

Nunca lo había sido.

---

Veyra permaneció despierta después.

Dorian descansaba a su lado, respirando lenta y regularmente. La habitación estaba a oscuras y las sábanas frescas le rozaban la piel.

Lo escuchó respirar durante mucho tiempo.

Pensó en quedarse. En cómo sería seguir allí cuando él despertara. Dejar que le preparara café. Permitir que le preguntara su nombre.

Solo sabía una cosa: había pasado tres años entregándoselo todo a un hombre que no le daba nada a cambio.

Y aquello había terminado.

Salió de la cama en silencio. Encontró el vestido en el suelo y se lo puso a oscuras. Después recogió los zapatos y el bolso.

Se movió con el sigilo que aprenden las mujeres cuando necesitan marcharse sin ser vistas.

Dorian se agitó en sueños.

Veyra se quedó quieta.

Él no despertó.

Lo contempló una última vez: la anchura de sus hombros en la oscuridad, la línea de la mandíbula, el cabello caído sobre la frente.

Después abrió la puerta y se marchó.

Esto es todo lo disponible por ahora.

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  1. Capítulo 1Capítulo 1 Uno
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Dos
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Tres

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