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Capítulo 2

A las seis de la mañana, la casona Sandoval era un hervidero de actividad. Las peinadoras ajustaban las peinetas de carey, el sastre acomodaba los últimos pliegues del velo de seda de tres metros y la tía Eugenia corría de un lado a otro verificando que los arreglos de orquídeas blancas estuvieran listos para el carruaje. Alessandra, sentada frente al tocador, lucía radiante pero serena, con esa belleza atemporal que solo da la ilusión de un amor sincero. A las nueve en punto, los carruajes de gala avanzaron por la avenida principal hacia la catedral metropolitana. A lo largo del trayecto, la gente del pueblo y miembros de la sociedad salían a las aceras para ver pasar a la joven heredera. El repicar continuo de las campanas retumbaba en el aire, anunciando la ceremonia que uniría dos de las familias más prominentes de la ciudad. El carruaje de Alessandra se detuvo frente a las escalinatas de piedra de la catedral. El piso estaba alfombrado de rojo y flanqueado por arreglos florales monumentales. Cuando el chofer le abrió la puerta, Alessandra tomó la mano de su tío consorte para ascender las escalinatas, sintiendo que cada paso la acercaba al futuro próspero que su padre siempre deseó para ella. Sin embargo, al atravesar los enormes portones de bronce del templo, un murmullo helado recorrió las naves laterales. Las bancas estaban abarrotadas por más de trescientos invitados vestidos de riguroso chaqué y vestidos de fiesta, pero en el presbiterio no había nadie. El altar estaba iluminado por decenas de cirios, pero el espacio destinado al novio permanecía desierto. El sacerdote aguardaba a un costado, con las manos cruzadas sobre el alba y un rostro desencajado que presagiaba lo peor. -¿Qué significa esto? -susurró la tía Eugenia, abriéndose paso bruscamente entre los invitados mientras el murmullo de la multitud crecía como una marea-. ¿Dónde está Rodrigo? ¿Alguien ha visto a los Montenegro? Alessandra se quedó petrificada en el pasillo central, sosteniendo el ramo de azahares entre las manos. Su corazón comenzó a latir con una fuerza ensordecedora. La mirada de lástima de las matronas de la alta sociedad y las sonrisas burlonas disimuladas tras los abanicos empezaron a quemarle la piel. En ese instante, las pesadas puertas de la sacristía se abrieron. El abogado de la familia Sandoval, don Aurelio Paredes, caminó hacia Alessandra con paso apresurado. Su rostro, habitualmente severo y profesional, lucía pálido y sudoroso. Traía en la mano un telegrama y una carpeta de cuero negro. -Señorita Alessandra... por favor, acompáñeme a la sacristía de inmediato -pidió el abogado en un murmullo urgente. -Dígalo aquí, don Aurelio -respondió Alessandra, con una voz que sorprendió a todos por su firmeza, aunque los nudillos se le habían puesto blancos de tanto apretar las flores-. ¿Dónde está mi prometido? El abogado dudó un segundo, mirando a la multitud que contenía el aliento. -El señor Rodrigo Montenegro no va a venir, señorita. Se ha emitido un informe de la estación central de ferrocarriles... Abordó el tren expreso del norte a las cinco de la mañana. Y no iba solo. La señorita Valeria, su prima, viajaba en el mismo compartimento de primera clase. Un ahogado grito de horror se escapó de la garganta de la tía Eugenia, quien tuvo que ser sostenida por dos caballeros antes de desmayarse sobre una banca. Murmullos de escándalo e incredulidad detonaron por toda la catedral. Alessandra no se desmayó. Tampoco soltó una sola lágrima. El aire en sus pulmones se volvió de hielo. -¿Hay algo más, abogado? -preguntó ella, manteniendo la espalda erguida como una columna de mármol. Don Aurelio bajó la vista, abriendo la carpeta de cuero. -Lamento informarle que esta madrugada se ejecutaron varias órdenes de cobro presentadas por apoderados de Rodrigo Montenegro. Valiéndose de las cartas de poder que usted le firmó la semana pasada para la logística de la boda, vació las tres cuentas bancarias principales de la empresa en la capital y solicitó una hipoteca exprés sobre los terrenos ganaderos del sur. Se ha llevado casi todo el capital líquido de la herencia. La multitud estalló en murmullos indignados. La humillación era absoluta; no solo la habían dejado plantada frente a toda la ciudad, sino que la habían despojado de la mitad de su patrimonio a ojos de todos. Alessandra permaneció inmóvil durante diez interminables segundos. El dolor que amenazaba con destrozarle el pecho en mil pedazos fue consumido al instante por una furia fría, oscura y desmedida. Miró el ramo de azahares que llevaba en las manos -símbolo de su ingenuidad y entrega- y lo arrojó al suelo con desprecio, pisoteándolo con el taconazo de su zapatilla de seda. Se giró lentamente hacia el altar y luego hacia los trescientos invitados que la observaban atónitos. -La boda se cancela -anunció Alessandra. Su voz resopló con una potencia sobria que hizo eco en la nave central de la catedral-. Agradezco la presencia de todos. Pueden retirarse a sus casas a comentar la comedia. Sin esperar a nadie, dio media vuelta. Levantó la pesada cola del vestido para no tropezar y caminó hacia la salida con la cabeza en alto, la mirada fija al frente y el rostro transformado en una máscara de piedra. Al llegar a la casona, la servidumbre la miraba en absoluto silencio. Alessandra subió directamente a su recámara, cerró la puerta con llave y se paró frente al gran espejo donde horas antes soñaba con ser esposa. Se despojó de la tiara de perlas con violencia, arrojándola contra el cristal, el cual se fracturó en una telaraña de grietas. Con un tirón seco, rompió el encaje del escote y se desabrochó el vestido de novia, dejándolo caer al suelo como un cadáver de seda blanca. Jacinta tocó a la puerta desesperada desde el pasillo. -¡Niña Alessandra! ¡Abra por favor, mi vida! ¡No se quede sola con ese dolor! Alessandra abrió la puerta. Ya no vestía de novia; llevaba puesto un traje de montar de paño oscuro, botas de cuero rígido y el cabello recogido en una trenza apretada sobre la nuca. En sus ojos ya no había rastro de la joven dulce que sonreía al sol de la mañana; solo quedaba un abismo impenetrable. -Preparen el equipaje de viaje, Jacinta -ordenó con una serenidad que infundía miedo-. Y que traigan el carruaje ligero. -¿A dónde vamos, mi niña? -preguntó la anciana, enjugándose las lágrimas. -Nos vamos a La Herradura. A partir de hoy, la capital ya no existe para mí. -Pero allá en el campo no hay nadie para defenderte... Ese capataz Villaseñor y los peones son hombres rudos, no van a aceptar las órdenes de una mujer sola. Alessandra se ajustó los guantes de piel sobre las manos, mirándose las palmas con detenimiento. -Entonces aprenderán -sentenció Alessandra-. Rodrigo Montenegro cree que me dejó en la ruina y destruida. Se equivocó. Me quitó el dinero de las cuentas, pero la tierra sigue siendo mía. Y voy a hacer que esa hacienda rinda hasta el último centavo para ir a buscarlo al fin del mundo si es necesario. Dos horas más tarde, el carruaje ligero de los Sandoval cruzaba los límites de la capital, dejando atrás las murmuraciones de la sociedad, los azahares marchitos en el suelo de la catedral y los restos de una mujer que había muerto ese mismo mediodía. Camino al norte, el carruaje se internó en los caminos polvorientos que conducían a las tierras indomables. La guerra por el honor y por La Herradura estaba a punto de comenzar.

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  1. Capítulo 1Capítulo 1
  2. Capítulo 2Capítulo 2
  3. Capítulo 3Capítulo 3

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