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Capítulo 3 El regreso de Damian Sterling tras años en el extranjero.

El sol de la mañana se filtraba sin piedad a través de los inmensos ventanales de cristal templado del edificio corporativo del Consorcio Sterling, una torre de sesenta pisos que dominaba el centro financiero de la ciudad. Alana se encontraba de pie en su oficina privada, contigua a la de Garrison, sosteniendo una taza de café humeante que apenas había probado. Llevaba un impecable traje de dos piezas de color marfil que acentuaba su figura y le otorgaba un aire de profesionalismo sofisticado, ideal para su rol como directora de relaciones públicas de la firma. Sin embargo, bajo el cuello alto de la blusa de seda, una ligera capa de corrector cubría las marcas de la posesividad metódica de Garrison de la noche anterior. Intentaba concentrarse en las notas de prensa del nuevo proyecto de expansión, pero sus ojos seguían desviándose hacia el vacío. El recuerdo de los acontecimientos de la madrugada la asfixiaba: la exigencia fría de su esposo por un heredero, el peso de un acto que se sentía más como un contrato de producción que como una entrega íntima, y, sobre todo, la irrupción de una mirada gris que no lograba sacarse de la mente. La puerta de su oficina se abrió bruscamente, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Garrison entró con su habitual paso firme, revisando unos documentos en su tableta. Su rostro reflejaba la rigidez de un hombre que controlaba cada variable de su universo, excepto la que acababa de aterrizar en su territorio. -La junta directiva se reúne en veinte minutos -dijo Garrison, su voz gélida y directa, sin un saludo previo ni una mención a lo ocurrido en la suite presidencial-. Quiero que estés presente. Los inversionistas necesitan ver el frente unido de la familia. Especialmente hoy. -¿Es por la llegada de Damian? -preguntó Alana, manteniendo el tono neutral y profesional que había aprendido a perfeccionar. Garrison detuvo sus dedos sobre la pantalla y levantó la mirada. Sus ojos grises eran dos cuentas de granizo. -Damian cree que puede regresar después de cinco años en Europa y reclamar un asiento en el comité ejecutivo como si nada hubiera pasado. Olvida quién mantuvo este consorcio a flote mientras él se dedicaba a despilfarrar su herencia en proyectos rebeldes y noches de exceso. Es mi hermano, Alana, pero en este edificio es un empleado más. Y yo soy el CEO. Asegúrate de que las relaciones públicas transmitan exactamente eso: jerarquía. Antes de que Alana pudiera responder, Garrison dio la vuelta y salió hacia la sala de juntas de la alta dirección. Ella exhaló el aire que contenía en sus pulmones, alisó los pliegues de su falda y recogió su cuaderno de notas. Sabía que la rivalidad entre los hermanos Sterling era una falla tectónica lista para desatar un terremoto, y ella estaba atrapada justo en el epicentro. La sala de juntas del piso cincuenta y cinco era la máxima expresión del poder corporativo: una mesa de caoba pulida para veinte personas, sillones de cuero negro y una vista panorámica que hacía que cualquiera se sintiera dueño del mundo. Cuando Alana entró, varios directores ya ocupaban sus puestos. Garrison presidía la cabecera, con una postura rígida y dominante. Alana tomó asiento a su lado izquierdo, la posición estratégica que siempre ocupaba para denotar la estabilidad del matrimonio de oro de los Sterling. Sin embargo, el asiento a la derecha de Garrison -reservado históricamente para el segundo al mando o el principal heredero de la dinastía- permanecía vacío. El segundero del reloj de pared avanzó con precisión milimétrica. Faltaba un minuto para la hora exacta del inicio cuando las puertas dobles de la sala se abrieron de par en par. Damian Sterling entró. Si la noche anterior en la gala había lucido como un rebelde de esmoquin, la luz del día no hacía más que potenciar su magnetismo salvaje. Vestía un traje gris grafito de corte italiano, perfectamente entallado a sus hombros anchos y su torso atlético. No llevaba corbata; los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, desafiando el estricto código de vestimenta que Garrison imponía en la empresa. Su cabello oscuro estaba peinado con un desorden calculado y en su rostro se dibujaba una sonrisa lánguida, cargada de una confianza absoluta que rayaba en la insolencia. -Llegas tarde, Damian -sentenció Garrison, su voz resonando como un golpe de mazo en la sala. El silencio entre los directores era absoluto. Damian ni siquiera miró el reloj. Avanzó con una elegancia felina, arrastrando las miradas de todos los presentes. -El tráfico de esta ciudad ha empeorado en cinco años, hermano. O tal vez es que tus protocolos de seguridad en la entrada son demasiado... pretenciosos -respondió Damian. Su voz, profunda y de un timbre peligrosamente carnal, pareció vibrar en las paredes del salón. Caminó directo hacia la cabecera de la mesa. En lugar de sentarse de inmediato, se detuvo detrás del asiento vacío a la derecha de Garrison, pero sus ojos grises no miraban a su hermano. Se posaron directamente en Alana. El impacto visual fue inmediato. Alana sintió una oleada de calor recorrerle el cuello de forma súbita. Damian la recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, descarada, despojándola mentalmente del traje marfil en un segundo. Había una fijeza tan intensa en su mirada, un hambre tan viva y contraria a la gélida indiferencia de Garrison, que Alana tuvo que aferrar sus dedos debajo de la mesa para evitar que sus manos temblaran. El vacío emocional que la había acompañado toda la mañana fue reemplazado de golpe por una tensión erótica tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. -Alana -murmuró Damian, pronunciando su nombre con una cadencia lenta, casi un susurro íntimo que rozaba lo prohibido-. Sigues siendo la joya más hermosa de esta oficina. Garrison realmente tiene suerte de que mantengas la fachada de su imperio. -Gracias, Damian. Bienvenido de vuelta al Consorcio -respondió ella, forzando una voz firme que ocultaba el caos que se desataba en su interior. Garrison golpeó levemente la mesa con su bolígrafo de oro, interrumpiendo el contacto visual. -Toma asiento, Damian. Tenemos asuntos reales que tratar, no cumplidos de salón. Si vas a integrarte al comité de desarrollo internacional, debes entender que aquí trabajamos con números, no con encanto. Damian soltó una risa baja, un sonido ronco que erizó los vellos de la nuca de Alana, antes de dejarse caer en el sillón de cuero. Cruzó una pierna con total relajación, contrastando drásticamente con la postura militar de su hermano. La reunión comenzó, pero para Alana las siguientes dos horas se convirtieron en un suplicio de alta tensión. Mientras Garrison exponía las proyecciones financieras con su frialdad metódica habitual, Damian no dejaba de jugar sus cartas. Cada vez que intervenía para cuestionar la rigidez de los planes de Garrison, buscaba la mirada de Alana como buscando una alianza silenciosa. Pero lo peor no era el debate corporativo; era la proximidad física. Al estar sentados frente a frente en la cabecera, las largas piernas de Damian, extendidas con descuido bajo la mesa de caoba, rozaron accidentalmente el zapato de Alana en un par de ocasiones. La primera vez, ella retiró la pierna de inmediato, sintiéndose culpable. La segunda vez, el roce no fue accidental. El zapato de Damian presionó sutilmente el empeine de ella, un contacto firme, cálido y deliberado bajo la mesa, mientras él miraba fijamente a Garrison y rebatía un punto sobre los contratos de suministro. Alana contuvo el aliento. El corazón le latía con una fuerza salvaje en el pecho. Estaba en una sala llena de directores, a centímetros de su implacable esposo, y el hermano de este la estaba tocando de una manera que despertaba un deseo prohibido que creía muerto. Sintió un cosquilleo ardiente subir por sus piernas, una reacción física incontrolable ante la audacia de Damian. Su mente le gritaba que se apartara, pero una parte de su cuerpo, sedienta de calor, se congeló en el lugar, permitiendo que ese contacto clandestino durara unos segundos eternos antes de cambiar de postura. Cuando la reunión finalmente terminó, los directores se apresuraron a salir, intuyendo la tormenta familiar que se avecinaba. Garrison se levantó de inmediato, recogiendo su tableta. -Debo atender una llamada con el ministro de finanzas -dijo Garrison, mirando a Damian-. Alana te entregará los expedientes del proyecto internacional. Espero que los revises hoy mismo, sin retrasos. -Déjalo en mis manos, hermano. Alana es excelente entregando lo que necesito -respondió Damian con una doble intención que hizo que la sangre de Alana hirviera. Garrison salió de la sala con paso apresurado, dejando las puertas dobles cerrándose tras de sí. El silencio regresó a la estancia, pero ya no era el silencio corporativo; era un silencio cargado de una electricidad carnal insoportable. Alana se levantó de inmediato, intentando recuperar el control de su entorno. Juntó los expedientes con movimientos rápidos, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, Damian se movió con la velocidad de un depredador. En un par de zancadas, cortó la distancia entre ellos. Su mano grande se posó sobre la mesa de caoba, bloqueando el paso de Alana, mientras su cuerpo se inclinaba hacia ella. El aroma a madera, tabaco caro y un perfume netamente masculino invadió el espacio personal de Alana, embriagándola de inmediato. -¿Vas a huir tan rápido, cuñada? -susurró Damian, su rostro a escasos centímetros del de ella. Sus ojos grises centelleaban con un fuego oscuro, fijos en los labios de Alana, que se habían entreabierto por la sorpresa-. Te vi anoche. Te veo ahora. Estás atrapada en su hielo, Alana. Él te toca como si fueras un balance de fin de año, pero tú estás hecha para arder. -Damian, basta. Soy la esposa de tu hermano -dijo ella, con la voz temblorosa, intentando empujarlo por el pecho, pero sus manos solo encontraron la firmeza magnética de sus músculos bajo la camisa. -Él no te merece, Alana. Y ambos sabemos que esa jaula de oro se está rompiendo -replicó él, inclinándose un milímetro más, su aliento cálido rozando la mejilla de ella-. He vuelto. Y no planeo ver desde lejos cómo te apagas. La tensión erótica llegó a un punto de no retorno. El peligro de ser descubiertos en la misma sala de juntas por cualquier empleado o por el propio Garrison pendía sobre ellos como una espada de Damocles, pero en los ojos de Damian solo había una promesa: la de la pasión más absoluta y prohibida.

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Lista de capítulos

96 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La gala anual del Consorcio Sterling
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Las exigencias de Garrison por un heredero.
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El regreso de Damian Sterling tras años en el extranjero.

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