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Capítulo 1 Fuera de lugar

El timbre sonó y la estampida habitual me agarró a mitad de camino para guardar las cosas. No tenía ninguna prisa por salir, pero tampoco quería quedarme a solas. Guardé el cuaderno en la mochila, subí el cierre y me colgué la tira al hombro, lista para salir rápido con el grupo del fondo. -Señorita, un segundo antes de que se vaya -dijo él desde el escritorio. Me detuve en seco cerca de la puerta. Me giré despacio, sintiendo la mirada de dos compañeras que pasaron a mi lado entre risitas. Apreté la correa de la mochila contra mi pecho. -¿Sí, profesor? -preguntó apenas audible. Él no levantó la vista de inmediato. Siguió firmando unas hojas con parsimonia, el bolígrafo haciendo un chasquido metálico cada vez que terminaba una hoja. La luz de la tarde entraba inclinada por la ventana, marcando las facciones de su cara y la sombra de su barba de un par de días. -Cierre la puerta, por favor. Hay demasiado ruido en el pasillo. Dudé un segundo. La petición era simple, pero el gesto de dejar la madera cerrada me provocó un nudo extraño en la garganta. La empujé despacio hasta escuchar el golpe del pestillo. Cuando me di la vuelta, él ya se había puesto de pie. Llevaba los brazos cruzados y se apoyaba en el borde de su mesa. -Su rendimiento en las últimas lecturas ha bajado bastante -comentó con tono neutro-. En clase parece ausente. -He tenido semanas complicadas, nada más -respondí de inmediato, mirando el suelo cerca de sus zapatos de vestir. -Míreme cuando le hablo. La orden no fue fuerte, pero tenía una gravedad que me obligó a alzar la cabeza. Me encontré con sus ojos oscuros, fijos en mí, analizando cada uno de mis movimientos. El silencio en el aula de repente se volvió enorme. -No me gusta hablarle a la nada -continuó, dando un par de pasos hacia mí. Se detuvo a una distancia que todavía parecía profesional, pero que para mí se sentía demasiado corta-. Si hay algo que le impide concentrarse en mi materia, prefiero que me lo diga ahora. -No hay nada, de verdad -dije, sintiendo cómo se me ponían las orejas calientes por la pura vergüenza de estar recibiendo un regaño a solas. Él inclinó levemente la cabeza, observando la forma en que yo apretaba la mochila contra mi cuerpo, como si intentara usarla de escudo. -Está nerviosa -observó en voz baja, casi para sí mismo. -No estoy... -Está a la defensiva -me interrumpió con suavidad, cortando mi excusa. Estiró la mano y, sin rozarme la piel, tocó apenas la tira de mi mochila para hacer presión hacia abajo-. Deje eso en la mesa. No la voy a regañar, solo quiero entender qué le pasa. El leve contacto de sus dedos cerca de mi hombro hizo que se me erizara el cuello. No entendía por qué su presencia me pesaba tanto ni por qué la idea de dejar la mochila me hacía sentir expuesta, pero no fui capaz de negarme.

Salí del edificio caminando más rápido de lo normal, con la sensación absurda de que las piernas me temblaban. La tira de la mochila me pesaba en el hombro y el aire fresco de la tarde apenas me sirvió para bajar la calentura de las mejillas. No había pasado nada en el salón, nada objetivo a lo que pudiera agarrarme para justificar el nudo que traía en el estómago, pero la forma en que él me había mirado se me había quedado grabada debajo de los párpados. Cuando llegué a mi cuarto, tiré la mochila en una esquina y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Me quedé mirando el techo blanco en silencio. ¿Por qué me había puesto tan nerviosa? Era solo un profesor preguntando por mis notas, pero el tono de su voz y la distancia corta que había guardado no salían de mi cabeza. Me pasé la mano por el cuello, justo donde la manga de su camisa casi me había rozado, sintiendo un cosquilleo ridículo. El vibrador del celular en la mesa de noche me sacó de golpe de mis pensamientos. Era Sofía. -No sabes lo que acaba de pasar -soltó en cuanto contesté, sin siquiera saludar. Se le escuchaba la voz agitada y una risita entrecortada de fondo-. Casi nos atrapan. -¿De qué hablas? ¿Dónde estás? -En el auto de Mateo, estacionados a dos cuadras de la facultad -dijo bajando el volumen, aunque no podía ocultar la emoción-. Literalmente acabamos de hacerlo en el asiento trasero. Tengo la espalda destruida pero valió cada segundo. Me senté en la cama, pasándome la mano por el pelo, sin saber muy bien qué decir. -Sofía, están locos, las cámaras del parqueo... -Ay, por favor, no seas tan aburrida -me interrumpió riendo-. El riesgo lo hace diez veces mejor. Deberías intentarlo alguna vez en lugar de pasarte las tardes encerrada estudiando. Ah, cierto, se me olvidaba que nuestra niña santa sigue intacta. El comentario me cayó como un balde de agua fría. Apreté el teléfono contra la oreja, sintiendo un ardor punzante de vergüenza. -No soy ninguna niña santa. -Bueno, técnicamente sí -se burló con cariño, pero el dardo igual me dolía-. Con diecinueve años y ni un solo beso decente que contar. Mateo dice que te falta alguien que te desordene un poco para que te quites esa timidez. No le respondí. Me quedé en silencio mientras ella seguía hablando de lo increíble que había sido y de los detalles del auto. Sin embargo, mi mente no estaba en Mateo ni en las historias de Sofía. Casi de manera involuntaria, la imagen del profesor Aranda cerrando la puerta del aula volvió a mi cabeza, junto con la forma tan firme en que me había ordenado mirarlo. Un escalofrío lento me bajó por la espalda. ¿Qué me parecería emocionante a mí?

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Lista de capítulos

34 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Fuera de lugar
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El roce deliberado
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Bajo su mando

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