/0/20919/coverbig.jpg)
Capítulo 2 Las exigencias de Garrison por un heredero.
El eco de los aplausos y el tintineo de las copas de cristal en la gala anual del Consorcio Sterling aún resonaban en la cabeza de Alana como un zumbido ensordecedor. Para el resto del mundo, la noche había sido un triunfo absoluto. Las portadas de las revistas de finanzas ya debían estar imprimiendo la fotografía de Garrison Sterling en primera plana, posando como el titán indiscutible de la industria, con su esposa perfecta del brazo. Sin embargo, detrás de las puertas cerradas del automóvil blindado que los conducía de regreso a la mansión, el cuento de hadas se desvanecía para dar paso a la cruda y gélida realidad. Garrison no había dicho una sola palabra desde que abandonaron el hotel. Mantenía la mirada fija en la pantalla de su tableta, revisando los últimos gráficos del cierre del mercado asiático. Su mandíbula permanecía tensa, una señal inequívoca de que la inesperada aparición de su hermano menor, Damian, había perturbado su perfecta compostura. Alana miraba a través de la ventana empañada por la fina lluvia de la madrugada. Se abrazaba a sí misma, sintiendo que el vestido de seda esmeralda, que horas antes la hacía lucir imponente, ahora no era más que una armadura sofocante. Un suspiro silencioso escapó de sus labios. Sentía un vacío profundo en el pecho, una ausencia total de calidez que la hacía experimentar una dolorosa soledad, incluso estando sentada a escasos centímetros de su esposo. Al llegar a la residencia Sterling, una imponente estructura de piedra y vidrio que se alzaba sobre las colinas más exclusivas de la ciudad, el silencio se volvió aún más denso. Los empleados de seguridad abrieron las puertas con discreción milimétrica. Garrison descendió primero, caminando con pasos firmes y apresurados, sin esperar a Alana ni ofrecerle la mano. Ella lo siguió a una distancia prudente, escuchando el eco solitario de sus tacones sobre el suelo de mármol del vestíbulo. -Sube a la habitación y prepárate -ordenó Garrison de espaldas, desabrochándose los botones del esmoquin mientras se dirigía hacia el bar privado del salón principal-. Necesito un trago. Estaré arriba en diez minutos. -Está bien -respondió Alana con un hilo de voz que apenas alteró la acústica del lugar. Subió las amplias escaleras de caracol sintiendo el peso de los diamantes en su cuello como si fueran eslabones de una cadena real. Al entrar a la suite principal, una habitación gigantesca decorada en tonos grises y blancos que reflejaba la personalidad minimalista y estricta de su esposo, Alana se despojó de las joyas. Las dejó caer sobre el tocador con un desdén silencioso. Se desabrochó el vestido y dejó que la seda resbalara por sus piernas, quedando únicamente en una delicada lencería de encaje negro que Garrison había seleccionado para ella semanas atrás. Se miró al espejo. Sus ojos reflejaban el cansancio de una mujer que se pasaba los días actuando, fingiendo una felicidad que se le escapaba entre los dedos. Su matrimonio con Garrison nunca había sido una historia de romance apasionado; había sido un pacto de conveniencia, un acuerdo donde su linaje y su educación intachable encajaban a la perfección con las ambiciones dinásticas del Consorcio Sterling. Al principio, ella había creído ingenuamente que el respeto mutuo podría transformarse en amor. Qué equivocada estaba. Para Garrison, el amor era una debilidad, una variable incontrolable que no generaba dividendos. La puerta de la habitación se abrió y Garrison entró, dejando el vaso de whisky vacío sobre la mesa de noche. Su mirada se oscureció al verla de pie junto al espejo. No había admiración estética en sus ojos, sino el hambre metódica de un hombre acostumbrado a reclamar lo que consideraba suyo. Se acercó a ella con pasos lentos y felinos. Sus manos grandes y curtidas por el invierno empresarial se posaron sobre los hombros descubiertos de Alana. El contraste de sus palmas cálidas contra la piel fría de ella la hizo estremecer sutilmente. Garrison la giró con firmeza para obligarla a mirarlo de frente. -Hoy fue un día importante para la corporación, Alana -dijo él, su voz era un murmullo grave que vibraba cerca de su oído-. Pero el mercado exige estabilidad a largo plazo. Los inversionistas necesitan ver continuidad. Un imperio sin un heredero legítimo es un imperio vulnerable. -Garrison, es tarde... estamos cansados -intentó mediar ella, colocando sus manos sobre el pecho rígido de su esposo, sintiendo los latidos rítmicos y calculados de su corazón. -Nunca es tarde para asegurar el legado Sterling -replicó él con una frialdad implacable que no admitía réplicas. Sus dedos se enterraron con firmeza en la cintura de Alana, atrayéndola bruscamente hacia su cuerpo vestigio de un gimnasio privado-. Llevamos meses en esto. Los médicos dijeron que ambos estamos en perfectas condiciones. Así que no hay excusas. Quiero mi heredero, Alana. Y lo quiero ahora. Antes de que ella pudiera formular otra palabra, la boca de Garrison cayó sobre la suya con una urgencia dominante. No era un beso de reconciliación ni de deseo genuino; era una toma de posesión ritual. Sus labios presionaron los de ella con rudeza, forzando la apertura mientras sus manos descendían por su espalda, despojándola de la última barrera de encaje con movimientos bruscos y eficientes. Garrison la empujó hacia la inmensa cama de sábanas de hilo egipcio. Alana se hundió en los cojines, cerrando los ojos con fuerza mientras el cuerpo pesado de su esposo se posicionaba sobre ella. El erotismo de Garrison era como sus negocios: agresivo, preciso, directo al objetivo. Sus manos aprisionaron las muñecas de Alana contra el colchón, inmovilizándola mientras sus labios descendían por su cuello, dejando marcas rojas que al día siguiente requerirían una gruesa capa de maquillaje. Cada caricia de Garrison se sentía como una transacción. Él buscaba su propio placer con una intensidad gélida, moviéndose con un ritmo rudo y constante que llenaba la habitación con el sonido de la respiración agitada y el roce de la piel. Alana arqueó la espalda por puro instinto biológico, respondiendo a la estimulación física, pero su mente estaba completamente desconectada. Sentía un vacío abismal devorándola por dentro. Mientras el hombre que llevaba su anillo de bodas la poseía con una urgencia corporativa, ella se sentía más invisible y muerta que nunca. Era un receptáculo, una incubadora para el apellido Sterling, una pieza de ajedrez siendo utilizada para el movimiento final. Garrison exhaló un gemido ronco, enterrando su rostro en el hombro de ella al alcanzar el clímax, asegurándose con una precisión casi matemática de completar el acto tal como los manuales médicos recomendaban para maximizar las probabilidades de concepción. Permaneció unos segundos en silencio, pesado y distante, antes de apartarse con la misma velocidad con la que había comenzado. Se incorporó, se ató la bata de seda negra alrededor de la cintura y caminó hacia el baño sin mirar atrás. El sonido del agua de la ducha comenzó a resonar poco después. Alana se quedó inmóvil en la penumbra de la habitación, con las sábanas revueltas alrededor de su cuerpo desnudo. Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, resbaló por su mejilla, perdiéndose en la almohada. Sentía la piel encendida por la fricción, pero el alma completamente congelada. El vacío emocional la ahogaba. Estaba atrapada en una vida de opulencia donde tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero carecía de lo único que daba sentido a la existencia: ser vista, ser querida, ser deseada por quién era y no por lo que podía producir. Se dio la vuelta, dándole la espalda al baño, y miró fijamente hacia el ventanal que daba a la noche de la ciudad. Mientras intentaba regularizar su respiración, una imagen mental completamente prohibida y repentina cruzó por su mente, haciéndola jadear en la oscuridad. Recordó la mirada de Damian Sterling en el salón de la gala. Aquel par de ojos grises que, a diferencia de los de su esposo, no la habían mirado como a una propiedad o un trofeo de exhibición. Damian la había mirado con un hambre cruda, salvaje y genuina. Un fuego oscuro que parecía capaz de quemar la jaula de oro en la que se encontraba prisionera. Alana se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El peligro apenas comenzaba, y en el fondo de su ser, una chispa clandestina acababa de encenderse en medio del vacío.
Lista de capítulos
96 capítulos en total
/0/24914/coverbig.jpg)
/0/5850/coverbig.jpg)
/0/24601/coverbig.jpg)
/0/5401/coverbig.jpg)
/0/12202/coverbig.jpg)
/0/24074/coverbig.jpg)
/0/23455/coverbig.jpg)
/0/24478/coverbig.jpg)
/0/27162/coverbig.jpg)
/0/27199/coverbig.jpg)
/0/26489/coverbig.jpg)
/0/26897/coverbig.jpg)