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Capítulo 2 La chispa en la oscuridad

El barro helado amenazaba con tragársela a cada paso. La lluvia no descendía en gotas, sino en cortinas violentas que azotaban los árboles del bosque ancestral, haciendo crujir las ramas más gruesas como si la mismísima naturaleza protestara por la injusticia cometida esa noche. Daphne caminaba con la vista nublada, arrastrando los pies descalzos sobre la hojarasca mojada y las piedras filosas que le laceraban la piel. Cada metro que se alejaba del corazón de la Manada Garra de Ébano era un tormento físico. La ruptura de un lazo de mates no era un simple desamor; era una mutilación del alma. El vínculo que la Diosa Luna había tejido entre ella y Killian había sido arrancado de cuajo por la voluntad del nuevo Alfa, dejando un abismo sangriento en su pecho que amenazaba con quemarle las entrañas. «¿Por qué?», se preguntaba en silencio, mientras el frío le entumecía las manos. «¿Por qué hacerme sentir el calor de su alma durante meses si al final me arrojaría a los perros?». Recordó la mirada de Killian en el altar. No había habido duda en sus ojos violeta, solo una determinación calculadora. Él había elegido el estatus, las tierras de la Manada Valle de Sangre y la mano de Vanessa por encima de la unión sagrada. La había sacrificado como si ella fuera una simple pieza insignificante en su juego de poder. Un rayo rasgó el cielo de la noche, iluminando por un segundo los contornos del bosque espeso. Daphne tropezó con una raíz expuesta y cayó de bruces contra un charco de agua congelada. Intento levantarse, apoyando las palmas de las manos en el fango, pero sus brazos temblaron violentamente antes de vencerse. No le quedaban fuerzas. La hipotermia avanzaba con rapidez por sus extremidades, robándole la sensibilidad de los dedos y volviéndole la respiración pesada y errática. Allí, acostada sobre la tierra húmeda, sintió cómo la vida se le escapaba gradualmente. Era la muerte del rechazo, el destino habitual de los omegas cuya alma gemela renegaba de ellos. Cerca del borde del territorio, donde las marcas de la frontera de la Garra de Ébano comenzaban a desvanecerse para dar paso a la tierra de nadie, Daphne apoyó la mejilla en el barro. Cerra los ojos parecía la opción más piadosa. El dolor en su pecho comenzaba a adormecerse, sustituido por una calma fría y seductora. «Está bien», pensó con amargura, sintiendo cómo sus labios tiritaban por última vez. «Si este es el destino que la Diosa me tenía reservado, lo acepto». Sin embargo, justo cuando la negrura total amenazaba con sofocar su conciencia, un estallido de calor brotó desde el centro de su cuerpo. No era el calor sofocante del lazo roto, ni la fiebre de la hipotermia. Era un latido diminuto, vibrante y feroz, que comenzó a resonar en la parte más profunda de su abdomen. Era una presencia tan viva y luminosa que pareció encender cada una de sus células moribundas. En la penumbra de su mente, donde su espíritu de loba permanecía acurrucado y sangrando por la traición, una voz suave pero imperiosa retumbó como un trueno de vida. «¡Despierta, Daphne!», exigió la loba interior, cuya silueta espiritual, antes debilitada, comenzó a brillar con un aura dorada y protectora. «¡No puedes rendirte aquí! ¡No tienes derecho a morir hoy!». Daphne intentó responder en su pensamiento, pero el cansancio la abrumaba: «No puedo más... Killian nos rompió. No me queda nada». «¡Nos queda todo!», rugió la loba con un orgullo ancestral que Daphne nunca le había escuchado. Su espíritu se erizó en la mente de la joven, envolviendo su vientre en un abrazo invisible. «Él nos desechó por creer que éramos débiles, pero la Diosa no nos ha abandonado. Siente... Siente lo que llevas dentro». El latido en su abdomen se hizo más claro, respondiendo al estímulo del espíritu animal. Un eco suave, pero inconfundible de una nueva existencia que luchaba por aferrarse a la vida. Daphne ahogó un gemido mientras la comprensión la golpeaba como una descarga eléctrica. «¿Qué... qué es esto?», balbuceó la mente de Daphne, sintiendo cómo una calidez purificadora comenzaba a extenderse por sus venas, deteniendo el avance del frío. «Es la semilla del Alfa», le reveló la loba con una mezcla de tristeza y ferocidad. «La noche anterior a la coronación, cuando él vino a ti en las sombras del jardín antes de tomar su decisión... la vida germinó en nosotras. Llevas en tu vientre a su heredero, Daphne. Un linaje sagrado que no merece perecer en este lodazal». Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Daphne, pero esta vez no eran de desesperación, sino de un choque absoluto. Recordó esa noche clandestina, las promesas a medio susurrar de Killian antes de que la ambición lo corrompiera por completo en el altar. Él la había tomado en la penumbra, y ahora, irónicamente, le había dejado el regalo más peligroso de todos. Si Killian o Vanessa se enteraban de que una omega expulsada llevaba en las entrañas al hijo de sangre pura del Alfa, no dudarían en cazarla para erradicar la amenaza a su legitimidad. «Tengo un hijo...», susurró Daphne para sí misma en la oscuridad del bosque. «Así es», confirmó la loba, transmitiéndole una fuerza renovada a través del vínculo espiritual. «Un niño que necesitará una madre fuerte, no una víctima que se deja morir bajo la lluvia. Levántate, Daphne. El Alfa nos dio la espalda, pero nosotras seremos la ruina de su orgullo». La chispa de vida en su vientre actuó como un catalizador. El instinto maternal, ancestral y primario, aplastó el dolor de la ruptura del lazo. La agonía no desapareció, pero se convirtió en un combustible helado. La tristeza que minutos antes la ahogaba comenzó a cristalizarse en un resentimiento acerado y calculador. Daphne clava las uñas en la tierra. Con un esfuerzo sobrehumano que le hizo crujir los dientes, volvió a flexionar los brazos. Ya no vio el barro como su tumba, sino como el punto de partida de su renacimiento. Se apoyó sobre las rodillas, tiritando violentamente mientras la lluvia continuaba cayendo sin piedad, lavando la sangre de sus pies y la humillación de su rostro. Lentamente, se puso de pie. Se llevó una mano temblorosa al abdomen, cubriéndolo con la tela empapada de su vestido gris, como si pudiera proteger a la diminuta criatura del viento voraz. Miró hacia atrás una última vez, fijando la vista en la dirección lejana donde las luces del salón de coronación de la Garra de Ébano aún brillaban en la noche. -Me rechazaste porque no era nada para ti, Killian -murmuró con una voz baja, rota por el esfuerzo, pero cargada de un veneno insospechado-. Pero este bebé vivirá. Y un día, me aseguraré de que te arrodilles ante todo lo que despreciaste. Dándoles la espalda definitivamente a las tierras de la manada que la había exiliado, Daphne dio el primer paso hacia el territorio neutral. La visión se le volvió borrosa por el agotamiento extremo, y tras avanzar apenas una docena de metros más entre la maleza, su cuerpo no resistió la sobrecarga y se desplomó inconsciente sobre un lecho de musgo, oculto bajo la sombra de un frondoso roble. La tormenta siguió rugiendo sobre el bosque, pero la chispa en su interior permaneció encendida, esperando el momento de reclamar su venganza.

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Lista de capítulos

75 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La sombra de la corona
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La chispa en la oscuridad
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La sombra del rey

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