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Capítulo 3 Bajo su mando
La madera fría de la mesa traspasó la tela delgada de mis jeans, pero el calor que emanaba del cuerpo del profesor Aranda me envolvía por completo. Estar sentada en el borde del escritorio me ponía casi a la altura de su rostro, con las piernas abiertas obligatoriamente para hacerle espacio entre ellas. La posición me hacía sentir expuesta, vulnerable de una forma que nunca había experimentado. Él no tenía prisa. Apoyó ambas manos a los lados de mis caderas, encerrándome entre sus brazos. El brillo dorado de su alianza matrimonial volvió a cruzarse en mi campo de visión, recordándome exactamente dónde estábamos y quién era él. -Mírate -dijo con esa voz grave y pausada que resonaba directo en mi pecho-. Te tiemblan las manos, tienes la respiración descontrolada y no puedes sostener la mirada más de tres segundos. Intenté hablar, pero la garganta se me había cerrado. El aire del salón se sentía denso, pesado, cargado con el olor a su perfume y el rastro de mi propia excitación. -No te pongas así solo por estar a solas conmigo -continuó, inclinándose un poco más hacia mí hasta que su aliento me rozó la mejilla-. Reaccionas así porque reconoces mi autoridad. Sabes que aquí mando yo, dentro y fuera del aula. Tu cuerpo lo sabe antes de que tu mente lo acepte. Su mano derecha dejó la mesa y subió lentamente por mi muslo. El peso de su palma sobre mi pierna era firme, marcando cada centímetro que avanzaba. Me estremecí de la cabeza a los pies. -¿No es verdad? -insistió, apretando los dedos alrededor de mi muslo con la fuerza justa para dejar en claro su control-. Responde. -Sí, profesor... -susurré, rindiéndome por completo al tono de su voz. Una ligera sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Bajó la cabeza y volvió a buscar mi boca, pero esta vez con una parsimonia calculadora. Me besó sin apuro, sujetando mi nuca para mantener mi cabeza fija en su lugar. Su lengua se abrió paso con autoridad, dominando cada rincón de mi boca mientras me obligaba a responder al ritmo que él imponía. Mientras me besaba, su mano libre desabrochó con agilidad el botón de mis jeans. El sonido del cierre deslizándose hacia abajo sonó alto en el silencio del aula. Se me cortó el aliento. Sentí la frialdad del aire entrando en el pantalón, seguido de inmediato por el calor de sus dedos buscando por debajo de la tela. Desplazó la mano sobre la tela fina de mi ropa interior. La humedad que me cubría era evidente, imposible de ocultar. -Mira cómo estás -murmuró al separarse de mis labios, dejando que su aliento cálido golpeara la piel de mi cuello-. Tan callada y reservada en las tres primeras filas, y ahora estás completamente empapada solo porque te ordene estarte quieta. El ardor de la vergüenza se mezcló con un chispazo eléctrico que me recorrió el vientre. Pasó un dedo sobre la tela humedecida, presionando el centro exacto de mi deseo. Un gemido agudo se me escapó de entre los labios, pero él reaccionó de inmediato; llevó su mano a mi boca, cubriéndome la cara con la palma para ahogar el sonido. -Silencio -ordenó en un susurro firme contra mi oído-. No queremos que nadie en el pasillo escuche lo obediente que eres. Asentí con la cabeza sobre su palma. Sus dedos se metieron finalmente por debajo del elástico de mi panty. Cuando tocó mi piel desnuda, sentí una corriente intensa que me hizo arquear la espalda. Deslizó un dedo hacia abajo, hundiéndolo despacio entre mis pliegues empapados. La sensación de su tacto experimentado, combinado con la dureza de su postura, disolvió cualquier rastro de mi timidez. Movió el dedo con un ritmo constante, sabiendo exactamente dónde presionar y qué fuerza aplicar. La fricción envió oleadas de calor directo a mi pelvis. Me tomé de sus hombros con desesperación, enterrando las uñas en la tela de su saco mientras intentaba seguir el movimiento de su mano, pero él usó su otra mano en mi cintura para mantener caderas fijas. -No te muevas -dijo-. Yo marco el ritmo. Tú solo recibe lo que te doy. Sacó la mano de mi ropa interior y se enderezó. Mis ojos, nublados por el deseo, lo siguieron mientras se llevaba los dedos a los labios para probar la humedad que me había sacado. El gesto fue tan directo, tan cargado de dominio, que mi corazón dio un vuelco salvaje. Sin perder el contacto visual, Aranda se desabrochó el cinturón con movimientos precisos y bajó el cierre de su pantalón. Liberó su miembro, ya erecto y firme, que se mostraba con una presencia imponente en la penumbra del salón. Nunca había visto algo así tan cerca. La escala de su experiencia contra mi absoluta inexperiencia me infundió un vértigo que me hizo apretar los muslos. Él notó mi duda y no esperó. Agarró mis piernas por la parte posterior de las rodillas y las abrió de par en par, acomodándome en la orilla exacta de la madera. Se acercó hasta que la punta de su miembro rozó mi entrada húmeda. -Mírate -repitió, obligándome a sostener su mirada severa-. Esta es la lección de hoy. Vas a aprender a someterte. Presionó hacia adelante. La cabeza dura de su miembro comenzó a abrirse paso despacio. El dolor inicial del estiramiento me hizo soltar un sollozo ahogado; la estrechez de mi cuerpo se resistía ante su tamaño. Me puse rígida y apreté los hombros, pero él no se detuvo, solo bajó la velocidad para mantener una presión constante e inexorable. -Relájate -ordenó con voz grave, sujetándome la barbilla con firmeza para que no desviara la cara-. Deja que me acomode. Eres mía en este momento. Sus palabras parecieron desbloquear algo en mi interior. Exhalé una bocanada de aire y dejé ir la resistencia. Con un empuje firme y decidido, se hundió por completo dentro de mí. La plenitud del contacto me dejó sin aire. Sentir su cuerpo llenándome hasta el fondo, rompiendo mis barreras, desató una mezcla abrumadora de dolor dulce y placer desmedido. Me aferré a su espalda con las manos temblorosas, sintiendo el calor de su piel bajo la camisa. Aranda se quedó inmóvil un segundo dentro de mí, disfrutando del estrecho abrazo de mi cuerpo. Luego, comenzó a moverse. Inició con embestidas lentas, profundas y calculadas. Cada vez que se retiraba casi hasta el borde para volver a empujar hasta el fondo, el roce interno me hacía temblar la piel. La madera de la mesa crepitaba suavemente bajo nuestro peso con cada impacto. El sonido de nuestros cuerpos chocando y el ritmo acelerado de nuestras respiraciones llenaban el espacio vacío del aula. A medida que aumentaba la velocidad, su tono dominante no cedió. -Eso es... apriétame así -murmuró, incrementando la fuerza de cada embestida. El placer fue escalando a una velocidad aterradora. Las sensaciones se volvieron más intensas, una ola tras otra de calor concentrado en mi vientre que amenazaba con hacerme perder el conocimiento. Me dejé llevar por su ritmo, ajustando mis caderas a sus impulsos, obedeciendo a la cadencia que él imponía sin oponer ninguna resistencia. Él inclinó la cabeza y me besó la garganta mientras apretaba sus embestidas, más rápidas, más profundas, hasta que el techo del salón pareció dar vueltas. Una contracción salvaje me recorrió las entrañas; el orgasmo me atrapó de golpe, apretando mi cuerpo alrededor del suyo en una serie de espasmos incontrolables que me sacaron un gemido largo y rasgado. Aranda sintió la opresión de mi clímax y aceleró el paso con un par de empujones finales y potentes antes de soltar un gruñido grave contra mi oído, entregándose él también y llenándome de su calor en el fondo mientras sostenía mi cintura con fuerza absoluta.
Lista de capítulos
34 capítulos en total
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