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Capítulo 2 La esclava de sangre

Esa noche compré mucho más de lo que necesitaba; en algo tenía que gastar la cantidad obscena de dinero que ganaba cada mes a raíz de mis muchas “donaciones” no tan voluntarias que recibía mes a mes, humanos que sabían de mí y por miedo me pagaban a cambio de un día más de vida, y vampiros de menor rango que pagaban por protección; todos recibíamos lo que queríamos. Como sea, guardé las bolsas en el auto y, al llegar a casa, mis sirvientes llevaron mis compras a mi habitación. En cuanto entré, una criada me anunció que mi cena estaba servida, me acompañó al comedor y ahí había una joven de unos 20 años, amarrada a la silla, amordazada y con los ojos vendados. Me acerqué a ella y le quité la mordaza y la venda de los ojos. —Por favor, no me hagas daño —dijo en cuanto tuvo la boca libre. —Shhh. —Dije poniendo un dedo en sus suaves labios- Esto dolerá solo un poco -iba a morderla pero ella no dejaba de chillar, lo cual me molestó así que usé mi encanto para hacerla callar- así está mejor -agregué acariciando su mejilla, tomé su cabeza con una mano y su hombro con la otra, ladeando, su cabeza para tener más acceso a su cuello, la mordí y ella lanzó un grito de dolor, su sangre era algo único, algo que no se encontraba facilmente, me detuve antes de desangrarla, no podía desperdiciar una sangre tan sabrosa en una sola cena. -¿Cómo te llamas humana? -Elisa, majestad -Dijo con un hilo de voz -Dime, Elisa ¿Quieres seguir con vida? -Sí, claro que quiero. -Bien, entonces conviertete en mi esclava de sangre, -¿Esclava de sangre? ¿Qué es eso? suena peligroso. -No lo es, en lo absoluto, si te conviertes en mi esclava de sangre, mis mordidas no te doleran; tendrás todos los lujos que puedas imaginar, estarás siempre a mi lado, lo cual significa que te llevaré a viajes y lugares que ni siquiera sabías que existían. -¿Cual es el truco? -Ninguno, si sigues las reglas todo eso será tuyo. -¿Y cuales son esas reglas? -Dijo con desconfianza. -Simple, una esclava de sangre debe siempre estar dispuesta a alimentar a su ama, en cualquier situación, a cualquier hora, tu único proposito debe ser alimentarme, de ahí el nombre de esclava de sangre, segundo, no puedes desobedecer y debes estar dispuesta a obedecer todas mis ordenes, si no me obedeces de inmediato sentirás un dolor intenso en tu pecho hasta que obedezcas y como último punto, si desobedeces más de 3 veces seguidas, a la tercera, sufrirás un muerte lenta y dolorosa. Pero estarás bien si eres obediente y sumisa. -¿Por qué me lo preguntas? Sé que los vampiros pueden obligar a la gente controlando la mente de los humanos. -Porque quiero que sea tu decisión, más allá de la amenaza persuasiva, tu eliges, someterte o morir ahora mismo… -Sin presión, ¿eh?- dijo con una sonrisa nerviosa- no quiero morir, así que supongo que no tengo opción, seré tu esclava. Me sorprendió la calma con la que aceptó su destino, pero era como ella había dicho, no tenía opción. -¿Estás segura? quiero que seas mi esclava por convicción, no por temor a que te mate. -Estoy segura de que no quiero morir, trataré de ser una buena esclava para usted. -Perfecto, dame tu mano- Dije después de desamarrarla, ella dudó pero finalmente tomó mi mano, yo la tomé del brazo y enterré mis uñas en su brazo, ella no se quejó pero puso una expresión de mucho dolor, tres tatuajes con forma de gotas de sangre aparecieron en su antebrazo- Esas gotas son el recuerdo de que debes ser obediente y complaciente, cada vez que desobedezcas o te niegues a hacer algo una de esas gotas se borrará con un dolor insoportable, si se borra la última, ya sabes que pasara. -Si majestad, no se preocupe seré una buena esclava. -eso espero  Los primeros días con Elisa fueron… curiosos. Esperaba miedo constante, sumisión automática, obediencia mecánica. Y sí, había obediencia. Pero lo que comenzó a llamar mi atención no fue eso. Fue la forma en que me miraba. No era solo temor. Era fascinación. La primera vez que la llamé a mi habitación, llegó casi de inmediato. Llevaba un vestido sencillo que le habían dado las criadas, el cabello aún húmedo por el baño. —¿Me llamó? Majestad —dijo, inclinando la cabeza. La observé unos segundos. —Sí. Acércate. No dudó. Cuando estuvo frente a mí, tomé su mentón con delicadeza y ladeé su rostro. Su pulso se aceleró bajo su piel. Podía oírlo. Sentirlo. —¿Sigues teniendo miedo? —pregunté en voz baja. —Sí… —admitió—. Pero ya no es solo eso. —¿Ah, no? —También… hay admiración y… curiosidad. Sonreí apenas. —Eso puede ser peligroso. No respondió. No se apartó. No tembló. Sonreí satisfecha, Incliné mi rostro hacia su cuello y la mordí. Esta vez no gritó. Un leve suspiro escapó de sus labios, tenso al principio… pero luego distinto. Su cuerpo se relajó lentamente, como si comenzara a acostumbrarse, como si lo hubiera estado esperando con ansias. Bebí con calma, controlando cada gota. Su sangre seguía siendo exquisita, casi adictiva. Cuando me aparté, ella abrió los ojos despacio. —No dolió tanto… —susurró. —Te lo dije. La sostuve un segundo más antes de soltarla. —Te estás adaptando rápido. —Quiero hacerlo bien. Esa respuesta… me agradó más de lo que debería. Con el paso de los días, Elisa dejó de ser solo una fuente de alimento. Se convirtió en una presencia constante. A mi lado en el comedor. A mi lado en los pasillos. A mi lado incluso en momentos inesperados. Una tarde, mientras revisaba documentos en mi despacho, sentí la necesidad. No esperé. —Elisa. —Sí, majestad. Se acercó de inmediato, dejando lo que estaba haciendo. Sin decir nada más, la tomé del brazo y la acerqué a mí. Ni siquiera preguntó. Solo inclinó levemente la cabeza, ofreciéndose. Como debía ser. Como había prometido. Me alimenté de ella allí mismo, entre papeles y decisiones importantes, como si fuera lo más natural del mundo. Y, para mí… empezaba a serlo. Pero algo más estaba cambiando. No solo en mí. En ella. Su forma de caminar se volvió más segura. Su voz, más firme. Su mirada… más intensa. Ya no era solo obediencia. Era devoción. Y eso requería algo más que simples vestidos de sirvienta. —Prepárate —le dije una mañana. —¿Majestad? —Saldrás conmigo. Sus ojos se abrieron con sorpresa. —¿A la ciudad? —¿Prefieres quedarte? —No —respondió rápido—. Quiero ir. Asentí. —Entonces compórtate como lo que eres. —¿Y qué soy? —preguntó con cautela. Me acerqué a ella, acomodando un mechón de su cabello detrás de su oreja. —Mi esclava de sangre, debes estar orgullosa de serlo. Tragó saliva, pero no apartó la mirada. —Sí, majestad. La ciudad se sentía distinta con ella a mi lado. Caminaba medio paso detrás de mí, como correspondía, pero no como una sirvienta cualquiera. Las esclavas de sangre eran otra cosa. Más cercanas. Más valiosas. Más… visibles. Entramos en varias boutiques exclusivas. Los humanos nos atendían con una mezcla de admiración y nerviosismo, sin entender del todo por qué mi acompañante recibía un trato tan distinto al resto. —Este —dije, señalando un vestido oscuro—. Y ese. Elisa observaba todo con asombro contenido. —¿Todo esto es para mí? —No vas a caminar a mi lado vestida como una criada común. —Gracias… majestad. La miré de reojo. —Acostúmbrate, esto es solo el principio, sientete libre de pedir lo que quieras. En el probador, cuando salió con el primer vestido, se detuvo frente a mí, insegura. —¿Está bien? La recorrí con la mirada. Encajaba. Más de lo que esperaba. —Sí —respondí—. Empiezas a parecer lo que eres. Sus mejillas se sonrojaron levemente. Y sonrió. No una sonrisa temerosa. Sino… orgullosa. Esa noche, de regreso en el castillo, caminamos juntas por los pasillos. Elisa cargaba algunas de las bolsas, a pesar de que no era necesario. Insistía en hacerlo. —Majestad —dijo de pronto. —Habla. Dudó un segundo. —¿Puedo hacer una pregunta? —Claro. —¿Las esclavas de sangre… siempre están tan cerca de sus amas? —Sí. —¿Y… hablan con ellas? ¿Les cuentan cosas? La miré de reojo. —Algunas. —Entonces… ¿podría…? Se detuvo, buscando las palabras. —¿Podría ser algo más que solo… su alimento? Me detuve. El silencio se extendió entre nosotras. Me giré lentamente hacia ella. —Eso depende de ti, Elisa. Su respiración se volvió más lenta, más expectante. —Las esclavas de sangre que permanecen… —continué— son las que saben escuchar… y guardar silencio. —Puedo hacerlo. —También son las que no traicionan. —No lo haré. La observé unos segundos más. Había determinación en su mirada. Y algo más. Algo que crecía cada vez que la miraba. —Entonces… quizás —dije finalmente— puedas convertirte en algo más. Elisa bajó la cabeza, pero no para ocultarse. Sino como una promesa. —No la decepcionaré, majestad. Retomé el camino. Y, como siempre… Ella me siguió.

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Lista de capítulos

26 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El encuentro
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La esclava de sangre
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Lobo faldero

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