/0/24046/coverbig.jpg)
Capítulo 3 La sombra del rey
La frontera de las tierras neutrales era un páramo donde ni la ley ni las piedad solían echar raíces. Allí donde los límites de las grandes manadas se desvanecían entre riscos de piedra y vegetación salvaje, solo la fuerza bruta dictaba quién vivía y quién moría. Aquella mañana, el aire tras la tormenta olía a ozono y tierra empapada. El viento matutino mecía los enormes abetos bajo un cielo de plomo cuando una comitiva de jinetes vestimos de cuero negro y armaduras de plata pulida se detuvo al borde del camino. A la cabeza del grupo, montando un imponente semental negro, permanecía un hombre cuya sola presencia imponía un silencio reverencial. Alistair, el Alfa Supremo de la Manada Real, dominaba el horizonte con sus hombros anchos y una mirada dorada tan penetrante que parecía capaz de leer la historia de las piedras. A su alrededor, el aura que desprendía no era solo la de un gobernante, sino la de un depredador dominante cuya línea de sangre no conocía la derrota. -Señor -intervino uno de sus capitanes de guardia, deteniendo su montura al lado de Alistair-. Los rastreadores indican que las patrullas de la Garra de Ébano estuvieron activas esta madrugada cerca del perímetro. El nuevo Alfa, Killian, parece estar asegurando sus fronteras tras la coronación. Alistair no respondió de inmediato. Su mirada astuta recorría el bosque con la precisión de un halcón. Había asistido de lejos a los movimientos políticos de la zona. Sabía que la Manada Garra de Ébano atravesaba una decadencia silenciosa y que Killian había sellado su destino al unirse a la Manada Valle de Sangre. De pronto, el caballo de Alistair relinchó con inquietud, levantando las orejas hacia un frondoso roble que se alzaba a pocos metros del límite neutral. -Hay un olor en el aire -murmuró Alistair. Su voz, grave y profunda, hizo que los guardias se pusieran en alerta de inmediato-. Sangre... y la agonía de un lazo roto. Sin esperar a su escolta, Alistair desmontó con una agilidad impresionante y caminó hacia la sombra del antiguo árbol. La maleza estaba aplastada y manchada de lodo. Al apartar las ramas bajas, los ojos del Alfa Supremo se fijaron en la figura inmóvil tendida sobre el musgo. Era una joven. Su vestido de lino gris, destrozado y cubierto de barro, no lograba ocultar la extrema fragilidad de su cuerpo. Tenía los pies cortados, las manos ateridas y el rostro pálido como la cera. Sin embargo, lo que detuvo el aliento de Alistair no fue su apariencia deplorable, sino el residuo de poder divino que aún flotaba sobre ella. Alistair se arrodilló al lado de la joven. Con dedos enguantados en piel fina, le retiró los mechones de cabello húmedo que le cubrían el rostro. Daphne yacía en el límite mismo de la muerte; su respiración era tan débil que apenas levantaba su pecho. -Un rechazo -susurró el capitán de la guardia, acercándose con la espada media desenvainada-. Es una omega desterrada de la Garra de Ébano, mi Señor. La ley dicta que los descartados por otras manadas en territorio neutral no son nuestra responsabilidad. Si muere aquí, los carroñeros se encargarán antes del anochecer. Alistair ignoró las palabras de su subordinado. Acercó su mano al cuello de Daphne para buscar su pulso, pero en el momento en que la yema de sus dedos rozó la piel de la muchacha, una descarga de energía dorada chispoteó entre ambos. El Alfa Supremo abrió los ojos de par en par, conteniendo un gruñido de sorpresa. No era la resonancia de un lazo de mates -su propia alma sabía que esa no era su pareja destinada-, pero era algo igualmente ancestral. Bajo la piel helada de esa omega agonizante, Alistair sintió la pulsación de una fuerza dormida, un linaje antiguo que había sido enterrado bajo capas de servidumbre. Pero lo más impactante no era el aura de la madre, sino la barrera de protección instintiva que rodeaba su vientre. Una diminuta pero feroz voluntad Alfa luchaba con garras invisibles dentro de ella para mantener con vida a la mujer. «Lleva la sangre del Alfa que la rechazó», comprendió Alistair de inmediato, mientras una sonrisa calculadora y fascinada se dibujaba en sus labios. «Y sin embargo, su propia esencia es mucho más sagrada de lo que ese muchacho orgulloso de Killian pudo jamás imaginar. La Diosa Luna no regala semejante poder a una simple servidora». Daphne dejó escapar un débil gemido de agonía desde las profundidades de su inconsciencia. Su mano temblorosa, movida por un instinto primario de supervivencia, se alzó débilmente y se aferró a la manga de la armadura de Alistair. -Salva... salvación... -susurró ella entre sueños, con la voz rota por la fiebre-. Mi... hijo... Alistair observó los dedos de Daphne apretando su armadura con una terquedad asombrosa. En ese gesto desesperado vio algo que respetaba por encima de todo: la voluntad indomable de sobrevivir. Killian había arrojado a la basura lo que podría haber sido el tesoro más grande de su manada por pura ceguera política. El Alfa Supremo no creía en las casualidades. Que esta mujer hubiera venido a caer exactamente a sus pies en la frontera no era un accidente; era un regalo de la diosa Luna para cambiar el tablero del continente. -Preparen el carruaje médico -ordenó Alistair, levantándose con elegancia mientras tomaba el cuerpo liviano de Daphne en sus brazos, acunándola contra su pecho con una firmeza protectora. -¿Señor? -el capitán lo miró con desconcierto-. ¿Llevaremos a una repudiada a la capital real? Si el Alfa Killian se entera de que acogemos a una renegada de su manada, podría considerarlo una afrenta diplomática. Alistair miró a su capitán con una severidad que hizo que el soldado bajara la cabeza al instante. -Que Killian lo considere como quiera -sentenció el Rey Alfa, acomodando la capa sobre el cuerpo tiritante de Daphne para resguardarla del viento-. Ese joven estúpido ha cometido el peor error de su vida al despreciar esta gema. Ella ya no pertenece a la Garra de Ébano. A partir de hoy, esta mujer está bajo la sombra y la protección absoluta del Imperio Real. Alistair caminó hacia la comitiva sosteniendo a Daphne. Mientras la acomodaba con cuidado sobre los cojines del carruaje e instruía al curador de la corte para que usara las medicina más raras en salvar la vida del bebé y de la madre, el Alfa Supremo observó el rostro dormido de la joven. -Descansa, pequeña -murmuró Alistair, acariciando la frente afiebrada de Daphne con inusual gentileza-. Sanarás, te fortalecerás y aprenderás el verdadero peso del poder. Y cuando estés lista... yo mismo te daré el ejército que necesitas para hacer temblar al Alfa que te rompió el corazón. El carruaje real puso marcha hacia el norte, dejando atrás el territorio de la Garra de Ébano y la tormenta que había marcado el final de la antigua vida de Daphne. En el silencio de la marcha, la chispa en el vientre de la joven madre latió con fuerza renovada, protegida al fin por el hombre más poderoso del mundo.
Lista de capítulos
75 capítulos en total
/0/25383/coverbig.jpg)
/0/17548/coverbig.jpg)
/0/17467/coverbig.jpg)
/0/3224/coverbig.jpg)
/0/5415/coverbig.jpg)
/0/9871/coverbig.jpg)
/0/23455/coverbig.jpg)
/0/24478/coverbig.jpg)
/0/27162/coverbig.jpg)
/0/27199/coverbig.jpg)
/0/26489/coverbig.jpg)
/0/26897/coverbig.jpg)