/0/9449/coverbig.jpg)
Capítulo 3
El carruaje avanzaba por el sendero empedrado hacia la estación de trenes bajo la luz vacilante de las primeras horas de la madrugada. Dentro del compartimento privado de primera clase, el silencio no transmitía la paz del triunfo, sino una tensión sofocante. Rodrigo ajustaba los gemelos de oro de sus puños frente al espejo de cortesía, revisando con minucia los cheques de caja y las escrituras provisionales que guardaba en su maletín de cuero. A su lado, recostada contra el tapizado de terciopelo azul, Valeria mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho. Su respiración era agitada, y los nudillos de sus manos lucían blancos de tanto apretar el abanico de marfil que terminó rompiéndose entre sus dedos con un crujido seco. -Dejas de manosear esos papeles un solo segundo -espetó Valeria, con la voz ahogada por una rabia contenida que amenazaba con desbordarla-. Me estás volviendo loca. Rodrigo ni siquiera la miró. Guardó los documentos con una calma exasperante y cerró el broche de bronce del maletín con un golpe seco. -Es el dinero que nos asegurará la vida en el norte, Valeria. Modera tu vocabulario y bájale al drama. Ganamos. -¿Ganamos? -repitó ella, dejando escapar una risa amarga y estridente que resonó en el reducido espacio del vagón-. ¡Tú ganaste! Tú te llevas el efectivo, los títulos de propiedad y el orgullo intacto. Mientras tanto, ¿qué me queda a mí? ¿Crees que me satisface huir como una ladrona a escondidas en la noche? ¡Yo quería verle la cara! Valeria se puso de pie bruscamente, el vuelo de su vestido de seda verde chocado contra la pequeña mesa del compartimento. Tenía los ojos inyectados en sangre, encendidos por un odio añejo que la devoraba por dentro. -¡Yo quería estar en esa catedral! -gritó, clavándole los dedos en el hombro a Rodrigo para obligarlo a mirarla-. Quería estar parada en el coro, en primera fila, para ver cómo se le deshacía la sonrisa de niña buena cuando el cura anunciara que no ibas a llegar. Quería verla arrastrarse por el pasillo central, rodeada de toda esa alta sociedad que siempre la trató como a una reina mientras a mí me miraban como a la prima huérfana que recogieron por lástima. -Valeria, te estás perdiendo en estupideces -respondió Rodrigo con frialdad, apartando su mano con desprecio-. Quedarnos un segundo más en la ciudad era un riesgo innecesario. El abogado Paredes habría actuado rápido. Lo importante era la jugada financiera, no tu espectáculo. -¡A mí no me importa el dinero! -rugió ella, dejando que las lágrimas de una furia descontrolada le mancharan el rostro perfectamente maquillado-. ¡A mí me importa destruirla! Desde el día en que mi tío me trajo a esa maldita casa, he tenido que tragarme el odio de ver cómo a ella le daban todo sin mover un solo dedo. Los vestidos importados, las joyas, la devoción de los sirvientes... ¡Y hasta a ti! Tuve que aguantar que la besaras, que le dijeras que la amabas, que le hicieras el amor en la mente mientras a mí me citabas en el despacho como a una cualquiera. Valeria se dejó caer sobre el asiento, cubriéndose el rostro con las manos mientras sus hombros se sacudían violentamente por el llanto. No era un llanto de arrepentimiento; era la rabia pura de quien descubre que ni siquiera la traición le otorgaba la victoria completa. -No la destruiste, Rodrigo... -murmuró entre sollozos envenenados, levantando la mirada para fijarla en él con una mueca de desprecio-. La humillaste hoy, sí. Pero Alessandra es como su padre. Esa mujer no se va a morir de amor. No va a llorar en un rincón. Se va a ir a La Herradura y va a reconstruir cada centavo que le quitamos. Y el día que sepa que no pudo tenerte, pero que tampoco logró aplastarme... nos va a cazar. Rodrigo encendió un cigarrillo con parsimonia, soltando el humo denso hacia el techo del vagón mientras el tren dejaba escapar un silbato sordo y comenzaba a moverse sobre los rieles. -Que lo intente -dijo él con una sonrisa oscura-. En La Herradura la espera la tierra seca, un capataz que no recibe órdenes de nadie y la ruina total. Alessandra ya no es nadie. Valeria miró por la ventana la silueta de la capital alejándose en la penumbra de la madrugada. Apretaba los dientes con tal fuerza que sentía el sabor metálico de la sangre en su boca. Por dentro, el veneno de la envidia la consumía entera: sabía que mientras Alessandra Sandoval siguiera respirando y conservara un solo metro de tierra, ella jamás sería completamente libre.
Lista de capítulos
20 capítulos en total
/0/25978/coverbig.jpg)
/0/26151/coverbig.jpg)
/0/22986/coverbig.jpg)
/0/9583/coverbig.jpg)
/0/24126/coverbig.jpg)
/0/26745/coverbig.jpg)
/0/26827/coverbig.jpg)
/0/26849/coverbig.jpg)
/0/26391/coverbig.jpg)
/0/26848/coverbig.jpg)
/0/23840/coverbig.jpg)
/0/23907/coverbig.jpg)